Una mañana con Hebe Uhart

hebe uhart

Por Evelyn García Tirado @evelyng

Conocer a Hebe Uhart (Moreno, 1936 – Buenos Aires, 2018) no es quedarse con el polvo dorado del ídolo entre las manos: conocerla es estimarla mucho más que cuando solo se la apreciaba a través de sus libros formidables. Y escribió más de una docena desde 1965, entre novelas, libros de crónicas y recopilaciones de cuentos. Uhart ha sido revalorada en Hispanoamérica desde que, en el 2010, Alfaguara publicó el voluminoso Relatos reunidos; desde entonces, se la conoce por lo que es y siempre ha sido: la mejor cuentista de nuestro idioma. Este invierno participó, de manera muy activa, en la Feria Internacional de Lima (FIL). Nos recibió con una gran sonrisa en el lobby del hotel miraflorino donde se hospeda. Para Hebe, un café muy ligero cortado con leche.

Usted es una de las escritoras que más hincapié ha hecho en el estudio del habla coloquial de distintos pueblos. Hay quienes piensan que es esencial que un escritor tenga buen oído para escoger las palabras que más le convienen por su sonido, sobre todo a la hora de inventar diálogos que intenten ser fluidos.

Un autor literario, si no tiene buen oído, tiene vista, que es otro sentido gráfico, pero pienso que el buen oído ayuda. No me he dedicado profundamente a estudiar los lenguajes -no soy filóloga- pero he tratado de captar el habla coloquial de los distintos lugares que he visitado. No me preocupo tanto del ritmo de un diálogo. Mi idea es que las cosas se elaboran en la mente, y una vez que ya todo esté elaborado, todo el proceso de escritura sale fluido. No va a salir fluido si no está antes bien elaborado. Primero tengo mi personaje y después sé que la escritura va a salir lo mejor posible. No experimento: cuando escribo, voy a una cosa segura. Hasta que el personaje no hable como yo quiero que hable, no escribo. Estructuro bien un personaje en base a lo que escucho y a lo que veo. Solo así puedo avanzar, porque el tema de corregir es como cuando algo te sale fallado. Un personaje tiene que conmoverte, y para que algo conmueva a los demás, tiene que moverte primero a ti. ¿Para qué hacer una cosa artificiosa?

¿Usted piensa cada frase antes de consignarla o escribe de manera más bien fluida?

No, escribo de corrido. No me fuerzo a escribir todos los días. Por ejemplo, mis últimos libros de viajes los hago porque estoy en una meseta un poco fría. No me siento muy inclinada a escribir ficción, pero si estoy en contacto con la gente y todo eso, me motivo. No se puede escribir ni con un ánimo muy bajo ni muy exaltado, porque si no te sale un producto como si estuvieras borracho o drogado.

¿No le gusta que se noten las emociones a flor de piel en un texto?

No me gusta la exaltación, porque la emoción ya está oculta dentro de un texto. Para mí, debe quedar oculta, porque si está a flor de piel es muy sentimental. Por ejemplo, si digo “aquella persona me produjo un arrebato de alegría al verla” me queda algo muy superficial, mientras que si profundizo en ello, me centro en cómo es esa persona, cómo camina, qué gestos tiene.

¿Pero usted recuerda cómo era cada sentimiento en su momento? ¿No sería mejor estudiar la emoción sobre la marcha?

No, porque uno no puede ser tan esquizofrénico ni estar tan dividido como para estar diciendo: “¿Y ahora, qué me pasa?”. Creo que en el caso de las emociones, sea el amor o la ira, conviene describirlas después. Los autores a los que más vuelvo van por ese lado, como el uruguayo Felisberto Hernández. He revisado muchas obras de autores peruanos en mis talleres literarios, entre ellos, Alfredo Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro y algunos cuentos de una joyita escondida llamada Luis Loayza. También hemos estudiado a Santiago Roncagliolo y a Daniel Alarcón. Para escribir, hay que tener un ánimo parejo, porque si vos tenés un estado de ánimo extremo, no te sale un buen trabajo. Hay unas lecciones de taller de Flannery O’Connor, en las que se dice que es necesario escribir “a media rienda”, es decir, no estar preso de emociones extremas. Lo que les digo a mis alumnos del taller es que una persona muy angustiada no puede escribir nada. Si alguien dice siempre “no soporto la lana de esta ropa, no soporto cómo habla tal persona, no soporto ir en un bus atestado de gente”, entonces esa persona no va a poder escribir, porque no se soporta a sí misma.

Está mirándose más a sí misma.

Claro, está mirando todo lo que le producen las cosas a sí misma. Se vuelve hacia su interior y no puede escribir. Es una cuestión de actitud, porque se está negando a sí misma. Hay que saber acompañarse.

¿Un escritor es una persona a la que le gusta la soledad?

