Una fiesta de ángeles y demonios

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A 3.706 metros de altura Bolivia celebra el carnaval de Oruro. Una fusión de tradiciones ancestrales, leyendas populares y profunda devoción a la Virgen de los Mineros. Un festival de bandas profesionales y miles de bailarines. Una celebración que también es un gran negocio. 

Por Marisa Rojas

“¿Cómo va a continuar ahora el Carnaval? Lo que ha pasado es una tragedia. Todo Oruro está de luto. El presidente Morales ha manifestado su pesar. ¿Cómo vamos a volver a bailar si todavía se está limpiando la sangre en la Avenida del Folklore?”, dice a cámara una jovencísima y desconcertada china Suphay.

La calle que en los mapas lleva el nombre de 6 de Agosto es la arteria central de la mayor expresión folklórica del Estado Plurinacional de Bolivia. Y en la noche de la Entrada del Carnaval del año 2014 es puro caos. En las imágenes que muestra la televisión local se ven amontonamientos humanos, fierros desparramados y cables por el piso. Se escuchan aullidos de sirenas, murmullos que hablan de 4, 5 muertos, gritos que cuentan unos 70 heridos, todos quebrados. Pero es Sábado de Peregrinación y hay que llegar al Socavón para cumplir la promesa a la Virgen Morena.

“Acaso hoy, en un momento tan doloroso, deban hacerlo más que nunca”, intenta reflexionar la conmovida movilera de Bolivia Tv. A su espalda, en el suelo, se ven los hierros retorcidos que, hasta hace un par de horas, sostenían una de las cuatro pasarelas metálicas que cada Carnaval se instalan en las esquinas de la ciudad para facilitar la circulación de los cientos de miles de espectadores que por entonces toman las calles. Unos 500 mil: casi dos veces el número de la población local.

“Nuestro Carnaval es una fiesta y esto ensucia la imagen de Bolivia en el mundo. ¿Cómo se va a suspender? ¿Qué van a decir los turistas? Esta es una irresponsabilidad de las autoridades, que vayan y se arreglen con los de la constructora. Nosotros tenemos los puestos repletos de mercadería. Además, si los músicos desistieran de continuar, la Asociación de Conjuntos Folklóricos podría denunciarlos por incumplimiento de contrato”, dice exaltado un hombre bajito y morrudo al que en la puerta de la Alcaldía rodean cámaras y micrófonos.

“Hoy sábado toca peregrinación, a mí no me importan los negocios ni la Asociación ni todos los que aprovechan esta fiesta para andar borrachos. Hoy marchamos hacia la Mamita porque eso es lo que hemos prometido y las promesas se cumplen”, sentencia una mujer de gesto imperturbable desde la pantalla del tercer canal al que llego haciendo zapping en busca de alguna respuesta ante la tragedia que pone en suspenso al Carnaval.

 

La ciudad del Carnaval

El Carnaval de Oruro es el más importante del Altiplano y fue declarado por la UNESCO “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”. En los días de las celebraciones centrales, miles de integrantes de conjuntos folklóricos y bandas profesionales, promesantes devenidos en bailarines y turistas -la mayoría del propio país-, desbordan la ciudad.

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Gran parte de los extranjeros llegamos a Oruro en tren desde Uyuni, allí donde encandila el desierto de sal más alto del Planeta. Es temprano y hace mucho frío, la mañana está apenas soleada y asoma tumultuosa sobre el andén donde los guardas del Wara Wara del Sur acumulan montañas de bolsos, valijas y mochilas.

