Un punto de llegada y de partida

Por Franca Ferrari, Juan Piterma, y Camilo Santos

Fotos: Tomás Cuesta.

 

“La palabra ya no tiene el poder”:  con esta provocadora consigna Anfibia y  Casa Sofía presentaron en Proa los seis proyectos del Laboratorio de Periodismo Performático. Investigación periodística y trabajo artístico se combinan en el crisol de un espacio que ponen los géneros patas para arriba. Al parecer, las fronteras existen sólo para ser atravesadas.

 

Jorge Burgos llega a su casa cansado. Acaba de sembrar, en un radio de 60 kms, los tres prolijos paquetes en los que envolvió a su novia descuartizada. Va al baño, se moja la cara y mira el espejo: practica un primer gesto de congoja. Desde este momento sólo lo obsesionará una cosa: la distancia que pueda haber entre los hechos y el relato de los mismos. Burgos se entrena para declarar frente a la policía una versión que lo salve. Quizás intuya el gran revuelo que provocará en la prensa de este año 1955 lo que  acaba de hacer. Lo que no imagina es que 63 años después, un nuevo género periodístico, más allá de las palabras, pondrá esta historia de nuevo en carne viva.

Es en la zona incómoda entre la palabras y las cosas, donde la nueva propuesta de Anfibia busca juntar el periodismo con la performance. El objetivo es claro: narrar con una gramática nueva aquello que está detrás de lo dicho. A eso se refiere “La palabra ya no tiene el poder”, el lema con el que la revista presentó,  junto a Casa Sofía, los seis trabajos finales del Laboratorio de Periodismo Performático, cuyo espacio promueve nuevas formas de creación a partir de la combinación de investigación periodística y trabajo artístico. Esta aparición en sociedad en el auditorio de la Fundación Proa, confirma que, para el periodismo narrativo, las fronteras existen sólo para ser atravesadas.

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María Eugenia Cerutti, co-autora de Con toda la muerte al aire, la obra que rememora aquel asesinato en el año 55, comparte la presentación con Julieta Hantouch, Cristian Alarcón y Fernando Rubio.  Los cuatro exponen,  con alegría, el proceso  de creación de las seis performance. Ese buen ánimo es, por caso, atributo de quienes disfrutan de tomar riesgos: Casa Sofía dedica sus esfuerzos al desarrollo y promoción de las diversas expresiones emergentes de la cultura desde una perspectiva experimental, y Anfibia tiene desde sus orígenes la filosofía de ir  más allá de las fronteras del periodismo.

En cuanto a desafiar los límites se refiere,  otra de las obras seleccionadas, Micropolítica de la Supervivencia Gorda de Ana Larriel y Rocio (Inmensidades), juega fuerte,  ya que tiene el mérito de ser, a la vez que pionera ejecutando este género, mascarón de proa en cuanto a la militancia sobre el tema. La obra, según las autoras, busca “reponer la palabra y la imagen de aquellos que han sido pesados y medidos antes de poder hablar, rescatando a los sujetos que existen detrás del diagnóstico” y cuya realidad es la de ser sobrevivientes en “un sistema neoliberal magro”. En tal sentido, la militancia sobre la gordura tendría más chances de llamar la atención en un registro que comparte su naturaleza disidente: “este desafiar los conceptos sobre los cuerpos, en el registro académico y en el aula,  tal vez  no se escuche tanto como acá”

La originalidad es un rasgo común de  los trabajos seleccionados. Los seis proyectos ensayaron nuevas posibilidades creativas bajo la mirada atenta de Fernando Rubio, director, curado y dramaturgo y tutor del laboratorio.  El resultado de esa labor no pudo menos que revelarse de manera única: “fue muy estimulante porque cada proyecto era muy diferente y fue un desafío entender como la performance y el periodismo se unen para generar un estética nueva”.

Más cercana a las creaciones propias de Rubio, pero no por ello menos desafiante en cuanto al trabajo de mixturación, Laberintos de Cristal  de Daniela Camezzana y Clara Tapia presenta una acción que  hace foco en los movimientos de las mujeres para encontrar su lugar dentro del Poder judicial. El cuerpo se vuelve territorio de conflicto,  en lugares vinculados a la formación del poder mismo. Se trata de interrumpir el paisaje cotidiano:  “El mismo cuerpo que está en la calle o en los palacios de los tribunales siempre es el mismo y circula por los mismos ámbitos” señala Camezzana.

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El camino de estas apuestas se inició seis meses atrás, con el lanzamiento de una exitosa convocatoria de la que participaron 200 proyectos motivados por una propuesta simple: “Si tenés una gran idea es tu oportunidad de concretarla. Si sos periodista, llamá a un artista. Si sos artista, llamá a un periodista. Trabajen juntos”.  Al respecto, desde  Anfibia destacan que el  desafío fue ante todo ponerse a pensar en la materia contemporánea. Es decir, no en el acontecimiento en sí mismo, aunque algunos proyectos tomen temas que estén calientes en la agenda: más bien se trata de una cuarta etapa, la de creación. La idea central es que para producir relatos contemporáneos no basta con la información, el relato y la opinión.