Es relativo, pero si, por decir, estoy viajando para hacer una crónica, no puedo ir en grupo, tengo que ir sola. Ahora estoy haciendo un nuevo libro sobre las etnias indígenas y su contexto, y cada vez me interesan más las cosas que veo, me sacuden más.

Usted ha dicho que un escritor debe ser una persona curiosa. ¿Alguna vez esa curiosidad la ha metido en aprietos?

No soy temeraria. Me gusta ir a poblaciones pequeñas, porque en las ciudades me siento mareada: no las puedo abarcar.

¿Por eso le gusta más escribir cuentos?

Como me dijo un amigo: “Vos no sos ni del campo ni de la ciudad, vos sos una pueblerina” (risas).

¿No le provoca escribir una novela total? Una novela amplia, con muchos personajes.

No puedo partir de una idea abstracta. Debo partir de una base real al momento de escribir. Leí cuando era joven a León Tolstoi y a Thomas Mann, que tienen novelas totales, pero los he vuelto leer hace poco y no me han gustado. ¿Sabes por qué? Porque nuestro ritmo vital y mental ha cambiado. Y me ocurre lo mismo con el cine, aunque las películas envejecen todavía más rápido que los libros. Ahora las personas y los paisajes se describen mucho más rápido que en el S. XIX. La descripción literaria se basa más en lograr una síntesis global de un rostro, de un cuerpo o de lo que fuera, es mucho más rápida. Antes tenían mucho tiempo, así que describían todo minuciosamente.

Su familia materna era católica y practicante. ¿Usted cree en Dios o tiene algún tipo de religión o creencia?

Me has recordado una frase de Kierkegaard: “La fe no es como una llave que se pierde.” Digamos que cierta impronta del espíritu cristiano seguramente ha funcionado a lo largo de mi vida. Pero no creo formalmente en la religión católica. Tampoco creo en la existencia de Dios, porque fui a los cursos de filosofía y me enseñaron otra realidad más fría. Creo que todo termina acá, en este mundo; eso me produce un poco de fastidio, pero ya estoy acostumbrada.

Usted tenía un amigo llamado Rubén Massera que le enseñó a escribir.

Sí, era mucho mayor que yo. Me vinculé con gente más grande, como de veintisiete o veintiocho, que a esa edad es una distancia enorme. Yo venía de un pueblo suburbano, Moreno, y ellos eran muy intelectuales y hablaban de temas para mí desconocidos. Luego a Massera le interesó lo que yo hacía, y él me fue guiando en el proceso de la escritura. Es interesante cuando vos tenés un referente en el que confiás absolutamente. Desde que él murió, no confío en ninguna persona cuando me dice que un escrito mío le gusta. Rubén sabía cuánto le gustaba o no un texto; me enseñaba las partes vivas y las partes muertas de un libro. Él era homosexual, y lo fue en un tiempo en que en Buenos Aires no se aceptaba, así que bebía y se atormentaba. Pero era la persona más igualitaria que he conocido: trataba de la misma manera a un chico marginal que a alguien que ya tenía un título universitario. Yo sentía que entre ambos había mucha afinidad intelectual. Después me fui alejando de él porque se juntaba más con la marginalidad y con gente extraña. Empezó a escribir bastante tarde, y me molestaba cuando sus textos eran de tendencia absolutamente homosexual (como Pedro Lemebel, que se ponía espeso cuando escribía así). Sin embargo, Rubén me ayudó mucho en mis inicios

¿Vio ese tipo de anécdotas entre sus alumnos cuando trabajó como profesora en las escuelas?

Sí, en los recreos hablaba siempre con los muchachos para tener una idea de cómo eran. Un día le pregunté a una chica: “Y en tu casa, ¿tenés mascotas?” Ella se agachó para un lado y dijo: “Sí, tengo un perro y un gato… pero también una rata”. Entonces, le dije: “Será un hámster.” Y ella: “No, ¡¿qué hámster?!”, como diciendo que no lo subiera de categoría. “¡Es una rata!” Y le pregunté: “¿Y en tu casa no te retaron?” “Sí, mi mamá me dijo: ¡la rata o vos! Entonces, me fui a lo de mi abuela dos días y después volví.” “¿Y tu mamá te aceptó con la rata, querida?” “Sí… Mi mamá cuando se la tropieza, le da un ataque de histeria y me grita: ¡Sacá esto de mi vista!” “¿Y tu papá, querida?” “Mi papá no sabe que hay una rata en la casa.” ¡Ese hombre no sabe que en su propia casa hay una rata! “¿Y dónde duerme la rata?” “Duerme a los pies de mi cama.” “¿Y le das de comer? ¿Le das alimento balanceado, acaso?” “No; como yo hago la dieta macrobiótica, la rata come de la dieta también.” Mirá vos qué cuento ese, el personaje te sale solo.