Oruro tiene más de una fecha de fundación: el 1 de noviembre de 1606 el oidor de la Real Audiencia de Charcas, Manuel de Castro y Padilla, la llamó “Villa San Felipe de Austria” en honor a Felipe III, en cuyo nombre la corona española se apropió de las riquezas minerales de la región. El 5 de septiembre de 1826 un decreto del presidente Mariscal Antonio José de Sucre le dio su nombre actual, reconociendo así a los habitantes originarios del lugar: los urus, uno de los pueblos más antiguos de los Andes. En tiempos de la Colonia, Oruro creció por el auge minero y hasta mediados del siglo XX fue la ciudad más moderna de Bolivia. Hoy vive del comercio formal e informal. En sus calles, testimonios de la más exquisita arquitectura colonial conviven con casas bajas de ladrillo y chapa y edificios espejados de colores intensos (del estilo de los que el albañil Freddy Mamani comenzó levantando en El Alto de La Paz dando origen a la llamada ‘nueva arquitectura andina’, o cholets). A la altura de los techos, cables negros forman enmarañadas multitudes como cubriendo las calles que suben y bajan contenidas por angostísimas veredas de cemento donde casi no se plantan árboles. Desde la cima del cerro Santa Bárbara, a 3.850 m.s.n.m., nos vigila el Monumento Escultórico a la Virgen de la Candelaria, marco favorito para las selfies de los turistas del siglo XXI.

 

La previa

El spot oficial del Carnaval 2014 dice que este es “ese lugar en el mundo donde la magia de una cultura ancestral se respira, se VIVE”; así, con mayúsculas.

Hoy viernes es día de la Anata Andina: hombres, mujeres y niños llegados de las entrañas rurales de Oruro avanzan hacia el Santuario del Socavón al ritmo de sikuris y zampoñas. Vienen para agradecer a la Madre Tierra los frutos de la siembra. A su lado, trabajadores de la Alcaldía se ocupan de los últimos detalles en las graderías donde el fin de semana se desatará la fiesta.

¿Cómo es una peregrinación en la que danzan ángeles y demonios? ¿Cómo las máscaras y las ropas invitan al juego de la inversión de roles? ¿Cómo se borran los límites para que –al menos por un par de días- todo un pueblo VIVA la misma fiesta?

Buscando respuestas avanzo por los alrededores del circuito carnavalero entre puestos que venden hierbas medicinales, electrodomésticos, esqueletos de fetos de llama, frutas de todos los sabores, polleras con puntillas y zapatillas que imitan a las de las marcas internacionales. Las cholas se encargan de los improvisados fuegos en las esquinas donde se cocinan sopas y motes. Un grupo de rubios prolijos delicados jóvenes de una ONG francesa hace campaña por la no violencia contra mujeres y niños en el Carnaval. Un anciano corta naranjas y las hace jugo.

“¿Ya tiene sus asientos mamita? Mire que se acaban, cómprelos ahora”, me dice, sonrisa plena, una niña de sombrero rosa que se recubre del sol con paraguas.

Los asientos para vivir el carnaval cuestan entre 250 y 700 bolivianos (unos 500 a 1400 pesos argentinos), dependiendo del sector: en los alrededores de la plaza principal -donde se instalan las autoridades- y a lo largo de la Avenida Cívica –frente al santuario de la Virgen-, están los más caros. En el comienzo del recorrido, sobre la Avenida del Folklore, los más económicos.

A diferencia de otros atractivos turísticos en el mundo, aquí el precio no distingue entre locales y visitantes.

En Bolivia, en febrero de 2014, el salario promedio de un trabajador es de 1500 bolivianos.

 

Los orígenes

“El actual Carnaval de Oruro es una festividad religiosa en la que se rinde pleitesía con música y danza a la Virgen de la Candelaria, patrona de los Mineros. Pero tiene su origen en invocaciones ancestrales a las deidades andinas”, explica la solemne guía del Museo Antropológico, donde se exhibe una modesta colección de máscaras, trajes e instrumentos de viento y percusión.

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El carnaval más famoso de la región andina se transformó a comienzos del siglo XX cuando los conjuntos folklóricos se institucionalizaron. Hoy, 48 agrupaciones representan 18 danzas, pero la Diablada sigue siendo la principal y sus danzarines, dicen, los más devotos.

La Diablada representa la lucha entre el bien y el mal protagonizada por el Arcángel San Miguel en batalla contra los demonios -representados en los Siete Pecados Capitales- y las legiones infernales -diablos, diablesas, chinas Suphay, chinas diablas y ñaupas-, a quienes conduce ante Nuestra Señora del Socavón para invocar su redención. La historia cuenta que esta danza remite a la que los españoles recién llegados al Altiplano vieron hacer a los urus –en honor a una ñusta por cuya intersección salvaron sus cultivos de las plagas enviadas por el dios Huari- y entendieron como una evocación a Mefistófeles. Luego otros pueblos americanos interpretarían esta danza para agradecer a la Virgen por su bondad. Y también los mineros que en Carnaval sacan a bailar al Tío de la Mina y a su esposa, la china Suphay, para pedir protección en las oscuras profundidades de la Tierra.

