Secretos Anfibios: los ganadores

Con ustedes, los ganadores del concurso Secretos Anfibios. Les pedimos mil disculpas por la demora, en la redacción estuvo difícil la elección. Fue una votación reñida: el nivel entre los 30 finalistas fue muy parejo.

¡Gracias a todos por haber participado y por la paciencia!

PRIMER PREMIO

Vacía

Cecilia Alemano

Lejos de la aguja de tejer por la vagina, de los brebajes con ruda o perejil; sabiendo que existe una cosa llamada Misoprostol; sabiendo incluso que una ONG atiende de forma gratuita y anónima una línea de ayuda donde te dicen cómo usar esa droga pensada para tratar úlceras y popularizada para interrumpir embarazos. Sabiendo todo eso, yo, clase media universitaria y avispada, al ver las dos rayitas lloro. Esa mañana fría de agosto lloro, puteo, desespero.

Al otro lado del celular la chica de Aborto más información, menos riesgos me sugiere que para mayor efectividad espere a la semana siete. (La perspectiva de otros veinte días viendo ensancharse mis caderas, agrandarse mis pechos). Entre tanto hay que confirmar que esté en el útero. Entonces la ecografía. Mentir en la guardia del Cemic sobre unas puntadas y pérdidas para que me atiendan. Sobre la camilla, mientras la luz de invierno baña la sala, sentir el falo plástico hurgar dentro de mí para confirmar que sí, el embrión está bien implantado y que sí, se lo puede descartar sin mayor riesgo.

Ahora se trata de conseguir un blister de Oxaprost, nombre comercial de la droga. Mi médico me dice que él no me lo va a recetar. Mi prima médica me dice que tampoco, a ver si le sacan la licencia. Nadie me sabe decir – tampoco en la línea por el aborto seguro- dónde conseguir las putas pastillas. Pasan días hasta que el dato llega a través de una amiga. Una farmacia en Flores que te las vende sin receta a 1200 pesos la caja, que te alcanza para abortar tres veces.

Entre él y yo aparecen los primeros silencios. Y cuando hablamos omitimos la palabra aborto. La reducimos a un “lo” pegado al verbo. ¿Segura de que querés hacerlo? ¿Cuándo lo hacemos? Al encontrarnos le beso los ojos tristes, sorbo sus lágrimas tibias. Una mañana me manda el link de Hoy me hace falta verte bien, la canción de Aristimuño. Esa noche cenamos en un coreano, con una mesa llena de platitos coloridos. Alimentar un ser que no va a ser.

Orbito hacia la fecha con un desasosiego manso. Entonces aparece un obstetra, un tipo que atendió los partos de una actriz famosa, cuya voz al teléfono me tranquiliza. (Eso y que no cobre más que la consulta de Osde). Ya en su consultorio, al fondo de una ciudad que diluvia, me habla de lo hipócrita de esta sociedad:

–              ¿Te pensás que a mí me gusta hacer esto? Mañana tengo una obesa, hipertensa, de 40 años que se fuma dos atados por día. Si no le hago un aborto esa mujer se muere pariendo.

Luego las indicaciones. Dos por boca, dos por abajo. Te vas a dormir, te despierta el dolor, sangrás, el coágulo, seguís sangrando. Después la ecografía para ver si está todo bien.

Todo bien, dice.

A la medianoche tomo las dos pastillas y  me llevo las otras dos al baño. Parada frente al espejo meto la primera hasta el fondo. Lloro. Meto la otra. Descalza corro a la cama como si huyera de alguien.

Cuando a los pocos días el ecografista me anuncia que “fue completo” lo que siento no se parece en nada al alivio. Es sólo vacío. Y si hay algo indescriptible es el vacío, quizá justamente porque no haya nada.

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SEGUNDO PREMIO

Nadie nunca ve nada

Guillermo Marín

Doctor, Elsa era una mujer espléndida de 60 años que, mientras apoyaba con delicadeza su cartera sobre mi escritorio, dijo: “Un colega suyo me ha dicho que voy a morir. A veces consigo olvidarlo, pero en la mayoría de las ocasiones recuerdo que eso está por suceder”.

