Mi primer muerto

Por @laureanobarrera

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Vos sos mi primer muerto, abuelo Higinio. Antes se murió la abuela Ida, una mujer dulce que cada jueves nos esperaba a los siete primos con ravioles y estofado para almorzar, y un estante de la heladera repleto con potecitos de mousse de chocolate. Incluso antes que la abuela, un cáncer había matado al abuelo Alberto, un escribano de pueblo a quién recuerdo con una boina de hilo jugando en los picaditos de fútbol que se armaban en los cumpleaños de mi infancia. Así y todo, lo dicho: vos sos mi primer muerto.

Tandil, tu lugar en el mundo, había dejado de ser un pueblo grande para volverse una pequeña ciudad, y durante los primeros años de mi vida ­­–diez, doce– con mis hermanos esperábamos que llegara el verano para ir a tu casa. La noche de bienvenida, la abuela Rosita nos daba a elegir una comida a cada uno y la mañana siguiente te mandaba con la lista de los ingredientes a hacer los mandados. Vos nos despertabas temprano, después de preparar el mate cocido que habías tomado durante décadas en el Regimiento, silbándonos la diana. Si no mirábamos dibujos animados, te acompañábamos a hacer las compras –porque la abuela cocinaba y vos hacías las compras–, y en todos lados te saludaban con reverencia: cómo está, don Higinio; cómo le va, don Barrera. Vos respondías siempre con un chiste amable.

A la tardecita perdías una parte de tu vitalidad, como la tableta o la computadora que hibernan para no malgastar energía. Vos te sentabas en el sillón de cuerina blanca, al calor narcótico de una estufa de chapa, y entrecerrabas los ojos, tamborileando los dedos de la mano derecha sobre tus rodillas en cruz. La tele no te interesaba si no transmitía una película de cowboys o un partido de Racing. Si nos atravesábamos, siempre apelabas al humor: “Corré la osamenta, pibe”, decías, y soltabas una risita corta.

A veces, cuando era de noche, me iba solo a refugiarme en tu living lleno de muebles de época, incluyendo un tocadiscos Winco que escondía una botonera debajo de una tapa corrediza y yo imaginaba como los comandos de una nave interplanetaria. Pero lo que siempre miraba con curiosidad era ese cuadro de marco dorado que colgaba de la pared. Era una foto enorme, en blanco y negro, en la que estabas vos: vos y tus botas de caña alta y tu impecable uniforme color oliva, vos y ese corcel imponente que se me antoja blanco, vos congelado en el aire, superando la valla con garbo. Vos y debajo de tus pies, todo lo demás.

Habías alcanzado el rango de sargento de caballería, abuelo, en un país donde ser milico y tener tu edad era una mochila pesada. Y aunque no llegué a verte en actividad, hasta esa fisura de tu pasado es blanca. Porque mi madre, cuando tuve la edad suficiente, me relató con detalle la noche de 1976 en que ella y mi viejo rajaron de la casa de San Rafael, en Mendoza, un rato antes de que la patota entrara; y cómo se llevaron a tu esposa, mi abuela, como moneda de cambio. Vos ya estabas retirado del Ejército, pero te fuiste a la comisaría, diste tu nombre, apellido y tu antiguo cargo, y no te moviste hasta que la soltaron. Y no era moco de pavo, abuelo, porque vos figurabas entre los traidores que se habían retirado a tiempo: entre quienes creyeron que en esos tiempos quienes lucían jinetas en el uniforme no eran patriotas sino perros salvajes.

La última vez que me acordé de vos, antes de estos párrafos, fue el año pasado, cuando Racing volvió a ser campeón. Porque me devolvió al año 2001 de un sacudón, al domingo que tu cuadro le ganó a Estudiantes 3 a 2 con un gol agónico del José Chatruc después de estar dos goles abajo. Recuerdo esa tarde de lluvia como si fuera hoy, y no porque Racing acariciaba el título después de 35 años, ni porque sobre aquél partido corrieron rumores de que el árbitro estaba comprado. Si se me aparece tan nítidamente es porque después del pitazo final, para celebrarlo, te llevaste a la cama una copita de cognac, prendiste la vieja radio a transistores que tenías en la mesa de luz y como escribió alguna vez papá, fuiste tan sabio que nunca más te despertarse. Si hubo algo triste de esa muerte repentina y suave, es que no me dio tiempo a decirte adiós, te quiero abuelo Higinio. Pero la verdad es que tampoco te lo hubiera dicho en otros cien años, porque no podía imaginar que te ibas a morir así, en el duermevela de una tarde de lluvia después de que ganara Racing.

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4 Responses

  1. Excelente. Me hace acordar bastante a un relato mio referido a mi abuelo y a Racing.

  2. Me gustó mucho el relato. Creo que casi todos tenemos una historia fuerte con nuestros abuelos. Son seres inolvidables cuya misión en esta vida es darnos consejos y vivencias, para poder utilizarlos cuando ellos ya no estén.

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