Retratos y desaparición

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Por @CarlosMasotta

La difusión del rostro impreso de Santiago Maldonado como respuesta colectiva del reclamo por su desaparición permite reflexionar sobre otros retratos vinculados al racismo y a la historia de la violencia estatal en Argentina.

A un costado de la ruta 40 y poco más al sur del lugar donde la represión de la gendarmería a un reclamo territorial desapareció a Santiago Maldonado, un gran cartel muestra la foto gigante de un rostro indígena. En el paisaje abierto, ralo y erosionado por más de un siglo de explotación ovina del latifundio, la imagen se parece a una esfinge en el desierto. Pero no, se trata del anuncio de entrada al museo de la estancia Leleque, propiedad del grupo Benetton. El gusto de esta empresa por los colores es conocido. Sin embargo, para publicitarse, el museo optó por un retrato en riguroso blanco y negro. Así, el rostro moreno del indio se muestra más oscuro y la vincha sobre su frente, más clara y visible. Casi como una humorada, las letras de “Museo Leleque” se superponen sobre el blanco de la vincha. El anonimato de la figura repite el viejo cliché del retrato como prototipo racial ya utilizado por la empresa Benetton en sus conocidas propagandas que exhibían a un niño negro, junto a un niño amarillo, junto a un niño blanco… El cartel de la entrada del museo reproduce el mismo tipo de violencia gráfica de aquellas racistas denuncias del racismo con las que se difundió la marca y se aumentaron las ventas.

Superando el cálculo más cínico de cualquier operación historiográfica, el museo ocupa parte del antiguo casco de una de las primeras estancias patagónicas que se construyó sobre territorio indígena inmediatamente después de que las fuerzas del ejército argentino arrinconaran a los últimos grupos que resistieron tal avanzada en esa precisa zona. Más aún, el museo se creó en el año 2000 luego de una década de campaña publicitaria global en la que la empresa Benetton se había escenificado como especialmente sensible a la discriminación racial. Desde la década de 1980 las conocidas fotografías de Oliverio Toscani en formatos gigantes (cómo la del museo Leleque) se diseminaron rápidamente por las principales ciudades del mundo escalando puestos en debates sobre ética y ganando reconocimiento por instituciones como la UNESCO o el INADI en Argentina.

El rostro de la foto del cartel es el de Luis Capece Guaile, conocido como “Capacho”. La imagen fue tomada en la década de 1930 y se difundió como tarjeta postal de la provincia de Santa Cruz. Capacho fue un jefe tehuelche en el sur de esa provincia y vivió a mas de mil kilómetros de donde se encuentra hoy el museo. No tuvo relación con la estancia Leleque.

La estancia limita actualmente con las tierras de la comunidad mapuche de Cushamen y, en esa geografía intercultural, se entiende la instrumentación de la imagen del tehuelche en el armado de una versión pintoresca del pasado territorial. Este lejano uso de su retrato parece haberlo puesto en reemplazo del de los más cercanos Inakayal, Sayhueque o Foyel que fueron los últimos jefes indígenas que, en esa zona, resistieron al ejército. Con todo, en el interior del museo, el rostro de cacique Foyel también se expone ampliado. Se le ha adosado un párrafo atribuido a él en 1870: “aquí hay lugar de sobra para todos”. ¡Vaya slogan para el museo del latifundio! En su retrato, la tristeza de los ojos de Foyel no coincide con el optimismo de ese comentario. Esta foto fue tomada poco después de que el grupo de familias que lo acompañaba en su retirada hacia el sur fuera atacado por sorpresa, al amanecer y a pesar de ya haberse rendido oficialmente.

Las dimensiones del cartel del museo de la estancia de Benetton me recuerdan al enorme cuadro “La conquista al desierto” (7 x 4 metros) que pintó Juan Manuel Blanes por encargo del Ministerio de Guerra a finales del siglo XIX. Fue el reverso de otro, “La vuelta del malón” (3 x 2 metros) que pintara Ángel Della Valle poco antes. En “La vuelta…” se muestra la violencia desenfrenada de una horda oscura y anónima que profana los signos de la cristiandad mientras rapta a una mujer blanca; en “La conquista…” el retrato honorífico compone la escena mediante una formación militar que relega a uno de sus bordes a los indígenas sometidos y a la cautiva rescatada. La representación de lo indígena en manos de los discursos conservadores y del Estado, siempre ha sido hipérbole, siempre montaje de su propio autoritarismo calcado sobre su imaginación inconmensurablemente excluyente de un otro.

Aquellos cuadros gigantes se parecían a los enormes mapas que comenzaban la traza del reparto de las tierras indígenas recién conquistadas en Patagonia y Chaco equivalentes a una tercera parte del territorio nacional. Evidente ejercicio de ocultamiento donde esos telones pintorescos presentaban, como un acto patriótico, racial y civilizatorio, un proceso de exterminio, despojo y explotación.

Pues bien, con sus retóricas de western y apoyo mediático, la hipérbole autoritaria está de vuelta racializando sus violencias políticas.

Desde la reforma constitucional de 1994 el Estado amagó con la reparación histórica de los pueblos originarios pero esto se cumplió a medias o no se cumplió. Ahora el Estado, hablándola, habilita nuevamente la lengua represiva de una máquina idiota, que exclama “¡terrorismo!” mientras lo produce con la desaparición forzada de Santiago Maldonado.

Con todo, ese terror es contestado con su figura que inmediatamente se disemina y logra el mayor despliegue cuando se funde con su nombre. Y más, cuando ese retrato/nombre se vuelve consigna.

Cuando se haga la historia política del retrato en la Argentina, el gesto que las Madres de Plaza de Mayo inauguraron esgrimiendo en la plaza pública las fotos de sus hijos desaparecidos podrá ser un capítulo singular que se desvía de cualquier genealogía. Asimismo, el ingreso del rostro de Santiago Maldonado a la galería de retratos de desaparecidos en democracia muestra que aquel gesto se ha diseminado y que la pronta respuesta del movimiento de derechos humanos por el reclamo de su aparición con vida eleva ahora ese rostro colectivamente porque ha comprendido que, con las desapariciones individuales, es el cuerpo social el que está siendo nuevamente sustraído.

La desaparición de Jorge Julio López se dio en el contexto de los juicios por el terrorismo de estado de la dictadura cívico-militar; la de Luciano Arruga, en el de la violencia policial del conurbano. Con la desaparición forzada de Santiago Maldonado, la geografía de la desaparición en democracia se expande y, al darse en el contexto de un reclamo territorial indígena, toda la historia de la violencia institucional argentina parece ahora consumarse en su retrato.

 

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