Roberto Amette Estrada

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Visa para migrantes: Cómo ser un buen francés

5 septiembre, 2016 in Inmigración

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Por @robertoamette. Fotos: Freedom House.

Sobre un papel oficial, membretado con la bandera de Francia en donde el blanco del centro no es rectangular, como el azul y el rojo, sino con la forma de La Mariana (uno de los símbolos de la República), Carlos, un ingeniero peruano llegado hace ya varios años, escribe: “ye mapel José, yesui peruvian, ye suis en frans depui yanvie”.

El turno de su amigo José llega. Con el ojo derecho mira la hoja membretada y con el izquierdo intenta mirar a la formadora, quien minutos antes se presentaba y pedía a cada uno de nosotros que dijera su nombre, nacionalidad y fecha de llegada a Francia.

A pesar de que la OFII, Oficina Francesa para la Inmigración y la Integración, pone a disposición una traductora para todo el grupo -los que desean utilizarla se sientan al fondo- José prefiere decir que habla algo de francés y que un poco entiende. Una mentira absurda ya que no hace falta demasiada audacia para notar que no solo no habla sino que además no puede entender una sola palabra.

Seguramente, si ha decidido montar semejante puesta en escena, es porque ha logrado engañar a la primera oficial de la OFII quien semanas antes lo recibió en la oficina central de esa institución para acompañarlo en los estudios médicos que los que migramos a Francia debemos hacer.

La suavidad del español que habla el compañero peruano se traslada al falso francés que ensaya con ayuda de las anotaciones de su amigo Carlos. La “ye” que busca reemplazar a la áspera jota francesa suena más a una i. La acentuación de la frase no se ubica al final, sino en cada una de las palabras que dice.

Amablemente, aunque bien podría ser un ejercicio inofensivo de malicia, la formadora le pregunta de qué trabaja, cuál es su profesión.

-Oui, Oui. Responde José, mirando al vacío mientras Carlos le susurra al costado “dans la restauration”.

Después de un silencio, y con el mismo desconcierto que tendría toda la jornada agrega:

-Dans la restauration

Son las 9:15 y la “jornada de formación cívica” recién comienza. A las 12:30 iremos a comer al restaurant de comida de Bangladesh que queda a dos cuadras. Ya lo conocemos: diez días antes, en la jornada de formación “vida y trabajo en Francia”, comimos ahí también después de llegar a las 9 de la mañana al edificio que el Ministerio del Interior tiene en el barrio 19, en la parte norte de París.

En el año 2006, durante el segundo período presidencial de Jacques Chirac y con Jean Pierre Raffarin como Primer Ministro, el Contrato de Acogida e Integración (CAI) pasó de ser un simple experimento del Comité Interministerial de la Inmigración para transformarse en una obligación legal para todos las personas con intención de radicarse en Francia.

A refugee sleeps with her children on a ferry traveling from the

Según la Secretaría General del Comité Interministerial de Control de la Inmigración el CAI “constituye la base de la política de acogida del gobierno”. De acuerdo con la ley, “el extranjero admitido por primera vez en Francia (…) con intención de establecerse en el país debe preparar su integración republicana a la sociedad francesa. Con este objetivo, firmará con el Estado un contrato de acogida e integración”.

De acuerdo con dicha ley, “la integración republicana a la sociedad francesa puede ser apreciada en el grado de compromiso personal en el respeto de los principios que rigen la República francesa, el respeto efectivo de esos principios y el conocimiento suficiente del  francés.”

El contrato de  acogida e integración incluye el derecho y la obligación de concurrir a dos formaciones brindadas por la OFII: una jornada de formación en “vida y trabajo en francia” y la segunda una “formación cívica”. En eso estábamos todos ese día.

