Pedro Greco

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Liquidación de invierno

21 septiembre, 2018 in Cultura, Periodismo, Vida

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Por Víctor Sabanes

 

Escena 1. Un cristal virgen

Es lunes 13 y estoy llegando tarde al taller. Me retrasé en el local de reparación de cristales para autos. El viernes anterior lo había dejado estacionado en la calle Valentín Gómez, para ir a la Feria de Editores en el Konex. Después de pasear por los pasillos fríos de la feria, conversar con Maxi, editor de Sigilo, y tomar cervezas en vaso de plástico en el bar con una amiga editora, volví a buscar el auto y encontré el desastre: un cristal pulverizado y un estéreo desaparecido. La palabra desaparecido puede parecer inapropiada, pero no es casual, porque los acontecimientos inesperados y violentos me generan zozobra, angustia y una extraña sensación de anomia asociada con el pasado. Ahora manejo, pero me aturde el silencio absoluto. Cuando freno escucho el agua rebotando contra el plástico dentro del bidón que está en el baúl. Empiezan a caer algunas gotas sobre el parabrisas y otras que le dan el bautismo al cristal virgen y sin polarizar.

 

Escena 2. Un aire de dinámica conversacional

Chequeo las notas en el celular, porque no estoy muy seguro de que sea el cuarto piso. En efecto, es el tercero. Presiono el botón del piso tres en el ascensor y mientras subo me siento de estreno, como el cristal que ataja las primeras gotas de lluvia. Bajo rápido del ascensor y llamo a la puerta de la revista, que abre Julieta. En unos cuantos segundos estoy sentado alrededor de una gran mesa con otras personas silenciosas y atentas, que tratan de registrar nombres de autores, títulos de libros, películas, herramientas de escritura, métodos y los tipos de la crónica performática, como el periodismo de rol o el periodismo de inmersión. Todos estamos ahí con un objetivo similar, que es acercarnos y descubrir algunos pliegues ocultos de la crónica y tratar de exprimir en solo cuatro encuentros las palabras de Julián. Mientras nos advierte sobre la dinámica conversacional del taller, cada tanto relee un cuaderno de notas y se desparrama en conceptos porosos que nos atrapan. Escuchar, escribir y grabar. Pasados unos 45 minutos ininterrumpidos de introducción hace una pausa y se inicia la conversación: “¿Estoy hablando muy rápido?”.

 

Escena 3. El Llanero Solitario

Hago la pausa y asocio el antiguo ascensor con una escena de la infancia. Ese invierno subimos con mis hermanos hasta el segundo piso. Nuestros amigos Titi y Ricardo eran refugiados chilenos y nos estaban esperando en la entrada del departamento. Pasamos rápido y ellos cerraron la puerta detrás de nosotros. Todos estábamos nerviosos, porque las dictaduras nos habían inoculado el miedo en el cuerpo. Cambiar tan rápido de barrios, de amigos y de casa, me fui dando cuenta, nos generaba angustia y la sensación de que las cosas se esfumaban. Caminamos por el pasillo hasta la habitación y nos sentamos en la cama de Ricardo a ver El Llanero Solitario en un televisor blanco y negro. Hablamos poco. Yo era fan del Llanero y mi antifaz y mi sombrero habían quedado en la calle Manquehue, de Santiago de Chile, y el cinturón con el revólver no habían servido para detener el allanamiento del chalet en Gaspar Campos, en José C. Paz. Era lo poco que me salvaba del miedo y el desquicio en mi psiquis sitiada. Por un momento me sentí seguro en ese departamento, porque estaba con mis hermanos, Titi, Ricardo y el Llanero. Además, Titi tenía la capacidad de hacerme reír.

 

Escena 4. La realidad se incrusta en el cuerpo

Volvemos al periodismo de inmersión y la necesidad de que el cronista le ponga el cuerpo a lo que quiere contar. Como dice Alejandro Seselovsky, cronista de Treinta días en el call center, “el que escribe es el cuerpo”. El lenguaje es el instrumento de representación, pero el problema es que entre la realidad corporal y la representación hay una distancia, por eso, lo que escribimos nunca será la verdad, sino su representación. La realidad es lo que sentimos en el cuerpo y el lenguaje intenta suprimir la distancia. Aunque es una tarea compleja, podemos considerar un triunfo solo acortarla un poco. Me sumerjo en la dinámica del taller y percibo, quizá en un acto muy pretencioso, un método de escritura mitigador de lo extraño. Me imagino escribiendo sobre la forma y la profundidad del miedo, que se traduce en vértigo y satisfacción. Afuera, el frío invernal atraviesa las calles y se dispersa en los acontecimientos cotidianos. Hay miedo a perder el trabajo, crece la angustia por el futuro y el fantasma de los saqueos se transforma en un arma de fuego disparando ansiosa una bala de plomo que se incrusta en el pecho de un pibe chaqueño de 13 años.

 

Escena 5.  Epílogo caótico

“Bueno, quedan 30 segundos”, nos despabila Julián. La consigna es escribir una enumeración caótica de palabras o frases breves, que luego se leerá en voz alta. Comienza Paula: exageración, imposibilidad de comunicar, interés, modernidad, critica. Continúa Carlos: espíritu, obsesión, melancolía, simulación, satisfacción. En tanto, hago el esfuerzo por olvidarme del vidrio, el ascensor, el Llanero, el vértigo y las gotas y concentrarme en el taller. Pero me acuerdo algunas palabras de Ricardo antes de irse a Canadá, para siempre: Québec, Laclau, Chile, todo está perdido, plantar árboles. O los retazos de la conversación que tuve con Titi, el sábado último en su visita sorpresa: refugiado, valijas, invierno, miedo, tu risa.

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Un punto de llegada y de partida

17 septiembre, 2018 in Cultura, Periodismo, Periodismo performático

Por Franca Ferrari, Juan Piterma, y Camilo Santos

Fotos: Tomás Cuesta.

 

“La palabra ya no tiene el poder”:  con esta provocadora consigna Anfibia y  Casa Sofía presentaron en Proa los seis proyectos del Laboratorio de Periodismo Performático. Investigación periodística y trabajo artístico se combinan en el crisol de un espacio que ponen los géneros patas para arriba. Al parecer, las fronteras existen sólo para ser atravesadas.

 

Jorge Burgos llega a su casa cansado. Acaba de sembrar, en un radio de 60 kms, los tres prolijos paquetes en los que envolvió a su novia descuartizada. Va al baño, se moja la cara y mira el espejo: practica un primer gesto de congoja. Desde este momento sólo lo obsesionará una cosa: la distancia que pueda haber entre los hechos y el relato de los mismos. Burgos se entrena para declarar frente a la policía una versión que lo salve. Quizás intuya el gran revuelo que provocará en la prensa de este año 1955 lo que  acaba de hacer. Lo que no imagina es que 63 años después, un nuevo género periodístico, más allá de las palabras, pondrá esta historia de nuevo en carne viva.

Es en la zona incómoda entre la palabras y las cosas, donde la nueva propuesta de Anfibia busca juntar el periodismo con la performance. El objetivo es claro: narrar con una gramática nueva aquello que está detrás de lo dicho. A eso se refiere “La palabra ya no tiene el poder”, el lema con el que la revista presentó,  junto a Casa Sofía, los seis trabajos finales del Laboratorio de Periodismo Performático, cuyo espacio promueve nuevas formas de creación a partir de la combinación de investigación periodística y trabajo artístico. Esta aparición en sociedad en el auditorio de la Fundación Proa, confirma que, para el periodismo narrativo, las fronteras existen sólo para ser atravesadas.

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María Eugenia Cerutti, co-autora de Con toda la muerte al aire, la obra que rememora aquel asesinato en el año 55, comparte la presentación con Julieta Hantouch, Cristian Alarcón y Fernando Rubio.  Los cuatro exponen,  con alegría, el proceso  de creación de las seis performance. Ese buen ánimo es, por caso, atributo de quienes disfrutan de tomar riesgos: Casa Sofía dedica sus esfuerzos al desarrollo y promoción de las diversas expresiones emergentes de la cultura desde una perspectiva experimental, y Anfibia tiene desde sus orígenes la filosofía de ir  más allá de las fronteras del periodismo.

En cuanto a desafiar los límites se refiere,  otra de las obras seleccionadas, Micropolítica de la Supervivencia Gorda de Ana Larriel y Rocio (Inmensidades), juega fuerte,  ya que tiene el mérito de ser, a la vez que pionera ejecutando este género, mascarón de proa en cuanto a la militancia sobre el tema. La obra, según las autoras, busca “reponer la palabra y la imagen de aquellos que han sido pesados y medidos antes de poder hablar, rescatando a los sujetos que existen detrás del diagnóstico” y cuya realidad es la de ser sobrevivientes en “un sistema neoliberal magro”. En tal sentido, la militancia sobre la gordura tendría más chances de llamar la atención en un registro que comparte su naturaleza disidente: “este desafiar los conceptos sobre los cuerpos, en el registro académico y en el aula,  tal vez  no se escuche tanto como acá”

La originalidad es un rasgo común de  los trabajos seleccionados. Los seis proyectos ensayaron nuevas posibilidades creativas bajo la mirada atenta de Fernando Rubio, director, curado y dramaturgo y tutor del laboratorio.  El resultado de esa labor no pudo menos que revelarse de manera única: “fue muy estimulante porque cada proyecto era muy diferente y fue un desafío entender como la performance y el periodismo se unen para generar un estética nueva”.

