Todo lo que hicimos en nuestra vida

Por @niamfrifruli.jubilados1

Entro a la casa y mientras termino de saludar y de bajar los bolsos, veo que mi abuelo me estira la mano y me alcanza un par de hojas. Atrás asoma también mi abuela.

– Acá está lo que nos pediste. Creo que está todo- dice él.

– Con nuestra memoria puede que hayan faltado cosas- completa ella.

En los papeles, detallados con prolija imprenta mayúscula, una lista larga de trabajos, changas y oficios de los más variados, que hicieron desde los 12 años. Después de cada descripción laboral, como un apéndice del punto y seguido, él repite como un mantra: “sin aportes”. Ella detalla: “en negro”. Ambos son jubilados beneficiarios de las moratorias impulsadas a partir de la recuperación de la Anses durante los años kirchneristas.

Con un impulso un poco irreverente y pretencioso, tecleo horas y horas, quiero hacer una suerte de microhistoria con esto. La memoria de mi abuelo y mi abuela la veo como parte de la memoria colectiva de estos últimos años de reconocimiento de derechos. Sus retratos personales son parte de una foto mayor: 50 años de luchas obreras reprimidas y sucesivas entregas sindicales. Son el espejo de una sociedad que muchas veces no quiere hacerse cargo y que estalla en furia vomitiva cada vez que habla de quiénes merecen algunos derechos –porque se los ganaron- y quienes no -porque son oportunistas invitados a una fiesta a la que no merecen asistir-.

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La previsión social es impensable sin la revolución industrial capitalista, la organización obrera y la consolidación de los Estados modernos. La conflictividad social creciente en los centros industriales, a la par de la conformación de las primeras organizaciones obreras, rápidamente se trasladó a nuestro país, impulsado principalmente en las oleadas inmigratorias donde, junto con “la mano de obra” que bajaba de los barcos, llegaban también las ideas anarquistas y socialistas.

Así fue mutando desde su origen ligado a la planificación familiar –un sistema de prole numerosa era garantía del cuidado de enfermos y ancianos-, hacia el tutelaje mediante la creación de la Sociedad de Beneficencia –con fuertes lazos con la Iglesia Católica-, hasta llegar a la resolución colectiva solidaria con las primeras sociedades de socorros mutuos y la posterior intervención directa del Estado.

Desde finales del Siglo XIX hasta mediados del XX, los diferentes procesos políticos fueron moldeando la previsión social en relación directa con los intereses que pujaban en cada contexto. Así podemos ver desde los orígenes ligados a una estrategia para contener huelgas y conflictos, a un segundo momento de expansión gradual en el período entreguerras, incorporando a la cobertura a un conjunto relativamente privilegiado de asalariados de forma fragmentada, hasta llegar a una etapa de alcance masivo de las prestaciones mediante un sistema de solidaridad intergeneracional, pasando de miles a ser millones de beneficiarios. En el centro de la escena, las variables de disputa: porcentajes de aportes, edad de retiro, financiamiento y calidad de prestaciones.

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Él,  secundario incompleto,  y ella, hasta cuarto grado de la primaria, atravesaron toda su actividad laboral marcados de dictaduras, pequeñas islas democráticas con proscripciones que no alcanzaban a subsanar las políticas antiobreras, hasta llegar a los gobiernos neoliberales. Vivieron de primera mano los descalabros económicos tan mencionados en la memoria colectiva de la Argentina: desde el Rodrigazo a la bicicleta financiera de la última dictadura, desde la primavera alfonsinista hasta la hiperinflación. Desde la farsa de la convertibilidad a fuerza de privatizaciones hasta su estallido en el 2001.

En todos esos años, la previsión social sufrió tres embates puntuales que apuntaron al corazón de la estructura previsional: la reforma de 1969 del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, la de 1980 de la última dictadura cívico-militar y la de 1994 del gobierno neoliberal de Carlos Saúl Menem.

El primero centralizó administrativamente los haberes permitiendo que las cajas previsionales que no estaban siendo rentables lo fueran, sumó restricciones al acceso –aumentando la edad jubilatoria, además de establecer un piso y un tope a los años de aportes. Por último, la reforma implicó que la distribución del ingreso entre la población pasiva estuviera vinculada directamente con la distribución existente en la vida activa, sosteniendo las desigualdades a favor de los estratos ocupacionales más privilegiados, ensanchando la brecha en trabajadores de primera y de segunda.

Los segundos recostaron el sostenimiento de todo el sistema sobre las espaldas de los sectores medios y bajos, eliminando las contribuciones patronales y reemplazando aquellos ingresos a través de la ampliación del Impuesto al Valor Agregado (IVA). La política de congelamiento salarial impulsada por la dictadura en un fuerte clima inflacionario, recayó también sobre las jubilaciones al estar asociadas directamente. Para 1981 y en sólo un año, el déficit primario del sistema previsional había alcanzado el 60% de los gastos totales. Estas debilidades estructurales fueron el corolario del colapso financiero que se profundizaría en democracia.

