Solo estoy improvisando sobre un furgón cualquiera

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Por Nicolás Germán.
Fotos e ilustración Gisele González.

El olor a metal oxidado solo es superado por el olor a marihuana. Al menos cuatro porros están encendidos, y pasan de mano en mano, en diferentes grupos que conforman los pasajeros que allí viajan. No bien uno se asoma a la puerta del furgón desde el andén, ya se siente el perfume dulce y especiado. Adentro, hay un poco más de treinta personas, está lleno, pero no viajan apretujados, se pueden mover. Se oyen risas, conversaciones casi a los gritos, bostezos exagerados.

El silbato del tren suena férreo y perfora la tarde en la estación de Villa España. Comienza a moverse la locomotora del General Roca, se oye el fragor de los engranajes moviéndose. Un hombre se aproxima presuroso por el andén con una bicicleta, se detiene frente a la puerta y alzándola con un solo brazo, intenta cargarla dentro del furgón. Dos jóvenes la agarran desde arriba, uno de ellos dice: «Suelte, suelte, que yo la subo». El hombre ya con las manos libres se agarra de un pasamano e intenta pisar el pequeño estribo que hay por escalón, pero le erra. El tren se mueve, pero muy lento. Finalmente lo pisa, uno de los jóvenes le tiende la mano, y de un rápido impulso sube. «Gracias ―dice el hombre―, creí que el furgón venia atrás, tuve que correr». El joven, esbozando una mueca cómplice, le contesta: «Si, te re caga a veces». El hombre acomoda su bicicleta en uno de los lados, donde ya hay seis bicicletas, unas apoyadas encima de otras.

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Las paredes internas están pintadas de blanco. Se las ve rayadas y picadas por el óxido. Y, a pesar de ser una tarde templada, el maltrato de la chapa produce una sensación de frío con solo mirarla un instante. Abundan inscripciones de todo tipo sobre ella: graffitis estilo hip hop, escudos de equipos de fútbol, dibujos de miembros viriles, algunos con forma de hongo, otros con forma de cohete… Números telefónicos, frases de canciones, correos electrónicos, nombres propios, apodos, nombres de barrios o ciudades, algunos seguidos de la palabra “manda” o “aguanta”. Todo está hecho con fibrón, con aerosol, con birome, con pintura, incluso, hay algunas palabras talladas con algún objeto filoso, o quizá con la punta de una llave, o el borde de una moneda. Todo es un gran collage de palabras y dibujos que se superponen unos encima de otros. El techo es más bajo que el de los vagones, y algunos hombres, por momentos, cuando el tren se bambolea demasiado, apoyan la palma de la mano sobre este para sostenerse. El furgón no tiene pasamanos por dentro, es una gran caja de lata, parece un container.

Todos viajan parados, a excepción de uno. En una de las esquinas, la que está junto a la puerta que da al andén, un anciano de piel curtida está sentado sobre una pila de cartones envuelta y amarrada en una arpillera blanca. Parece distendido, como sentado en un puff. Sus ojos están casi cerrados, como si el traqueteo rítmico del tren sumado al cansancio que denota su semblante le resultase soporífero.

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El tren se detiene en la estación de Quilmes, suben tres jóvenes. Dos chicos y una chica. Los tres tienen una mirada cautelosa. Tal vez, algunas personas que allí viajan, les generan aprensión. De todas formas hablan con tranquilidad. La chica es rubia, de ojos verdes y lleva en su espalda una guitarra dentro de su estuche. Es la única mujer allí. Algunos la miran por momentos, pero nadie le dice nada. Cada uno en su mundo, sin molestar a nadie. Se cruzan algunas miradas, pero estas no persisten mucho tiempo, como si nadie quisiera invadir la intimidad del otro, al igual que en los bares o los colectivos.

Ante todo se respira camaradería.

