Nicolás Germán

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La calesita legal

18 mayo, 2016 in Justicia, Poder

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Por @tato.

“Mi vida ya no me pertenece”, dice Juan Manuel Aguirre Taboada. A los cuarenta siente que la justicia lo arruinó: fue acusado junto a su padre de asesinar a la bioquímica Ana Zerdán. A partir de ese momento, la rutina de este joven de clase media sin muchas preocupaciones, dio un giro inesperado. Se transformó en un reo perseguido por la Justicia: “Hace dieciséis años soy chivo expiatorio en una causa que desnuda, una vez más, la burocracia judicial”.

La defensa se convirtió en su motor primordial. Asegura que no son asesinos, y que la imputación es una manera de encubrir a los verdaderos responsables del crimen. Sostiene que el juez Juan Torres y el abogado querellante Oscar Pandolfi responden a poderosos intereses y que fueron los encargados de digitar la causa, de convertirlo en un “perejilazo”. Estuvo tres años en prisión de manera intermitente. En 2008 fueron absueltos por la Cámara en lo Criminal Segunda de Cipolletti. Sin embargo, tiempo después, el Tribunal de Justicia de Río Negro echó atrás la sentencia. Se les impuso como restricción la salida del país. Juan Manuel señala la importancia del “non bis in idem”, un derecho en la Constitución que dice que nadie puede ser juzgado dos veces por la misma causa. “Y así fue, fuimos absueltos y ahora nos vuelven a acusar”.

El caso no tuvo mucha más repercusión que la que tiene cualquiera de los tantos casos olvidados. Él ha sido desde siempre el encargado en difundir su historia, a través de su blog, o en cualquier radio, diario o revista que le brinde un espacio. Estando dentro de la cárcel empezó a escribir y algún día espera poder dejar plasmada su peripecia de todos estos años en un libro.

 

En su voz se percibe la serenidad de alguien que ha atravesado por momentos duros y que los ha metabolizado, ya con cierta distancia. Pero a medida que avanza en el relato su tono revela también el cansancio de alguien que ha contado la misma historia una y otra vez. Y no precisamente por no querer contarla, sino porque todavía la historia no tiene fin.

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Hijo único y con padres separados, vivió su infancia y adolescencia en Olavarría. Allí tuvo un primer contacto con la lectura. Devoraba libros enteros en una tarde, se convirtió en un acérrimo lector. Sobre todo de Henry Miller, autor que modificó su visión sobre el mundo. Pero la literatura no fue lo único que primó durante su juventud: jugó al fútbol en las inferiores del Club Atlético Estudiantes de Olavarría. Años más tarde también jugaría de manera profesional en un club de Costa Rica, donde fue más de una vez.

A los veinte, abandonó Olavarría y se fue a vivir con su padre a Cipolletti, en Río Negro. Allí conoció otro tipo de vida, el ritmo de la ciudad era diferente al que estaba acostumbrado. A pesar de no hallarse del todo en aquel lugar, continuó su vida, adaptándose lo más posible. Logró hacer algunos amigos y una novia con la que estuvo en pareja casi dos años. Todo cambió una mañana en la que recibió un llamado. “Me despertó el teléfono, era un amigo de Ana y de mi padre. Me dijo: Juan Manuel, no te preocupes, quedate tranquilo. Pero la mataron a Ana”. Nada volvería a ser igual.

Ana Zerdán era la concubina de su padre, Juan Carlos Aguirre. Trabajaba de bioquímica y la noche del 18 de septiembre de 1999 fue brutalmente asesinada a golpes en su laboratorio mientras terminaba la jornada laboral. No hubo ningún testigo del hecho y tampoco se encontraron elementos en la escena del crimen. Se descartó la idea de robo. Durante un año, padre e hijo declararon en varias ocasiones y se prestaron a pruebas de ADN. Intervino en la causa el juez Juan Torres.

