Un niño dormido en la playa

Veo un niño dormido, sobre la playa, como quien se cansó de tanto correr las olas. La foto es de una ternura incomensurable: boca abajo, como su dulce dormir, vestidito. Muerto. Un niño por jugar, descansando luego de algún día fatigoso. Muerto. No respira. Miralo. Una belleza: la imagen del mar, la arena y el niño recostado en la playa. No respira. Parece que se levanta, que mirará con asombro todo ese mar. No. El mar ya está en sus pulmones y es un monstruo frío y duro que lo llevó a la muerte. Azul. Roja la remera, azules los pantaloncitos. Niño dormido. Muerto. ¿quién lo vio? ¿Quién tomó la foto en lugar de llorar? ¿quién lo levantó, despacio, dulcemente, como si no quisiera que se despierte? Muerto. A la mañana yo tomaba un café en un bar en Almagro y en la tele, siempre tan grosera, de golpe veo un cuadro: azul, amarillo, celeste y un niño dormido en la playa, queriendo oír el sonido del mar. Por un instante creí que me equivocaba. Pero no, es la imagen de un niño muerto, solo, en la playa. Murió. Sí, son muchos más que uno todos los días y nadie los llora. La humanidad es así. Hay niños felices, que sueñan con peces de colores y niños condenados. El problema es la foto, pequeño, boca abajo, apenas acurrucado. No es un refugiado, no es un sirio. Es un niño dormido como el mío, como cualquier niño que duerme. No hay rasgos distintos, no hay una lengua incomprensible, no hay un olor ajeno, no hay una cultura extraña. Nada que nos separe de él. Resulta que el mar eran miles de agujas heladas que te lastimaban, era agua que te ahogaba. No había sirenas, no había ballenas ni delfines. Oscuridad, frío y un dolor del que sólo la muerte podía sacarte. La foto es un cuadro. Y el niño está muerto. Desde la muerte nos interroga. La foto, querido B, tiene ese poder.

Etiquetas: Niño sirio

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