En la etapa de la adolescencia se ven siempre cosas así.

En la adolescencia creo que somos todos raros. Es la edad en que uno se siente menos en relación con los demás. Las fiestas de quince eran una tortura china. Yo iba, miraba a los demás chicos de lejos y pensaba: “Pero, ¿qué se dicen? ¡Hablan tanto!” Luego me di cuenta de lo que se decían: “Dame la Coca-Cola”, “¡arrímate, que hace frío!”, pavadas, pero, al principio, yo imaginaba que ellos hablaban divino y eran seres de otro planeta.

¿Qué ha aprendido de los niños? ¿Ha aprendido a ver el mundo de otro modo?

Son muy distintos según los sectores sociales. Por ejemplo, en una escuela humilde, un chico grande de 12 años es el auxiliar del maestro. Es como un amigo tuyo al que vos le podés decir: “Vení, por favor, a ayudarme con esto o con esto otro”. Son de carácter diligente. Mientras, en un colegio en que enseñaba y en donde los adolescentes me volvían loca, el Nacional de Buenos Aires, los mocosos me ordenaban: “¡Me saca ahora mismo la cartera de la mesa!” Y yo me hacía la que no escuchaba. El profesor es medio siervo allí. Y te voy a decir otra cosa más importante que logré captar y aprendí de los niños más humildes. Yo tengo un hermano varón, pero cuando él era chico, si me daban un chocolatito, me lo comía todo yo. En la escuela de campo aprendí mucho, porque yo le daba algo a algún niño y él me decía: “¿No tiene para mi hermano?” Para ellos los hermanos están muy presentes. En ciertos ambientes hay más solidaridad.

La misma carencia los lleva a ser más generosos.

Exactamente. Después, había una señora muy humilde que trabajaba en mi casa, llamada Leonor.[1]  Yo la quise muchísimo y nos llevábamos muy bien. Ella era una criolla[2] casada con un polaco. El hombre adoraba el trabajo y decía que los criollos eran todos unos haraganes. Y se metió con una polaca del Chaco argentino porque la vio muy trabajadora. Pero Leonor, que no es dramática, me contó que cuando fue a reclamarle por el marido a la otra, lo hizo con este argumento: “Usted, señora, es sólo una; nosotros en casa somos cinco (cuatro hijos y ella). Él es necesario en nuestro hogar, pero usted es una, nada más, y se puede arreglar sola.” La otra no cedió, pero Leonor me enseñó un argumento en relación a las parejas que yo no conocía, porque yo pensaba que a una pareja solo podía unirla el amor, pero esto no entraba en mis planes. Me interesa ver cómo en otros lados hay formas de pensar distintas. Y ahora que estoy visitando varias sociedades indígenas para mi próximo libro, estoy resaltando las distintas formas de pensar que se reflejan en la manera de hablar y de argumentar. Por ejemplo, tengo una amiga que es muy criolla y nunca se queja de nada. En cambio, los inmigrantes siempre se quejan por la vida o por algún fantasma del pasado. Fui a un centro de indios tobas que está en Rosario (Argentina). Viven en un caserío y tienen un anciano que es el consejero de la comunidad, don Robustiano. Me lo presentaron y, mientras charlábamos, me dijo: “Le voy a contar la verdad, viví en una villa miseria,[3] en una casita muy rústica… y Hermelinda, la de la Municipalidad, (¿viste?, ¡cómo si uno supiera!, ¡yo vengo de Buenos Aires, que está por allá, y no sé ni quién es Hermelinda, pero la gente te habla así!) me dijo: ‘Don Robustiano, ¿usted necesita una casita de material noble?’ Y yo no le contesté nada, me quedé callado. Y ella dijo: ‘Sí, don Robustiano, necesita una vivienda mucho mejor’”. Si él hubiese sido inmigrante, le hubiese dicho a aquella mujer: “Sí, claro que necesito una casa, ¿no ve que tengo goteras? ¿No ve que tengo frío? ¿No ve el chiflete que entra por todos lados?” Pero los criollos son así: estoicos. Este mismo argumento es esgrimido en un texto de un uruguayo que hace cuentos de campo muy buenos: Juan José Morosoli Porrini. El cuento habla sobre dos viejos, uno criollo y otro inmigrante, que viven juntos. Pero es el criollo quien invita a su casa al otro: “Si quiere, venga”. Y el inmigrante se va a lo del criollo. El criollo es un hombre más sano porque pesca en el río y hace ejercicio; el inmigrante es un jubilado, que estuvo siempre en una oficina. Y un día el viejito de origen inmigrante se viste de gala para salir y espera que el otro le diga: “¡Ay!, ¡se ha puesto el traje!”, pero el criollo, nada. “Voy a misa”, le dice el viejito inmigrante, para que el otro vea que se vistió. “¿Usted no va, Funes?” “No”, le dice el viejito criollo, “si yo todo lo que necesito lo tengo. Y, además, si el que me lo tiene que dar” -en referencia a Dios- “no me lo da, el que está mal es él.” ¿Viste qué orgullo? Tienen esta forma de pensar tan distinta. Creo que los países en Latinoamérica están hechos de esas dos vertientes (la de los inmigrantes y la de los criollos): si no entendemos ambas, no entendemos nada.