Más cercana a las creaciones propias de Rubio, pero no por ello menos desafiante en cuanto al trabajo de mixturación, Laberintos de Cristal  de Daniela Camezzana y Clara Tapia presenta una acción que  hace foco en los movimientos de las mujeres para encontrar su lugar dentro del Poder judicial. El cuerpo se vuelve territorio de conflicto,  en lugares vinculados a la formación del poder mismo. Se trata de interrumpir el paisaje cotidiano:  “El mismo cuerpo que está en la calle o en los palacios de los tribunales siempre es el mismo y circula por los mismos ámbitos” señala Camezzana.

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El camino de estas apuestas se inició seis meses atrás, con el lanzamiento de una exitosa convocatoria de la que participaron 200 proyectos motivados por una propuesta simple: “Si tenés una gran idea es tu oportunidad de concretarla. Si sos periodista, llamá a un artista. Si sos artista, llamá a un periodista. Trabajen juntos”.  Al respecto, desde  Anfibia destacan que el  desafío fue ante todo ponerse a pensar en la materia contemporánea. Es decir, no en el acontecimiento en sí mismo, aunque algunos proyectos tomen temas que estén calientes en la agenda: más bien se trata de una cuarta etapa, la de creación. La idea central es que para producir relatos contemporáneos no basta con la información, el relato y la opinión.

Quizás una de las intervenciones más acabadas en términos de creatividad y urgencia es la del colectivo Surdelta, de Myriam Shelhi, Santiago Galar, Tutanka y Lucrecia Estrada, pues une el arte urbano, el periodismo y las ciencias sociales en acciones de pura actualidad. Su primera intervención fue durante el Mundial: cuestionaron la desigualdad de género en el mundo del fútbol. La segunda fue durante la vigilia en el Congreso por la legalización del aborto. “El arte callejero y el periodismo se juntan en el espacio público. Es el lugar que nos pertenece para dar un determinado tipo de mensaje”, sostiene Sheli.

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Como en el dibujo del holandés M. C. Escher,  donde una mano se dibuja a sí misma, el periodismo de interpretación indaga sobre la realidad a la par que experimenta con sus propios recursos. Ese camino alcanza, con el Laboratorio de Periodismo Performático,  su última frontera.

Detrás de ese límite, en opinión de Sebastián Hacher, periodista y tutor del laboratorio que acompañó los workshops: “es cuando el periodismo rompe el límite de la pantalla y te transforma” tanto como creador como lector-espectador. Es decir, en ese acto el periodismo performático hace un intento genuino y honesto para narrar allí donde el lenguaje no llega.

En esa sintonía podemos ubicar a   Sinfonía Big Data, de Colectivo dominio público (CDP),  cuya acción se propone la plena participación del público para cuestionar los modus-operandis de la manipulación y la construcción de subjetividades. Este grupo se interesa por temas como la tecnología, la modernidad, la internet y la construcción de la subjetividad dentro de este mundo moderno y tecnológico. Además, aborda temas de creciente complejidad teórica, como la vigilancia, el poder, el control y los resquicios de libertad que aparecen en ese conglomerado de poder.

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Como se ve, no se trata de un desmedro de la calidad informativa. La investigación se valoriza y  es la que provee la materia prima de cada una de las experiencias. En otras palabras,  es la base que posibilita la parte creativa, porque sigue siendo la fuente primordial de cualquier periodismo. Después vendría  aquello que pone en juego  lo creativo y lo político y hace partícipe al público. Al respecto, Cristian Alarcón propone: “hay que intervenir en nuestras audiencias, tocándolas y sometiéndolas incluso al intercambio físico con las performances, o a través de nuestras redes sociales, vinculándolos, incluyéndolos y arriesgándose”

En Voces Disidentes, ese involucramiento alcanza un punto máximo: la acción invita al público a ingresar en un túnel. Allí se escuchan incesantemente fragmentos de discursos naturalizados que contribuyen a la generación de desigualdades en nuestra sociedad. Dentro de él, la propuesta será que los participantes realicen en forma colectiva una búsqueda de voces generalmente acalladas o invisibilizadas.

El periodismo performático vendría a coronar, con la instancia de creación, un proceso incesante y de nutritivo intercambio entre investigación, narración e interpretación. Situarse en el “lado alto” de ese cubo, supone revisitar  un espacio crucial, que no es otra cosa que “un punto de llegada y también de partida”. Ahora bien, ese punto de partida supone preguntas desafiantes en términos del lugar específico del periodismo y su relación con la “verdad”.  Precisamente, en tiempos de la posverdad y del reinado de lo fake, se trata ante todo,  como plantea Sebastián Hacher, de evitar respuestas insinceras: “tener una visión honesta frente a la realidad y  revalidar el compromiso”.

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Por supuesto, esto supondrá un debate al interior del periodismo cuyas aporías restará resolver en la praxis misma, tal como sugiere Alarcón: “Es el debate que nos vamos a tener que aguantar de cara a nuestro diálogo permanente con el periodismo de América Latina. Las discusiones en periodismo en América Latina están signadas también por la grieta política y cultural pero lo cierto es que gana siempre un periodismo más liberal que popular (…) Argentina es un caso singularisimo, y también en algunos medios de Brasil, porque las audiencias tienen un nivel de sofisticacion extraordinario. Eso nos permite a los que hacemos periodismo tener estos atrevimientos. Esta pregunta se puede responder desde las audiencias(…) Cómo provocarlos, darles contenido e incitarlos a que sus vidas están atravesadas por la información. Una información que es todo complejidad y que nunca está cerrada. Periodismo performático en términos de verdad va a dar su discusión desde esta potencialidad política (…). Quizás, el periodismo performático sea lo más lejos que se puede estar del periodismo walshiano y sin embargo tengo la sensación de que se parece muchísimo”.

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Las voces de mainha

30 agosto, 2018 in Destacados, Infancia, Perfil, Vida

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Ilustración: Gonzalo Ibáñez

Texto: @amandamartonramaciotti

 

 

“Mi mamá no es cualquier mamá. Fue por una carta que descubrí la aterradora verdad de que algo no estaba bien con ella”. En esta crónica, Amanda Marton Ramaciotti cuenta cómo fue crecer con una madre que padece de esquizofrenia, cómo se silencian las voces con remedios y cuidados y el temor a lo hereditario.

 

 

—Aló, ¿cariño? ¿Por qué no vienes rápido a la casa? ¿Por qué no tenemos otro hijo? ¡No te enojes! ¿Aló? ¿Aló? Me colgó.

Primero, lo que aparenta: una mujer llamando a su marido, ocupado en su trabajo y sin tiempo para tomar decisiones trascendentales —como tener un hijo— por teléfono. Y resolvió cortar el llamado.

Luego, lo que fue: mi madre, Cecília, llamando a mi padre, Andrés, de quien estaba divorciada hacía más de dos años. Él, claro, no iba rápido a la casa porque después de su trabajo se dirigía hacia la suya, donde vive con Fernanda. Tampoco le interesaba tener otro hijo después de 20 años. Y aunque hubiese tenido el afán de estar con su exmujer para concebir un hermano mío, no hubiesen podido, pues Cecília tenía 49 años.

Yo, la espectadora de esa situación que se produjo el 22 de diciembre de 2013, no le di importancia. No quería echar a perder mis vacaciones discutiendo por lo que ella le decía a mi viejo. Fatídico error. Pero solo me daría cuenta 48 horas más tarde.

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Desde muy temprana edad sé que mi mamá no es cualquier mamá. Cuando tenía cuatro años, y tras una grave pelea con mi padre, se fue de casa.

Entre 1997 y 2001 prácticamente no la vi. A veces algo golpeaba la ventana de mi pieza. Cuando la abría, me encontraba con una lata vacía —de cerveza o guaraná— y en su interior siempre había una carta. Que yo atesoraba. Que era nuestro secreto. Que no debería mostrar a mi padre, y que tampoco necesitaba, porque ya había aprendido a leer. Una carta que me permitía sentirla cercana.

Fue también por una carta que descubrí la aterradora verdad de que algo no estaba bien con mi madre.

Tenía como destinatario a Amanda, Amandinha, Rouxinol (ruiseñor), Beija-Flor (picaflor) y Narizinho (nariz chica). El remitente, mi mamá, preguntaba a esas cinco niñas cómo estaban, cómo les iba en el colegio, si se cuidaban entre hermanas. Decía que las extrañaba mucho y que se estaba esforzando para volver a verlas. Una carta llena de amor.

