Nos juntamos para recordar a la Petra

Por Maricruz Gareca.

Homenaje a Pedro Lemebel en la Feria del Libro de Buenos Aires.

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Los homenajes, se sabe, suelen tener ese tufillo a lo solemne, a lo aburrido. Pedro Lemebel lo sabía — para él, eran “un ultraje para lo que era su libertad absoluta”— y por eso los detestaba; quizás, entonces, haya que buscar otra palabra para nombrar esa única forma de ritual que encontramos para exorcizar la ausencia de esa persona querida que está y no está al mismo tiempo. Y es esa palabra difícil de hallar, justamente, la que podría definir lo que sucedió el sábado en el stand de la UNSAM en la Feria del Libro (o “la fiera del libre”, como la llamaba Pedro) cuando Fernando Noy, Marlene Wayar, Julián Gorodischer y Cristian Alarcón (que, además, oficia de presentador y coordinador) se juntaron para recordar a “la Petra” —como la llamaban, la llaman aún, sus amigos—, tinto y anécdotas de por medio.

En la pantalla, Pedro Lemebel aparece una y otra vez. El paisaje va cambiando, pero en todas las fotos algo permanece siempre: su mirada penetrante, su actitud rebelde y desafiante, pero al mismo tiempo tierna. Es imposible no sentir su presencia en esas imágenes, pero sobre todo en el relato que los cuatro van entrelazando entre bromas, recuerdos y reflexiones en torno a la poética lemebeliana y su modo intenso y apasionado —pero también feroz— de ver el mundo y vivir su vida.

Aunque de a ratos las voces se mezclan o se interrumpen —como una charla entre amigos en la mesa de un bar—, cada uno de ellos toma la posta y cuenta algo sobre Pedro. El primero en arrancar es Fernando Noy (poeta, performer, dramaturgo) con la proyección de un video en el que se lo ve, lupa mediante, leer una plegaria, una suerte de mantra, que él va formando a partir de las iniciales del nombre del cronista chileno (“Pedro nuestro que estás en los espejos/ Esa mirada inmortal perpetua, encandilada/ Donde nos seguimos viendo por todos tus reflejos/ Rosa salvaje con cada espina ferozmente perfumada/ Origen de todo aquello que para siempre somos…”). Ya micrófono en mano, Noy relata cómo conoció a Lemebel en Cemento allá por 1985, junto a Batato Barea o aquella anécdota de cuando salió a resistir un desalojo en una vieja casa tomada de Flores. Estas son, sin embargo, apenas algunas de las tantas historias que Noy tiene para contar sobre Pedro, pero más allá de ellas, lo que seduce e interpela de sus relatos es el retrato que esboza sobre el cronista chileno. A través de él es posible conocer un poco más al autor de Tengo miedo torero, La esquina es mi corazón, De perlas y cicatrices o Loco afán y, por eso mismo, quererlo y extrañarlo también un poco más.

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Después de Noy, es el turno de Julián Gorodischer, cronista y periodista cultural, pero sobre todo un gran lector de la obra de Pedro Lemebel. Lo interesante, de acuerdo a las palabras de Alarcón, es que él ha tenido la oportunidad de ver la producción lemebeliana desde otros países, en particular desde México, y a partir de ahí la pregunta que surge es sobre cuál es el legado literario de Pedro Lemebel. Escuchar a Julián da placer, en sus palabras se nota que además de leer en profundidad a Lemebel, lo disfruta. Su lectura es atenta, y a través de ella da cuenta, entre otras cosas, de cómo el performer y escritor chileno logra dar visibilidad a determinados temas y espacios que para muchos de sus lectores, tal vez la mayoría, eran considerados tabú o, directamente, no existían. Entonces, da el ejemplo de una de las crónicas del libro en la que el escenario son los parques de Santiago a la noche cuando las luces se apagan y las de la vigilancia se activan (“Anacondas en el parque”, así se llama el texto). En la misma sintonía de pensar el legado de Lemebel, Julián habla sobre sus posibles herederos en la crónica argentina, es decir, aquellos escritores que abordan esos mismos temas y ámbitos en nuestro país. Aparecen, entonces, dos nombres: Marta Dillon y Pablo Pérez (a ella la conozco, a él no, tengo que conseguir sus libros). Pero, sigue Gorodischer, hay algo que los diferencia: ninguno de los dos consigue el efecto de lectura que sí logra Lemebel, no logran tener la llegada que sí tiene Pedro en los lectores. “Fue un héroe”, dice Julián, y yo coincido con él. Más adelante, dirá también que Lemebel “convierte el mal olor en fragancia”, y en eso también le voy a dar la razón. Por último, citará a Barthes y mencionará que es una cuenta pendiente relacionar su obra con la de Pedro y entonces yo solo me limitaré a subrayar esa línea de lectura para salir corriendo a comprar los libros del escritor francés.