La mujer tenía un cáncer terminal y esa confesión —brutal, terrosa— se calcinaba frente a sus ojos de bondad extrema con fragmentos de odio rugoso.

Ojos donde se revolvían sus secretos.

Cuando la vi llegar vestía de blanco, el rostro maquillado apenas, la sonrisa de una mujer con clase, exquisita. Su voz tenía un acento eslavo y había algo lógico en el: el pavor de los que rezan en un naufragio.

— Y usted puede entender mi situación, ¿no? —  dijo la mujer, mientras me entregaba la ingratitud de su historia clínica.

Logré contestar todas sus dudas con réplicas de protocolo, esa biblia impersonal.

—Eso no está permitido, señora Elsa —dije. Fue la última respuesta que le di a mi paciente ante su última pregunta. Pero aquella tarde nos quedamos hablando un buen rato: me contó una veintena de anécdotas de su país natal. Me contó lo de la nube tóxica.

—Espero verla pronto.

—Yo también — dijo, mientras me ofrecía su mano laxa.

Yo era un médico joven con una especialidad —cuidados paliativos—: una fruta tan verde en el país como la democracia de aquellos años ´80. Eran días en que mi guardapolvos —inquebrantable como el escudo de un dios griego— me daba una facultad extrema: creía que podía administrar la muerte cuando mis pacientes — torturados por el dolor— me rogaban que los matase.  Yo necesitaba, ante esas súplicas, licuar mi adrenalina dentro de la boca de un ciclón para volvérmela a inyectar con estertores de poseso. Ni las anfetas, ni mis desórdenes sexuales lograban mitigar la fuerza de ese monstruo que crecía y me aplastaba. Sentía —en el mejor de los casos — el lujo perverso de los sanos. Sentía —en el peor de los casos — la máxima dosis de horror que puede soportar un ser humano. Sin embargo, una sustancia abominable que brotaba de mi interior, me zumbaba al oído: “Ni lo dudes”.

Una mañana de noviembre, Elsa se internó en mi sala de cuidados intensivos. Nadie la venía a visitar, estaba sola en este país golpeado. Ella consiguió migrar a la Argentina, pero sus familiares habían quedado en un refugio cerca de Pripiat, un barrio industrial de la provincia de Chernobyl, antigua Unión Soviética, esperando que los devorara el cáncer que había esparcido la explosión de un generador de energía.

Un mes después, doblada de dolor y con la mirada fatigada, me dijo: “Hagámoslo”. Y sin pensar, lo hice; sin dejar huellas, sin rastros que delatasen que una cantidad extrema de morfina se encargó de mandar a Elsa al centro de la Tierra.

Pero entiéndame doctor, si deseo confesar mi secreto hoy, dentro de este cubo gris, no es porque me carcome aquella culpa, es porque aquí nadie de ustedes ve nada. Nadie vio en los ojos de mis camaradas muertos, esos lunáticos sin huellas, sin rastros, nada semejante a una súplica.

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TERCER PREMIO

El corredor

Rocío Belén Paleari

Es martes a la noche y no tengo ganas de estar en la facultad. Le mando un mensaje al corredor y cuando vamos al recreo junto mis cosas en la mochila y me voy. Ya es de noche y puedo ver cómo juega con las luces de la ciudad el vapor que sale de mi boca al respirar.

Me tomo el primer colectivo que veo pasar por el Metrobus de la 9 de Julio y llegó bastante rápido a su departamento en el barrio de congreso. Toco el timbre. Me apoyo contra la pared y cambio de canción en el Spotify mientras espero a que atienda el portero.

-Hola.

-Bajá

Lo reconozco a la distancia. Tiene puesta una remera de running amarrillo resaltador y short Dri-fit negro. Nunca lo vi vestido de civil. Siempre esta vestido para correr. Cuando no corre trabaja como periodista de running en un multimedio. Me pregunto a qué edad me va a agarrar la locura por “la vida sana”. Tengo 21 y lo único que planifico sobre mi alimentación es la cerveza que voy a tomar el fin de semana.

