¿Por qué los personajes enroscados garpan?

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Por @radostadavid.

¿Qué tienen en común la sinceridad brutal del doctor Gregory House, la mirada desesperanzadora del género humano que sostienen la mayoría de los personajes de True Detective, o los lugares sombríos de su mente que descubre Walter White, en Breaking Bad? Las series más aclamadas –no solo por la audiencia, sino también por la crítica- muestran un mundo crudo, podrido y triste. Las relaciones humanas son en general abordadas con un pesimismo extremo pero lo que atrae es esa mirada realista del mundo. Los espectadores parecen haberse hartado de los finales felices, los personajes idealizados y las tramas trilladas.

Nuestros padres se criaron con Bonanza, El agente de C.I.P.O.L o Combate!, series que mostraban una realidad distorsionada. Combate! es una bélica en la que la crudeza de la guerra no queda retratada en lo más mínimo y funciona más bien como propaganda pro Aliados. Bonanza debería ser el retrato de una época violenta y de colonización aborigen pero muestra un far west con justicia, pacífico y sin sangre. Las balas no matan, solo contorsionan a extras que no sangran, se desmayan y desaparecen. Y el Agente de C.I.P.O.L muestra el terrible mundo de los servicios de inteligencia como un juego, dejando de lado las torturas, las incursiones militares en otros países o el espionaje sobre los ciudadanos que jura proteger.

La audiencia en general parece haber madurado. Algunos buscan simplemente violencia. Para eso está Spartacus, donde se relata una época antigua alternativa cargada de sexualidad y violencia, o The Walking Dead, la excusa perfecta para matar sin culpa a otros seres humanos, que de por sí ya están muertos. En House of cards el sueño americano es una mentira, en Happy days (Días felices) era real. Al menos eso se intentaba mostrar.

¿Por qué estas series nos generan empatía con personajes que probablemente deberían generarnos rechazo? Uno de los casos más significativos es el del detective Rustin Cole, interpretado por Matthew Mc Conaughey en la serie True Detective. Abuso de drogas en el trabajo, problemas de alcohol, violencia, homicidios, son solamente algunas de las cosas que el pasado de Cole revela, pero sin embargo, no deja de ser “el bueno” en todo este desastre.

Los televidentes se encariñaron con Cole y más aun con su filosofía del pesimismo. El optimismo aparece como un placebo para afrontar la vida y lo que para todos es pesimismo, para Rust es simplemente “realismo”. En una de las tantas charlas de auto que mantiene con su colega, Martin Hart (Woody Harrelson), le dice: “La conciencia humana es un trágico error en la evolución”. Nadie hubiera imaginado hace 50 años a Adam West con su disfraz de Batman, diciendo cosas del estilo, o al Sargento “Chip” Saunders cuestionando el sin sentido de una guerra.

La segunda temporada de True Detective, hay que decirlo, no mantuvo el nivel de la primera, pero de todas formas podemos hacer un análisis similar. El detective Velcoro (Collin Farrell) es un detective, sí, pero no del estilo de Columbo o del agente Sonny Crockett en Miami Vice. Alcohólico, drogadicto, conflictos de paternidad y familiares y en deuda con el mafioso más grande de la ciudad. No es el modelo de ley y orden que hubieran esperado los televidentes de hace 30 o 40 años. Lo interesante es ver cómo no todo gira en torno a la trama principal, sino que se ve afectada por el pasado personal de cada uno de los personajes. Sabemos más sobre ellos, su origen, sus demonios. El agente Paul Woodrugh muestra las verdaderas consecuencias de lo que es estar en una guerra, además de los problemas que le implica aceptar su condición homosexual. Ani Bezzerides es una mujer imbuida en un mundo de hombres, con problemas de alcohol y adicción al juego, pero no por esto deja de ser la heroína de esta trama. Y la empatía funciona.

Otro caso es el de Breaking Bad. Walther White es aclamado por sus seguidores, a pesar de cómo se dan los hechos a través de la serie, nunca toma el rol de villano. En definitiva el concepto de villano y héroe hoy es más bien ambiguo, está desdibujado, y podemos sentir la misma empatía por Walter que por Hank. Lo que importa son las circunstancias, los personajes. Son humanos como nosotros, no seres perfectos incapaces de cometer errores.

¿Existe el peligro de insistir tanto en este género, en esta forma de mostrar la realidad, como para trillarlo y que surja la necesidad de volver a lo anterior? Eso solo el tiempo lo dirá. Tal vez algún día ni siquiera necesitemos finales.

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