taboada1En una ocasión, Juan Manuel acompañó a su padre a la fiscalía. Ambos pensaron que sería una declaración más. Cuando llegaron al lugar, fueron separados de sopetón por unos policías. A Juan Manuel lo llevaron casi a los empujones a una pequeña oficina. A través de las paredes, oyó la voz quejumbrosa de su padre exclamando: “¿Pero qué es esto, una joda?”. Advirtió que algo no iba bien. Un oficial comenzó a pedirle los datos personales. Algo sorprendido le preguntó para qué los quería. El oficial sin levantar la vista le explicó que era para labrar una orden de detención: “¡Me hizo la detención en mi cara! Como dijo mi abogado tiempo después: fueron por uno y se llevaron a dos”. A pesar de haber pasado mucho tiempo, se sorprende mientras narra estas anomalías en el procedimiento. Aquel día era 28 de diciembre, día de los inocentes.

Esa noche fueron arrestados y llevados a la cárcel de encausados de General Roca, a pocos kilómetros de Cipolletti. Recuerda con gracia aquella temerosa noche en la prisión, acurrucado, envuelto en una frazada. Con el correr de los días fue perdiendo el temor y se dio cuenta de que su miedo era producto de la imaginería sobre las cárceles. A los treinta días quedó en libertad, su padre, un mes después, ambos por falta de mérito. Luego, durante el juicio, la única prueba que se presentaría sería una huella dactilar que alegaban que pertenecía a Juan Carlos. Contra Juan Manuel nunca se presentó ninguna prueba.

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Al salir de prisión no era el mismo. Dio cuenta de la vulnerabilidad a la que estaba expuesto. Sintió el dedo acusatorio de toda la sociedad cipoleña, que a su vez “desconocía los entretelones de una causa, que lejos de ser compleja, siempre estuvo viciada de poderosos intereses que son los que digitaron la violenta muerte de Ana Zerdán”. En un intento por alejarse, comenzó a entrenar con la intención de jugar al fútbol en Costa Rica, país que ya había visitado en 1997, y donde tenía un amigo que también jugaba en un club profesional. Partió hacía el país caribeño y tras probarse en tres equipos diferentes, quedó en el club Santa Bárbara. “Estuve unos meses jugando hasta que me lesioné. No podía jugar durante un tiempo y no me renovaban el contrato, aunque me daban casa y tickets para la comida. Pero decidí volver”. Nuevamente en Argentina, se instaló en la casa de su abuela en Miramar.

A finales del año 2002 salió en el periódico “La mañana de Neuquén” una nota que vincula el asesinato de Ana Zerdán con un triple crimen, ocurrido en Cipolletti ese mismo año y en el que una de las tres mujeres era bioquímica.

Zerdán trabajaba en unas muestras de sangre de los habitantes de Añelo, Neuquén. Allí hubo varias denuncias de aguas contaminadas con metales pesados como plomo, mercurio y cadmio, derivados de una filtración en las napas acuíferas del gasoducto Loma la Lata, perteneciente a la empresa REPSOL. Ni él ni su padre pueden ser querellantes en la causa, dado que ellos mismos son acusados. Pone el foco en esta hipótesis, y comienza a convencerse de que el asesinato de Zerdán tiene mucho que ver con las investigaciones que llevaba adelante.

Hacia finales del 2003, no había muchas cosas que ocuparan su vida, salvo por algunos trabajos esporádicos que nunca duraban más de algunos meses. El fútbol ya no era una posibilidad, así que decidió sumergirse en el estudio. Se anotó en la Universidad de Mar del Plata, en la carrera de letras. Pasaron algunos meses y antes de iniciar los estudios planeó junto a un amigo un viaje a Uruguay: estaría allí dos semanas y a la vuelta comenzaría el ingreso a la facultad. Pero una nueva orden de detención frustró sus planes. “Ese fue el peor momento, casi tan jodido como la tercera detención. Porque sabiendo que era inocente, sabiendo que no había pruebas ni nada que me incrimine, tuve que tomar la decisión de ir y hacerme detener”, dice.

