Nada que ver con tu idea del rock

Pez en el Ópera. Foto de Agustín R. Dusserre

Hace 21 años Pez explora distintas maneras de hacer rock: experimental, progresivo, duro y hasta se animaron a la bossa nova y al tango. Julieta Greco y Florencia Pacífico participaron de un show histórico en el Teatro Ópera y escribieron esta reseña de la banda que más se escucha en la redacción de Anfibia.

Por Julieta Greco y Florencia Pacífico

Fotos: Agustín R. Dusserre

Es viernes 15 de mayo y el público comienza a reunirse en la esquina de Avenida Corrientes y Suipacha. Otros esperan a sus amigos y amigas en la puerta del Ópera, parados bajo cinco círculos de luces azules.

-Pájaro, ¿qué onda Pez? ¿Los conocés?

-Re dan para el teatro. Es gente tranquila, psicodélica. Rock psicodélico.

Cada vez que llegan bandas de rock al Ópera, el administrador le pregunta al Pájaro, el acomodador más rockero, qué onda. Quiere saber, sobre todo, qué público llevan. Veinte días atrás, cuando tocó Juanse, al administrador no le gustó su “público fumón”. En ese lugar, un mes más tarde, multitudes de niños harán fila para ver al animador infantil Topa.

Pez en el Ópera. Foto de Agustín R. Dusserre

A las veintiún horas, la sala está llena: casi todos los seguidores de Pez están en sus butacas. Los recibe un sonido de mar cada vez más intenso: es el comienzo del instrumental Sveglia, el tema de apertura. La música se mezcla con aplausos.

-Este es un día muy importante para nosotros. Acá están nuestros familiares y amigos. Muchas gracias a todos. Y a los que pagaron la entrada también- dice Ariel Minimal, compositor, guitarrista, cantante y el pez más antiguo.

-Gracias Peez!!!- gritan desde las butacas.

-El porro es del metaaaaaaaal!!- Alguien, desde el público, está pidiendo un tema que denuncia que los caretas del reggae se lo quieren llevar.

-Igual un día te podés levantar a la mañana y no fumar, eh. Prueben- Ariel hace una pausa.-  No se animan, ¿no?

Un rato más tarde, uno de los acomodadores apunta hacia el público con un láser. Como en cualquier espacio cerrado de Buenos Aires, está prohibido fumar y en el Ópera lo harán cumplir.

A Pez lo hacen Ariel Minimal en guitarra y voz, Fósforo García en bajo y Franco Salvador en voz y batería. Hace veintiún años que exploran distintas maneras de hacer rock. Sin salirse nunca del género hicieron rock duro, experimental, progresivo y hasta se animaron a la bossa nova, al tango y al punk. El lanzamiento de un nuevo disco es siempre una incógnita.

Pez es un trío pero ahora en el escenario hay nueve músicos. Se suman el saxo tenor de Puntoriero, las trompetas de Andrés Ravioli y Echeveste, el trombón de Russo, la guitarra de Santoro y  Juan Ravioli en teclados, piano eléctrico, voz y guitarra.

Pez en el Ópera. Foto de Agustín R. Dusserre

 

Suenan sin pausa Vientodestino en Vidamar y Difícil de Conseguir. Sigue una canción para las almas sensibles. Ya pasaron los diez primeros minutos del recital y el escenario se va volviendo familiar, están más sueltos. Ariel, que se venía acomodando el retorno una y otra vez, de pronto está bailando. Mueve todo el cuerpo, hace círculos con su cabeza y se bambolea hacia el piso doblando las rodillas. Se divierte. Busca a Santoro y se arengan mientras tocan. En el otro costado del escenario Fósforo, que parecía ensimismado, se suma al juego. Luego un tema que dice La historia es el viaje y no hay ningún apuro por llegar. Lo acompaña el violín de Federico Terranova, músico de Fútbol, banda amiga de Pez. El primer bloque del show cierra con  La estética del resentimiento, un blues en medio del tedio y  del sopor de  Buenos Aires.

El telón de fondo se levanta y deja ver la imagen que ilustra “El Manto Eléctrico”, su último disco. Llevan editados catorce de estudio, dos en vivo y dos dvds. Desde el 2000 tienen su propio sello discográfico, Azione Artiglianale. Durante veinte años se ocuparon ellos mismos de empaquetarlos artesanalmente: torre de discos, caja, bolsita y sticker. El último fue el primero en venir en su caja. Todo ese material puede bajarse de su página de internet sin pagar un peso o comprarse en los shows. En los recitales también se venden remeras y posters. Todo eso en una mesa es El Kiosquito de Pez.

