Retratos de un favelado

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Por Amanda Marton

Fotos de Amanda Marton y Bruno Itan.

 

Los lleva tatuados en la piel. En el brazo derecho: una cámara y su apellido. Itan. Bruno Itan, fotógrafo, 30 años. Nacido en Recife (noreste de Brasil), se mudó con su familia a Río de Janeiro, a más de 900 km de allí, cuando tenía 9 años. Pero no a cualquier Río de Janeiro. No al que deslumbra a turistas brasileños y extranjeros por sus playas, el bondinho del Pão-de-Açúcar y el Cristo Redentor. No al del samba, la bossa-nova y el carnaval en el sambódromo. Tampoco al de caipirinhas, caipiroscas y agua de coco bajo los arcos de Lapa. Mucho menos al que es conocido como la “ciudad maravillosa”.

Itan no es de ese Río.

Itan es del Complexo do Alemão, un conjunto de 13 favelas en las que viven más de 120.000 personas. Un lugar que destaca por la albañilería, el baile funk y la gente tomando cerveza en los cerros. El que se reconoce por ser el cuartel general de la facción Comando Vermelho. En ese sentido, Itan es mucho más favelado que carioca. “Soy de la favela, soy favelado, pero sé de las cosas”, dice. Y es cierto, Itan sabe muchas cosas. Principalmente fotografiar.

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Su curiosidad por eternizar imágenes empezó cuando aún iba al colegio con una simple tarea. La profesora pidió a los alumnos que llevaran a la clase siguiente fotografías de su barrio. Cuando Itan buscó imágenes en Google, se encontró con policías armados, paredes con marcas de balas, portadas de diarios con bandidos detenidos. Se frustró. Se enojó. Se escandalizó: “¿Dónde están las fotos de las fiestas que hacemos? ¿De los niños jugando con lo que encuentran en el camino? ¿De la gente ayudando a las señoras a subir los cerros con sus compras? ¿De las casas con el material en bruto?” No había. Su búsqueda resumió la mentira que él ya escuchaba en otros lados a diario: en el Alemán hay mucha muerte y poca vida.

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El tiempo pasó, pero la frustración, el enojo y el escándalo no. Itan se quedó con la idea de que algo estaba mal, de que algo había que hacer. Hasta el día en que el sociólogo Alan Brum Pinheiro, del Instituto Raíces en Movimiento, informó a sus vecinos de la favela que realizaría un curso de fotografía para todos quienes quisieran participar. “Nuestra idea siempre fue ser una resistencia en forma de cultura”, afirma Brum. En esa resistencia, encontró a adolescentes y jóvenes curiosos por el mundo fotográfico. Itan era uno de ellos. Durante las clases, él descubrió su amor por la fotografía y su amor aún más grande por mostrar de dónde viene. Al cierre del curso, el profesor le pidió que no le decepcionara y siguiera tomando fotos. Pero la falta de dinero aún era un obstáculo.

Vino, entonces, un período de intenso ahorro. Itan dejó el colegio y pasó por varios empleos hasta llegar a una estación de servicio en la Lagoa Rodrigo de Freitas, donde lavaba autos. En esa labor, decía a todos que pasaban por allí que algún día lograría comprar su cámara, irse de ahí y convertirse en fotógrafo profesional. Los clientes le daban más propina y, al igual que su antiguo profesor de fotografía, le decían que no los decepcionara. No lo hizo.

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A los 23 años, Itan se compró su primera cámara semiprofesional, una Sony HX1, y abandonó su trabajo. Comenzó a sacar fotos de fiestas y de un megaproyecto en el Alemán: un teleférico con seis estaciones, más de tres kilómetros de extensión, visible desde varias partes de Río, y que serviría como medio de transporte para por lo menos 10% de la favela. La costumbre de Itan de fotografiar las obras llamó la atención del presidente de la empresa encargado de la construcción, que lo invitó a exponer sus imágenes en la inauguración. En julio del 2011, el teleférico empezó a funcionar y, por primera vez, el Complexo do Alemão fue noticia por algo positivo. En ese mismo mes, la entonces presidenta, Dilma Rousseff, vio las fotografías de Itan, lo felicitó por su trabajo y lo invitó a trabajar para el Palacio de Planalto. El gobernador de Río, Sérgio Cabral, le dijo que mejor se quedara en su ciudad, y le garantizó un cupo como fotógrafo suyo, en el Palacio Guanabara. Trabajando ahí conoció a decenas de políticos nacionales e internacionales y pasó a ser parte de la ciudad que hasta entonces lo marginaba. Visitó por primera vez muchos atractivos turísticos de Río, incluyendo el estadio de Maracanã, el sambódromo, el Theatro Municipal y el lujoso Hotel Copacabana Palace.

Hoy, el Estado está en bancarrota, Rousseff fue destituida, Cabral está preso y la iniciativa que antes fue sinónimo de esperanza en la favela dejó de funcionar. Pero aun en medio de tantos contratiempos, Itan no abandonó la fotografía.

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“Todo lo que logré fue gracias a la favela. Viajé y conocí muchos lugares que para mí eran inimaginables gracias a todo lo que aprendí, lo que vi y lo que fotografié en la favela. No podía darle la espalda al lugar que pertenezco. No podía ignorar lo que soy: un fotógrafo favelado”, comenta sonriente Itan, mientras sube una empinada calle del Alemán. Se mueve por ahí con desenvoltura. Saluda a todos —excepto a las fuerzas de seguridad— con una sonrisa o una broma. Si recibe una respuesta positiva, no duda en hacer una toma. Y les muestra a los vecinos de todas las edades cómo salieron en las fotografías. “¿Qué gente más bonita, eh?”, pregunta y pestañea.

Le gusta contar historias, y solo queda en silencio cuando va a sacar una fotografía. Ahí se concentra, se asemeja a un contorsionista y hace clic. Una, dos, tres, las veces que sea con tal de tomar la imagen que se imagina en su cabeza. Luego se ríe -una risa entre la felicidad y el orgullo- y vuelve a hablar. Busca siempre algún niño a quien retratar. Ellos se aglomeran a su alrededor haciendo caras, posando, jugando y luego curioseando para ver el resultado final. Les hipnotiza la cámara, la imagen. Es justamente lo que Itan busca. Por eso creó el proyecto Olhar Complexo (mirada compleja/mirada al complejo), donde da clases de fotografías gratis en la favela a personas de todas las edades —principalmente a niños y adolescentes. “Aquí todos conocen las armas, el tráfico, los balazos. Lo ven y lo escuchan a menudo. Saben que ser bandido aquí puede ser sinónimo de gloria, de respeto. Yo lo que hago es darles otra opción”, afirma. El sociólogo Brum dice que su discurso le brindó el apodo de Buscapé, el personaje de la película Ciudad de Dios que, al igual que Itan, optó retratar el verdadero espíritu de la favela y de los favelados. Pero aquello era ficción. Esto es la vida real.

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