Pero había un problema que no pasó desapercibido ni siquiera a la ingenuidad de una niña de cuatro años: yo no tenía —y no tengo— hermanas. Esos destinatarios tenían mis apodos.

Era tan raro que mi madre me viera, y yo crecía tan rápido, que ella ya no me reconocía. Se imaginó a cinco versiones de su hija. Y no se dio cuenta que amando a cinco hijas rompió el corazón —y la inocencia— de la única que existía.

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Con la experiencia de casi toda la vida sabiendo del mal que ella padece, es fácil identificar algunos síntomas. En el caso de mi mamá, una fotógrafa con magíster en Historia, su problema no es la comunicación o la lógica.

Quizás por ello su familia no se lo creyó cuando los doctores la diagnosticaron. Mi abuelito Vicente estuvo años sin dirigirle la palabra a mi padre por creer que, de alguna forma, él era el culpable de su enfermedad. Ella nunca había dado indicios de lo que padecía. Hasta poco después que nací, en mayo del 93.

Sus síntomas son más bien detalles: adelgaza, come más huevos, no se depila, hace muecas y duerme poquísimo.

Pero nada de eso, ni la conversación que mi mamá tuvo con mi papá al teléfono me había preocupado lo suficiente. Lo que me desesperó el 24 de diciembre de 2013 fue cuando me preguntó sin tapujos: “¿cómo está tu hermana?”

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Suelo tratar a quienes quiero por apodos. A mi mamá, de mainha (madre mía); a mi papá, de “pipa”. Pero como mecanismo de defensa, cuando estoy enojada, triste o decepcionada, los trato por sus nombres. Mi mainha es Cecília o Cecília Corina; mi pipa, Andrés o Andrés Alberto.

Aquel día, mis retos a mi mamá, acompañados de un mar de lágrimas, partieron más o menos así: “¿Que fue lo que dijiste, Cecília? Repítemelo. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no puedes dejar de tomar los remedios, Corina? ¿Hace cuánto no los tomas? ¿Por qué no te cuidas?”. Su silencio era agobiante.

Escondí las llaves. Le dije que o nos íbamos en taxi o tendría que llamar a urgencia. Llamé a Andrés, que no estaba en São Paulo, y que tendría que arreglármelas sola. Cecília me repetía una y otra vez: “qué traición”. Detrás de su mirada de decepción, buscaba a mi mamá y le decía “es por tu bien”. Lo decía hasta convencerle a ella y a mí de que eso era lo correcto.

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Nuestra Noche Buena fue todo, menos buena.

— ¿Por qué trajiste a tu madre?

—Doctora, ¿ella puede estar afuera mientras le cuento?

—No. Es regla de este hospital psiquiátrico que los pacientes estén presentes durante la evaluación de su diagnóstico.

Y así fue. Una mujer con rasgos japoneses a la que no conocía y de quien no recuerdo el nombre me obligó a decir, por primera vez que yo sabía cuál es la enfermedad de mi madre.

— ¿Sabes qué es lo que tiene Cecília?

—Alguna vez escuché que es esquizofrenia, pero no estoy segura. También me han dicho depresión…

—Esquizofrenia, sin dudas. Hay que internarla ahora ya.

Imposible. Le juré que la llevaría al hospital a diario, le daría el remedio y congelaría la Universidad. Le dije que mainha no me perdonaría y que yo misma sería incapaz de hacerlo. Me haría cargo. Firmé decenas de papeles. Por primera vez su salud era oficialmente mi responsabilidad. Así será por siempre.

***

Afecta al 1% de la población mundial, independiente de las condiciones económicas, sociales o culturales, según la OMS. No hay un factor exclusivo que explique su origen, ni un padrón exacto de los síntomas de quienes la padecen.

Se dice que la esquizofrenia puede ser desencadenada por un entorno familiar abusivo y violento. No es el caso de mainha. Mis abuelos Vicente y Sônia eran muy serenos y mis cuatro tías distan de ser desagradables. Opción descartada.

Se dice que el uso abusivo de drogas —desde la marihuana hasta la anfetamina— puede gatillar la enfermedad. Tampoco es el caso de mi madre, quien se jacta de que solo fuma “cigarritos”. Opción descartada.

Finalmente: tiene una predisposición genética, que puede ser hereditaria. Eso no tengo cómo saber. Cuando estuve al tanto que ese era su diagnóstico, mi abuelito ya había fallecido, mi abuelita sufría Alzheimer y mi papá sabía cuánto yo sobre el tema.

Algunos sostienen que, después de los gemelos idénticos, los hijos de los enfermos son los más susceptibles a la enfermedad. Es decir, yo. Otros, que puede saltarse una generación y afectar a la siguiente: mi hijo. Ninguna posibilidad me deja tranquila.

***

Los planes no salieron como esperaba. No pude congelar mi carrera y eso significaba que mis días a su lado, como si fuera el Gran Hermano pendiente de todo lo que le ocurría, estaban contados. A fines de febrero tendría que volver a Chile.

Colapsé. Ya no me la podía sola.

***

Doctor João. Solo cinco años mayor que mainha, pero la reprocha como si ella fuera una adolescente rebelde.

Lo conocí en 2001, año que quedó tatuado en mi memoria. No por el atentado del 11-S, o la puesta en libertad de Pinochet. Tampoco por el mitin del PCC o la muerte de Cássia Eller, una de las cantantes favoritas de mi padre.  Lo recuerdo porque el 31 de julio de 2001 mi mamá volvió a casa.

A su retorno, todos los meses teníamos que acompañarla hasta Dr. João y relatarle a aquel hombre sin pelos —en la cabeza y en la lengua— cómo ella estaba.

¿Qué puede informar a un psiquiatra una niña de ocho años? Pues que no ha sido fácil el proceso para Andrés —quien no dejaba siquiera que ella cocinara un queque—. Que todos los días le da el remedio y le pide que suba, baje y ponga la lengua para fuera para asegurarse que se lo ha tragado.

Acudí a él en enero de 2014. Es a través de él que me entero sobre cómo está mi vieja. Y de cómo él cree que estoy yo.

***

Hacia fines de febrero, tal como lo haría con una niña que se queda sola, empecé a prepararla para mi ausencia. El día antes de mi retorno a Chile le dije que ella, al igual que un diabético con su insulina, debería tomar su remedio. Me despedí rogándole a la vida que nunca más nos tocara enfrentarnos a algo así.

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Cada cierto tiempo mi papá me llevaba a la casa de mis abuelos para verlos a ellos y a mainha. En algún momento de una reunión del primer semestre de 2001, ella se fue a duchar.

Poco después, la casa olía a quemado. Mi abuelo y mi papá golpearon la puerta del baño y, cuando pudieron abrirla, todos vimos lo que podría haber generado un incendio. Una panty negra, la misma que ella tenía bajo su falda hacía poco, envuelta en una ampolleta. Mi mamá dijo que estaba bien y que solo había hecho eso porque en la ampolleta “había una cámara” y no quería que nadie la mirara mientras se duchaba.

Ese fue el recuerdo que me vino a la mente en mayo de 2014, cuando mi papá me llamó para contar que el departamento de ella se había incendiado. Hasta hoy no sabemos cómo sucedió. El aprendizaje fue solo uno: no hay que perder de vista los pasos de mainha. Cualquier cuidado es poco. Para ella y para mí.

***

Desde que volvió a la casa nunca vimos, a su lado, películas como “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que le brindó a Jack Nicholson el Oscar; “12 Monos”, cuando Bruce Willis es un hombre que viene del futuro y lo internan junto a Brad Pitt; o “La isla siniestra”, en la que Di Caprio busca a una paciente sicótica. Por eso, cuando los empleados de videoclubs preguntaban qué tipo de cintas nos gustaban o cuáles eran nuestros actores favoritos y mainha contestaba “de suspenso, drama; Nicholson, Pitt y Di Caprio”, desviábamos su atención y le decíamos que era mejor ver “una comedia o un romance”.

Los amigos sabían que en nuestro hogar estaba prohibido el uso de drogas, en particular la marihuana. “Está muy relacionada con las manifestaciones de esquizofrenia”, nos insistió Dr. João.

Lo más importante: nunca le preguntamos qué había sido de su vida cuando no estuvo con nosotros.

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Las monjas de mi colegio decían que todos tenemos un Dios que nos cuida, nos habla y con quien podemos contar en cualquier momento. Con mi papá trabajando y con mi mamá ausente, yo pasaba mucho tiempo sin tener con quien jugar.

Un día, cuando mi papá llegó, le dije que había jugado con Dios. “¿Escuchas voces, hija?”. Le expliqué que era mi amigo imaginario que tienen todos cuando niños. Él me ordenó que no mintiera y que, si escuchaba anormalidades, le avisara.

Para una hija de quien padece de esquizofrenia no hay margen para la imaginación fértil. Fue ahí cuando aprendí el compromiso con la verdad. Quizás por eso me convertí en periodista. Pero no hay margen para la falta de lucidez en el periodismo, y renunciaré a mi trabajo si algo me pasa. No hay margen para muchas cosas en mi caso.