-Ahora hay como una locura con las remeras- dice Molly, que atiende El Kiosquito desde 2007. Antes se encargaban las novias de los músicos, pero las familias, como la banda, se agrandaron y las panzas empezaron a empujar la mesa de los discos.

A veces Ale Leonelli se cruza por la calle gente con remeras de la banda. Se para cerca de ellos, los observa y sigue su camino. Él ilustra remeras, discos y todo de Pez desde hace doce años. Para el último recital, que lleva el título “Una Noche en el Ópera”, preparó posters, flyers y un programa que remiten al álbum de Queen. En el Ópera, sus afiches se agotaron antes del show. Al otro día llegaron decenas de pedidos por Facebook.

-Lo primero que pensé fue Queen, fue como un chiste interno- responde Ariel cuando le preguntan cómo se les ocurrió la analogía con el disco de la banda británica.

Al Pájaro le gustó la ilustración del flyer y esa noche recaudó bien:

-¿La fecha más importante de la banda y no te vas a llevar el programa?- decía mientras acomodaba a los espectadores, buscando propina.

Pez en el Ópera. Foto de Agustín R. Dusserre

Suena Cráneos, el primer tema de El Manto y el arte de Leoneli se impone en la escenografía sobre un lienzo de más de ocho metros de alto. Lo pintó a mano el artista plástico y muralista Leandro Frizzera. En simultáneo, un ejército de medusas fucsias, brillantes, baja desde el techo del escenario.

-A mí no me gusta cerrar la interpretación de las tapas. Frizzera, el diseñador de la escenografía, flasheó una onda marina con la de “El Manto Eléctrico”, por eso las medusas- dice Leonelli.

En la tapa del disco aparece una mujer de pelo naranja, vestida con un manto en el que se trasluce un gran cerebro conectado a un morrón-corazón. A Minimal no le cerraba que fuera pelirroja. “Parece medio gringa”, pensó, y le pidió a Ale que los ojos no fueran verdes.

Desde las butacas del Ópera, un espacio de confort inusual para un recital de Pez, 2500 personas alucinan cuando una bola de espejos baja al escenario para proyectar luces. Es gigante.Tiene más de un metro de diámetro y gira despacio, cubriendo  todo de destellos de luz. Suena el tema que da título al álbum y Florencia Ruiz, cantante invitada y amiga de la banda, suma su voz.

En agosto del año pasado, mientras grababan El Manto, pensaron en presentarlo en un teatro. Butacas de pana, acomodadores, calle Corrientes no forman parte del escenario más habitual para la banda. Pero esta vez, el disco pedía otra cosa. Durante el último Festipez, el festival autogestivo en el que invitan a otras bandas independientes amigas, lo habían avisado:

-Ya vamos a hacer un recital para presentar El Manto, nos vamos a aprender los temas y vamos a tocarlos todos.

En el Ópera van a tocar su último disco completo, en el mismo orden en que fue grabado. Hace dos meses que ensayan con todos los invitados. Agitan por Facebook. Dicen que están re manijas. Arengan al público contando los días que faltan. Anuncian, como siempre, los horarios reales en los que empieza el show. Dicen que si fuera por ellos tocarían a las ocho de la noche. Luego de pasar por seis formaciones y recorrer diversos estilos, a la banda le faltaba un disco que lleve a sus seguidores, aunque sea con un amague, al dub y al funk. Los Pez venían anticipando que el próximo trabajo sería distinto. Después de la crudeza de Nueva Era, Viejas Mañas, lo nuevo apaga la distorsión. En sus palabras, psicodelia porteña y poesía eléctrica en su máximo esplendor. En este disco,  grabado en el estudio Romaphonic durante el mes de agosto, Minimal cambió de guitarra titular. Usó una Stratocaster, un cambio en el sonido respecto de los primeros discos de la banda, grabados con su Gibson Les Paul.