El Mariscal Petain en mi cocina

La formación continúa. El balance de la presentación es bastante claro. La mayoría somos latinoamericanos: los peruanos son los más numerosos, varios chilenos, dos cubanas, dos mexicanas, un costarricense y tal vez algo más. Los africanos no eran pocos: un egipcio, mauritanos, argelinos y un senegalés. Nuestra presencia, la de los latinos, se explica porque ese día se proponía traducción al castellano. La presencia de los africanos se explica en que casi todos provienen de países francófonos, por lo que no tienen problema en comprender la formación que se realiza en su totalidad en “la lengua de Molière”.

Particular fue el caso del senegalés a quien la formadora, sorprendida de que necesitara traducción le dijo:

– Es extraño que pida traducción al español. Los senegaleses generalmente hablan francés.

El senegalés, de unos 50 años, explicó que él nunca había ido al colegio en Senegal. Solamente se había dedicado a estudiar el Corán. Por eso no hablaba francés. El español, que hablaba con enorme dificultad, lo había aprendido en los varios años que había vivido en España.

-Entonces habla árabe, dijo la formadora, e inició un intercambio en ese idioma que no pudimos comprender.

La formadora era de origen tunecino, explicó más adelante. Había llegado a Francia para estudiar derecho y se había quedado.

Después de una explicación de la organización territorial del país, fuertemente unitaria y descentralizada, en donde se incluyó el tema de los llamados territorios ultramarinos (que muchos podrían llamar colonias), la formadora dio paso al episodio “Historia de Francia”. Sus inicios los situó en la resistencia que los Galos opusieron a los Romanos. Juana de Arco, Francisco I (quien impuso el francés como idioma de la administración), Luis XIV, Napoleón, entre otros, formaban parte del panteón que, para una correcta integración a Francia, debíamos conocer.

Ese día, un representante del Ministerio del Interior se había presentado para presenciar la formación. Alto, traje y corbata, esperó al “fin de la historia” que situaban en la llegada al poder del General De Gaulle, para ensayar un revisionismo histórico contrastante con “la gran nación de las luces” creadora de los derechos humanos que había sido presentada hasta ese momento.

– Solo un agregado a la excelente explicación de “madame la formatrice”- dijo marcando el título de la formadora. Eso es algo que habitualmente experimento aquí en Francia donde los títulos suelen ser pomposos quizás menos por fanfarrones que como reflejo de la gravedad con que asumen cada tarea.

Y dijo que la colonización del Siglo XIX tenía luces y sombras. Las luces -hacía un juego de palabras- habían sido llevadas por el iluminismo francés: libertad, igualdad y fraternidad. El aspecto sombrío, las matanzas.

Puso la mirada, luego, en el colaboracionismo francés y el oscuro lugar que ocupó el Mariscal Petain enviando prisioneros a los nazis. Petain fue el Jefe del Estado Francés instalado en la ciudad de Vichy durante la ocupación del III Reich. Marcó, sin embargo, un contrapunto con el gran papel que cumplió Charles de Gaulle en la misma época.

La sección histórica había terminado. Estábamos por ingresar al estudio de los símbolos de Francia (su bandera tricolor, la mariana, su himno llamado “la marsellesa” y la divisa con la inscripción “libertad, igualdad y fraternidad) cuando el senegalés pidió tomar la palabra de nuevo:

– ¿Quién era la persona de la foto que vimos antes?- preguntó con ayuda de la traductora. El del sombrero.

La formadora, ante la mirada atenta del representante del Ministerio del Interior, volvió atrás la diapositiva y pidió que mostrara el rostro que le generaba dudas.

Era el Mariscal Petain. Sorprendido y sin darle importancia a lo que se acababa de hablar sobre esta figura histórica contó que él tenía la foto de Petain colgada en su cocina. Se la había regalado su padre en 1980 y recién hoy se enteraba quién era.

Llegó la hora del almuerzo y fuimos al restaurant de comida de Bangladesh, invitados por el gobierno francés. Personalmente estaba ansioso por la llegada de la “vedette del día”: la exposición sobre la laicidad de la república francesa, un tema que diariamente está en el debate público y sobre el que hay fuertes discusiones. La comida no estuvo mal: solo un poco picante.

