Villa 21/24: La batalla por la integración

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Por @inesarte. Fotos: Angie Braun.

Frecuento el barrio Villa 21/24 hace dos años y medio para escribir su historia. Una historia de inmigrantes que llegan a la Ciudad de Buenos Aires en busca de trabajo porque escapan a la pobreza en sus lugares de origen. La ciudad no cuenta con viviendas acorde con los salarios que consiguen, que tampoco alcanzan para pagar la electricidad, el gas, el agua o el impuesto municipal. La única manera de quedarse es levantando su propia vivienda en un terreno baldío de potreros con mucha basura. Ya no quedan terrenos vacíos, las casas tienen dos o tres plantas y en cada una vive una familia.

El Estado está ausente acá. En los barrios integrados a la ciudad, los vecinos resuelven sus problemas llamando al número gratuito de atención ciudadana –147– y reclaman: un árbol caído, veredas rotas, un bache, una luminaria quemada, manteros “trabajando ilegalmente en la vereda”, etc. Los vecinos de los barrios llamados “villas”, no integrados a la ciudad, deben recurrir a la UGIS, (Unidad de gestión de Intervención Social), que depende de la SECHI (Subsecretaría de Hábitat e Inclusión). Pero no hay inclusión. Los problemas de estos barrios son emergencias: una inundación, un incendio, el pedido del camión atmosférico porque un pozo negro se tapó y desborda en plena calle, el suministro de un cable preensamblado para “colgar” viviendas al transformador que Edenor dejó en la periferia para que los vecinos se las arreglen. A estos vecinos, el 147 los desconoce, y entonces ellos acuden a los curas villeros o a la Junta Vecinal. Ellos, a su vez, llaman a la UGIS.

Cristian Heredia es el presidente de la Junta Vecinal de la Villa 21/24, en Barracas. Una Junta Vecinal es una organización comunitaria que representa a los vecinos de un barrio sin presencia del Estado. Laburan a contrapelo “de muchos vende humo que se llenan los bolsillos a costilla de su barrio. Gente de afuera que viene a hacer alarde, dentro de los pasillos, de una labor social que no hacen. Hablan de vecinos que no conocen, de realidades que ignoran, y, por esa mentira, se llevan réditos a un nivel más alto del juego político”.

Cristian Heredia

La Junta Vecinal, por ejemplo, consiguió que el Ministerio de Salud de la Nación les diera una ambulancia. Hubo fiesta cuando se estrenó. Fue un hito: la primera ambulancia en una villa, con chofer y enfermeros vecinos del barrio. La ambulancia salvaba muchas vidas porque el SAME no entra si no viene con la policía metropolitana armada hasta los dientes. “¡Pero déjame de joder!” -suelta Cristian- “mirá si alguien le va a hacer algo a una ambulancia”. Pero el gobierno anterior, apenas perdió las elecciones, se llevó la ambulancia y el nuevo gobierno no la repuso.

También hay incertidumbre sobre el cartero. Habían logrado algo transformador: que el Correo Argentino pusiera un cartero que llevase las cartas puerta por puerta en el barrio. Por ejemplo: manzana 10, casa 36. Por más que los vecinos no tengan el título de propiedad de su casa, si el cartero le trae una carta con su nombre en el sobre y llega porque tiene escrita su dirección, él o ella existen. Y ahora parece que quieren sacarlo.

¿No le daría entidad al barrio tener un nombre y no llamarse con un número, que los pusieron los militares para erradicarlos? Cristian quiere conseguir que el barrio se llame Padre Daniel de la Sierra, como la 31 se llamaría Padre Mugica. Y está convencido de que adentro de las villas, los chicos que agarran por el mal camino son los que caen en esa “misma lógica” de falta de entidad y entonces se hacen tumberos.

La misión de la Junta Vecinal es reclamar que la gente de su barrio sea protagonista, tenga voz, y que no sea como ganado que se lleva a los actos políticos. Un ejemplo es la Casa de la Cultura, que es un logro de los vecinos y del gobierno anterior. Ellos trabajaron muchísimo tiempo para tener la Casa de la Cultura y se sienten orgullosos. Pero de repente la Cámpora se instaló ahí, echó a todo el mundo y puso gente de ellos. Fue una bajada de línea de arriba, no querían que hubiese nadie que pensara ni un poquito distinto. El Pro también baja línea de arriba, de afuera, y con una mirada muy elitista. Le hablan de “gauchada”: che Cristian, te vamos a hacer esto que pedís vos porque sos vos. ¿Por qué una gauchada?