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Estuvo detenido junto a su padre y salieron en libertad dos meses después. Sentía que todo se derrumbaba. Había perdido la oportunidad de entrar a la universidad y ahora tendría que esperar hasta el próximo año. Fue en ese momento que en un intento por evadirse salió a la calles de Latinoamérica. Esta vez viajaría a dedo, como mochilero.

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Al poco tiempo de partir, es informado por su padre de una nueva detención para ambos. A Juan Carlos esta vez le dan prisión domiciliaria, debido a su avanzada edad y a su delicado estado cardiaco. Juan Manuel quiere volver a la Argentina, pero su padre le insistió que no lo hiciera, que siguiera viajando.

Estuvo algunos meses peregrinando a dedo por Brasil y Colombia, sustentando su economía con la venta de artesanías y comidas caseras que vendía en los espacios públicos de cada lugar donde se encontrase. Cuando llegó a Centroamérica fue a visitar a su amigo en Costa Rica, quien le dio lugar para alojarse.

En un intercambio de mails con un compañero de viaje que se encontraba en India, se vio atraído por la aventura y comenzó a proyectar lo que sería su nuevo viaje. Siguiendo las indicaciones de su amigo, viajaría a España, de ahí a Ankara, en Turquía y de allí a dedo hasta la India. De esa manera abarataría los costos. Parecía una aventura más que seductora. Sobre todo porque, aún estando lejos de su país, no podía despegarse de la sombra que lo seguía palmo a palmo.

Cuando pisó el Aeropuerto de Madrid-Barajas lo invadió una sensación de bienestar que pocas veces antes había sentido. Mientras esperaba despachar su equipaje, esa sensación se esfumó al ver que un grupo de policías se acercaba. Sintió el aire enrarecerse. Vivió esa detención como una escena cinematográfica. “Cuando veo la orden, decía que el pedido de captura lo pedía Juan Torres. La causa ya había pasado a los Tribunales de Cipolletti, o sea que Torres ya no era el juez de la causa. Sin embargo, el movimiento que ejecuta junto al abogado Pandolfi hace que la orden siga en pie, y una vez que estoy detenido no importa quien firmó la orden”. No tenía muchas alternativas más que firmar la extradición, y hasta que se aprobara debía esperar encarcelado. “El comisario del aeropuerto me dijo: ‘que mala suerte la suya, porque su orden de detención llegó recién ayer’. O sea que estaban esperando que saltara el registro en algún aeropuerto, porque viajando por América había cruzado un montón de fronteras, presentando documento y pasaporte, renovando la visa, y no había pasado nada”. Estuvo cuarenta días en la cárcel Modelo de Soto Real. Recuerda la primera noche como uno de los peores momentos de su vida. En la oscuridad de la celda, sufrió un ataque de pánico. Empezó a sentir un calor que lo quemaba, se quitó la ropa, abrió el grifo de agua y comenzó a mojarse el cuerpo. En un acto reflejo solo atinó a tomar un libro de Herman Hesse que había logrado escabullirse cuando le quitaron sus pertenencias. Se puso en puntas de pie junto al pequeño ojo de buey de la puerta por donde entraba un poco de luz, y empezó a leer el libro. “No se cuanto tiempo pasó, no sé si dos minutos o veinte. Pero en un momento me tranquilicé”. Al día siguiente lo trasladaron al pabellón de extranjeros y con el tiempo fue adaptándose. En esos días se disputaba la Copa Mundial de Fútbol en Alemania. “Me vi todos los partidos del Mundial”. Eso le ayudó a no pensar en su futuro próximo.

