Nadie se acuerda de Albert Camus

Albert-Camus

Por Karen Montero @karenmontero

Fotos: Albert Camus / Henri Cartier-Bresson. Salem Zenia / Karen Montero

Repleta de ruinas romanas y un mar destellante, la ciudad de Tipasa es pura luz. «El campo se vuelve negro de tanto sol», escribía Albert Camus en Bodas (1938). En la primavera de 1936, la ciudad argelina fue uno de los epicentros literarios del escritor, quien dos años después publicó el ensayo, del que se cumplen 80 años de su publicación. Para él, Tipasa era el lugar que mejor le hacía comprender la gloria en su búsqueda continuada de la felicidad. Era donde el amor se convertía en un derecho sin posibilidad de medir. Era puro color. O en sus propias palabras: «Los ojos intentan en vano captar algo más que las gotas de luz y los colores que tiemblan al extremo de las pestañas».

En este conjunto de textos sobre viajes por Argelia, Camus se casa con Tipasa. La belleza de aquel lugar le impacta, no importa cuántas veces vuelva, no importa cuántos años tenga. Cuerpo y paisaje encajan en un mismo ser, un mismo organismo capaz de respirar a la vez. Pero también capaz de comprender su pasado convulso y políticamente incorrecto -un pasado compartido influenciado por Europa. Camus, por su condición de pied noir —francés en territorio argelino—; Tipasa, por ser parte, en aquel momento, de un imperio colonial condenado a las ruinas. Este texto es de una relevancia extraordinaria no solo por el testimonio de una Argelia todavía dependiente del colonialismo francés de la primera mitad del siglo XX, sino por el asentamiento del propio estilo del escritor.

Nunca fue lo mismo ser de París que de Argel. Retratando la belleza insostenible de Argelia en ‘Bodas’, Camus reivindicaba, también, la libertad de su tierra. Huérfano de un padre que murió en la Primera Guerra Mundial, su madre tuvo que sacarlo adelante en un barrio humilde de la capital del país. El joven Camus sabía lo que se cocía en realidad en la ciudad: miseria, penumbra y corrupción política. La dependencia económica de Francia dejaba a los ciudadanos de Argelia en una situación descompensada: los ricos eran pocos y muy ricos, mientras que la inmensa mayoría de la población era pobre. El sistema político y judicial era calcado al galo pero con unas desigualdades sociales abismales. En El verano en Argel, el tercer de los ensayos que componen Bodas, escribió: «Todo aquí respira el horror de morir con una paz que invita a la vida». Y la guerra de independencia todavía no había empezado.

Vivió la lucha para conseguir la liberación de su país, aunque no pudo verla en vida –murió en 1960, sólo dos años antes de que se hiciese efectiva. El ganador del premio Nobel en 1957 era conocido por querer conciliar sus raíces francesas y argelinas. Aceptaba una independencia donde los pied noirs se pudieran quedar en ella, algo similar al modelo sudafricano tras el apartheid. Por ello, Camus ha sido siempre una piedrecita en el zapato de Francia a la vez que en el de Argelia: no estaba de acuerdo con la política colonial de Francia y, quien hablara de lo que realmente estaba sucediéndole a los argelinos, tampoco era amigo de Argelia. Y no fue el único.

«Albert Camus no existe en Argelia», afirma Salem Zenia. Escritor y periodista argelino, lleva 11 años exiliado en Cataluña. Con mirada seria pero inquieta, a sus 45 años tuvo que escapar de Argelia, en sus propias palabras, “por el simple hecho de existir”. Camus y Zenia provocan incomodidad en su tierra natal. Su filosofía de vida va de la mano: ambos consideran que la verdad va por delante de los ideales y del Estado. Fundador del diario Racines/Iz’uran (Raíces), Zenia luchó con su pluma contra aquellos que, desde la élite, intentaban oprimir a todo un pueblo. A cambio, recibió amenazas de muerte entre cartas escritas con sangre y paquetes con un jabón envuelto en mortaja.

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«En la escuela primaria y en la universidad no se enseña quién es Albert Camus», revela Zenia. No está oficialmente prohibido, pero Argelia ha preferido olvidarlo. El país se independizó de un régimen político opresor para formar un nuevo país, intentando mejorar la economía pero sin respetar las libertades del pueblo. Tras la revolución de los años 90, la situación no ha mejorado. En cuestiones culturales, el estado impuso la lengua árabe como única lengua del país, mientras que en Argelia coexisten otros idiomas, como el amazig, el árabe dialectal o el derija, pero no están reconocidos oficialmente. Argelia se vistió como un país jacobino copiado al sistema francés: un único idioma, una única creencia y una única comunidad. «Todo lo que no cuadraba con este nuevo estado, fuera». Y fuera quedaron Camus y otros intelectuales como el escritor y la artista Jean y Taos Amrouche —por ser cristianos—, el actor Roger Hanin —por ser judío— o el poeta Jean Sénac —por ser homosexual—, que fue el primer asesinado después de la independencia. Y fuera ha quedado Zenia, ateo y crítico con el Estado.