Estos cursos para migrantes, cuestionables quizás en su contenido, tienen algo de justicia: todos, sin excepciones, deben someterse a ellos.

Este acto de justicia molesta a muchos que se sienten mejores migrantes que los demás. El cansancio de los trámites y la extensión de los encuentros de integración hacen que muchos liberen la palabra y expongan todo el desprecio que guardan. Un empresario brasileño de San Pablo dijo, entre quienes consideraba pares -vaya a saber uno con qué criterio-, que esta formación era para musulmanes y africanos, personas que tienen otras costumbres, no para “nosotros” que somos latinoamericanos y tenemos la misma cultura.

Lanzada la primera piedra, una mujer de unos 50 años no sólo suscribió lo dicho sino que se permitió también agregar que estaba totalmente de acuerdo, “esto está pensado para personas incivilizadas, no para nosotros. Saben ustedes que en Mali, a las mujeres les sacan el clítoris. No son civilizados” cerró.

El brasileño no comió con nosotros. A la peruana, en cambio, parecía no venirle mal una comida gratuita que, por los precios parisinos, todos festejamos. Antes de irse, el brasileño, contó que la semana anterior, en la formación sobre vida y trabajo en Francia, le había tocado un grupo de nueve trans: “todos los brasileros que migran a francia son travestis”, sentenció y se fue.

 

En Francia no, en Senegal sí

Después del almuerzo, con la tarde, no solo llegó el sueño sino también el esperado capítulo destinado al laicismo a la francesa, aquel que según dicen aquí garantiza “una total separación del Estado y las religiones así como también una total independencia de los cultos respecto del estado”. La formadora enfatizó en las diferencias con el laicismo estadounidense. Dijo que en Francia es impensable que un candidato a presidente mencione a Dios en un discurso como sucede en ese país. Precisó que el laicismo a la francesa tiene consecuencias concretas sobre la vida diaria. “Yo, por ejemplo”, dijo, “no podría usar un velo en esta formación, porque estoy en una misión de servicio público así como tampoco podría hacerlo un chofer de colectivo o un médico en un hospital público.”

A refugee helps his daughter to run at the railway track after h

La escuela pública es también un espacio común, el más importante según la formadora, para la integración a Francia. Por supuesto que este espacio tiene también fuertes reglas en materia de laicidad. En 2004, con Chirac como presidente, se sancionó la polémica “Ley Stasi”. Dicha norma, vigente hasta la fecha, establece la prohibición de llevar signos o vestimentas religiosas ostensibles en escuelas públicas.

Como en general ocurre con las normas, hay cierto espacio de ambigüedad. De lo que no quedan dudas es que los niños y niñas que van a la escuela pública no pueden utilizar cruces, kipas, velos o turbantes. La religión, en Francia, se expresa exclusivamente en el ámbito privado.

Más cerca en el tiempo, en 2010, y con Sarkozy como presidente, se sancionó con el visto bueno del Consejo Constitucional, la polémica ley de “prohibición de esconder el rostro en el espacio público”. Dicha norma, eufemística en su titulación, está dirigida a prohibir en el espacio público la utilización de la burqa y el niqab, dos vestimentas que ocultan completamente el cuerpo de las mujeres que lo utilizan, incluso la cara.

“El velo integral es un signo de sometimiento de la mujer, es degradante, y en Francia la mujer tiene exactamente los mismos derechos que los hombres”, completó la formadora antes de preguntar al auditorio:

-¿Alguno es polígamo?

El silencio del principio fue interrumpido por un chiste de un joven que señaló a un compañero y dijo, “él un poco” y se empezó a reír junto con el resto de los latinoamericanos que no parecíamos muy conscientes de la realidad de la poligamia.

-En Francia, continuó la formadora, está prohibida. Si alguno es polígamo en su país de origen esas uniones no serán reconocidas en Francia.

El senegalés estudioso del Corán levantó la mano y antes de que se le concediera la palabra, aunque sin ser irrespetuoso, preguntó:

-¿Por qué está prohibida la poligamia en Francia? En Senegal se pueden tener cuatro esposas.

