#ViajoSola: Aún siento el miedo de una nena

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Por @gushumina.

Soy mujer y alguna vez fui nena, una chica rellenita que había pegado el estirón a los 11, cuando casi media un metro cincuenta, estaba apenas desarrollada y aún no se animaba a usar corpiño. Tenía una tendencia a la introspección y me costaba mucho hacer amigos, sin embargo tenía algunos y mi infancia había sido bastante feliz.

Me crié en Juan María Gutiérrez, la alquimia justa entre un barrio de Berazategui y un pueblo de las afueras de La Plata. Mis padres se separaron cuando tenía poco más de un año y se reconciliaron casi una década más tarde.

En esos tiempos mi vieja laburaba y yo pasaba gran parte del día en la casa de mi abuela, una señora a la que amé muchísimo y que llenó todos los pequeños grandes espacios vacios que me dejaba la relación confictiva de mis viejos.

Hasta una tarde de enero, a la hora de la siesta, con 40 grados, chicharras de fondo y música de risa y chapuzones, que mi vida iba a volverse un poco más lóbrega.

Contar los detalles de lo que viví ese día y por casi un año, es algo que nunca pude hacer, no solo por la angustia que me cierra la garganta, sino porque aún cargo con un sentimiento desencajado, que no me corresponde, el de la vergüenza.

Esa fue la carga que me mantuvo silenciada durante muchísimo tiempo. Y ese fue el silencio que evitó que pueda ponerle nombre y apellido a mi dolor, y denunciar a quien lo había generado. Ese hombre, un vecino, alguien que ocultó su perversidad detrás de una máscara de amabilidad y que dejó este mundo sin que sus familiares, sus amigos, sus conocidos, sus allegados y todo aquel que lo rodeara supiera su asqueroso secreto, murió sin vergüenza y yo me quedé con todo lo que le hubiese dicho atravesado en mi garganta.

Ante las imágenes de ese pasado, aún y a pesar de ser ya una mujer adulta, jefa de familia y madre, aún siento el miedo de una nena. Sin embargo, ya no me veo indefensa porque he podido delinear a lo largo de mi vida un propósito, el de luchar desde el lugar donde me encuentre, para que ningún otrx sufra en silencio una culpa que no es suya, ni sienta en su pena un resabio de vergüenza.

Fue muy largo el proceso que atravesé internamente para poder hablar de esto, más allá de la contención y la ayuda siempre recibida era para mí un camino lleno de dolor que ponía todo el tiempo en jaque mi valentía.

Recién hace un año atrás logré contárselo por primera vez a mi vieja y se dio en el peor de los momentos y de la peor de las maneras. Sentada en su cama, después de reclamos y llantos, develé ese secreto a los gritos, porque solo el grito podía tener la fuerza de amordazar ese silencio.

Le conté escasamente y mal lo que había vivido, le conté sabiendo que iba a liberar sobre nosotras y nuestra relación la sombra de una verdad incómoda, pero sobre todas las cosas se lo conté en voz alta, para contármelo a mí misma. Sentada sobre su cama le relaté cómo ese hombre aprovechaba mi inocencia y mi temor para tocarme, y como yo le rogaba al tiempo que transcurriera rápido.

De esa época recuerdo nítidamente que mi cuerpo y mi cabeza me daban muestras de que algo no iba bien, su grito máximo fue la profunda tristeza que sentía. En mi desazón buscaba un refugio íntimo y no pude encontrarlo. En el secreto y la culpa es imposible hacerlo.

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1 Response

  1. Imagen de perfil de Adolfo Araya Adolfo Araya dice:

    Muy humano, muy real. La realidad que viven las mujeres en esta cultura patriarcal. Muy linda la nota.

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