Sí, es lo mismo que ocurre en Perú: en el S. XIX tuvimos inmigrantes de diferentes partes del mundo. Los peruanos somos una mezcla de razas y aún no tenemos una identidad colectiva formada.

Lo que se ve acá es que hay todavía mucha sumisión. Me gusta que la gente se sienta igual, que el mozo no me halague, que se sienta igual a mí. Prefiero que sea grosero. No quiero que me estén dando alabanzas: todos somos iguales.

¿Y en Argentina no existen esas jerarquías?

Hay menos jerarquías, porque la Argentina tuvo el peronismo. El peronismo igualó mucho, levantó mucho a los sectores populares, dio leyes que hasta ahora dan fruto, y eso hizo que las capas sociales se equilibraran más. En Lima, por ejemplo, la señora que me dio la ficha de migración en el aeropuerto me trató estupendamente, pero cuando le tocó el turno a una mujer criolla, con su nena bien vestidita y hermosa, no la trató bien. Se nota en la entonación, en el modo de hablar y de dirigirse al otro. Creo que la sociedad peruana y la chilena son sociedades más estructuradas que lo que se puede ver en la capital de la Argentina, por ejemplo, porque en el interior del país todo lo social es muy estructurado.

¿Y usted ha visto esa brecha entre padres e hijos?

Sí, lo he visto en mi propia familia: mi abuela era italiana y casi analfabeta y mi mamá era directora de escuela. Obviamente ellas se querían, pero vivían en mundos distintos. Cuando yo tenía quince años, pensaba que con mi abuela no tenía nada qué ver. Me decía: “Tenés la nariz muy ancha, ponéte un broche de ropa en la nariz”. Y yo pensaba: “Pero, ¿qué me dice esta vieja descarada?” Claro, lo que dice no te suena a nada, qué le iba a hacer caso. ¿Qué tenía que ver una campesina italiana con una chica argentina de la clase media? Me sentía unida a ella, pero a veces me parecía que decía cosas que no tenían nada que ver con nada. He viajado a Italia varias veces, pero a mis parientes no los he querido ver. No me sentí identificada ni con el ambiente ni con la gente cuando llegué: mi mamá ya se sentía argentina, así que no hubo esa identificación con la gente de Italia. Sé algunas palabras en italiano y recuerdo algunas tradiciones familiares, pero me siento argentina. Eso de la identidad italiana en el Perú es mucho más fuerte: tengo primos segundos aquí, los Mazzini Oneto. Los he venido a visitar muchas veces y me llevan a ver a la colectividad italiana. Allá en Buenos Aires no va nadie al Club Italiano porque medio país tiene ascendientes italianos. A los parientes vascos del otro lado, en Francia (por la línea paterna), tampoco fui.

¿Le gusta Lima?

Sí, he venido a esta ciudad muchas veces desde que era joven. He hecho un viaje por tierra, por medio Perú hasta La Paz. Me afectó el cambio de altura en Bolivia; si no, hubiera vuelto alguna vez. Pero cuando vine por primera vez al Perú, fuimos a Machu Picchu y a mucho del sur del país. Cuando volví, me encantó conocer Iquitos, que es hermosa, otro mundo en definitiva. También me gustó Arequipa, allí la gente es muy conservadora, hay muchos apellidos indígenas: Quispe, Mamani, etc., que son todos apellidos andinos. Me decía una profesora de psicología de la universidad de allá que si alguien pasa de la clase media a la alta y tiene esos apellidos, inmediatamente se los cambia. Los serranos les van a ganar a ustedes los costeños, por su constancia, capacidad de trabajo y energía. A ellos les veo más tesón, ustedes están demasiado relajados, creo que tienen mucha playa, ¿eh? (risas).

 

 

[1] Leonor aparece en muchos de los cuentos de Hebe Uhart, con su mismo nombre, y narrando todas sus peripecias.

[2] Criollo: En la Argentina: Persona nacida de padres europeos, pero criada en América. / Persona de padres europeos, pero con diversos grados de mestizaje con la raza amerindia.

[3] “Villa miseria” es el equivalente de un “pueblo joven”, un lugar donde los pobladores subsisten en medio de carencias económicas, sin los servicios vitales, y en viviendas que no están hechas de material noble.

Foto: Eduardo Carrera

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