 

Dos días en la vida

El Sábado de Peregrinación amanece helado. Son las 6 de la mañana y desde la plaza principal llegan los ecos de la presencia de los grupos folklóricos que, alcohol mediante, desafiaron el bajo cero de la madrugada con una Serenata a la Virgen. Hoy es el día de la Entrada fastuosa para la que 30 mil promesantes ensayan coreografías durante todo un año y manos artesanas cosen y bordan trajes de una belleza imponente: con polleras largas y otras cortísimas, con pantalones tipo babuchas que terminan en una multitud de cascabeles, de colores intensos, repletos de lentejuelas, plumas y cintas infinitas. Algunos, llegan a pesar 20 kilos.

El Carnaval de Oruro comienza en el mes de noviembre después de la celebración de Todos los Santos y se extiende hasta tres días antes del inicio de la Cuaresma. Las jornadas más espectaculares son el Sábado de Entrada y el Domingo de Corso, un fin de semana entre comienzos de febrero y finales de marzo, según el calendario de la liturgia católica y en coincidencia con el tiempo de la cosecha.

A las 7 en punto comienza la Entrada en ‘el bajo’ de la ciudad. El aire se cubre de repicar de redoblantes y vibrar de trompetas. El cielo se tiñe de verdes azules naranjas de bengalas. Un auto cubierto de platería reluciente circula lento llevando en el techo una pequeña imagen de la Virgen de la Candelaria adornada con tules y flores. Los promesantes, emocionados, avanzan danzando junto a los músicos contratadas para la ocasión. En las graderías, 500 mil espectadores nos sumamos a la fiesta peregrina.

Curiosa devoción esta de hombres y mujeres que andan en la altura dando saltos acrobáticos y pasos sensuales durante 3.5 kilómetros hasta un santuario.

A media mañana el sol y el calor se vuelven implacables. Pienso en lo acertado del paraguas de mi vecina boliviana de platea. Voy por la primera cerveza del día – Paceña, auspiciante exclusiva del Carnaval- y confirmo que hay costumbres a las que nunca me voy a acostumbrar: en Bolivia, como en Perú, la cerveza se toma ‘al tiempo’ (natural).

Por las calles danzan radiantes chinas hermosas, el maquillaje y el peinado imperturbable, luciendo piernas de modelo montadas sobre tacos de 20 centímetros. Enérgicos caporales bailan y saltan como acróbatas sin descanso, representan, látigo en mano, al capataz de las fincas coloniales donde se explotaba a los esclavos. “Cuando yo bailo tiembla la tierra, soy caporal”, dice la canción.

En Oruro el Sábado de Entrada es un día devocional. Pienso en cuán particular puede ser todo eso que llaman ‘el milagro de la fe’.

“¡Ahí están Los Tolkas, son los mejores tinkus que van a ver!”, alerta a los extranjeros una vecina de gradería, una abogada de La Paz llegada con toda su familia –madre, padre, marido, 2 hermanos, 2 hijos y 5 sobrinos-, a festejar el Carnaval.

“La danza de los tinkus representa a la cultura charka, la primera nación del Qolla Suyu que hizo alianza con los castellanos durante la Conquista”, dice el programa de mano del espectáculo. Me pregunto si eso significa que los tinkus fueron los primeros traidores a la causa originaria. Y es entonces cuando un mar bravío de fucsias violetas y amarillos nos inunda de una alegría para la que no hay resistencia posible. Cientos saltamos ahora sobre las improvisadas butacas de las graderías que las familias orureñas se reparten para vender cada Carnaval.

Morenadas –con la presencia de la presentadora de televisión Claudia Fernández, la bella esposa del vicepresidente del país, Álvaro García Linera-, fraternidades de combativos Inkas, Tobas y Negritos, Zampoñeros, Doctorcitos, Solteras y Solteros de la Kullaguada, Llaneros, Qantu, Wititis, Osos y Suri sikuri continúan danzando. El desfile de colores, plumas, pañuelos, bordados, máscaras bellísimas y de terror, avanza sin pausa rumbo al santuario de la Virgen Morena. Son miles que danzan en honor a la Patrona de los Mineros. Y con ellos peregrina danzando toda Bolivia.