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A un ex cometí el error de contarle y en nuestra última pelea me dijo que estaba “destinada a ser tan loca” como ella. A nadie más comenté sobre eso. Hasta que apareció Gonzalo. Sabía que si me proyectaba con él tenía que advertirle: “quizás algún día esto me pase a mí o a mis hijos. Es una ruleta rusa. ¿Estás dispuesto a asumir el riesgo?”

Cuando le conté, decidimos enfrentarnos a esto juntos. A veces surge una pregunta “¿qué hago si no quieres ir al psiquiatra?”. Le contesto: “no voy a querer ir, pero llévame igual, aunque te diga cosas horribles”. Nuestras charlas cotidianas se mezclan con qué tan esquizofrénica yo puedo llegar a ser. ¿De eso se trata cuando dicen “en la salud y en la enfermedad”?

***

Andrés llega a la casa. Se tambalea de lo borracho que está. Vomita el piso. Cecília acude a ayudarlo. Busca un paño. Lo va a limpiar y… vomita el piso. Yo observo lo que ocurre, les pido que se vayan a descansar y limpio el piso. Así funcionó durante años nuestra familia. Vómitos de copete, palabras y silencios que mis papás no pudieron limpiar, mientras yo refregaba el suelo en búsqueda de soluciones y borraba lo que olía a podrido.

***

Mi madre ha sido muchas. Según la ciencia, esto ocurre porque conforme avanza la enfermedad se pierden circuitos neuronales. Pero yo supe que mainha ha sido muchas gracias a una conversa con Andrés cuando él estaba borracho, en 2011 o 2012.

—¿Sabes lo que es casarte con la mujer de tus sueños, enamorarte en menos de un año, ir a vivir juntos, y que de repente todo cambie? Tú nunca conociste a la mujer con quien me casé…

Aproveché esas palabras que, como el vómito, solo salen con el trago. Pregunté “por qué”.

Escuché la descripción de una desconocida. Una Cecília que quedó embarazada y, conociendo a sus padres católicos/conservadores, optó por abortar. Una Cecília cuyas amistades incluían a homosexuales y marihuaneros. Una Cecília que es mi mamá y que es opuesta a mi mamá.

Mi mainha, tras varios surtos, se ha vuelto héteronormativa, antidrogas y cauta. A algunos que me han visitado les he pedido que cuiden sus palabras delante suyo, porque ella les podría expulsar de la casa. Aunque nunca ha sido conservadora en cuanto al sexo, sí ha expresado su rotunda oposición al aborto.

La mainha que conozco todavía puede cambiar y convertirse en una completa desconocida.

***

Tenemos las mismas piernas, cejas y sonrisa. Hablamos fuerte, leemos a diario y escribimos compulsivamente.

Somos parecidas, pero me gustaría ser más como ella. Más sencilla, menos peleadora, más reservada, menos problemática. Solo no quiero sufrir lo mismo.

No por tener que tomar haloperidol y clonazepan diariamente y gastar más de 400 reales en esos remedios al mes. Ni por temer a las seis (o más) sesiones de “estimulación cerebral profunda” —conocida como electroshock— a las que ella se sometió en 2001.

Mi temor es la pérdida de realidad y los daños que esta conlleva. ¿Tendré los mismos delirios? ¿También requeriré camisa de fuerza? ¿Creeré que me están mirando?

***

Lo supe por casualidad que lo podría sufrir yo.

Una amiga sufrió un surto psicótico y el doctor le dijo que el primer brote de esquizofrenia suele manifestarse entre los 15 y los 30. Mi mamá tuvo su primer delirio a los 29. Después de ese rango de edad, salvo excepciones, la enfermedad solo se genera por el consumo excesivo de drogas o algún evento traumático.

Como un prisionero que tacha los días de condena que le quedan en la pared, aguardo la llegada de mis 30 para saber si efectivamente me adecuo a “la normalidad”.

Si llegara a ocurrir, sin embargo, tengo a todos avisados sobre cómo proceder. Cuando le planteé esa posibilidad a mi papá, él golpeó la madera tres veces y cambió de tema. Mi mamá, en la misma línea, se quedó callada.

***

Según mis cálculos, mainha fue internada al menos cinco veces en los últimos 20 años. Después de aquella crisis de 2013, no ha dejado de tomarse los remedios, ni de ver a Dr. João. Pero eso no quiere decir que no lo haga a futuro.

Estoy consciente de que los últimos años podrían ser solo la paz efímera entre una tormenta y otra, pero han sido tiempos felices. Ella está estudiando para concursos públicos en Brasil y quedó en la lista de espera para trabajar en el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

Para su cumpleaños, mi mejor amigo le envió un mensaje que resume lo que muchos podrían decir sobre ella: “No sería el mismo sin ti”.

Mi padre, por su parte, la visita todas las semanas. Fernanda me ha admitido que cuando él no sabe de mainha, no logra quedarse dormido.

Yo lucho contra los estereotipos de las enfermedades mentales y enseño a las personas a mi alrededor qué se vive cuando se tiene una.

Anhelo que los médicos descubran la cura de este y de otros padecimientos. El momento en que no existan personas con voces en sus cabezas, que piensen que tienen cinco hijas en lugar de una, o que se imaginen que las graban mientras se duchan.

Mientras tanto, nos toca silenciar, con remedios y mucho cuidado, las voces de mainha. Y esperar que mis cercanos nunca lleguen a vivir con las voces en mi cabeza. Ni en las de Amandinha, Beija-Flor, Rouxinol o Narizinho.

 

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As vozes de mainha

22 abril, 2018 in Infancia, Perfil, Vida

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Ilustración: Gonzalo Ibáñez

Texto: @amandamartonramaciotti

 

 

Minha mãe não é qualquer mãe. Foi por uma carta que eu descobri a aterradora verdade de que algo não estava bem com ela”. Nesta crônica, Amanda Marton Ramaciotti conta como foi crescer com uma mãe que padece esquizofrenia, como se calam as vozes com remédios e cuidados e o temor à hereditariedade. 

 

—Alô, carinho? Por que você não vem rápido para casa? Por que não temos outro filho? Não fique bravo! Alô? Alô? Desligou.

Primeiro, o que parece: uma mulher ligando para o marido, quem estava muito ocupado no seu trabalho e não tinha tempo para tomar decisões transcendentais —como ter um filho— por telefone e resolver desligar.

Logo, o que foi: minha mãe, Cecília, ligando para o meu pai, Andrés, de quem estava divorciada há mais de dois anos. Ele, claro, não ia rápido para a casa porque depois do trabalho ia ao seu apartamento, onde vive com Fernanda. Ele tampouco estava interessado em ter outro filho depois de 20 anos. E, mesmo que tivesse vontade de estar com a sua ex-mulher para conceber um irmão para mim, não teriam conseguido, porque Cecília tinha 49 anos.

Eu, a espectadora dessa situação ocorrida dia 22 de dezembro de 2013, não dei importância. Não queria perder as minhas férias discutindo pelo que minha mãe lhe dizia ao meu pai. Fatídico erro. Mas eu só me daria conta disso 48 horas mais tarde.

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Desde muito cedo eu sei que a minha mãe não é qualquer mãe. Quando eu tinha quatro anos, e depois de uma grave briga com o meu pai, ela foi embora de casa.

Entre 1997 e 2001 eu praticamente não a vi. Às vezes algo batia na janela do meu quarto. Quando a abria, me deparava com uma lata vazia —de cerveja ou guaraná— e no interior dela sempre tinha uma carta. Que eu entesourava. Que era o nosso segredo. Que eu não deveria mostrar para o meu pai, e que tampouco necessitava, porque já tinha aprendido a ler. Uma carta que me permitia senti-la perto de mim.

Foi também por uma carta que descobri a aterradora verdade de que algo não estava bem com a minha mãe.

Tinha como destinatário: Amanda, Amandinha, Rouxinol, Beija-Flor e Narizinho. O remitente, minha mãe, perguntava a essas cinco meninas como elas estavam, como estavam indo no colégio, se elas se cuidavam entre irmãs. Dizia que sentia muitas saudades e que se estava esforçando para vê-las de novo. Uma carta cheia de amor.

Mas tinha um problema que não passou despercebido nem sequer à ingenuidade de uma menina de quatro anos: eu não tinha —nem tenho— irmãs. Esses destinatários tinham os meus apelidos.

Era tão raro que a minha mãe me visse, e eu crescia tão rápido, que ela já não me reconhecia. Imaginaram-se cinco versões da sua filha. E não se deu conta que amando a cinco filhas quebrou o coração —e a inocência— da única que existia: eu.

***

Com a experiência de quase toda a vida sabendo da doença dela, é fácil identificar alguns sintomas. No caso da minha mamãe, uma fotógrafa com mestrado em História, o problema dela não é a comunicação, nem a lógica.

