Seiscientos soles, amigo

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Por @anaclaudia.

Tiene un tic peculiar en el ojo y nariz. Eso delata su pasado. Su voz se parece a la de uno de esos vendedores que suben a los micros, pero no: él no vende golosinas, no canta, no cuenta chistes en el transporte público.

Juan Carlos Girón Carrillo no está solo. Un robot y motos a escala, de todos los tamaños, están junto a él. Antes de pararse en el pasaje Pizarro, estuvo en un centro de rehabilitación. Antes de ocupar su mente en creaciones metálicas, él vivía únicamente para la pasta básica de cocaína: la dureza de un talento maleable. Unas cuantas monedas le acaban de dejar en su tazón de metal, donde está escrita la palabra “colaboración”. Pum. Cae otra moneda y su eco retumba en el llanto de un bebé.

—Gracias— dice Juan Carlos. —Dejar las drogas es muy difícil, bien difícil— recalca y suspira como suspiran los hombres resignados.

Otro día más se suma a los tres meses que Juan Carlos lleva en el pasaje del jirón Pizarro esperando, quizá, que algún extranjero le deje un dólar o le compre un objeto de colección. El año pasado comenzó con el arte del reciclaje o, como él lo llama, “darle vida a la chatarra”. Pero en este caso, Juan Carlos comenzó a limpiar la chatarra de su vida.

“Hace tres años y dos meses estoy en abstinencia sin ningún tipo de drogas”, dice con una mirada pausada, calmada, como quien leyera y repasara un libreto de teatro.

Juan Carlos está parado bajo el sol y parece no incomodarle. Ha soportado climas más intensos, como el de Piura, su tierra natal. De allá vino para internarse en Salidos del Mundo, centro de rehabilitación ubicado en Florencia de Mora.

Año y medio de lucha, de convivencia con otras personas adictas. ¿Será acaso durante este tiempo que a Juan Carlos se le tatuaron esos rictus en su rostro que le evocan su pasado como fumador de pasta? A sus 37 veranos, sus recuerdos aún se conservan.

“Estoy pensando cómo hacer una mototaxi, pero más grande. Inclusive, quiero ponerle sus toldos y asientos para que sea algo más real”, dice con entusiasmo. El piurano tiene afición por las motos, pues 15 años de su vida las ha manejado. Por ello, la mayoría de sus piezas artísticas son estos vehículos menores. Pero sus ideas y creatividad no tienen límite y se ha atrevido a dar forma a personajes como El Depredador, El Quijote de la Mancha, Ironman y entre otros seres de la ficción.

Y no solo su mente vuela en imaginación; sus intenciones es llevar el fruto de su talento a Chiclayo, Lima y Piura, ciudades a las que un amigo suyo lo ha tentado para que muestre su trabajo. Él quiere y, de seguro, puede ganarse la admiración en estos lugares tan igual como en Trujillo.

A los 25 años, Juan Carlos Girón Carrillo tuvo una hija –hoy tiene 12 años– a quien no la ve y solo le pasa pensión. Dedicó más tiempo a las drogas que en jugar con su hija. Ahora, llora sus malas decisiones, pues se quedó solo y hasta la mamá de su hija lo abandonó.

“Yo me pongo a pensar qué mujer va a aguantar a un hombre con problemas de alcohol y drogas. No me arrepiento solo miro y sigo hacia adelante”, se consuela. Carros, gente apresurada, un sol insoportable y dos ciegos cantando Ay, amor divino, pronto tienes que volver…, como si conocieran de las desventuras de Juan Carlos.

Sin embargo, en un momento de su vida y cuando peor la pasaba, conoció a Olga Guevara con quien ahora lucha por salir adelante. A ella, la conoció a los 10 meses de cumplir con su rehabilitación, cuando trabajaba de soldador en Florencia de Mora.

“Mi esposa colecciona monedas, lo que al inicio yo no sabía”, cuenta y en su rostro, simultáneamente, se dibuja una sonrisa.

Olga y Juan Carlos tienen la misma pasión por los metales, aunque a veces su esposa le dice que exagera en esta afición. Así, este piurano encontró el apoyo y la confianza que necesitaba.

En tanto, una voz interrumpe nuestra conversación, es un señor que se ha detenido a observar y preguntar por el robot de Juan Carlos.

– ¿A cómo está el robot?

– Seiscientos soles, amigo, seiscientos –repite–, es obra de arte de reciclaje.

– Esta bacán

IMG_3377El señor da unos pasos y se pierde entre la gente. Juan Carlos se queda pensativo, se coge las manos y dice: “Seiscientos soles no vale el robot, vale la creatividad, el arte, el trabajo. Porque cualquiera no hace esto, es trabajoso y demanda ingenio y paciencia”.

Girón Carrillo demoró ocho días en armar el robot. Para conseguir las piezas él va a los depósitos de chatarra con 30, 40 o 50 soles en monedas. Ve las piezas que le sirven y las comienza a separar.

“Yo voy viendo que es lo que me puede servir, esto no me sirve, este sí me sirve y así estoy. Hasta que lo armo en mi cabeza y luego le doy vida”, relata Juan Carlos, quien está aprendiendo, del mismo modo, a separar las cosas que le sirven y las que no.

Uno de sus sueños es tener un taller para que se evite gastar en alquileres. En este local, anhela enseñar el teje y maneje de su arte a los jóvenes, sobre todo a esas personas que se han involucrado en la droga y el pandillaje. Él quiere dar su testimonio de que se puede vivir sin drogas y haciendo cosas interesantes.

Es hora del almuerzo, su esposa acaba de llegar. “Ven, hijita, te presento a la señorita” le dice a Olga, quien le ha traído su comida.

¡Pum! se escucha el eco de otra moneda y Juan Carlos confiesa que pone ese tazón y el cartelito para que pueda sustentar su comida.

Juan Carlos y Olga se ponen a conversar. Él saca un álbum de fotos, el cual –paradójicamente– no conserva ni una sola imagen (probablemente, sus recuerdos se han escapado). Su esposa le da dinero, él lo recibe y avanza unos metros. Al caminar cojea, le deja una moneda a una señora que esta tirada en el suelo.

Juan Carlos camina distraído con el álbum en sus manos, no lo suelta, lo sostiene fuerte como quien se aferra a aquella vida liberada.

 

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