Nene, así no se patea

Ofelia-Wilhelm

Por @pichonfontana.

La madre de Cristina.

La imagen habla por sí sola: una mujer  canosa y de pelo enrulado sentada sobre uno de los tablones de la popular  de Gimnasia, con unos anteojos “culo de botella” verde pastel y una camiseta autografiada por todo el plantel. Podría ser  el retrato perfecto de la madre de uno de los capos de la barra brava o una extraordinaria analogía de “La Raulito”, aquella entrañable simpatizante boquense de los años cincuenta. Pero se trata de Ofelia Wilhelm, una histórica militante peronista del gremio de Rentas que nunca se tomaba licencia, descendiente de alemanes y casada con un colectivero devenido en empresario del transporte de apellido Fernández, con quien tuvo  dos hijas: Cristina y Giselle.

Está sentada boquiabierta con la mirada fija en el campo de juego. A su derecha su hija menor, Giselle, se encuentra en la misma posición  sosteniendo un pequeño banderín del “Lobo”. A sus 85 años, Ofelia vive los partidos casi con la misma intensidad que cuando tenía 20; se levanta del palco, putea, consulta la hora y analiza el juego con la misma minuciosidad que el propio DT. No se le escapa ningún detalle; cada cambio, cada jugada mal cobrada o cada ataque del equipo rival, ella lo advierte y saca conjeturas al instante.

Ofelia es la hincha número uno, yo tengo una profunda amistad con ella. Siempre está encima del equipo, me consulta sobre tal cambio o tal otro, porque juega fulano y no mengano, hasta es la primera en avisarme cuando el equipo juega mal”, manifestó  alguna vez  al diario Perfíl  Pedro Troglio, técnico del “Tripero”.

 

Las pasiones de Ofelia

Una de sus principales anécdotas siguiendo al club de sus amores data de junio de 2013, cuando Gimnasia todavía se jugaba el ascenso a primera. Era un jueves al mediodía en Estancia Chica y todo el plantel se encontraba concentrado a punto de comer un asado. Ofelia estaba sentada junto a Troglio  quien, entre bocado y bocado, tiraba algunos chistes para distender un poco el ambiente. Terminaron de comer y ella se despidió, deseándoles suerte y pidiéndoles que dejen todo por la camiseta, sin importar el resultado.

El domingo siguiente Gimnasia quedaría en el segundo lugar detrás de Olimpo tras igualar 0 a 0 ante Instituto, partido que pudo haber ganado si Pereyra no hubiese fallado un penal a los seis minutos del primer tiempo. Una vez concluido, ella irrumpió en el vestuario y lo encaró:

-Nene, así no se patea- le recriminó al joven.

Luego volteó la mirada en dirección a Troglio.

-¿Y vos no los hacés practicar antes de patear?,  ya van tres penales al hilo que erramos- el DT se quedó perplejo y las carcajadas estallaron en simultáneo. Acto seguido regresó a su casa ubicada en 522 bis entre 7 y 8, en pleno barrio de Tolosa donde actualmente vive junto con Giselle.

Para Ofelia, Gimnasia es una especie de “vía de escape” en la cual se encuentra a sí misma: mientras otras mujeres de su edad optan por pasar su tiempo libre jugando a la canasta, yendo a visitar sus nietos u organizando viajes de excursión, ella prefiere ir a la cancha y canalizar su energía en el equipo. Muchos de los periodistas que cubren la campaña del Lobo, aseguran que Ofelia sabe más de Gimnasia que cualquier otro periodista deportivo de la zona. Está atenta a cada refuerzo y a cada baja y se ha hecho presente en casi todas las elecciones que se realizaron en el club, inclusive en el año 2004 cuando el ex presidente, ya fallecido, Juan José Muñoz  le ofreció formar parte de la lista que ganaría en febrero del año siguiente. Ella lo rechazó categóricamente dado el oscuro historial que tenía: negocios turbios y corrupción.

Su pasión por el equipo “Tripero” no tiene límites, tanto que en 2009 cuando tuvo que ser internada por  un  Accidente Cerebro Vascular leve, su primera preocupación, ni  bien se despertó, fue por el resultado del clásico platense que se había disputado el día anterior y que tuvo a su eterno rival como vencedor.

Pero su estirpe pasional no se remite solamente al fútbol. Desde joven acompañaba a su padre, Carlos Wilhelm, a los actos de Vicente Solano Lima, un histórico dirigente del partido conservador popular que no dudó en sumarse a las filas del peronismo cuando el entonces coronel Perón accedió a la presidencia en el verano del 46. A través de él tuvo sus primeros acercamientos a la vida política y al peronismo. Más de una vez, lo vio volver eufórico de los actos del sindicato de empleados del frigorífico  del barrio de Tolosa y jactarse de haber incendiado llantas en algún que otro acto radical camino a casa.