 

Salió la extradición y volvió a la Argentina. Directo a la cárcel de General Roca, en donde estuvo casi dos años. No tuvo otra opción que aceptar lo que le estaba sucediendo y esperar. Su experiencia carcelaria al principio fue complicada, pero supo sortear con austeridad las provocaciones. Tuvo un solo altercado durante un partido de fútbol: se lucía con la pelota, gambeteando y haciendo trucos, hasta que uno de los internos lo sintió como una burla. Juan Manuel no reaccionó. “Cuando vos no reaccionas, y no queres ser mas guapo que ellos, los cagas. Porque no saben cómo reaccionar, ellos están esperando tu reacción para ver por donde te pueden entrar”. Encontró un refugio en la lectura, leyendo libros en la biblioteca de la cárcel. “Un día viene el loco que me había querido pelear y me dice: Aguirre, ¿usted escribe, no? Quería que le ayude con una carta a su mujer, porque no sabía escribir, no sabía usar las palabras. Y al final, terminé escribiendo las cartas de varios presos”.   

Comenzó a darse cuenta de la herramienta que tenía a su alcance. “Empecé a decirme: estoy en esta causa hace nueve años, no hay pruebas en mi contra, no hay nada que me involucre, no hay móvil, no hay absolutamente nada y sigo acá preso, ¿porque tengo que dar por hecho que voy a zafar en un juicio? Y ahí la cabeza me empezó a trabajar, es cuando estalló mi escritura. Tristemente tengo que decir que en algún punto fue bueno, porque me preparó para la escritura. No me quedó otra que empezar a contar lo que me pasaba”. Un amigo creó un blog en internet para poder difundir el caso. Juan Manuel le dictaba telefónicamente sus escritos y su amigo los publicaba en la web.

En febrero del 2008 comenzó el juicio por el crimen de Ana Zerdán y luego tres largos meses fueron declarados inocentes. Se demostró que la huella dactilar no pertenecía a Juan Carlos Aguirre. Después de pasar casi dos años a la sombra, Juan Manuel podía respirar nuevamente. Vivió todo aquello como un nuevo nacimiento, o más bien como el despertar de una pesadilla.

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Promediaba los treinta y tres años, y quería recuperar el tiempo perdido. Recuperar su vida, dicho con sus palabras. Ahora era libre y podría proyectar nuevamente lo que es tan vital para él: viajar. Se reencontró con su amigo viajero que no pudo visitar en India. Juntos decidieron hacer un viaje en bicicleta, pero no en cualquier bicicleta. Oniriciclo fue el nombre con el que bautizaron su creación. “Cuando andás la sensación es onírica”. Mide dos metros y está armado con dos cuadros soldados, uno encima de otro. Se autoproclamaron “delironautas” y salieron a las calles a pedalear desde la altura. Juan Manuel también participó de las primeras “Masa Crítica” en Buenos Aires.

Un año después del juicio, el Tribunal de Justicia de Río Negro revocó la sentencia del juicio volviendo a cero. A partir de ese taboadamomento perdió las esperanzas. La pesadilla comenzó de nuevo. Ya no sabía qué hacer, su pesimismo se acrecentó. Sin embargo, fue en ese momento que empezó a difundir mucho más su caso.

Juan Manuel sostiene que la causa estuvo marcada por la desidia. “Con los años, al estudiar el expediente, y ver cómo todo estaba hecho ‘así nomás’ lo único que encuentro es que esto es una calesita legal que no se termina”, expresa con un dejo de resignación. Aunque con el tiempo ha encontrado un argumento para justificar su suerte: “en vez de preguntarme ¿por qué a mí?, digo ¿y por qué no a mí?”, y en esta afirmación acepta su destino.

Con su abogado defensor presentaron un recurso ante la Corte Suprema de Justicia, el “non bis in idem”. Pero desestimaron el pedido. “Tengo la serenidad de poder decir: no hay pruebas, me jodieron la vida, no voy a tener nuevas existencias, pero sigo peleando. Ya cumplí, todo lo que podía hacer lo cumplí. El primer año dimos sangre veinte veces, nos llamaron a declarar un montón de veces. Nos metieron tres veces en cana. Hace siete años que con mi padre estamos en libertad condicionada. Pareciera que este caso le ganó al mismo sistema judicial, ya nadie sabe cómo manejarlo”.