Me saluda con un beso en la frente, aunque soy alta sigo siendo más bajita que él. Agarra mi mochila y me abre la puerta del ascensor.

-¿Cómo estuvo la facu?

-Un embole. Igual que siempre.

Deja mi mochila en el sillón y me pregunta que quiero comer. Le digo que no tengo hambre. Lo empujo contra mi cuerpo y lo beso. Le acaricio el pelo. Aunque está pisando los 40 todavía tiene pelo. Igual, se le está empezando a poner canoso.

Lo vuelvo a empujar pero esta vez para separarlo de mi cuerpo. Voy al cuarto y me tiro en la cama.

-¿Seguro que no queres comer?

Me grita desde el living.

– No, Pá. Quiero que vengas acá.

Le digo. Hacía rato que había agarrado la costumbre de decirle Pá.

El corredor viene al cuarto y se para al lado de la cama. Yo meto mi mano por abajo de su remera. Recorro su panza y su pecho de cuarentón con mi mano de uñas rosas con brillitos y mis pulseras de dijesitos de disney. Bajo hasta meterla adentro de su pantalón. Él se tira arriba mío.

-Pará que aviso en mi casa.

-¿Otra vez dormís en lo de una amiga?

-Sí.

-No está bueno que mientas.

Me reprochó. No le digo nada. No sé cómo decirle que tengo miedo. Que no quiero escuchar esa palabra. Esa que tanto usa mi papá cuando yo o alguna de mis hermanas hacemos algo que no le gusta. Tengo miedo de que me digan puta.

Le chupo la pija porque no tengo ganas de escucharlo. Lo hago con ganas porque me gusta. Me gusta la cara que pone cuando lo hago. Me gustan las líneas de expresión que aparecen, aunque sé que dentro de poco van a ser arrugas. Lo hago porque me gusta hacerlo acabar.

Me pone en cuatro y me empieza a coger con ganas. Me embiste con fuerza. Me agarra las tetas. Él grita, yo grito. No me aguanto mucho tiempo en cuatro y me tiro al colchón. Me da vuelta y me sigue cogiendo; esta vez patita al hombro. Estoy por acabar, le grito más fuerte:

-Ay papiii

Le miro la cara de pervertido que pone cuando me hace acabar. Me saca la pija y me tira su leche en la panza. Se acuesta al lado mío y nos quedamos abrazados sin decir nada. Al rato, como quien no quiere la cosa le pregunto:

-¿Qué dirías si te enteras que a tu hija se la está cogiendo un viejo como vos?

Sin responderme se levanta y se pone a cocinar. Me pongo su remera que me queda de camisón y lo sigo a la cocina. Me preparo un Fernet y me siento en la mesada; como hacia los domingos a la mañana cuando mi papá cocinaba y a mí me dejaba desayunar Coca- Cola.

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13 Responses

  1. Muy buenos, felicitaciones a los ganadores.-

  2. Gracias. Me encantó el de Rocío Paleari. Gente de Anfibia: avisen cómo llevarnos los premios.
    Abrazo!

  3. Excelentes. Se aprende mucho leyendolos. Gracias. Anfibios jurados muy buena eleccion.

  4. Alejandra, gracias por tus felicitaciones!!!
    GM

  5. Imagen de perfil de Diego Niño Diego Niño dice:

    Felicitaciones a los ganadores. Me encantó la crónica de Rocío.

  6. Hola… FELICITACIONES a los ganadores. Buenísimos los escritos… Me hubiera encantado ser de las premiadas (ja), pero ESTOY MUY CONTENTA porque mi texto MENSTRUACIÓN fue incluido entre los finalistas. MUCHAS GRACIAS al Jurado por su generosidad y a Anfibia por el concurso. FELICITACIONES a los otros finalistas. También a todos los que participaron…

  7. Gracias a todos por sus palabras! Abrazos enormes
    c.

  1. 1 septiembre, 2015

    […] dos respuestas, totalmente diferentes. Cecilia Alemano (@calemano), la ganadora del primer premio, contó el aborto que se hizo hace unos años: “Mi viejo se enteró del episodio leyendo el texto. Me mandó un […]

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