Nuit debout: la asamblea permanente

paris

Por @robertoamette. Foto: Stéphane Burlot

Consciente de las limitaciones que como extranjero tendría para comprender un incipiente fenómeno político, inicié viaje hacia la Plaza de la República, en París, para participar del movimiento Nuit Debout.

El mote de movimiento, que me resultó pomposo desde el principio, me hizo preguntar si sería capaz de captar su heterogeneidad. Es que la idea misma de movimiento hace pensar en un fenómeno policlasista y transversal que se constituye para concretar sus reivindicaciones.

El programa del martes incluía actividades en comisiones. Llamó mi atención el carácter “no mixto” de la de género en la que “sólo resultan bienvenidas mujeres y trans”, según aclaraba el blog. En la plaza un afiche lo explicaba: “el movimiento” entiende que la autoliberación es el camino. La experiencia de los movimientos de derechos civiles en Estados Unidos así lo demostró.

Ocupé un espacio en la Comisión de Libertad de Expresión donde se debatía la legitimidad del “movimiento” para echar gente de la plaza. Esto a causa del rechazo masivo que recibió un filósofo francés ese domingo.

 


 
El diálogo era extraño. Las palabras venían acompañadas de gestos de la tribuna con contenido prepautado desconocido para los recién llegados. En ocasiones, los participantes agitaban las manos con los dedos hacia arriba. A veces las dos juntas, a veces solo una. En ocasiones alguno representaba una cruz con los antebrazos. De tanto en tanto, alguien formaba una T con las manos.

Después de un rato logré comprender:

1) Una mano con los dedos apuntando hacia arriba significa aprobación. Reemplaza el aplauso. Dos manos son una ovación.

2) Los antebrazos cruzados equivalen a una “oposición radical”. La “oposición radical” funciona como un veto: hay que solucionar la disidencia para continuar.

3) La T fue más compleja. No me alcanzó la comisión de libertad de expresión ni tampoco la de asamblea general. Solo lo entendí en la comisión de economía.

Allí, uno de los actores principales era un joven de unos 28 años (promedio de edad de los participantes más activos) que llevaba un megáfono con stickers de la CGT. Mientras un locutor exponía formó una T con sus manos. El locutor, al que pretendía interrumpir, se presentó como estudiante de economía y se opuso a un proyecto de cooperativización de empresas explicando que el capitalismo es la más eficiente manera de generar valor. Consciente de exponerse al escarnio público (ser anticapitalista en estos ámbitos es una estrategia de autoconservación) fue razonable en su planteo. El joven del megáfono insistía con las manos en T hasta que le dieron la palabra: “esta -y aquí la explicación- ‘interrupción nuittécnica’ es para oponerme a que quien toma la palabra muestre sus pergaminos como economista. La economía nos concierne a todos y todos podemos opinar” (Doctrina Jauretche/Kicilof). Pero el público tienta al más centrado… sin necesidad agregó “yo también estudié mucha economía y no lo mencioné”.

Seguía la reunión de Libertad de Expresión cuando un hombre de anteojos negros trajeado comenzó a filmar con su IPhone. La moderadora, descalza y previsiblemente vestida en la gama verde, marrón y naranja, lo interpeló: “Nuit debout decidió que quien quiera filmar debe presentarse y explicar por qué quiere hacerlo”. El hombre del traje se defendió: “es una plaza pública”. A lo que la chica respondió con una pregunta general: “¿alguno no acepta ser filmado?” Dos participantes dijeron “yo no”.

Enojado, un hombre reclamó: “Es ridículo! Lo único que tenemos es la transparencia. En este mismo instante estamos siendo vistos por la prefectura. Esta plaza está llena de cámaras”.

La escena se repitió varias veces durante la reunión en la que justamente se debatía la actitud a tomar ante intervenciones ajenas al “movimiento”: periodistas, opositores, etc. Finalmente, se concluyó que aún no se estaba en condiciones de tomar decisiones y se convino postergar todo para el día siguiente.

La comisión de economía debatía temas interesantes. Sin embargo, no evaluaba la viabilidad política de los planteos: cooperativizar empresas, reducir dividendos de socios y transferirlos a obreros, alternativas no capitalistas de generar valor, entre otras. No parecían considerar que a una cuadra había una buena cantidad de prefectos que, ante la primera oportunidad, darían un golpazo al que se animara a cooperativizar algo más que las facturas.

En pleno debate, que a causa de la política de gestos nunca llegaba a ser caliente (quizás éste sea el mérito de la estrategia), reapareció el hombre de traje y anteojos negros. Provocador, pidió perdón por ser capitalista y contó que había creado dos empresas. Cuando parecía acercarse al cadalso sostuvo que la pérdida de riqueza en Francia se debía a la fuga de divisas hacia Suiza e Inglaterra. Propuso identificar a accionistas de empresas y obligarlos repatriar el dinero.

Pero volvió a provocar. “Francia debe parecerse a Estados Unidos -dijo- donde cualquiera puede ser Steve Jobs”. Terminó de hundirse cuando promocionó una aplicación que estaba creando para asegurar un diálogo democrático sin intermediación de los partidos.

El rechazo a los partidos resuena como un mantra en las reuniones. Se configura como uno de los acuerdos básicos: no meter en el movimiento a ningún partido. Incluso Varoufakis insistió en que ningún partido puede apropiarse ni sacar provecho de “nuit debout”.
 


 
Sin embargo, detrás de las reglas (comisiones moderadas – política de gestos – prohibición de filmar) parece haber una angustia genuina: el miedo de que esto termine en la nada. Temor de que se confirme lo que muchos parecen sospechar: que nuit debout no es más que espuma. Sospecha que, de confirmarse, conduce al “que se vayan todos”, al descreimiento total en la política.

Una joven preguntó: ¿que estamos haciendo? ¿Jugamos a la democracia perfecta? o ¿pretendemos concretar algo? Pregunta inteligente que en sus términos acepta que la acción política no puede ser nunca perfecta o que la política para ser acción necesita renunciar a la perfección.

En ese marco apareció un hombre de anteojos redondos, carismático y lúcido. Explicó que cada comisión elabora un documento que se sube a la red, así nunca se discute a partir de la nada. Dijo que no alcanza con dialogar, que hay que ponerle el cuerpo a las propuestas. Resaltó que nadie puede obligar a nadie ya que es un movimiento sin “cuadros” pero que no va a funcionar si no se le pone el cuerpo.

Son ya las 8 y el sol no se va. Desde la boca del subte surge un viejo con una cartel: “Convergencia de todas las demandas” pregona. La pregunta natural es ¿Donde convergen? Hoy la respuesta es: en la Plaza de la República. Sea como sea que avancen las cosas, sin embargo, no parece aventurado pensar que el “movimiento” y su éxito dependerán del surgimiento y calidad de una conducción que pueda sintetizar la diversidad de demandas.

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