Talvez por isso a família dela não acreditou quando os doutores a diagnosticaram. Meu vovô Vicente esteve anos sem dirigir a palavra ao meu pai por acreditar que, de alguma forma, ele era o culpável da enfermidade dela. Ela nunca tinha dado indícios do que sofria. Até pouco depois que eu nasci, em maio de 1993.

Os sintomas dela não detalhes: emagrece, come mais ovos, não se depila, faz caretas e dorme pouquíssimo.

Mas nada disso, nem a conversa que ela teve com o meu pai pelo telefone tinha me deixado suficientemente preocupada. O que me desesperou no dia 24 de dezembro de 2013 foi quando ela me perguntou sem rodeios: como está a sua irmã?

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Costumo tratar as pessoas que amo por apelidos. Minha mamãe é mainha; o meu papai, pipa. Mas como mecanismo de defesa, quando estou brava, triste ou decepcionada, trato eles pelos nomes próprios. Minha mainha é Cecília ou Cecília Corina; meu pipa, Andrés ou Andrés Alberto.

Aquele dia, as minhas broncas à minha mãe, acompanhadas de um mar de lágrimas, começaram mais ou menos assim: O que foi que você disse, Cecília? Repete. Quantas vezes eu tenho que dizer que você não pode deixar de tomar os remédios, Corina? Há quanto tempo você está assim? Por que você não se cuida? O silêncio dela era o mais angustiante.

Escondi as chaves. Disse-lhe que ou a gente ia de taxi ou eu teria que ligar para urgências. Liguei para Andrés, que não estava em São Paulo, e que me disse que eu teria que fazer tudo sozinha. Cecília me repetia uma e outra vez “que traição”. Atrás do olhar de decepção dela, eu buscava a minha mamãe e lhe dizia “é pelo seu bem”. Dizia isso até convencê-la e me convencer de que isso era o correto.   

***

Nossa “Noite Boa” foi tudo, menos boa.

—Por que você trouxe a sua mãe.

—Doutora, ela pode estar lá fora enquanto eu te conto?

—Não. É regra deste hospital psiquiátrico que os pacientes estejam presentes durante a avaliação do diagnóstico deles.

Assim foi. Uma mulher com feições japonesas que eu não conhecia e de quem sou incapaz de lembrar o nome me obrigou a dizer, por primeira vez, que eu sabia qual era a doença da minha mãe. 

— Você sabe o que a Cecília tem?

—Já escutei que é esquizofrenia, mas não tenho certeza. Também já me disseram depressão…

—Esquizofrenia, sem dúvidas. E temos que interná-la agora mesmo.

Impossível. Jurei-lhe que a levaria ao hospital diariamente, que daria o remédio dela e trancaria a universidade. Disse-lhe que mainha não me perdoaria e que eu mesma seria incapaz de fazê-lo. Eu seria a responsável. Assinei dezenas de papéis. Pela primeira vez a saúde da minha mãe era oficialmente responsabilidade minha. Assim vai ser para sempre.

***

Afeta 1% da população mundial, independentemente das condições econômicas, sociais ou culturais, segundo a OMS. Não existe um fator exclusivo que explique a sua origem, nem um padrão exato dos sintomas de quem a sofrem.

Dizem que a esquizofrenia pode ser desencadeada por um contexto familiar abusivo e violento. Não é o caso de mainha. Os meus avós Vicente e Sônia eram uns anjos e as minhas quatro tias distam de ser desagradáveis. Opção descartada.

Dizem que o uso abusivo de drogas —desde a maconha até a anfetamina— pode desencadear a enfermidade. Tampouco é o caso da minha mãe, quem se gaba de que só fuma “cigarrinhos”. Opção descartada.

Finalmente, dizem que existe uma predisposição genética, que pode ser hereditária. Isso eu não tenho como saber. Quando estive informada que esse era o diagnóstico dela, meu vô já tinha falecido, a minha vó sofria Alzheimer e o meu pai sabia tanto ou menos que eu sobre o tema.

Alguns afirmam que, depois dos gêmeos idênticos, os filhos dos doentes são os mais suscetíveis à doença. Ou seja, eu. Outros, que pode pular uma geração e afetar a seguinte: meu filho. Nenhuma dessas possibilidades me deixa tranqüila.

***

Os planos não saíram como eu esperava. Não pude trancar a universidade e isso significava que os meus dias ao lado dela, como se fosse o Big Brother pendente de tudo o que acontecia, estavam contados. No final de fevereiro eu teria que voltar para o Chile.

Colapsei. Já não podia fazer tudo sozinha.

***

Doutor João. Só cinco anos mais velho que mainha, mas a critica como se ela fosse uma adolescente rebelde.

O conheci em 2001, um ano que ficou tatuado na minha memória. Não pelo atentado do 11-S, ou a liberação do Pinochet no Chile. Tampouco pela rebelião do PCC ou a morte da Cássia Eller, uma das cantoras favoritas do pipa. O recordo porque dia 31 de julho de 2001 a minha mãe voltou para casa.

Depois disso, todos os meses tínhamos que acompanhá-la à consulta com o Dr. João e relatar a aquele homem sem pelos —na cabeça e na língua— como ela estava.

O que uma criança de oito anos pode informar a um psiquiatra? Que não tem sido fácil o processo para Andrés —quem não deixava nem sequer que ela cozinhasse um bolo—. Que todos os dias dava o remédio e lhe pedia que levantasse e colocasse a língua para fora para garantir que o tinha engolido.

Acudi a ele em janeiro de 2014. É através dele que me informo sobre como ela está. E de como ele acha que eu estou.

***

No final de fevereiro, tal como eu faria com uma criança que fica sozinha por primeira vez, comecei a prepará-la para a minha ausência. O dia antes do meu retorno ao Chile lhe disse que, igual que um diabético com a insulina, ela deveria tomar o remédio dela. Despedi-me rogando à vida para que nunca mais tivéssemos que nos enfrentar a algo assim.

***

Cada certo tempo o meu pai me levava para a casa dos meus avós para vê-los e ver a mainha. Em algum momento de uma reunião do primeiro semestre de 2001, ela foi tomar banho.

Pouco depois, a casa cheirava a queimado. O meu vô e o meu pai bateram na porta e, quando conseguiram abrir, todos vimos o que poderia ter gerado um incêndio. Uma meia-calça preta, a mesma que ela estava usando debaixo da saia pouco antes, estava ao redor de uma lâmpada. Mainha disso que estava bem e que só tinha feito isso porque na lâmpada “tinha uma câmera” e ela não queria que ninguém a olhasse enquanto ela tomava banho.

Essa foi a recordação que veio à minha cabeça em maio de 2014, quando meu pai me ligou para contar que o apartamento dela tinha se incendiado. Até hoje não sabemos como aconteceu isso. A aprendizagem foi só uma: não temos que perder de vista os passos de mainha. Qualquer cuidado é pouco. Para ela e para mim.

***

Desde que mainha voltou para casa nunca vimos, ao lado dela, filmes como “Voando sobre um ninho de cucos”, que lhe brindou o Oscar de melhor atos a Jack Nicholson; “12 Macacos”, quando Bruce Willis é um homem que vem do futuro e o internam junto com Brad Pitt; ou “A ilha sinistra”, no qual Di Caprio busca uma paciente psiquiátrica. Por isso, quando os empregados de locadoras perguntavam que tipo de filmes a gente gostava ou quais eram os nossos filmes favoritos e mainha respondia “de suspense, drama; Nicholson, Pitt y Di Caprio”, desviávamos a atenção dela e respondíamos que era melhor “uma comédia ou um romance”.

Os amigos do meu pai sabiam que na nossa casa estava proibido o uso de drogas, em particular a maconha. “Está muito relacionada com as manifestações de esquizofrenia”, insistiu o Dr. João.

O mais importante: nunca perguntamos para a minha mãe o que tinha sido da vida dela quando não esteve conosco.

***

As freiras do meu colégio diziam que todos temos um Deus que nos cuida, fala com a gente e em quem podemos confiar em qualquer momento. Com o meu pai trabalhando e a minha mãe ausente, eu ficava muito tempo sem tem com quem brincar.

Um dia, quando pipa chegou, lhe disse que tinha brincado com Deus. Ele, assustado, perguntou: “você escuta vozes, filha?”. Eu lhe expliquei que era meu amigo imaginário que todas as crianças tem durante a infância. Ele me obrigou a não mentir nunca e a avisá-lo se alguma vez escutasse anormalidades.

Para uma filha de quem padece de esquizofrenia não há margem para a imaginação fértil. Foi aí que eu aprendi o compromisso com a verdade. Talvez por isso eu sou jornalista. Mas não há margem para a falta de lucidez no jornalismo, e eu vou me demitir se alguma coisa acontecer comigo. Não há margem para muitas coisas no meu caso.

***

Cometi o erro de contar a um ex namorado a história da minha mãe, e na nossa última briga ele me disse que eu estava “destinada a ser tão louca” como ela. Não comentei sobre isso com ninguém mais. Até que apareceu o Gonzalo.

