esma

¡Contale de las paredes!

28 marzo, 2016 in #40AñosDelGolpe

esma

Por @sere. *

Eugenia Serres reconstruye el trabajo cotidiano que realizan las cooperativas para la refuncionalización y puesta en valor de los edificios de la ex ESMA.

En el ex centro clandestino de detención más grande de la Argentina por el que pasaron 5 mil víctimas durante la última dictadura cívico‐militar, actualmente 40 cooperativas del Plan Argentina Trabaja son parte de la recuperación del predio. A diario aprenden distintos oficios para reinsertarse en el mercado laboral. Palabras letales de los años 70 como “compañerismo” o “trabajo colectivo”, son parte de la reconstrucción del tejido social deshecho por las políticas de aplicación del terror que impusieron los genocidas.

Todas las semanas, más de 1200 cooperativistas participan en la puesta en valor de los edificios del Espacio Memoria y Derechos Humanos, ex‐ESMA. Llegan en micros ‐unidos y organizados‐ para empoderarse de saberes que perdieron o jamás tuvieron. El objetivo del programa es dar capacitación en obras concretas mediante la remodelación de los edificios. Sin embargo los gajes del oficio de la construcción no sobran, mientras que las capacidades físicas y edades de los que participan son muy variadas. Son 32 edificios en un predio que ocupa una superficie de 17 hectáreas, casi un barrio. El Plan Argentina Trabaja, en el Espacio Memoria, es parte del Convenio que se firmó entre el Ministerio de Desarrollo Social, el Ente Público del Espacio y la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la UBA.

Soldados del trabajo

Era lunes por la mañana cuando conocí a Analía Sánchez. La cooperativa Los Soldados del Pingüino descendía del micro bajo una llovizna. Al acercarme a ella percibí que a pesar del horario y de trabajar en una obra, llevaba maquillaje sobre sus ojos verdes y mantenía sus uñas cuidadas.

– ¿Van a trabajar aunque llueva? –pregunté atónita.

–Llueva o truene. No es necesario parar las obras porque la mayoría trabajamos bajo techo, los que están al aire libre pueden hacer otras tareas –sentenció la joven de 27 años mientras caminaba entre sus compañeros.

De lunes a viernes el trabajo de los cooperativistas empieza ocho y media de la mañana. Entre charlas se visten con mameluco, botines de seguridad y un casco. Algunos de ellos los han personalizado con marcador. Las mujeres les han pintado flores, los varones sólo su nombre. Sin embargo, no era cualquier día para Los Soldados del Pingüino, sino el día del “re‐ empadronamiento”. Cada año el Ministerio de Desarrollo Social actualiza los datos personales de cada participante e indaga su experiencia en el programa para evaluar los conocimientos. Les avisaron que los esperaban en la Casa de la Militancia de la agrupación H.I.J.O.S. Subieron al primer piso del edificio y se acomodaron en una de las aulas de la Tecnicatura de Periodismo Deportivo de la Universidad de la Plata, que ellos mismos restauraron. Analía se quedó afuera, apoyada sobre una baranda de cemento. Miraba hacia el piso. Bajé la mirada con ella y noté que aún yacía pintada una cancha de básquet.

–Acá abajo hicimos una fiesta. Fue por el día del Trabajador. Ese día mis hijos pudieron ver el lugar  donde aprendo y trabajo –señaló Analía.

Luego deslizó su mano por la baranda fría y blanca, que sostenía su cuerpo y sonrió.

–Donde estoy apoyada lo pinté yo. Además pintamos las aulas. Tuvimos capacitaciones para aprender a trabajar las paredes –destacó apuntando con su dedo.

El de la Casa de la Militancia es uno de los primeros resultados, producto del trabajo de las cooperativas. Ahora convive una fachada antigua con sus ventanas originales, junto a mobiliario nuevo y construido también por cooperativistas de la Unión y la Nueva Esperanza. El estado de abandono en que la Marina dejó los edificios del predio no fue posible de revertir en los primeros años de gestión del Ente. Una vez cubiertas las necesidades más urgentes para que el Espacio funcione, las obras avanzan desde el 2012 en los edificios que no fueron restaurados. Por eso los trabajos en la Casa de la Militancia continúan. Algunos baños mantienen sus azulejos celestes, en el piso hay piedras rotas, pedazos de techo y mucho polvillo. Las paredes se desgajan y donde debería haber caños sólo hay huecos.