El humo de la marihuana flota denso sobre las cabezas. Siguen las risas y las conversaciones. En una ronda, giran en sentido contrario dos botellitas de Fernandito VII. En otra, una botella de Coca-Cola pero cargada con cerveza. La locomotora marcha rauda y el ritmo del traqueteo se oye constante, siempre es el mismo: “tatá tatá, tatá tatá”. El motorman hace sonar el silbato en los cruces más importantes. Al estar justo detrás de la locomotora, el sonido repercute con precisión y fuerza dentro del furgón.

furgon4El tren llega a la estación de Bernal, sin embargo, nadie baja del furgón. Pasa un minuto, dos, tres, cuatro. «¿Qué pasa, loco?» ―dice un muchacho, mientras se asoma a la puerta. Dos más lo acompañan. Ven que mucha gente está descendiendo de los vagones. «¿Qué mierda pasa?» ―pregunta un hombre a los que están en la puerta. «Se están bajando todos, loco. ¿Qué onda?» ―contesta el joven. Un guarda camina hacia el furgón y asomando la cabeza adentro dice:

―Se tienen que bajar. Hubo un problema en las vías en la estación Don Bosco.

Todos al unísono gritan dos vocales: “u” y “e”. Vociferan, protestan. «¡La reconcha puta de su madre, loco!» ―trona un muchacho con ira. «¡¿Cómo puede ser, che?!», dice un señor al mismo tiempo que alza su bicicleta al hombro. El guarda menciona que se suspende la salida del tren hasta que se solucione el problema. «Seguro otro que se suicidó» comenta un hombre irritado.

Algunos empiezan a descender por la otra puerta, la que da a la vía contraria. Descargan las bicicletas ayudándose entre dos o tres para aligeran la acción. Todos caminan apurados hacia la salida de la estación, algunos corren, otros se quedan indecisos pensando qué hacer. Un chico baja del furgón de un salto y camina hacia la entrada de la estación, se detiene y observa hacia la avenida San Martín, donde, en la vereda, se aglomeran un cúmulo de personas esperando tomar algún colectivo. Estos se llenan hasta el hartazgo. Viajan parados en la escalera, agarrados del pasamanos. En el andén algunas personas discuten, se quejan histéricos. El chico regresa al furgón.

―¿Y Chipi, qué onda? ―le pregunta un chico más grande.

«Nada, está hasta las bolas», responde. El más grande se ríe y saca un porro de un paquete de Philip Morris. «Vamos a hacer uno», dice, se sienta en el piso e intenta prenderlo con un encendedor ya sin gas. El más chico lee en voz alta una inscripción escrita con fibrón que no había visto hasta entonces.

―“Yo tampoco se vivir, solo estoy improvisando” ―dice, pronunciando palabra por palabra

El más grande larga una risotada: «¡Ja! ¿qué decís?». Un nubarrón espeso brota de su boca.

En el furgón ahora predomina el silencio, que solo es interrumpido por el rumor de los pasos del chico, que camina de un lugar a otro, asomándose a la entrada, mirando hacía el andén. Quedan los dos jóvenes y el anciano, que sigue recostado sobre el pilón de cartones, como si nada hubiera pasado. «¿Y ahora qué hacemos, don?» ―le pregunta el chico que está fumando. El anciano lo mira y le contesta con quietud: «Y, esperar».

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3 Responses

  1. soy usuaria del Roca, me sentí muy identificada por el relato

  2. Excelente crónica, fotografía e ilustraciones! Registra tan bien los momentos y personajes del Roca. Felicitaciones!

  3. hola, Nicolás (y Gisele): me gustó mucho la crónica, me sentí compartiendo el mismo viaje (acaso otro día o a otra hora). Aprovecho para invitarlos a ver una muestra de fotos furgoneras (estenopeicas color) que estoy haciendo: http://fernandoaita.com.ar/
    Estamos en contacto, que anden muy bien.
    Abrazos ferrocarrileros!

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