Un devoto de San Perón

foto-PeruginoPor @mercedes.

En Llavallol, muy cerca de una parada del colectivo 318, a mitad de cuadra hay una casa chica con unas rejas negras, sus persianas bajas y un jardín con flores custodiadas por unos dinosaurios de juguete, los cuales están ahí porque a los chicos que salen del colegio “les gusta verlos”. Al tocar el timbre sale Santiago Eusebio Perugino, de 82 años, vestido con una camisa cuadrille, roja y negra, y un pantalón negro.

Lo primero que se ve al entrar son tres lugares: a la izquierda está el living y como hay poca luz, sólo  se puede distinguir un sillón negro y un modular con un espejo al frente. En el centro hay un pasillo que conduce a las habitaciones y por último, del lado derecho está la cocina,  que tiene sus paredes pintadas de verde agua. En una esquina está la mesa con sus sillas marrones, detrás hay una radio, de los años ’30, sobre una mesita del mismo color, marrón, y por delante tiene la televisión, de esas que estaban en todas las casas en los noventa. Por último está la heladera que en su costado tiene fotos del matrimonio Kirchner. Este es el lugar donde hasta hace un rato Perugino estaba almorzando, después de levantar los restos, empieza a contar su primer encuentro con el peronismo.

Fue a sus 12 años, cuando estuvo presente en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, conocido desde ese día como el “Día de la Lealtad Peronista”. Pero no fue solamente a la plaza sino que empezó a marchar desde antes. Eran las 2 de la tarde, en el barrio de Floresta, y él jugaba con sus amigos a la pelota  en la calle, según recuerda en Álvarez Jonte y Pasaje Mercedes, cuando, a unas cuadras, sintieron el grito “Perón, Perón” e inmediatamente fueron para allá. “Eran unos 6 muchachos y con ellos entramos a la fábrica de hielo, la gente trabajaba bajo el agua en zapatillas y los sacamos de ahí”, así  decide Perugino empezar su  relato de cómo entraron en las fábricas para hablar con los empleados y “comentarles” que el Coronel Juan Domingo Perón estaba preso en la isla Martín García y que la manifestación tenía el fin de liberarlo, por este motivo debían acompañarlos.

A eso de las seis de la tarde y luego de pasar por otras dos fábricas más, la de curtiembre y la de cigarrillos, fueron a la intersección de Indio y Segurola, que era el punto de encuentro que tenían pactado con los otros barrios, Villa del Parque, Villa Devoto y Villa Luro, para ir con los colectivos hasta Plaza de Mayo. Ese día, a excepción de los que vendrían después, cuando Perugino llegó a la plaza, uno de sus vecinos lo agarró y le dijo que era muy chico para estar ahí y que sus padres debían estar preocupados. Por eso, decidió volverse a su casa, les contó a sus padres lo que había hecho y ellos le explicaron que Perón en ese momento ocupaba el cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, que fue creada por pedido suyo y que desde ahí promovió los derechos de los obreros, como el aguinaldo y las vacaciones. Esos fueron los motivos que lo “enamoraron” del discurso peronista y que años después le daría más valor en su trabajo de obrero.

Alrededor de las 23, Perón llega a la casa de Gobierno y Edelmiro Farrell, el presidente en ese momento, es quien le pide  que le hable a la gente que estaba  en la plaza para que se desconcentren. “Cuando Perón salió al balcón la gente se quedó tranquila porque si no hablaba, eran capaces de prender fuego la casa de Gobierno”, recuerda Perugino, que en ese momento ya estaba en su casa pegado a la radio, la misma que conserva en su cocina, listo para escuchar el discurso.

Ese fue el primer y el último discurso que escuchó desde su casa porque después iría a la plaza cada 1º de mayo y cada 17 de octubre a escuchar los discursos que Perón daba a las cinco de la tarde y estaría en primera fila, con su bandera Argentina que tenía dos imágenes entre laureles, de un lado la de Perón y del otro la de Evita.  Para Perugino, ellos fueron “lo más grande que le pasó a la política en este país”. “Todos los primeros de mayo íbamos a la plaza y cantábamos “Mañana es san Perón” y yo fui uno de los que invente la continuación: “que trabaje el patrón” y ahí toda la plaza empezó a cantar eso”, recuerda Perugino sobre la primer discurso de Perón en el día del trabajador.

En el presente solo le quedan los recuerdos de todos los momentos que vivió en esa época y dice que cada vez que un evangelista le toca timbre, él los atiende y les contesta: “Yo creo en Dios, pero al único Dios que he visto fue a Perón porque le dio la dignidad a los trabajadores”. Y este 17 de octubre, a 70 años de ese primer encuentro con su “Dios”, salió por las calles para contar su historia a los más jóvenes que no tuvieron la posibilidad de conocerlo, pero que a través de su relato busca que sientan su mismo amor, su mismo fanatismo.

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