–Los que estaban antes se llevaron algunos caños, otros los sacamos nosotros para empezar las remodelaciones –mencionó Ana.

Cuentan las crónicas de la época que cuando los marinos debieron abandonar el predio desguazaron las instalaciones y se llevaron desde lámparas de los techos hasta los cables de electricidad.

Una voz gruesa habló desde el otro extremo del pasillo.

– ¡Contale de las paredes! –retumbó el grito.

– ¡Contale vos! –replicó Ana, que se impacientaba por saber si era su turno para empadronarse.

Resultó ser Eduardo Juárez quien hablaba. Con 54 años tiene acumulados varios oficios relacionados a la construcción. Un bigote prominente y los dientes despintados delatan su costumbre por el mate y los puchos. Frente a las aulas inauguradas en mayo, relató cómo fue el armado de las paredes que debieron fabricar ya que no existían divisiones con el pasillo.

– Son paños de vidrio encastrados en Durlock. En cambio, para hacer dos aulas tuvo que tirarse una pared abajo –explicó mientras pitaba un cigarrillo –Participé de la demolición. La tiramos porque los vestuarios del gimnasio llegaban hasta donde debía construirse un aula –destacó.

Eduardo abrió una de las puertas que fabricó. La sostuvo entre las palmas de sus manos. Fue tocar el resultado de su propio trabajo, aunque en el fondo hubiera algo más que una puerta hecha a mano.

–Vuelvo a sentirme útil y valorado –afirmó con alegría en su voz.

Pioneros

A las diez de la mañana es el primer receso de trabajo para los cooperativistas. En la planta baja del edificio de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, Estrella Carvallo le avisaba a sus compañeros de la cooperativa Pachakuti que era hora del desayuno. Bajita y de pelo hasta la cintura, caminaba dando pasos firmes mientras hablaba fuerte para ser oída por todos.

Ramón Mercado (“Mercadito”) subió las escaleras del edificio hasta llegar a una sala que hacía de comedor. Se sentó en uno de los bancos improvisados, aunque le quedara algo chico. Era una lata de pintura al revés con una madera sobre ella. Con gorra azul, asomaban sus rulos negros por los costados. Mientras tomaba mate con bizcochitos, explicó lo que nunca imaginó que iba a aprender, termofusión.

–Es lo que antes se llamaba plomería, pero ahora no se usa más el plomo para los caños sino plástico. Los tubos se funden al calor, ya no se enroscan. Es lo último de lo último en tecnología.

Mercadito conoce el oficio de la herrería y prefiere fabricar mesas, ventanas o puertas. Sin embargo, en los años 90 tuvo que aprender a hacer berlinesas de golpe. Fue cuando la fábrica donde trabajaba cerró. Sin saber qué hacer vio a su alrededor que los demás vendían facturas para sobrevivir. Entonces se decidió. Con el dinero de la indemnización compró una máquina para hacer las “bolitas”, como las recuerda.

Susana Pereyra tomaba mate en la ronda. Su historia se asemeja a la de Mercadito. Con 5 hijos a cuestas, en los primeros años del menemismo pudo comprar dos autos, pero luego vio su economía escurrirse entre las manos como arena. Llegó a cartonear dos años junto a su marido para comer. Con base en la destrucción de la industria nacional a cambio de la valorización financiera; la desarticulación de la identidad colectiva y el establecimiento de la cultura del individualismo; Susana y Mercadito fueron parte la trama neoliberal que urdió la dictadura y consolidó el menemato.

Susana me acompañó a recorrer el edificio y me mostró los baños remodelados. Aunque se mantuvieron las bachas originales, que van de pared a pared, debieron instalar la grifería y las puertas, que no estaban. Es un diseño en el que también convive la arquitectura del pasado con el presente.

–Esto era como quien dice “la desidia” cuando llegamos. Había telarañas, tierra y mugre – mencionó con una expresión de espanto por lo vivido.