Así vivió Ofelia sus primeros años de juventud, hasta que la llegada de la “revolución libertadora” la obligó a tomar las riendas del hogar  en ausencia de su padre, que estaba ocupado en las calles soportando los embates y dictámenes que la llamada “restauración democrática” impuso a partir de Septiembre de 1955.

El día 20 de junio de 1973 a las cinco de la mañana, ella y su hija mayor Cristina, se preparaban  para asistir al acto donde se celebraría la vuelta de Perón  tras 18 años de exilio. Un compañero del gremio las recogió y enfilaron para Ezeiza. Estacionaron el auto a unas veinte cuadras del palco  y caminaron durante horas hasta llegar al punto donde Cristina se encontraría con sus compañeros de la facultad. Sobre el escenario, dos inmensas cartografías de Perón y Evita colgaban de fondo. Todo estaba preparado para ser una gran fiesta, pero de golpe  las primeras ráfagas de metralla estallaron desde el palco y comenzaron a rebotar contra el suelo.

-¡Agachensé que son tiros, están así desde la mañana!- gritó un puestero que vendía choripanes.

Enseguida las columnas de la JP, la FURN, la FAEP  y Montoneros comenzaron a romperse y correr hacia el bosquecito que está a un costado de la autopista.

-¡Yo me quedo a ver a Perón, de acá no me muevo hasta ver a Perón!- gritaba Ofelia desaforada, mientras la gente en cuclillas se refugiaba donde podía.

-¡Dejate de joder ,mamá, salí de ahí que los tiros no solo vienen del palco, vamos para atrás. Acá no nos podemos quedar!- Cristina desesperada zamarreaba a su madre de un lado a otro, intentando sacarla de la zona de fuego.

-¡De acá no me saca nadie, querida. No me voy sin ver a Perón!

Lentamente comenzaron a caminar hacia atrás hasta chocar con las columnas de militantes que se encontraban más adelante, hasta que lograron salir de la zona de conflicto.

-¿Estás loca, ibas a hacer que te maten?, tendría que haber venido con mis compañeros de la facultad- le arrojó Cristina, furiosa.

-Lo hubieras hecho, yo no te pedí que me acompañes- le respondió su madre, todavía más furiosa.

-Si no estaba yo, andá a saber dónde estabas ahora, mejor agradeceme.

Ambas  permanecieron en silencio y así se mantuvieron hasta que cerca de las ocho de la noche arribaron a la ciudad de La Plata, sin poder ver a Perón y con una bronca que les emanaba de los poros.

 

Una mujer de pocas palabras

Sobre la esquina ubicada en diagonal 79 y 117, desde el año 2010, se encuentra el Centro Cultural “La Vecindad, Cultura Nacional y Popular”, un espacio creado por el centro de estudiantes de  la Facultad de Periodismo de La Plata para fomentar el intercambio cultural entre los vecinos del barrio . Néstor Kirchner había muerto hacía unos pocos meses y la herida no terminaba se cicatrizar. El sol caía de a poco aquella tarde-noche, y una joven militante de nombre Jimena le estaba dando los últimos retoques a un mural en donde un  Kirchner sonriente hacía jueguitos con una pelota  sobre un fondo negro, ante la atenta mirada de un niño pequeño que lo observa con la vista clavada en  el balón. Jimena estaba de espaldas, cuando el auto azul oscuro se estacionó en la esquina, a unos tres metros de distancia. La joven se acercó temerosa, caminando despacio y con el pincel chorreado pintura. La ventanilla comenzó a bajarse lentamente y, de pronto, la cara de Ofelia se asomó. Estaba despeinada y tenía puestos unos enormes anteojos negros espejados. “Sigan así, piba. Adelante con  todo y mucha fuerza”, pero antes de que la muchacha pudiese mediar palabra el auto aceleró a fondo por diagonal 79 y se alejó.

-¿Estás segura que era ella?- le preguntó Lucía, una compañera de militancia que en el momento del episodio, se encontraba  adentro acomodando unos  libros.

-Sí, boluda, era ella. Vino en un auto azul, me saludó y se fue.

No sería esa la única vez que Ofelia le escaparía al diálogo, cuando el trágico temporal que dejó un saldo de 89 muertos en La Plata azotó su barrio (el agua por allí llegó hasta los tres metros de altura según Defensa Civil) la cuadra de Ofelia no fue la excepción. Una periodista de radio Mitre se acercó al barrio exclusivamente a consultarle sobre el estado de su casa, pero solo pudo obtener una breve declaración  a la pasada: “No alcanzó a entrar mucho, solo llegó hasta la puerta y no mucho más”.

