¿Para qué sirve una entrevista?

Por Salvador Marinaro. Historias propias, memorias colectivas y otras enseñanzas de Laureano Segovia, escritor wichí.

segovia

Cuando apago el grabador sucede lo más importante de la entrevista. Siempre es así, lo  importante espera para no dejar registro. Aparece justo cuando uno está desatento.

Aquella vez estaba frente a Laureano Segovia, un escritor wichí. Aunque cada uno de esos términos esconde innumerables problemas: sobre la situación del pueblo wichí, Occidente y los pueblos originarios, etcétera, etcétera. Lo cierto es que Segovia publica y escribe libros en un idioma que conoció la palabra escrita bien avanzado el siglo XX; libros con viejas narraciones de los pueblos del Río Pilcomayo y recuerdos del pasado reciente.

Hacía mucho tiempo que quería hacer aquella entrevista y nunca había tenido la chance. Me encontraba en Salta visitando a mi familia y quedaban pocos días libres antes de volver a Buenos Aires. Intenté comunicarme con Segovia, la Secretaría de Agricultura Familiar me dio un celular que constantemente se encontraba fuera de línea. Él vive en Misión La Paz, un pequeño pueblo en la frontera con Paraguay; en verano es casi inaccesible por las crecidas de los ríos; en invierno hay que viajar más de ocho horas en dos o tres colectivos que tienen una frecuencia casi semanal. Llamé varias veces pero no logré comunicarme. En un momento, di por perdida la entrevista.

Hasta que recibí una llamada de un número desconocido. Cuando atendí, escuché la mezcla de un castellano entrecortado y difuso.

-Usted, llamada de número.

-…

-Llamada de número, ¿me ha llamado?

-¿Usted es Laureano Segovia?

-Si, señor- dijo con cortesía.

No sé cómo llegamos a entendernos, pero acordamos encontrarnos en Tartagal. Justo a mitad de camino entre Misión La Paz y Salta. Al otro día, viajé unas horas antes para recibirlo en la terminal. Pensé todas las posibilidades: que no comprendió el lugar, ni la fecha, que me confundí en alguna instrucción, que el colectivo a Tartagal pasaba otro día de la semana que no era ese. Al final, me encontré con un hombre mayor, de unos sesenta años. Tenía la piel curtida por el sol.

Fuimos a un bodegón cerca de la terminal, donde servían milanesas y un caldo de carne y papas, a treinta grados bajo la sombra. Él se sentó y pidió el caldo. Empezamos lentamente la entrevista. Segovia no sólo habla un castellano que me es difícil decodificar (y supongo él a mí), sino también es hipoacúsico. Así que la entrevista por momentos se volvió un diálogo desequilibrado que sólo mostraba la imposibilidad de comunicarnos.

-¿Cómo empezó a escribir?

-Yo era chico y hachaba para vivir. Hachaba y hachaba y a veces el patrón pagaba poco. A penas, para una camisa y pantalón.

-¿Y cómo decidió publicar?

-Los padres ingleses vienen a Misión, antes que yo [nazca]. Ellos me enseñan a escribir y leer lengua del castellano.

A medida que continuaba con la entrevista me preguntaba cómo narrar su historia. ¿Cómo es la biografía de un hombre que no reconoce las claves ni la farsa de una autobiografía “literaria”? ¿Cómo contar la decisión personal de un escritor que se siente parte, quizás superviviente, de un colectivo? ¿Cómo hablar de él, sin reproducir las representaciones del indio que habla cruzado (Segovia habla lo que nosotros consideramos cruzado) o posee la sabiduría de la tierra (Segovia busca constantemente la sabiduría de esa tierra)? Mientras él hablaba, le hice muy pocas observaciones. Menos dudas, menos preguntas, menos comentarios, tan sólo escuchar lo que quisiera narrarme.

Hubieron silencios prolongados entre un discurso y otro. Todos registrados por el grabador. Segovia comía sin decir palabra. Movía y levantaba la cuchara como si dibujara sobre el plato. En un momento, apagué el grabador.

-Dígame, don Marinaro, ¿qué es todo esto?

-¿Qué cosa?

-Todo esto. Lo que hace usted.

-¿La entrevista?

-La entrevista ¿Para qué lo hace?

-No sé… para conocer, para escuchar las historias de los demás.

-¿Y para qué lo hace?

-Para escuchar a otros y para que se conozcan.

Me pidió que le repitiera más fuerte. Después meditó unos segundos.

-Entonces, lo que usted hace no es muy distinto a lo mío. Yo hago lo mismo por wichí. Quiero que se conozcan historias propias.

Después de varios meses sigo trabado con la escritura de la crónica de Laureano Segovia. Reescribo cada párrafo y todavía no encuentro la manera de contar su historia.

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1 Response

  1. 8 abril, 2016

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