En el primer piso encontré que La Pachakuti generó su propio pañol de herramientas. En su curriculum pueden mencionar trabajos para privados, también. Su acercamiento a la ex‐ESMA se dio a partir de un convenio que firmó Familiares, junto con la Defensoría del Pueblo de la Ciudad y la FADU en el 2010.

Ingresamos en las oficinas de la planta baja, donde los representantes de la FADU diseñan los ejes de trabajo para los cooperativistas. Una de ellas era la de Ángel Casinelli ‐Lolo, como se presentó‐, arquitecto de la Facultad. Él fue el promotor del plan de refacción del edificio de Familiares hace tres años. Debido al éxito que tuvo su experiencia con la Pachakuti, el Estado decidió ampliar la cantidad de cooperativas, y hoy es el Coordinador General del programa.

La función de la FADU es como la de una constructora, es el Ente Ejecutor de la obra, pero con una gran diferencia: en la ex ESMA, los cooperativistas aprenden de los arquitectos y pasantes de la FADU par a par. En las obras privadas, en cambio, sólo se trabaja. Y punto. Las transformaciones en el predio también alcanzaron a Lolo. Ya lejos de diseñar planos para el mercado liberal, se siente “generador de cultura de trabajo” en colectivos de personas.

–Ya no envidio tanto a los curas villeros –confesó entre risas, sumado a la caminata.

Al salir del edificio noté un perro negro detrás de nosotros. A la primera palmada sobre el lomo, Rayo no se contuvo y empezó a saltar de felicidad. Es la mascota oficial de las obras y ha conocido a ministros y visitantes ilustres que se acercan a ver los avances en los edificios.

Trabajo que es justicia

Para organizar las obras, se dividió el Espacio en 9 áreas. El área 3 es la más particular. Se advierten pequeños edificios de una planta alrededor de sus calles. Los marinos los usaron como taller de electricidad, automotores o imprenta. En la entrada de uno, un cartel indicaba: “Estamos  produciendo insumos cementicios para la puesta en valor del predio”. Ingresé. En el interior me encontré a un señor con mameluco, lo suficientemente amplio para su tamaño. A su alrededor había reunidos una decena de bloques de cemento fabricados con lo que llamó “La bloquera”. Toda la jornada estuvo practicando para obtener la fórmula perfecta y que puedan ser utilizados en las obras.

–Es prueba y error –se lamentó, algo agotado.

En una de las pequeñas calles del área, bajo un sol de mediodía que asomaba luego de una mañana gris, un joven limpiaba tejas para reciclarlas. César Serna es integrante de la cooperativa Mariano Ferreyra, tiene 27 años y no terminó la secundaria.

–Tuve que salir a trabajar por problemas económicos en mi casa –mencionó.

Uno de los pilares del cooperativismo es la solidaridad, el clásico “uno para todos, todos para uno”. El relato de César plasmó el refrán.

–Nuestra vida en cooperativa no termina en la ex‐ESMA. Somos muy compañeros, y con los que tienen problemas somos más compañeros. Nos acercamos a la casa y les preguntamos en qué los podemos ayudar. Algunos viven en casillas y entre todos les damos una mano.

La jornada para los cooperativistas termina a las cuatro de la tarde. A lo lejos vi a Los Soldados del Pingüino subir al micro naranja para irse. Aunque agotados, sabía que Ana continuaría trabajando, como Eduardo y Mercadito. Recordé la cancha donde los marinos jugaron al básquet, y donde los hijos de Ana jugaron a las escondidas o a la mancha. Aquel gimnasio donde se entrenaron los que devinieron en torturadores se re‐significó ese 1º de mayo, como ocurre día a día. Esos edificios ya son otros. Son distintos sus funciones, sus nombres y su estética. En las obras de la ex‐ESMA se percibe una nueva identidad en la que se yuxtapone el recuerdo imborrable de la muerte y la desaparición de personas, con el espíritu de expresar vida y memoria. Sus víctimas indirectas, los sectores populares, son parte de la transformación. Y eso también es justicia.

* Este texto obtuvo una Mención especial en el Concurso de Crónicas Periodísticas del Espacio Memoria y Derechos Humanos.

historia