Todos rieron ante la declaración inesperada. Sus intervenciones contrastaban con el temor con que José, horas antes y probablemente con una mirada más pragmática que principista, intentaba ocultar su desconocimiento del francés.

La respuesta de la formadora fue sencilla:

– Porque así lo dicen las normas de Francia. Si vive en en este país, debe respetar sus reglas. En Senegal se puede, aquí no.

El senegalés, en un ejercicio de positivismo jurídico que probablemente le fuera tan ajeno como complejo sintetizó:

-En Francia no. En Senegal si.

Son las cinco de la tarde. La formación terminó. Todos los que participamos recibimos una atestación que acredita nuestra presencia. Este documento es importante: quienes sigamos en Francia, debemos concurrir en un año a la prefectura con todos los certificados para que se evalúe si el gobierno francés nos concede o no una nueva visa para seguir viviendo en el país.

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Nuit debout: la asamblea permanente

26 abril, 2016 in Política

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Por @robertoamette. Foto: Stéphane Burlot

Consciente de las limitaciones que como extranjero tendría para comprender un incipiente fenómeno político, inicié viaje hacia la Plaza de la República, en París, para participar del movimiento Nuit Debout.

El mote de movimiento, que me resultó pomposo desde el principio, me hizo preguntar si sería capaz de captar su heterogeneidad. Es que la idea misma de movimiento hace pensar en un fenómeno policlasista y transversal que se constituye para concretar sus reivindicaciones.

El programa del martes incluía actividades en comisiones. Llamó mi atención el carácter “no mixto” de la de género en la que “sólo resultan bienvenidas mujeres y trans”, según aclaraba el blog. En la plaza un afiche lo explicaba: “el movimiento” entiende que la autoliberación es el camino. La experiencia de los movimientos de derechos civiles en Estados Unidos así lo demostró.

Ocupé un espacio en la Comisión de Libertad de Expresión donde se debatía la legitimidad del “movimiento” para echar gente de la plaza. Esto a causa del rechazo masivo que recibió un filósofo francés ese domingo.

 


 
El diálogo era extraño. Las palabras venían acompañadas de gestos de la tribuna con contenido prepautado desconocido para los recién llegados. En ocasiones, los participantes agitaban las manos con los dedos hacia arriba. A veces las dos juntas, a veces solo una. En ocasiones alguno representaba una cruz con los antebrazos. De tanto en tanto, alguien formaba una T con las manos.

Después de un rato logré comprender:

1) Una mano con los dedos apuntando hacia arriba significa aprobación. Reemplaza el aplauso. Dos manos son una ovación.

2) Los antebrazos cruzados equivalen a una “oposición radical”. La “oposición radical” funciona como un veto: hay que solucionar la disidencia para continuar.

3) La T fue más compleja. No me alcanzó la comisión de libertad de expresión ni tampoco la de asamblea general. Solo lo entendí en la comisión de economía.

Allí, uno de los actores principales era un joven de unos 28 años (promedio de edad de los participantes más activos) que llevaba un megáfono con stickers de la CGT. Mientras un locutor exponía formó una T con sus manos. El locutor, al que pretendía interrumpir, se presentó como estudiante de economía y se opuso a un proyecto de cooperativización de empresas explicando que el capitalismo es la más eficiente manera de generar valor. Consciente de exponerse al escarnio público (ser anticapitalista en estos ámbitos es una estrategia de autoconservación) fue razonable en su planteo. El joven del megáfono insistía con las manos en T hasta que le dieron la palabra: “esta -y aquí la explicación- ‘interrupción nuittécnica’ es para oponerme a que quien toma la palabra muestre sus pergaminos como economista. La economía nos concierne a todos y todos podemos opinar” (Doctrina Jauretche/Kicilof). Pero el público tienta al más centrado… sin necesidad agregó “yo también estudié mucha economía y no lo mencioné”.