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Hace poco Cristian fue a ver a la secretaria de Hábitat en Inclusión, Marina Klemensiewicz. En la reunión, ella le dijo: “¿sabés cuándo vamos a trabajar como corresponde dentro de los barrios? Cuando generemos ciudadanos dentro de las villas”. Cristian se levantó y se fue: “¿Cómo me va a decir algo así? ¿En mi barrio no hay ciudadanos? ¿Qué soy yo, entonces? ¿Un mono? ¿Qué me quiso decir? ¿Que la mayoría son inmigrantes? Pero ¿quién construyó la Ciudad de Buenos Aires? ¡Los inmigrantes! Entonces que ahora la ministra no se haga la porteña y se olvide de la historia de la ciudad”.

En el barrio están en contra del verbo “urbanizar”, que se oye como “colonizar”. Lo primero que aparece en Google es: Urbanizar: verbo transitivo. 1. Hacer las instalaciones y operaciones necesarias (trazado de calles, tendido de electricidad, canalización, etc.) en un terreno delimitado para poder edificar en él y dotarlo de infraestructuras y servicios. La fijación de unos plazos en los que el suelo se tiene que urbanizar y construir evitará que los propietarios puedan especular. 2. Hacer que alguien aprenda a comportarse bien, de forma cortés y educada con los demás.

“¿Ves que se trata de una colonización? Hay prejuicios allá y hay prejuicios acá, dentro del barrio. Por eso es importante la palabra “integración”. Integrar un barrio auto-construido, a la urbe, desde las costumbres, las tradiciones y la religiosidad popular de los vecinos. Si se pudiera cambiar la mirada de afuera hacia adentro y desde adentro hacia fuera, entonces seríamos pares”, porfía Cristian. Y sigue: “si vas a catastro, este barrio sigue siendo un descampado. Las calles de adentro no están reconocidas, sólo las perimetrales. Es el barrio más grande de la comuna 4, y sin embargo no tiene las políticas públicas del resto de la comuna. En mi barrio, el Estado está ausente salvo para vigilarnos”.

La villa 21/24 está en emergencia eléctrica, en inminente peligro de incendio. Como por catastro, el barrio es un predio vacío, Edesur lleva un transformador hasta el perímetro y les dice que a partir de allí, se las arreglen. Porque no puede hacer una instalación en viviendas que no existen según catastro. Entonces acude la UGIS, que tiene cuadrillas de luz de emergencia, a tirar un cable preensamblado hasta un poste en una manzana y desde ahí van bajando las líneas casa por casa. ¿Cuánta gente muere si se cae un cable? La gente no paga la luz porque no tiene hecha la instalación. El vecino quisiera tenerla y pagarla, porque le sale más caro que se le queme la heladera a cada rato por los frecuentes golpes de luz culpa de la precariedad de la instalación, que es para muchos menos usuarios de los que en realidad son.

Aysa (agua) también trabaja hasta el perímetro del barrio. Tampoco llega el gas natural. Sale más cara la garrafa que el gas natural. “Cuando dicen que los vecinos de acá son unos vivos que vienen a tener todo gratis, es mentira. ¿Cómo la gente no va a querer tener cloacas, luz y gas? Todos quieren pagar por los servicios. Pero tenerlos. El Riachuelo es el mejor ejemplo. Es terrible vivir con olor a mierda todo el tiempo. ¿Cuántos problemas de salud para los hospitales te evitás con agua y cloaca? Lo que hay fue hecho por los mismos vecinos con sus propias manos y a veces se pinchan los caños y se mezclan. Acá está lleno de gente con problemas de hígado por el agua contaminada. Nuestros curas laburan sin vender humo. Los curas son los únicos que conocen nuestra realidad porque están acá adentro. En cambio a cualquier gobierno le conviene que los barrios estén desorganizados, y que la política vaya a destruir. Por eso vienen a decirnos cosas pero no a escucharnos. Y entonces hay tantos vecinos acá que no se sienten parte de la ciudad y se autoexcluyen; no quieren ni salir del barrio a explorar un horizonte porque saben que no se le abren las puertas. Hasta los GPS nos discriminan. Te dice que esta es una zona de peligro. Los taxis no entran acá. Si el barrio estuviese iluminado, nadie saldría a robar porque acá nos conocemos todos las caras. La luz es vida, es tan fácil como eso”.

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