Eu sabia que se queria estar com ele teria que lançar uma advertência: “talvez algum dia isso aconteça comigo ou com os meus filhos. É uma roleta-russa. Está disposto a assumir o risco?”.

Quando lhe contei, decidimos nos enfrentar a isso juntos. Às vezes surge uma pergunta “o que eu faço se você não quiser ir ao psiquiatra?”. Eu respondo: “óbvio que eu não vou querer ir, mas me leva mesmo assim, mesmo que eu te diga coisas horríveis”. As nossas conversas cotidianas se misturam com quão esquizofrênica eu posso chegar a ser. Disso se trata quando dizem “na saúde e na doença”?

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Andrés chega em casa. Tropeça de tão bêbado que está. Vomita o chão. Cecília corre para ajudá-lo. Busca um pano. Vai limpar e… Vomita o chão. Eu observo o que acontece, lhes peco que saiam daí e limpo o chão. Assim funcionou a nossa família durante anos. Vômitos de bebidas, palavras e silêncios que os meus pais não puderam limpar, enquanto eu esfregava o chão em busca de soluções e apagava o que cheirava a podridão.

***

Minha mãe já foi muitas. Segundo a ciência, isso acontece porque conforme a doença avança, perdem-se circuitos neuronais. Mas eu soube que mainha já foi muitas graças a uma conversa com Andrés quando ele estava bêbado, em 2011 ou 2012.

—Sabe como é casar com a mulher dos seus sonhos, se apaixonar em menos de um ano, ir morar junto e que, de repente, tudo mude? Você nunca conheceu a mulher com quem eu me casei…

Aproveitei essas palavras que, como o vômito, só saem com a bebida. Perguntei “por que”.

Escutei a descrição de uma desconhecida. Uma Cecília que ficou grávida e, conhecendo os pais católico-conservadores que tinha, decidiu abortar. Uma Cecília cujas amizades incluíam homossexuais e maconheiros. Uma Cecília que é a minha mãe e que é oposta à minha mãe.

Minha mainha, depois de vários surtos, se transformou em uma pessoa hetero-normativa, antidrogas e recatada. Já pedi para algumas pessoas que nos visitaram que cuidem as palavras na frente dela, porque mainha poderia expulsá-los de casa. Mesmo que ela nunca foi conservadora em relação ao sexo, já me expressou sua rotunda oposição ao aborto.

A mainha que eu conheço ainda pode mudar e se transformar em uma completa desconhecida.

***

Temos as mesmas pernas, sobrancelhas e sorriso. Falamos alto, lemos todos os dias e escrevemos compulsivamente.

Somos parecidas, mas eu gostaria de ser mais como ela. Mais simples, menos briguenta, mais reservada, menos problemática. Só não quero ter o mesmo que ela.

Não por ter que tomar haloperidol e clonazepan diariamente e gastar mais de 400 reais mensais nesses remédios. Nem por temer as seis (ou mais) sessões de “estimulação cerebral profunda” —conhecida como eletrochoque— as quais ela se submeteu em 2001.  

O meu temor é a perda da realidade e os danos que isso gera. Terei os mesmos delírios? Também vou precisar de camisa de forca? Acharei que estão me olhando?

***

Soube por casualidade que eu poderia ter o mesmo.

Uma amiga sofreu um surto psicótico e o doutor lhe disse que o primeiro brote de esquizofrenia costuma se manifestar entre os 15 e os 30 anos. Minha mãe teve o primeiro delírio dela aos 29. Depois desse rango de idade, salvo algumas exceções, a doença só é gerada pelo consumo excessivo de drogas ou algum episódio traumático.

Como um prisioneiro que rabisca os dias de condena que faltam na parede, eu aguardo a chegada do meu 30º aniversário para saber se efetivamente me adapto à “normalidade”.

Porém, se chegasse a acontecer, avisei a todas as pessoas sobre como agir. Quando expressei essa possibilidade ao meu pai, ele bateu três vezes na madeira e mudou de assunto. Minha mãe, na mesma linha, ficou calada.

***

Segundo os meus cálculos, mainha foi internada pelo menos cinco vezes nos últimos 20 anos. Depois daquela crise de 2013, ela não deixou de tomar os remédios, nem de ver o Dr. João. Mas isso não quer dizer que não o faca no futuro.

Estou consciente de que os últimos anos poderiam ser somente a paz efêmera entre uma tempestade e outra, mas tem sido tempos felizes. Ela está estudando para concursos públicos e chegou a ficar em uma lista de espera do IBGE.

Para o aniversário dela, o meu melhor amigo lhe enviou uma mensagem que resume o que muitos poderiam dizer sobre ela: “Eu não seria o mesmo sem você”.

O meu pai a visita todas as semanas. A Fernanda já me admitiu que, quando ele não sabe de mainha, não consegue dormir.

Eu luto contra os estereótipos das doenças mentais e ensino as pessoas ao meu redor o quê se vive quando se têm uma.

Sonho com que os médios descubram a cura desde e de outros padecimentos. O momento em que não existam pessoas com vozes nas cabeças delas, que pensem que tem cinco filhas no lugar de uma, ou que imaginem que as estão filmando enquanto tomam banho.

Enquanto isso, devemos silenciar, com remédios e muito cuidado, as vozes de mainha. E esperar que as pessoas ao meu redor nunca cheguem a viver com as vozes na minha cabeça. Nem nas da Amandinha, Beija-Flor, Rouxinol ou Narizinho.

Germany's Mario Goetze celebrates with Thomas Mueller after scoring a goal during the 2014 World Cup final between Germany and Argentina at the Maracana stadium

Lo malo de ir al mundial

3 octubre, 2017 in Deportes

Germany's Mario Goetze celebrates with Thomas Mueller after scoring a goal during the 2014 World Cup final between Germany and Argentina at the Maracana stadium

Por Fernando de Dios

Cuando Mario Gotze metió el gol en la final del Mundial 2014, yo estaba adentro de un ascensor del Maracaná. Un cubículo de dos por dos, paredes de metal frío y espejos. Una ascensorista brasileña desentendida del asunto y yo, subiendo por las entrañas del estadio mientras un ruido difuso sacudió el ascensor. La sensación de no saber quien había hecho el gol duró unos pocos segundos que parecieron una vida entera.

Le hice una seña torpe con las manos. Esperaba que tuviera algún superpoder para ver a través de las paredes y que me dijera que festeje, que Garay había clavado un cabezazo de un córner y que ya está, se terminó todo y dale campeón, dale campeón. Pero no: la chica me devolvió un gesto con gusto a nada, desorientada.  No tuve tiempo para reaccionar. Cuando las puertas del ascensor se abrieron de repente en el cuarto piso, confirmé lo peor.

Gol de Alemania.

Si buscan la palabra desilusión en Google, el primer resultado que debería aparecer es una foto de ese momento: hinchas con camisetas amarillas saltan y se abrazan en el pasillo festejando el gol de Gotze como si hubiera nacido en Cuiabá o en Florianópolis, hablara portugués y les fuera a dar la sexta Copa de su historia.

Nunca vi un exorcismo, pero creo que debe parecerse mucho a esto: gritan con bronca, escupen cada uno de los sietes goles que se comieron hace un par de días, vomitan el Maracanazo y se regocijan con la miseria argentina. Les brillan los ojos. Se sienten alemanes por un rato. Un joven periodista, pálido como un fantasma, sale del ascensor y le da una piña a la puerta mientras se cierra. Se queda parado mirando atónito la escena grotesca.

Durante el partido había estado trabajando en la sala de prensa del estadio, en la planta baja, donde se quedaron un par de ingenieros, algunos guardias de seguridad privada y yo, sentadito frente a mi computadora viendo las miles y miles de fotos que viajaban a la velocidad de la luz desde el campo de juego a no más de 50 metros en línea recta.

Había podido escaparme un par de veces a la tribuna de prensa y decidí que los penales no podía verlos en una pantalla. Elegí, retoqué y distribuí todas las fotos que puede como un rayo y como otro rayo corrí hacia el ascensor para subir a la tribuna. Después se desplomó todo. Pitazo final y se acabó. Alemania 1, Argentina 0. A ahogar las penas en cachaça.

No puedo decir con exactitud cuánto tiempo estuve dentro de ese ascensor. Se frenó un par de veces, algunos segundos, antes de llegar al cuarto y último piso del Maracaná. Decir que estuve encerrado es una imprecisión que no me permito. Lo recuerdo como largas horas de encierro pero en realidad fueron solo unos segundos. Pocos y eternos. ¿Importa cuántas horas, minutos o segundos fueron?  Poco o mucho, fue lo suficiente como para cometer la estupidez y la desgracia de estar en el Maracaná y no ver el gol definitorio de la final del mundo. O tal vez, haya sido afortunado en ser el único argentino sobre la faz de la tierra que no vio la puñalada mortal a los 112 minutos y 21 segundos exactos de esa final.

