Postales incompletas desde Panamá

Por María Paula Rubiano.

Playas de Pedasi1

Salir de afán y dejar el cargador de la cámara en la casa. Llegar al país desconocido y darse cuenta de que el aparato no prende, de que solo muestra ese fatal rectángulo rojo. Quedarse desprotegido, al acecho del olvido de los detalles importantes.

Respirar profundo y asumir que solo se cuenta con la memoria como filtro y con los dedos sobre el teclado para obturar. Improvisar un homenaje al viaje tal como lo hicieron tantos antes de nosotros, con el cuerpo como única herramienta para el recuerdo. Emprender una rebelión iconoclasta con cinco sentidos hablando a través de veintiséis letras.

I.

Los gringos van dejando sus huellas desperdigadas por el globo. Acá dejaron centros comerciales, cafeterías 24 horas, todos los menús en dos idiomas y buses escolares. Pero a fuerza de Trópico esos buses ahora se llaman diablos rojos. No tienen ventanas -porque qué calor, chico-, y van pintados en los colores más estridentes. Son grafitis caribe-pacíficos rodantes. En la noche van a mil, dejando a la bachata y a las luces de neón flotando tras de sí.

II.

Quise hacer mojitos y no pude. Los chinos no venden yerbabuena en sus mini markets, y en el super más súper tampoco hay hierba alguna. Lección aprendida no.1: no hay lugar para yerbateros en la modernidad.

Quise escribir a mano y tampoco pude. Busqué y rebusqué en todos los malls, tiendas, librerías, farmacias… Imposible conseguir una libreta decente. Pero eso sí, encontré una tienda de lámparas de sal traídas desde el Himalaya. Lección aprendida no. 2: El capitalismo no crea ni destruye necesidades, las transforma.

III.

Sobre la Vía España hay un puente color rosa. Tiene un techo abovedado y grafitis en la escalera. En uno de sus lados, una anciana regordeta vende chorizos. En la otra, alguien –alguien, quien sea – vende gafas oscuras. En algún momento de su historia el puente llevó a la Galería Concordia, un pequeño centro comercial de tiendas de baratijas. Ahora ni para eso sirve, la Galería ha cerrado sus puertas de acero blanco forjado, adornitos rococó en cada barra.

Este puente es triste porque es rosa y nadie lo usa. Ni los ejecutivos, ni las indígenas y sus niños, ni los limosneros, ni los gatos ni los atracadores. Arquitectura inútil, fallida. Pasillo elevado que no comunica. Un teléfono que nadie contesta. Un semáforo en una calle muerta. Uchuvas que se pudren en el monte.

Lo que nadie necesita más.

IV.

Al frente del mar, al lado del edificio Al frente del mar, hay una escultura de un oso parado en sus patas traseras. Detrás de sí hay un banco alemán. Mientras el animal pintado de negro brillante le ruge al vacío, me compadezco de su mala suerte. Seguro en un invierno europeo se ve fenomenal. Acá le falta el pelaje húmedo y un pescado en la boca.

Playas de Pedasi

V.

Comida y cuerpo se entrelazan mientras las lenguas conversan. En el habla popular una chuleta no es un corte de un cuerpo, es un cuerpo femenino apetecible; el carrizo, ese cruce de piernas hipnótico, se degrada en el triste tubito con el que nos llevamos líquidos a la boca. Tal vez alguna Lolita tomando malteada de fresa pueda devolverle su sensualidad.

VI.

Los mangos parecen ceibas.
Por lo enormes –jurásicos-
Por lo muchos.
Por lo bonito que pintan el paisaje.

VII.

En la madrugada del último día del año, Samuel el alfarero le dijo a su hijo que la niebla que se enredaba en las telarañas del mango en realidad era nieve. Su hijo le creyó y sonrió. Más tarde, en esa misma parcela arenosa, una mujer vería por primera vez en su vida una planta de algodón.

VIII.

El sol es blanco y nada se mueve en el pueblo ubicado al lado de la carretera. El único que habla es el aire, pero emite sonidos irreconocibles.

Es un milagro acústico, una onomatopeya imposible de narrar.

Hay una puerta abierta, la casa tiene techo de zinc y paredes amarillo pastel. El balbuceo inentendible continúa, pero una vez me asomo al interior oscuro, comprendo las voces del aire: son ecos de las partidas de dominó que se juegan acá, en la casa amarilla, y en todas las que la rodean.

IX.

El caño más lindo del mundo es gris arriba, gris en los costados, gris en las entrañas. Es gris en el asfalto y en las piedras y en el agua sucia que escupe botellas y latas al mar. El caño más lindo del mundo es blanco en la garza que aguarda indiferente en su centro. La belleza cómoda en lo incómodo. Nubecita majestuosa y asiática en el smog.

X.

Van de aguamarina, de verde amarillo. Cantan, ¿se ríen?, juegan, ¿bailan?, suben y bajan batiendo las alas y se entrelazan, ¿seducen? Todo en la puerta lateral de un convento. Llegan dos conocidos y se unen al ¿festejo, baile, cortejo? Ojalá despierten a las monjas y luego salgan volando. Lo que me gusta de otros animales es que no se enteran de la solemnidad.

XI.

Se muere el sol y dos cuervos lo despiden graznando. Los rayitos moribundos se clavan en las puntas de los rascacielos antes de caer rendidos al mar. De una esquina de la calle empedrada sale una familia de gringos gritando “This is like Spain!”. Los pájaros oyen a la competencia y se callan, tienen las patas aferradas al patibulum de una cruz de hierro. La cruz delgada y rústica corona la fachada de una iglesia blanca. Al fondo, el azul oscuro se come al gran puente flotante y a los buques. Dos cuervos graznan mientras la noche baja al paraíso.

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5 Responses

  1. Leer textos así es como sentir un poquito el calor de allá cerca de uno. Es como recordar ese viaje en el que creíste que fue solo tuyo y poder darte cuenta que tienes un gran cómplice a muchos kilómetros de distancia.
    <3

  2. Qué placer leer esta nota. Las imágenes, puestas en palabras con tanta emoción. No es fácil transmitir tanto con tan pocas palabras. Felicito a su autora porque logra conmover. ¡Quiero estar ahí!

  3. Excelente relato!! Para alguien como yo que vive los viajes siempre a través de palabras ajenas, leer este texto me hizo sentir que estaba ahí. Al final, que ese cargador se haya quedado en casa fue una ventaja porque a través de tus escenas hechas “de veintiséis letras” me mostraste y me conmoviste más que si hubiese visto las imágenes fotográficas “reales”.

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