Quizás una de las intervenciones más acabadas en términos de creatividad y urgencia es la del colectivo Surdelta, de Myriam Shelhi, Santiago Galar, Tutanka y Lucrecia Estrada, pues une el arte urbano, el periodismo y las ciencias sociales en acciones de pura actualidad. Su primera intervención fue durante el Mundial: cuestionaron la desigualdad de género en el mundo del fútbol. La segunda fue durante la vigilia en el Congreso por la legalización del aborto. “El arte callejero y el periodismo se juntan en el espacio público. Es el lugar que nos pertenece para dar un determinado tipo de mensaje”, sostiene Sheli.

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Como en el dibujo del holandés M. C. Escher,  donde una mano se dibuja a sí misma, el periodismo de interpretación indaga sobre la realidad a la par que experimenta con sus propios recursos. Ese camino alcanza, con el Laboratorio de Periodismo Performático,  su última frontera.

Detrás de ese límite, en opinión de Sebastián Hacher, periodista y tutor del laboratorio que acompañó los workshops: “es cuando el periodismo rompe el límite de la pantalla y te transforma” tanto como creador como lector-espectador. Es decir, en ese acto el periodismo performático hace un intento genuino y honesto para narrar allí donde el lenguaje no llega.

En esa sintonía podemos ubicar a   Sinfonía Big Data, de Colectivo dominio público (CDP),  cuya acción se propone la plena participación del público para cuestionar los modus-operandis de la manipulación y la construcción de subjetividades. Este grupo se interesa por temas como la tecnología, la modernidad, la internet y la construcción de la subjetividad dentro de este mundo moderno y tecnológico. Además, aborda temas de creciente complejidad teórica, como la vigilancia, el poder, el control y los resquicios de libertad que aparecen en ese conglomerado de poder.

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Como se ve, no se trata de un desmedro de la calidad informativa. La investigación se valoriza y  es la que provee la materia prima de cada una de las experiencias. En otras palabras,  es la base que posibilita la parte creativa, porque sigue siendo la fuente primordial de cualquier periodismo. Después vendría  aquello que pone en juego  lo creativo y lo político y hace partícipe al público. Al respecto, Cristian Alarcón propone: “hay que intervenir en nuestras audiencias, tocándolas y sometiéndolas incluso al intercambio físico con las performances, o a través de nuestras redes sociales, vinculándolos, incluyéndolos y arriesgándose”

En Voces Disidentes, ese involucramiento alcanza un punto máximo: la acción invita al público a ingresar en un túnel. Allí se escuchan incesantemente fragmentos de discursos naturalizados que contribuyen a la generación de desigualdades en nuestra sociedad. Dentro de él, la propuesta será que los participantes realicen en forma colectiva una búsqueda de voces generalmente acalladas o invisibilizadas.

El periodismo performático vendría a coronar, con la instancia de creación, un proceso incesante y de nutritivo intercambio entre investigación, narración e interpretación. Situarse en el “lado alto” de ese cubo, supone revisitar  un espacio crucial, que no es otra cosa que “un punto de llegada y también de partida”. Ahora bien, ese punto de partida supone preguntas desafiantes en términos del lugar específico del periodismo y su relación con la “verdad”.  Precisamente, en tiempos de la posverdad y del reinado de lo fake, se trata ante todo,  como plantea Sebastián Hacher, de evitar respuestas insinceras: “tener una visión honesta frente a la realidad y  revalidar el compromiso”.

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Por supuesto, esto supondrá un debate al interior del periodismo cuyas aporías restará resolver en la praxis misma, tal como sugiere Alarcón: “Es el debate que nos vamos a tener que aguantar de cara a nuestro diálogo permanente con el periodismo de América Latina. Las discusiones en periodismo en América Latina están signadas también por la grieta política y cultural pero lo cierto es que gana siempre un periodismo más liberal que popular (…) Argentina es un caso singularisimo, y también en algunos medios de Brasil, porque las audiencias tienen un nivel de sofisticacion extraordinario. Eso nos permite a los que hacemos periodismo tener estos atrevimientos. Esta pregunta se puede responder desde las audiencias(…) Cómo provocarlos, darles contenido e incitarlos a que sus vidas están atravesadas por la información. Una información que es todo complejidad y que nunca está cerrada. Periodismo performático en términos de verdad va a dar su discusión desde esta potencialidad política (…). Quizás, el periodismo performático sea lo más lejos que se puede estar del periodismo walshiano y sin embargo tengo la sensación de que se parece muchísimo”.

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