¿Hubiera cambiado algo si lo hubiese visto? ¿Iba Gotze a patear afuera porque alguien estuviera sentado en una butaca allá arriba? ¿Acaso se iba a intimidar con mi presencia, se distraería y mandaría la pelota a Copacabana? ¿Los que vieron el gol de Brehme en el 90 son ahora mejores personas?

Qué suerte que no lo vi.

Ese bendito ascensor que me previno de ver el apocalipsis fue la metáfora perfecta para mi Mundial. Ajeno a todo el glamour mundialista, la vida de un periodista puede no ser tan emocionante cómo imagina mi abuela desde Buenos Aires, que en cada partido señala la pantalla buscando a su nieto “el periodista” en las tribunas de los estadios.

Hasta la semifinal, todos los partidos los había visto por televisión desde el complejo de prensa que la FIFA montó en Barra de Tijuca, a unos cincuenta kilómetros del Maracaná y a miles de kilómetros de las otras once sedes. Un ascensor gigante de cinco pisos lejos de tribunas y arcos. Mientras en las canchas explotaba el hit “decime qué se siente”, en el centro de prensa reinaba el silencio.

En el cuartel central de Getty Images en Barra había unos veinte editores de fotografía entre ingleses, americanos, japoneses, un par de brasileños y un argentino; ocho televisores enormes colgaban de las paredes y se disputaban la atención con las dos o tres pantallas que cada uno mira al mismo tiempo. Un par de heladeras con cervezas y guaraná; tres sillones; bandejas de plástico con comida fría y varias raquetas para electrocutar mosquitos. Algún fuleco de plástico y un pizarrón donde anotábamos las predicciones antes de cada partido. Se escuchaba de fondo el relato en inglés que proveía el sistema cerrado de la FIFA, como si alguien estuviera jugando un videojuego escondido debajo de un escritorio. Así era mi Mundial.

Las fotos llegaban a montones y sin parar. La red de internet funcionó y los ingenieros sonreían sin importarles quién gana, quién pierde o siquiera quien juega en los estadios calurosos. Escribían correos y mandaban fotos a sus mujeres e hijos a los que extrañarían por 45 días. Durante una jornada de fase de grupos, cada editor escaneaba con sus retinas no menos de seis mil fotos, que eran filtradas, recortadas, organizadas y publicadas en internet para que Fox, CNN, Washington Post, el diario O Globo y otros pasquines le mostraran al mundo el momento justo de la mordida de Suárez, la palomita de Van Persie o incluso, el festejo del gol que hace Gotze contra Argentina mientras yo viajo desesperado en un ascensor.

Después del último penal contra Holanda, entendí que tenía que revelarme contra el sistema: era ahora o nunca. Por política del medio, solo irían a los estadios los fotógrafos y los ingenieros, que se ocupaban de que las fotos viajaran por cable a la velocidad de la luz de la cancha hasta nuestros monitores en el centro de prensa. Todos los editores deberíamos trabajar en la final desde Barra de Tijuca como en los 63 partidos anteriores. Junté coraje y encaré al director de fotografía al que siempre recuerdo como el tío Vernon de Harry Potter. Gordo, cachetón, pálido y con sonrisa socarrona, se rió y me dijo que no. Seco, corto, intransigente. Mortal. Otro de los jefes, un americano, vio la secuencia: “Hay cosas que tenés que hacer. Yo no te lo dije”. Decidí no hacer más preguntas. Así llegué al Maracaná el 13 de julio de 2014.

El 13 de julio llegué al Maracaná seis horas antes del partido. Era el día. La sala de prensa se llenó enseguida y algunos acomodaron sus computadoras en el piso. Después, todos irían a las butacas de prensa en las tribunas. Pude meterme un rato al pasto y caminar por la cancha. Miles de afortunados entraban como hormigas al lugar donde todo el mundo quería estar y no cabía. No hay lugar para todos en una final del mundo.

Pensé en los días largos de edición en Barra de Tijuca, el relato en inglés, el silencio, las pantallas, las fotos que pasaban, una tras otra, sin parar. Por un momento sentí ganas de saltar los carteles de publicidad, guardar mi credencial en el bolsillo, perderme entre los hinchas y comentar lo cara que había pagado mi entrada en la reventa, pero la pucha, había valido la pena. Iba a ver la final del mundo. Me despabilé y encaré para la sala de prensa, me senté y trabajé como todos los días, intercalando picos de fotos con escapadas a la tribuna de prensa.

Cuando terminó el partido, tuve que volver a la planta baja a liquidar las fotos de los festejos alemanes. Tenía que desandar los cuatro pisos eternos en el ascensor. Por instinto me ubiqué en una esquina como si estuviera en penitencia, mientras unas diez o doce personas se apiñaban como piezas de tetris junto a mi. Sin darme cuenta, rompí las reglas de etiqueta de las salas de prensa y me puse a llorar como un bebé. Me tapaba con el brazo, como si pudiera esconderme. Siempre me llamó la atención como aún en los momentos más difíciles el hombre puede sentir pudor y vergüenza. Unas chicas coreanas me dieron un pañuelo. “Jugaron bien, muy bien”, me dijeron en un inglés rústico pero cariñoso. Salí del ascensor y dos brazos me atraparon como garras. “Dale papá, lo viste en una final. Arriba, arriba”. Meses después de ese vergonzoso momento me crucé a ese periodista del canal TN en un evento. “El pibe del ascensor, no?”

Mi foto final de Brasil 2014, la que nadie publicaría y la que nadie quiere revelar, me muestra serio, despeinado y con un chaleco naranja desarreglado posando en el pasto del Maracaná. Parezco un nene enojado que acaba de terminar un berrinche.

Me fui del Maracaná caminando despacio, mirando el piso, como si no quisiera llegar a ningún lado ni tener que dar ninguna explicación a nadie. Por las dudas ensayaba en mi cabeza respuestas genéricas que me sacaran del paso cuando alguien me pregunte cómo es vivir un Mundial. No había mucho para decir: tal vez no sea más que lo sucede mientras uno viaja en un ascensor.

 

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Tercerizados: la lógica de las empresas contratistas

20 septiembre, 2017 in Sociedad

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Por Ezequiel Auditore.

“Las empresas contratistas también dan trabajo, y en la situación actual del país es algo valorable”, dijo uno de los directores de Gas Natural Fenosa y la sala de reuniones quedó helada. Los 30 empleados que estaban presentes se miraron, incrédulos. Todos en la empresa saben que el personal contratado está precarizado y que no es lo mismo trabajar en planta permanente que ser un tercerizado.

Eran los primeros días de Marzo y los habían reunido para explicar cómo se había llegado al nuevo valor de la tarifa del gas. “Nos contaron sobre las inversiones que iba a realizar gracias a la RTI (revisión tarifaria integral) y nos salió con eso. No lo podíamos creer”, contó Claudio Valle, un empleado de Gas Natural Fenosa.

Sin embargo, esta forma de contratación no es exclusiva de la empresa distribuidora de gas de la provincia de Buenos Aires, sino que se repite en distintas industrias a lo largo del país.

-Tercerizados ha habido históricamente en un montón de industrias, sobre todo en las de servicios- cuenta Ximena Rattoni, empleada de Gas Natural Fenosa y secretaria adjunta de uno de los gremios que nuclea trabajadores de la industria del gas a lo largo del país -Pero después de la privatización -continúa Rattoni- la diferencia, tanto de salario como de condiciones de trabajo, entre el efectivo y el contratado se profundizó muchísimo.

Son las cinco de la tarde de un miércoles y Rattoni está sola en la sede del sindicato, ubicada en el primer piso de Sarmiento 1426. Allí, colgado en una de las paredes de hall de recepción se encuentra el cartel institucional: “Asociación de Personal Jerárquico de la Industria del Gas Natural, Derivados y Afines (APJGas)”.

-Las dos empresas que más tercerización tienen son Metrogas y Gas Natural. Metrogas tiene más o menos la misma cantidad de efectivos y contratados, pero Gas Natural Fenosa tiene más contratados que efectivos, es una locura catatónica- comenta Rattoni.

En un relevamiento realizado por esa central sindical, y a la que este periodista tuvo acceso, se verificó que hay aproximadamente más de 700 empleados tercerizados, contra los 500 que la empresa tiene en su nómina. Es decir, 1200 trabajadores en total, la misma cantidad de personas que Gas del Estado destinaba para esa zona de cobertura antes de la privatización en 1992.

Gas Natural Fenosa es la segunda distribuidora de gas del país por número de clientes. Además, tiene un 17,3% del mercado residencial y comercial y brinda suministro a industrias y estaciones de servicio.

El área de competencia de esta multinacional abarca la zona Norte y Oeste del conurbano bonaerense. Dicha extensión, de unos 15.000 km2, comprende treinta partidos de la provincia, habitados por más de seis millones de personas y en los que se concentran importantes parques industriales.

“Uno de cada cinco usuarios en la República Argentina es cliente de Gas Natural Fenosa”, asegura la web de la empresa de capitales españoles y con presencia en más de treinta países. Números abrumadores e imponentes que poco les importa a los trabajadores, que en definitiva son ellos los que deben garantizar que todo funcione con normalidad.