Juan Manuel será sometido junto a su padre a un nuevo juicio oral el 2 de mayo, en el que no habrá testigos. Tampoco presentarán pruebas nuevas. Se sentaran a ver la filmación del primer juicio y dictarán sentencia. Esta vez la pena es la más severa: prisión perpetua.

Todos estos años de peregrinaje por el ámbito jurídico y penal labraron de manera rotunda una palabra en su conciencia: libertad. “Quiero ser yo, Juan Manuel Aguirre Taboada, no un chivo expiatorio. Quiero mi propia identidad. Ser libre de una vez por todas, y que haya justicia para nosotros, porque ya sabemos que para Ana Zerdán nunca la habrá”.

historia

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Solo estoy improvisando sobre un furgón cualquiera

23 junio, 2015 in Viajes

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Por Nicolás Germán.
Fotos e ilustración Gisele González.

El olor a metal oxidado solo es superado por el olor a marihuana. Al menos cuatro porros están encendidos, y pasan de mano en mano, en diferentes grupos que conforman los pasajeros que allí viajan. No bien uno se asoma a la puerta del furgón desde el andén, ya se siente el perfume dulce y especiado. Adentro, hay un poco más de treinta personas, está lleno, pero no viajan apretujados, se pueden mover. Se oyen risas, conversaciones casi a los gritos, bostezos exagerados.

El silbato del tren suena férreo y perfora la tarde en la estación de Villa España. Comienza a moverse la locomotora del General Roca, se oye el fragor de los engranajes moviéndose. Un hombre se aproxima presuroso por el andén con una bicicleta, se detiene frente a la puerta y alzándola con un solo brazo, intenta cargarla dentro del furgón. Dos jóvenes la agarran desde arriba, uno de ellos dice: «Suelte, suelte, que yo la subo». El hombre ya con las manos libres se agarra de un pasamano e intenta pisar el pequeño estribo que hay por escalón, pero le erra. El tren se mueve, pero muy lento. Finalmente lo pisa, uno de los jóvenes le tiende la mano, y de un rápido impulso sube. «Gracias ―dice el hombre―, creí que el furgón venia atrás, tuve que correr». El joven, esbozando una mueca cómplice, le contesta: «Si, te re caga a veces». El hombre acomoda su bicicleta en uno de los lados, donde ya hay seis bicicletas, unas apoyadas encima de otras.

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Las paredes internas están pintadas de blanco. Se las ve rayadas y picadas por el óxido. Y, a pesar de ser una tarde templada, el maltrato de la chapa produce una sensación de frío con solo mirarla un instante. Abundan inscripciones de todo tipo sobre ella: graffitis estilo hip hop, escudos de equipos de fútbol, dibujos de miembros viriles, algunos con forma de hongo, otros con forma de cohete… Números telefónicos, frases de canciones, correos electrónicos, nombres propios, apodos, nombres de barrios o ciudades, algunos seguidos de la palabra “manda” o “aguanta”. Todo está hecho con fibrón, con aerosol, con birome, con pintura, incluso, hay algunas palabras talladas con algún objeto filoso, o quizá con la punta de una llave, o el borde de una moneda. Todo es un gran collage de palabras y dibujos que se superponen unos encima de otros. El techo es más bajo que el de los vagones, y algunos hombres, por momentos, cuando el tren se bambolea demasiado, apoyan la palma de la mano sobre este para sostenerse. El furgón no tiene pasamanos por dentro, es una gran caja de lata, parece un container.

Todos viajan parados, a excepción de uno. En una de las esquinas, la que está junto a la puerta que da al andén, un anciano de piel curtida está sentado sobre una pila de cartones envuelta y amarrada en una arpillera blanca. Parece distendido, como sentado en un puff. Sus ojos están casi cerrados, como si el traqueteo rítmico del tren sumado al cansancio que denota su semblante le resultase soporífero.