Suena No te escucho bien, se suman nuevamente los vientos y Pez lo vuelve a hacer: incursiona en un nuevo género. Hace algo que antes no hizo. El público celebra el riff limpio del comienzo del tema, que afirma como una premonición: Pude ver una mueca encajada en tu cara / Pero no pude entender lo que decían tus palabras. Sigue un sólo de melódica en manos de Juan Ravioli, y remata No es la razón del corazón / Es todo eso y mucho más.

En el inicio de Aire al Fin, el tema siguiente, a Ariel se le rompe una cuerda:

-Y bueno, no es grave. Hay gente a la que se le rompe un tendón. Esto es para que Galasso no diga que no uso sus guitarras.

Pez en el Ópera. Foto de Agustín R. Dusserre

En este momento, Checho, técnico de su instrumento y jefe de escenario, corre a alcanzarle otro. En el 2006, para el lanzamiento del disco “Hoy”, Ezequiel Galasso, luthier argentino, le regaló a Ariel una guitarra que hizo especialmente para él. Ariel dice que la usó, no porque se la regalaron sino porque es buena y nacional. Checho, ese pibe flaco, alto, que hoy se puso chupines y está corriendo a alcanzarle una guitarra, está en Pez desde 2003. Hizo de todo. Fue manager, mono de carga y hasta pegó afiches:

-¿Y a dónde íbamos a pegar los afiches de Pez?  En Puan, en Sociales, en el Pabellón 3 de Ciudad Universitaria- dice, y recuerda viejas épocas con la banda. De repente, se le vienen imágenes del público que viene siguiendo a Pez en estos veintiún años y agrega- Es un público re particular. Como el público de Riff cuando apareció o cuando aparecieron los rolingas. El público de Pez es una tribu urbana más. Hablan un idioma, leen unos libros. Hay un diálogo común: O sabés de qué están hablando o querés saber.

No es sencillo describir la composición de esta tribu. Entre las butacas del ópera, se puede ver algún pulóver de colores tejido en lana de llama pero también tachas plateadas sobre ropa negra. Están los que llegaron a la banda cuando se lanzó el acústico Hoy y los que festejan cuando está como invitado el Pato Larralde, cantante de la banda de metal Los Antiguos. Y están, por supuesto, aquellos que disfrutan de ambas cosas. Alguna vez, Minimal dijo que en los recitales de Pez nadie juega al juego del rockanroll, ni ellos arriba del escenario ni el público abajo. Es un público sin cantos ni banderas.

Para sus integrantes, Pez es lo único que hay, es trabajo. Hoy, el día del Ópera, estuvieron en la sala desde las cinco y media de la mañana. Había que desarmar equipos, instrumentos, cargar herramientas. El flete llegaba a las nueve.

-A estos shows grandes se va muy preparado. Cuanto más grande la banda, más grande el flete. Hace doce años iba a laburar con Pez y creo que ni siquiera llevaba mochila- dice Checho.

Está terminando el segundo set del show y Ruiz vuelve a acompañar el último tema: Mi lista de deseos. Ella en voz y Puntoriero en la flauta traversa inician la tercera y última parte, con la canción que proclama que necesitamos un dios pero uno más real. Los últimos diez temas condensan lo versátil del rock que nos propone Pez: la banda vuelve a bailar con Los orfebres y nos lleva por un viaje instrumental en Ushuaia, uno de los pocos temas compuestos por Fósforo.

Se acerca el final, la gente pide temas y Ariel responde:

-Treinta temas tocamos ¿Se creen que esto es Santana? ¿Qué vamos a tocar cuatro horas?

En el Ópera, trabajaron aproximadamente  treinta personas: seis en El Kiosquito,  dos en el sonido, dos en iluminación, tres en escenario, seis en la escenografía, los nueve músicos y quienes se ocuparon de la grabación de la fecha. Para los Pez, tocar en el Ópera es parte de un proceso de crecimiento escalonado. Nunca un ascensor. No lo viven como un punto de llegada. Tres semanas después, la banda se presentará en Santana, un bar de Ramos Mejía en el que entran, apretadas, doscientas personas. Es un clásico. Tocan ahí siempre, como mínimo, dos veces por año. Cuando en diciembre del 2014 la banda anunció en su Facebook que ahora el bar tenía aire acondicionado, muchos no le creyeron.

Ariel anuncia antes del final que quedan los últimos tres temas. El cierre de los shows siempre está anunciado. El público, que sabe, nunca pide otra. Pez nunca miente el final.

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