Esa actitud, poco dada a la conversación, suelen percibirla algunos de sus vecinos que la ven de vez en cuando pasar a tranco lento con su bolsita de los mandados en dirección a la verdulería ubicada a la vuelta de su casa o a la fiambrería situada sobre las inmediaciones de calle siete y rara vez se detiene a charlar, quizás no por antipatía sino por desinterés. También la pudo percibir un estudiante de la Facultad de Periodismo de la UNLP quién la contactó vía telefónica para hacerle una entrevista sobre su vida personal y su respuesta fue contundente: “Te agradezco, corazón. Te mando un abrazo gigante pero no”.

En abril de este año, la  Cámara de Senadores de la Provincia, encabezada por el vicegobernador Gabriel Mariotto, la premió junto a Giselle  y a otras 800 mujeres del mundo cultural, político y deportivo platense, con una medalla de oro por “haber tenido la condición gigante de formar a la presidenta”. En la foto que varios medios publicaron al día siguiente se las ve sosteniendo el premio, mostrando una sonrisa timidona, acompañadas por Mariotto. El acto se celebró en el Teatro Argentino de La Plata, en el marco del premio “Mujeres Detacadas” otorgado por la dirección de Cultura de la Cámara de Diputados de la Provincia. Cómo era de esperarse, el único orador de la partida fue el vicegobernador que concluyó el acto sosteniendo: “Estas mujeres tienen la condición gigante de haber formado a nuestra Presidenta y ese espíritu que advertimos en Cristina lo tienen en su ciudad y en su barrio”. Sin intentar siquiera subirse a ningún caballo, Ofelia se escabulló acompañada de Giselle por entre los pasillos, saludando tímidamente y sin dar declaraciones.

“Quise hablar con ella, pero se me escapó ni bien terminó el acto” diría después un joven periodista que colabora en una agencia de noticias local, que pretendió hablar con ella ni bien se bajó del palco.

***

Cae la tarde y el barrio de Tolosa está tranquilo.  A mitad de cuadra, parados cerca del cordón de la vereda, tres hombres conversan entre sí justo frente a su casa. Cada tanto, el que parece más joven de los tres, pispea con cierta indiferencia en dirección al chalet de ladrillos a la vista y portón enrejado color beige ubicado justo enfrente donde una inmensa cartografía de la presidenta abrazada a su ex marido decoran la puerta de ingreso. Desde la entrada, la leyenda se deja ver: “por siempre Néstor, fuerza Cristina. Ni un paso atrás”.  Un joven delgado, de pelo enrulado y ojos saltones pulula sobre la cuadra con un anotador en mano. Dice que milita y que está haciendo un trabajo de cuadrilla. Se para frente al chalet y anota: “barrio de clase media, con casitas bajas de ladrillo a la vista y paredes de concreto de los años cincuenta o cuarenta, casi todas con pintadas: “Cristina capitana; vamos por otra década ganada o JP seccional Tolosa”.

De pronto, el portón se corre y un Honda azul oscuro se pone en marcha. Dos mujeres suben. La más joven se sienta al volante, la otra del lado del acompañante. Tiene el pelo muy canoso, enrulado y peinado hacia arriba. Lleva puesto un equipo de jogging con los colores de Gimnasia y de su hombro izquierdo cuelga una pequeña cartera de cuero sintético color blanca. Inmediatamente el joven cree reconocerla, sabe que la vio en algún lado: en los noticieros, en algún acto de gobierno, en los diarios, en el funeral del ex presidente Kirchner, en la cancha alentando. El auto está por arrancar. La mujer que maneja acomoda el espejo retrovisor y da marcha atrás para sacarlo de la cochera. El Honda desciende despacio y el pibe la ve de cerca, la mujer voltea y ambos quedan cara a cara mientras el auto sigue muy lentamente. Él se pone algo nervioso y ella se da cuenta, advierte que el joven es partidario y antes de que el pibe volviese a desviar la mirada, baja el vidrio y lo saluda mostrando los dedos en v. El joven le devuelve el gesto sonriente y antes de que pidiese mediar bocado, el portón comienza a cerrarse y el Honda arranca por calle 503 en dirección a calle ocho y lo pierde de vista.

Para un sector de la opinión pública ella es reconocida por ser la mamá de la presidenta, pero para muchos vecinos del barrio es Ofelia: aquella mujer que militó en un gremio combativo; que nunca se tomaba vacaciones; casada con un colectivero devenido en empresario; madre de dos hijas;  un poco rehacía al diálogo; hincha fanática del “lobo” e hija de un histórico militante peronista que quemaba llantas en los mitines radicales.

 

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