El tercero completó el cuadro imponiendo la santísima trinidad del neoliberalismo –toda una serie de medidas prefijadas en el Consenso de Washington y requeridas por los organismos financieros internacionales-: reducción de aportes patronales, seguido por la desocupación y completado por una brutal recesión económica. La privatización del sistema de la seguridad social, dividiéndolo entre público (con esquema de reparto) y el modelo de capitalización administrado por las AFJP, dejó excluidos a 4 de cada 10 personas en edad de jubilarse.

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Servicio doméstico en casa de familia en diversas oportunidades, amasado y horneado de panificaciones con posterior venta ambulante, reparto de papas a domicilio, tintorería, lavaplatos en un comedor, tejidos a pedido con jornadas de hasta doce horas, crianza de gurises ajenos en dos oportunidades, reemplazos de cocina en escuela de jornada completa. Moratoria previsional en 2006. Ella, sujeto de derecho, trabajadora ama de casa.

Reparto y atención en mostrador en el almacén familiar, transportista de cargas generales, representante de la SIAM y Volcán, carnicero, taxista, transportista de lácteos, fletero en época de cosechas, encomiendas para correo privado, verdulero, remisero inscripto, reparto de un frigorífico, monotributista, guardia en una casilla –¡en blanco! aunque sin aportes patronales correspondientes–, gestoría bancaria por 30 pesos diarios. Moratoria previsional en 2007. Él, sujeto de derecho.

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Al fin del esquema de moratoria previsional –con vigencia hasta el 18 de septiembre de 2016 y con un estimativo de exclusión de al menos 142 mil personas según este artículo-, se sumó el cese en las coberturas del 100% de algunos medicamentos. Esto vuelve a poner a la discusión por la jubilación en el centro de la escena. Es en definitiva, una discusión sobre el trabajo.

jubilados2Cuando en febrero de 2016, el titular de la ANSES, Emilio Basavilbaso, habló de la injusticia de que “la gente que contribuye reciba lo mismo que la gente que no contribuye” y utilizó el concepto de premios para “la gente que puso dinero en el sistema”, sin necesidad de explicitarlo, condenó a los sobrantes a un castigo. Con una cuestión concreta, en su mayoría son “las”: las amas de casa.

El Centro de Economía Política Argentina (CEPA), señala que “antes de la primera moratoria lanzada en 2005, la cobertura del sistema previsional alcanzaba a cubrir apenas al 65% de las personas en edad de jubilarse. A través de la puesta en práctica de las distintas moratorias, el kirchnerismo logró que tal cobertura llegara al 97%, lo que implica en la práctica la universalización previsional”.

En la primera, que incluyó a 2,7 millones de personas, el 73 por ciento fueron mujeres (8 de cada 10). La segunda, en 2014, el número ascendió a 86 por ciento (casi 9 de cada 10). El Sindicato de Amas de Casa de la República Argentina (Sacra), fundado en 1983 es claro al detallar que “los dos tercios de las mujeres que además de atender sus hogares participan en el mercado laboral, trabajan más de 80 horas semanales”. De eso, se desprende que “para la totalidad de las amas de casa, las tareas del hogar nunca llegan a insumir menos de 50 horas semanales”. Luciana Peker, en una columna de marzo en el suplemento Las 12 de Página/12, señala que “la jubilación para amas de casa se nombró tanto que se creyó lograda y ahora puede desvanecerse. El problema es que no quedó plasmada en una ley que la garantice como sí sucedió con la movilidad jubilatoria: aumentos obligatorios dos veces por año”.

Trabajar durante toda una vida en negro, sin realizar los aportes correspondientes como trabajadores autónomos o sin garantías de aportes patronales al hacerlo en relación de dependencia, puede tratarse de cualquier cosa, menos de una “avivada”. Es transcurrir la cotidiana sin garantías de obra social para sí y mucho menos para la familia, sin seguros o ART en caso de accidente laboral por lo que un día perdido –desde una gripe hasta una quebradura, ni que hablar la maternidad-, es un día sin ingresos. Ni hablemos de alguna posibilidad de vacaciones pagas. Entonces, si el radar del laburante no registra más allá del día a día, complejo que lo planifique a largo plazo.

¿De quién es la culpa si un Estado no combatió la evasión fiscal ni impulsó políticas de pleno empleo? El caso puntual –ese que tanto gusta de citar cada área de la nueva gestión para justificar el suspenso o directamente el cese de políticas públicas- se multiplica por millones. En la sumatoria, la tesis de un castigo ejemplar para los individuos que no cumplieron, se diluye en la magnitud de la bestia: el problema es estructural y está empezando nuevamente a morder en los bordes.

Fuentes:
CEPA – Centro de Economía Política Argentina. “Se jubiló la moratoria”.
Ámbito Financiero. “Es injusto que quien contribuye reciba lo mismo que quien no contribuye”. Entrevista a Emilio Basavilbaso.
CIFRA – Documento de Trabajo N°2: La evolución del sistema previsional Argentino.
Suplemento Las12 – Página/12. “Sin resguardo” por Luciana Peker.

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3 Responses

  1. Brillante resumen. De lo que naturalizamos como derechos adquiridos a una latente extinción

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