Vivo el Carnaval en el final del recorrido. Son las 5 de la tarde y la fiesta lleva unas diez horas, casi la mitad de su duración total. El último conjunto puede ingresar al Socavón a las 4 de la madrugada. En el Santuario es hora de la misa, los promesantes ingresan de rodillas y rezan frente a la imagen de la Candelaria. Ya no lucen las máscaras endiabladas, ahora son lágrimas conmovedoras las que cubren sus caras. Desde las alturas del templo los custodian pinturas del Espíritu Santo, la Virgen María, Jesucristo, los doce Apóstoles y siete Ángeles Arcabuceros.

 

La tragedia

Cuando la noche empieza a vestir el Socavón en la platea volvemos a vestir nuestros abrigos: en la altura del Altiplano la amplitud térmica no es un dato de color. Estamos expectantes que al doblar la esquina, justo frente al palco principal, las bengalas y las trompetas anuncien la llegada del ángel de cara endemoniada que vestido de soldado romano viene a librarnos de todo mal.

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En la mañana, cautivada por los primeros conjuntos que veo en la Avenida del Folklore, y sin la astucia para avanzar por los atajos del circuito carnavalero hacia el Socavón, no llego a tiempo para la entrada de la Diablada del Centenario, la primera de todo Oruro, fundada por los matarifes en 1904. Me quedo con ganas de más cuando por la tarde aplaudo la presentación de la Diablada Oruro, la segunda más antigua, creada por maestros artesanos, peluqueros y sombrereros en 1944. Ahora es el turno de la Diablada Ferroviaria que los trabajadores de los trenes formaron en 1956. La expectativa por la llegada del Arcángel San Miguel crece con la oscuridad del cielo.

Pero las horas –y el frío- avanzan y un extraño vacío va cubriendo las calles por las que ya no repican los pasos de los danzarines ni los platillos de las orquestas. En las esquinas, los caldos de las ollas lucen cada vez más espesos. Un silencio oscuro se apodera de las graderías en el Socavón. La marcha de la Entrada se detiene. Algo huele a podrido en Oruro.

Como en Procesión, locales y extranjeros abandonamos nuestros asientos y caminamos rumbo al bajo de la ciudad buscando saber qué sucede. Las plateas alrededor de la plaza principal también se vacían. Desde la Avenida del Folklore llegan gritos y sirenas. La policía nos prohíbe seguir avanzando.

 

Oh poderoso San Miguel Arcángel (…)

a tí acudimos con confianza,

para que vuelvas a librar la batalla contra los espíritus malignos

que agitan y pervierten las conciencias y la sociedad,

tratando de imponer su imperio de corrupción y soberbia.

Oración a San Miguel Arcángel

(fragmento)

 

En la televisión del hotel dicen que se desplomó la pasarela de la esquina de 6 de Agosto y Cochabamba en el momento en que pasaba por allí la Banda Intercontinental Poopo acompañando a la Diablada Ferroviaria. Unas 100 personas ocupaban entonces la pasarela por la que ya no circulaba nadie y cuyas lonas laterales habían sido cortadas para mirar la fiesta desde lo alto. Un total de 5 muertos -4 de ellos integrantes de la banda- y 88 heridos, es el saldo de la tragedia que cambiará para siempre la historia del Carnaval donde los asientos cuestan hasta la mitad del salario promedio de un boliviano.

La jornada inaugural de la celebración folklórica más impactante de Bolivia se reanuda a la medianoche. Quedan dando vueltas en el aire debates morales, religiosos y económicos. Conjuntos, fraternidades y bandas continúan la Entrada marchando con pena por las calles de la tragedia. En los estandartes y en los trajes llevan cintas negras. Ya no hay saltos ni coreografías festivas. Los rostros de los promesantes lucen descubiertos desde mucho antes de llegar al Santuario de la Virgen donde las bandas entonan fúnebres acordes. Oruro vive su noche más oscura y fría.

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