Alrededor del stand veo caras nuevas, es evidente que en esos minutos en los que solo me concentro en la charla, el público ha ido mutando en los pasillos. Igualmente, apenas les dedico unos segundos para ver si hay alguien conocido, porque ahora es el turno de Marlene Wayar, activista trans y directora de la Revista El Teje (el primer periódico travesti) y la quiero escuchar.

Marlene es alta y tiene una tonada linda. Pero hay algo más que me llama la atención y es el pañuelo que lleva puesto: es negro y tiene dibujadas unas calaveras blancas. ¿Será casualidad o es su modo de rendir su pequeño “homenaje” a Pedro Lemebel? (entren a google, busquen fotos de él y van a saber de qué les hablo). Es a ella a quien Pedro, ya “consagrado por la academia norteamericana que lo ungió en ceremonias medievales” —en palabras de Cristian Alarcón— quiere conocer en persona y por eso es arrastrada por Lohana Berkins al MALBA donde Pedro va a leer en el marco del FILBA. Marlene cuenta la anécdota —y la escribe en una nota titulada “Tu recuerdo fresco como ramita de albahaca”—, como también relata que a Lemebel lo conoció gracias a una recomendación de Lohana que le dijo: tenés que leer Tengo miedo torero (su primera novela). Suelta, entonces, Marlene: “Y me pasó lo que desde hacía tiempo no me pasaba desde Mi planta de Naranja Lima: terminé llorando”. Después vendrá la referencia a la novela de Manuel Puig —El beso de la mujer araña- como también una reflexión (crítica) a los heterosexuales y su incapacidad de autotransformarse (aunque exijan la transformación desde afuera). En sus propias palabras: “no pueden tragarse a la otredad y dejarse transformar por la otredad”. Por último, reivindicará a “la Petra” como la piedra basal sobre la que fundaron la teoría trans porque, a diferencia de Puig “y otras”, Lemebel quiere ser otra cosa distinta “que la señora con ruleros que barre la vereda y espera a su esposo”. La Petra, en palabras de Marlene, quiere ser marica, y por eso tiene bien claro el sentido del taco puesto, es decir, se sabe parar para que esos tacos sean una tarima política.

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Tras la intervención de Marlene y un debate en torno a si es posible considerar a Lemebel un autor queer, gay o marica, será el turno de Cristian Alarcón que también relatará cómo conoció a Pedro, en Chile, allá por los ’90. Contará, por ejemplo, que ya en esa época el autor chileno tenía una relación conflictiva con el periodismo mainstream y que por eso planteaba otra manera de construir la relación con él, no de una manera pautada, sino desde otro lugar (y cuando se refería a eso, lo que quería decir era: seguirlo a todas partes, ir de bar en bar, de fiesta en fiesta, no dormir noches enteras, etc. y entonces, sí, podía tener acceso a una pregunta por día que él anotaba y cuya respuesta después mandaba escrita). En su remembranza de aquella experiencia, Cristian nos sumergirá también en la primera casa de Lemebel, la que pudo comprar con el dinero de la Beca Guggenheim y que había pertenecido a una modista, de quien conservaba sus detalles (era esto, en realidad, lo que lo había convencido al elegirla).

Ya casi al finalizar la charla, y con cientos de anécdotas que quedaron sin contar acá, la noche cerró con un pequeño, pero muy emotivo, recital a cargo de la coplera Laura Peralta a quién Pedro Lemebel conoció una noche en San Telmo, del brazo de Fernando Noy (y lo hizo llorar).

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