Un pensamiento laico, sin pretensiones políticas, luchando a través de la palabra escrita por los derechos de todas las personas, sin importar su proveniencia y sus creencias. Esta es la lucha de Zenia y fue la de Camus. En Bodas, el escritor destapa la miseria de espíritu de aquellos que intentan atar a todo un pueblo desde su escueta visión del mundo. Encuentra la perla escondida de su Argelia natal para describir la realidad tal y como es, de la que está convencido que tiene que contar por delante de todo, aun si le costara enemistades: «Djémila dice la verdad esta tarde, y con qué tristeza, y con qué insistente belleza».

Hablar con Zenia genera la pregunta de por qué un escritor que ganó el premio Nobel no es bien recibido en su país. ¿No da una buena imagen a Argelia aunque fuera contrario a las ideas de los gobernantes del pasado? «Los argelinos son tontos, porque es un hijo de este país, y lo han dejado», comenta Zenia. Cuando recogió el premio en Estocolmo en plena crisis entre Argelia y Francia, Camus pronunció una frase que pasó a la historia: «Entre la justicia y mi madre, escojo a mi madre». La frase fue malinterpretada y se pensó que la madre simbólica era Francia y que despreciaba la descolonización, aunque él reiteró que no quería decir eso: en ese momento la guerra estaba tan latente que podían caer bombas en cualquier punto de Argel, donde su madre vivía. Aun así, la polémica ya estaba servida.

Si bien Camus tomó una posición pública poco clara en el conflicto franco-argelino, la realidad es que estaba a favor de la independencia de Argelia pero no aceptaba que la justicia viniera de la mano de las armas, algo que tampoco sentó bien a los ganadores de la guerra que llegaron al poder a través de ellas. Para colmo, tras la publicación de El extranjero, Argelia pensó que Camus odiaba a los árabes. En él, habla de la figura del árabe como alguien violento, sin nombre, sin palabra y a quien se puede eliminar sin reparo. Expertos en poscolonialismo y críticos han opinado que, en esta novela, Camus hace pasar en silencio la existencia de todo un pueblo, de una nación. Edward Said afirma, por ejemplo, que su literatura conserva un estilo imperialista por hábitos narrativos como el de la «nostalgia controlada» en Bodas, como si el propio Camus se sintiera incómodo en su propia tierra. En vez de plasmar su pensamiento literalmente, como los críticos y el mismo Estado argelino ha interpretado, Camus criticaba la visión que tenía Francia de Argelia: para los franceses, todos los argelinos eran árabes. Sin distinción cultural, étnica, lingüística ni religiosa.

¿Y qué piensa Francia de Albert Camus? Zenia lo aclara: «Si no fuese un premio Nobel, Francia olvidaría a Camus». En Europa, el autor de El extranjero también es molesto. En 2012, un año antes del centenario de su nacimiento, se había proyectado una exposición conmemorativa entorno a su figura. Pero tras anularla y volverla a programar de nuevo, la muestra se quedó sin comisario y estuvo a punto de suspenderse sin motivo. Camus es la oveja negra de la literatura franco-argelina. Ambos países tenían miedo a aquellos que preferían contar la verdad y dejar atrás unas imposturas políticas y sociales que solo beneficiaban a una élite, algo que en la actualidad continúa latente. ¿Y qué es la migración y el exilio cada vez más y más intensos de Argelia sino una de las consecuencias más directas del poscolonialismo?

La belleza de la verdad siempre vence. En los últimos párrafos de Bodas, Camus parece hacerse suya una expresión tan francesa como la joie de vivre para un tipo de felicidad que solo experimentó en Argelia. La vida y el hombre existen «con la salida y con la puesta del sol». A pesar de todo, de la imposición y de la represión, continuó buscando el compás de nuestra respiración con los suspiros del mundo. Como Camus, hay que seguir maravillándose de la grandeza insostenible del cielo en verano, disfrutando la vida de abandono y contar la verdad a través del propio atractivo del mundo. Como Zenia, hay que continuar luchando para hacer clara la verdad de todo un pueblo. La reivindicación de estos escritores es tan necesaria como la de centenares de intelectuales argelinos que han sufrido durante años por falta de libertad. La libertad que brindó, en un pasado, la primavera de Tipasa y el verano de Argel.

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