Seguía la reunión de Libertad de Expresión cuando un hombre de anteojos negros trajeado comenzó a filmar con su IPhone. La moderadora, descalza y previsiblemente vestida en la gama verde, marrón y naranja, lo interpeló: “Nuit debout decidió que quien quiera filmar debe presentarse y explicar por qué quiere hacerlo”. El hombre del traje se defendió: “es una plaza pública”. A lo que la chica respondió con una pregunta general: “¿alguno no acepta ser filmado?” Dos participantes dijeron “yo no”.

Enojado, un hombre reclamó: “Es ridículo! Lo único que tenemos es la transparencia. En este mismo instante estamos siendo vistos por la prefectura. Esta plaza está llena de cámaras”.

La escena se repitió varias veces durante la reunión en la que justamente se debatía la actitud a tomar ante intervenciones ajenas al “movimiento”: periodistas, opositores, etc. Finalmente, se concluyó que aún no se estaba en condiciones de tomar decisiones y se convino postergar todo para el día siguiente.

La comisión de economía debatía temas interesantes. Sin embargo, no evaluaba la viabilidad política de los planteos: cooperativizar empresas, reducir dividendos de socios y transferirlos a obreros, alternativas no capitalistas de generar valor, entre otras. No parecían considerar que a una cuadra había una buena cantidad de prefectos que, ante la primera oportunidad, darían un golpazo al que se animara a cooperativizar algo más que las facturas.

En pleno debate, que a causa de la política de gestos nunca llegaba a ser caliente (quizás éste sea el mérito de la estrategia), reapareció el hombre de traje y anteojos negros. Provocador, pidió perdón por ser capitalista y contó que había creado dos empresas. Cuando parecía acercarse al cadalso sostuvo que la pérdida de riqueza en Francia se debía a la fuga de divisas hacia Suiza e Inglaterra. Propuso identificar a accionistas de empresas y obligarlos repatriar el dinero.

Pero volvió a provocar. “Francia debe parecerse a Estados Unidos -dijo- donde cualquiera puede ser Steve Jobs”. Terminó de hundirse cuando promocionó una aplicación que estaba creando para asegurar un diálogo democrático sin intermediación de los partidos.

El rechazo a los partidos resuena como un mantra en las reuniones. Se configura como uno de los acuerdos básicos: no meter en el movimiento a ningún partido. Incluso Varoufakis insistió en que ningún partido puede apropiarse ni sacar provecho de “nuit debout”.
 


 
Sin embargo, detrás de las reglas (comisiones moderadas – política de gestos – prohibición de filmar) parece haber una angustia genuina: el miedo de que esto termine en la nada. Temor de que se confirme lo que muchos parecen sospechar: que nuit debout no es más que espuma. Sospecha que, de confirmarse, conduce al “que se vayan todos”, al descreimiento total en la política.

Una joven preguntó: ¿que estamos haciendo? ¿Jugamos a la democracia perfecta? o ¿pretendemos concretar algo? Pregunta inteligente que en sus términos acepta que la acción política no puede ser nunca perfecta o que la política para ser acción necesita renunciar a la perfección.

En ese marco apareció un hombre de anteojos redondos, carismático y lúcido. Explicó que cada comisión elabora un documento que se sube a la red, así nunca se discute a partir de la nada. Dijo que no alcanza con dialogar, que hay que ponerle el cuerpo a las propuestas. Resaltó que nadie puede obligar a nadie ya que es un movimiento sin “cuadros” pero que no va a funcionar si no se le pone el cuerpo.

Son ya las 8 y el sol no se va. Desde la boca del subte surge un viejo con una cartel: “Convergencia de todas las demandas” pregona. La pregunta natural es ¿Donde convergen? Hoy la respuesta es: en la Plaza de la República. Sea como sea que avancen las cosas, sin embargo, no parece aventurado pensar que el “movimiento” y su éxito dependerán del surgimiento y calidad de una conducción que pueda sintetizar la diversidad de demandas.

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