***

Diego Cajal sale de su casa en Loma Hermosa a las 7 de la mañana y debe llegar al Centro San Martín de Gas Natural Fenosa cerca de las 8. No es lejos, pero a esa hora ya hay tránsito. Maneja una camioneta Fiorino modelo 2007 que le dio la empresa: sin airbag, sin aire acondicionado y sin estéreo. Para escuchar música, tiene un parlantito que se enchufa al encendedor del auto, pero como su hijo se lo rompió, está guardado en la guantera.

Diego, de 35 años, llega puntual a la sede de la empresa distribuidora de gas ubicada en Avenida de los Constituyentes y Avenida General Paz. Una vez en el lugar, espera a que le den la orden de trabajo, la primera de muchas que tendrá a lo largo de ese día hasta cumplir las 12 horas de trabajo. Pero a pesar de que está en uno de los centros operativos más grandes que tiene en el país esta empresa multinacional, Diego pertenece a una tercerizada, es decir, es un “contratado”.

La empresa contratista para la que Cajal trabaja, de ahí el término, ahora se llama Ezentis. Según lo que le informaron a él, solo fue un cambio en la razón social. Sin embargo, haciendo una búsqueda rápida en internet se puede verificar que en realidad la empresa Radiotrónica de Argentina SA pasó a formar parte del Grupo Ezentis, un grupo de empresas tercerizadas con sede, al igual que Gas Natural Fenosa, en España.

Para Diego sólo cambió el logo de la camioneta que maneja: “Ezentis. Al servicio de Gas Natural Fenosa”. Él continúa haciendo jornadas de 12 horas, con un régimen de cuatro días de trabajo y cuatro días de franco. Por eso era sábado y no sentía diferencia alguna con otro día de la semana.

El primer lugar que visita hoy es una casa en Carapachay, cerca de Olivos. Diego es lo que se llama “reclamista”, su trabajo consiste en atender los pedidos que hace la gente cuando no tiene gas, cuando tiene poco o cuando tiene una fuga en el gabinete.

─Vamos y hacemos un chequeo general -cuenta Cajal mientras maneja por Panamericana. -Después les damos un diagnostico que a veces es bueno y otras no tan bueno. La mayoría de las veces les tenemos que cortar el gas.

Cuando llega a la casa en donde tenía que realizar el trabajo, llama a la central para dejar constancia del horario en el que llegó. Luego, habla con la dueña de la casa, que fue quién había hecho el reclamo, y realiza las inspecciones correspondientes. Después de poco más de una hora de trabajo le informa que por suerte no era necesario cortar el gas.

-El problema es cuando tenemos que cortarles el servicio –comenta antes de llamar a la base para avisar que terminó el trabajo- pero el cliente no hizo el reclamo. A veces es un transeúnte o un vecino, y ahí es más complicado explicarles.

Esto se acentúa más ya que los “reclamistas” tercerizados trabajan solos, a diferencia de los efectivos de Gas Natural Fenosa que salen en equipos de a dos. Es por eso que estar solos en la calle no sólo los expone a robos, sino que muchas veces los clientes se aprovechan de esa soledad para increparlos.

Una noche, a eso de las 8, un compañero de Diego estaba trabajando cerca de villa La Rana cuando el dueño de la casa llegó armado y lo tuvo diez minutos arrodillado con la pistola en la cabeza. Por fortuna el episodio no pasó a mayores y su colega se fue sin lesiones físicas. A raíz de este episodio se inició un reclamo por el horario laboral, para que termine antes del anochecer.

Otro problema que surge es el trabajo por producción. Cajal comenta que los que se desempeñan en el área de Mantenimiento de Red tratan de hacer más de los 120 trabajos mensuales que les exigen. Con un sueldo básico de 13.500 pesos, esos trabajos extras son los que pueden hacer que superen la línea de pobreza, establecida por el INDEC en $14.501.

Para lograr ese objetivo, lo primero que se deja de tener en cuenta son las medidas de seguridad del personal. De esta manera se gana tiempo, pero hay más posibilidades de que se produzcan accidentes.

Sobre este mismo tema habló María Cecilia Farías, Licenciada en Seguridad e Higiene en el Trabajo, quien se desempeña en el área de Mantenimiento de Red de Gas Natural Fenosa hace tres años. Sentada en su escritorio, ubicado en la sede del Centro San Martín, amplía el concepto.

-Es muy habitual que las empresas contratistas tengan este tipo de régimen salarial, en donde quizás tienen un sueldo básico y un plus por las tareas, o directamente les pagan por los trabajos realizados. Entonces, por una cuestión de producción, y para que les rinda más el día, se hacen los trabajos sin tener en cuenta algunas medidas de seguridad, las cuales se ven como una pérdida de tiempo y, consecuentemente, una pérdida de salario.

En los últimos años, el ejemplo más resonante de este tipo de manejo es lo que ocurrió en agosto de 2016 en Barracas. Allí, perdieron la vida tres obreros de la empresa Inarteco S.A., subcontratista de Metrogas, la distribuidora de gas en la Ciudad de Buenos Aires y el sur de Gran Buenos Aires.

El trabajo que tenían que realizar era el retiro del servicio y de los caños que quedaban en desuso. Para eso, los  obreros tuvieron que realizar un túnel hasta el lugar, ya que había una entrada de garage y no les permitieron hacer el pozo encima de la zona de trabajo.

-Al parecer -explicó Farías quien siguió el tema de cerca- por los estudios que se hicieron y por los análisis posteriores al accidente, por cuestiones de tiempo en lugar de colocar las dos vejigas (una especie de globo que se usa para sellar temporalmente el caño) que se deberían haber colocado, se colocó una sola. Esta falló y al producirse la pinchadura, no se generó una obturación del caño, que estaba en carga, por lo que se llenó de gas natural la zona de trabajo. Al no contar con una ventilación, ni forzada, ni una natural, el gas quedó atrapado dentro del túnel y eso es lo que generó la atmósfera venenosa para los trabajadores.

De acuerdo a la norma IRAM 3625/13, a este tipo de lugares se los denomina “espacio confinado con ambiente peligroso”. Para poder realizar tareas en estos recintos es necesario que los operadores cuenten con un equipo de respiración autónomo que les provea oxígeno de manera constante. También exige que haya un trípode y que los trabajadores tengan puesto arneses de rescate. Ninguna de estas dos medidas de seguridad se cumplieron esa mañana del 3 de agosto de 2016.

Como consecuencia, Ramon Massoti (51) y Carlos Porris (36)) murieron en las horas sucesivas al hecho. Mario Enriquez (41), el tercer operario, falleció unas semanas después, imposibilitado de recuperarse de la inhalación de gas natural.

Ante este escenario, se intentó ponerse en contacto con la empresa Inarteco S.A. para que dé su versión de los hechos. Sin embargo, cuando se les informó cuál era el motivo de la consulta decidieron evitar dar declaraciones.

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Claudio Valle trabaja en una planta de gas a la par de su compañero contratado. Está en un sector en el que personal tercerizado y el propio de GNF realizan tareas en conjunto.

-Yo trabajo con ellos porque al fin de cuentas son compañeros -aclara cuando terminan la tarea. -Muchos no lo hacen, se sientan en la camioneta a ver cómo trabajan los otros porque son “contratados”. Nosotros al menos salimos juntos, algunos sectores mandan al tercerizado con la ropa y la camioneta de Gas Natural a hacer el trabajo, y encima cobran la mitad que un efectivo.

Esta diferencia de salario es uno de los pilares de la lucha de la APJGas en cuanto a los trabajadores tercerizados se refiere. De acuerdo a Rattoni, los contratados cobran en promedio un tercio menos que el personal efectivo. Sin embargo, si se realizan los cálculos de lo que la empresa paga por un empleado tercerizado, en el mejor de los casos le cuesta lo mismo que tenerlo efectivizado, aunque en su mayoría le sale más caro.

Entonces, ¿por qué siguen fomentando la tercerización? Rattoni contesta mientras se ceba un mate; fumaría si no fuera porque su oficina no tiene ventana, así que es el mate el que la ayuda a controlar su ansiedad.

-Ellos tienen esta lógica empresarial que no es sólo de Gas Natural Fenosa, es de todas las grandes empresas. Las multinacionales, además, tienen la tendencia a pretender que se aplique en todos lados el mismo esquema de la casa matriz. En el caso de Gas Fenosa, en España es enorme la cantidad de servicios tercerizados que tienen, y yo creo que ellos han pretendido, y siguen pretendiendo, que ocurra acá. Quieren una empresa cada vez más chica con tres empleados en una computadora y todos los demás tercerizados.

Otro de los puntos que remarcó la secretaria adjunta es que esto no se debe a un tema económico, como contó antes, sino que la empresa usa la tercerización porque prefieren tener “la tropa dividida.”

─Cuanto más dividido estén los trabajadores es más fácil manejarlos y más complican la auto-defensa ─sentencia Rattoni.

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