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El tren se detiene en la estación de Quilmes, suben tres jóvenes. Dos chicos y una chica. Los tres tienen una mirada cautelosa. Tal vez, algunas personas que allí viajan, les generan aprensión. De todas formas hablan con tranquilidad. La chica es rubia, de ojos verdes y lleva en su espalda una guitarra dentro de su estuche. Es la única mujer allí. Algunos la miran por momentos, pero nadie le dice nada. Cada uno en su mundo, sin molestar a nadie. Se cruzan algunas miradas, pero estas no persisten mucho tiempo, como si nadie quisiera invadir la intimidad del otro, al igual que en los bares o los colectivos.

Ante todo se respira camaradería.

El humo de la marihuana flota denso sobre las cabezas. Siguen las risas y las conversaciones. En una ronda, giran en sentido contrario dos botellitas de Fernandito VII. En otra, una botella de Coca-Cola pero cargada con cerveza. La locomotora marcha rauda y el ritmo del traqueteo se oye constante, siempre es el mismo: “tatá tatá, tatá tatá”. El motorman hace sonar el silbato en los cruces más importantes. Al estar justo detrás de la locomotora, el sonido repercute con precisión y fuerza dentro del furgón.

furgon4El tren llega a la estación de Bernal, sin embargo, nadie baja del furgón. Pasa un minuto, dos, tres, cuatro. «¿Qué pasa, loco?» ―dice un muchacho, mientras se asoma a la puerta. Dos más lo acompañan. Ven que mucha gente está descendiendo de los vagones. «¿Qué mierda pasa?» ―pregunta un hombre a los que están en la puerta. «Se están bajando todos, loco. ¿Qué onda?» ―contesta el joven. Un guarda camina hacia el furgón y asomando la cabeza adentro dice:

―Se tienen que bajar. Hubo un problema en las vías en la estación Don Bosco.

Todos al unísono gritan dos vocales: “u” y “e”. Vociferan, protestan. «¡La reconcha puta de su madre, loco!» ―trona un muchacho con ira. «¡¿Cómo puede ser, che?!», dice un señor al mismo tiempo que alza su bicicleta al hombro. El guarda menciona que se suspende la salida del tren hasta que se solucione el problema. «Seguro otro que se suicidó» comenta un hombre irritado.

Algunos empiezan a descender por la otra puerta, la que da a la vía contraria. Descargan las bicicletas ayudándose entre dos o tres para aligeran la acción. Todos caminan apurados hacia la salida de la estación, algunos corren, otros se quedan indecisos pensando qué hacer. Un chico baja del furgón de un salto y camina hacia la entrada de la estación, se detiene y observa hacia la avenida San Martín, donde, en la vereda, se aglomeran un cúmulo de personas esperando tomar algún colectivo. Estos se llenan hasta el hartazgo. Viajan parados en la escalera, agarrados del pasamanos. En el andén algunas personas discuten, se quejan histéricos. El chico regresa al furgón.

―¿Y Chipi, qué onda? ―le pregunta un chico más grande.

«Nada, está hasta las bolas», responde. El más grande se ríe y saca un porro de un paquete de Philip Morris. «Vamos a hacer uno», dice, se sienta en el piso e intenta prenderlo con un encendedor ya sin gas. El más chico lee en voz alta una inscripción escrita con fibrón que no había visto hasta entonces.

―“Yo tampoco se vivir, solo estoy improvisando” ―dice, pronunciando palabra por palabra

El más grande larga una risotada: «¡Ja! ¿qué decís?». Un nubarrón espeso brota de su boca.

En el furgón ahora predomina el silencio, que solo es interrumpido por el rumor de los pasos del chico, que camina de un lugar a otro, asomándose a la entrada, mirando hacía el andén. Quedan los dos jóvenes y el anciano, que sigue recostado sobre el pilón de cartones, como si nada hubiera pasado. «¿Y ahora qué hacemos, don?» ―le pregunta el chico que está fumando. El anciano lo mira y le contesta con quietud: «Y, esperar».

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