Pedro Greco

Belen-gif

La fe en el lenguaje

25 marzo, 2019 in Destacados, Microrrelatos, Religión, Vida

 

Belen-gif

Por @belencharpentier

Ilusraciones de Sonia Basch

 

A los 12 le dije a mi mamá que no creía más en Dios, pero seguía armando el arbolito de Navidad y rezando cada tanto para aprobar matemática. Intenté apostatar en 2013 pero fue justo cuando Francisco asumió y aún no había reemplazo de Obispo. Volví a mandar mi carta en 2018: ahora sí. Cuando llegó la respuesta del Arzobispado, se estaba debatiendo el Aborto en el Congreso: todo tenía más sentido. La Iglesia aseguró que harían la nota marginal en el Libro de Actas de Bautismo y pensé “acá termina mi relación con la Iglesia”. Tampoco es que tenía mucho de lo que despedirme. Pero sólo me llevó investigar un poco para enterarme que el Vaticano dice que, aunque alguien apostate formalmente, el vínculo con el Espíritu Santo es indeleble y “aún los apóstatas permanecen bautizados”. Yo, atea desde la primaria y ahora con un papel que lo confirmaba, ¿cómo que seguía bautizada?

En un país donde el 95 por ciento de las personas recibió este sacramento, ¿qué implica que una institución religiosa no respete, entre otros, nuestros derechos de afiliación? ¿Qué significa que unas palabras nos sellen para siempre? ¿Qué herramientas tenemos para apostatar?

Tengo una hipótesis: el lenguaje puede librarnos de la Iglesia Católica.

***

Según la Coalición argentina por un Estado Laico, la Iglesia Católica es la institución que mayor nivel de representatividad se adjudica y, al mismo tiempo, la que menos transparencia ofrece a la hora de demostrarla. Si bien no es claro cómo determinan la cantidad de fieles, dan indicios de que lo hacen a partir del número de bautismos que registran en sus libros. Como la creencia religiosa es considerada información sensible, no hay censos al respecto. En la primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina, realizada por investigadores del CONICET, leemos que hace once años 9 de cada 10 entrevistades decía creer en Dios.

Me bautizaron el 24 de marzo de 1990, tenía algo más de un mes. El Código de Derecho Canónico indica que el consentimiento de les padres y madres es suficiente condición para realizarlos en recién nacides. El cura que ofició mi bautismo dejó los hábitos inmediatamente después, igual que el que casó a mis padres. Elles se divorciaron después de mi bautismo, yo apostaté. Mi vínculo con la Iglesia ya empezaba trunco. Mi padrino fue mi tío, que unos años antes se había escapado de la dictadura y era ateo. Era un 24. Si hoy pudiera, le agradecería el gesto y tal vez nos reiríamos de cómo terminó todo esto.

En el catolicismo un sacramento es un acto en el cual se manifiesta la relación de une creyente con Dios. Si lo pensamos desde la lingüística, todos los sacramentos (por ejemplo el bautismo, la confesión, la comunión y el matrimonio) utilizan las palabras como signos para fundar los distintos momentos de la relación con Dios y darle entidad a un nuevo estatus: bautizade, comulgade, casade.

 

beléncharpentier1

 

El bautismo es un sacramento de iniciación católico indeleble que consiste en verter agua en la cabeza de una persona como símbolo de purificación. El sacramento se realiza a través del uso de las palabras con la invocación de la Trinidad “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El bautismo es una figura simbólica de identificación espiritual con Jesús: de la misma manera en que Cristo se bautizó con agua con Juan el Bautista, lo repiten en la actualidad les creyentes. Para explicar los efectos del sacramento, el Vaticano dice: “Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento”.

Fui al jardín de infantes “Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús”. Mi mamá enseñaba en la primaria y había hecho el colegio ahí. La echaron cuando se enteraron que se había divorciado. “Esta es una casa familiar, Marcelita”, le dijo una monja. Mi mamá empezó a trabajar en reemplazos y a mí me cambiaron a una escuela laica.

Hace poco le pedí a mi mamá todo lo que hubiera guardado sobre mis ceremonias católicas. Me dio un libro de mi bautismo y uno de mi comunión. En ellos aparecen las firmas de mi familia, mis compañeres y la lista de los regalos que me hicieron. El libro registra una especie de contrato que al parecer firmé con Dios: yo le prometo cosas, él me promete otras. “Ser fiel ante él”, “Creer siempre en él”, eran algunas de las mías. Los dos incumplimos varias.

 

Belen-iglesia

 

La comunión es un sacramento de iniciación católico. En ella, tras la consagración del pan y el vino, se toma el cuerpo y la sangre de Cristo comulgando bajo la hostia. Como acto de fe, también condiciona compromisos futuros: se espera de les creyentes que todos sus actos estén en concordancia con el catolicismo y honren la unión alcanzada con Cristo.

Recibí la comunión en 1999, a los 9 años. En el video aparezco metiéndome la mano adentro de la boca porque se me había quedado pegada la hostia en el paladar. Mi mamá me dice que no me preocupe porque ella, en su comunión, se equivocó y dijo “Ave María Purísima: con pecado concebida”. Qué importantes las palabras.

Para tomar la comunión hay que hacer muchas cosas. Primero, me confesé: había pellizcado a una amiga. Me mandaron a rezar ocho Padres Nuestros y seis Ave Marías que hoy me acuerdo a medias. También tomé clases de catequesis y mi único recuerdo es sobre una tarea de dibujo. En uno de esos cuadernos de tela de araña, nos pidieron que de un lado dibujáramos un camino de la vida: una montaña a cuya cima llegábamos sin inconvenientes. Brillante, llano, arioso. Del otro lado, el camino difícil: rocas, pozos, truenos. Después nos preguntaron: “¿cuál camino tomarían?”. El fácil, por supuesto. Me echaron de clase.

 

beléncharpentier2

 

En el 2002, mi mamá me dijo “Está bien”, sentadas en una fuente en Córdoba, cuando le dije que no creía en Dios.

***

¿Cuándo sos apóstata? ¿Al pensarlo, decirlo, dejar de participar, mandar una carta, tener una confirmación?

La apostasía es la negación, la renuncia o la abjuración de la fe, en una religión. La apostasía es reclamada como un derecho a la libertad de conciencia​ y de culto para que se elimine todo registro de pertenencia a un determinado grupo de creyentes. Hoy, la Ley de Hábeas Data protege nuestros datos de instituciones como la Iglesia Católica, por lo que podemos usarla para desafiliarnos sin aparentes problemas. La constancia de apostasía es una nota en el margen del libro de bautismos, ya que éste es el sacramento que sella la adhesión de las personas a la Iglesia Católica.

Dice el Vaticano: “es posible la desafiliación de la Iglesia católica por un acto formal que debe implicar: a) la decisión interna de salir de la Iglesia; b) la manifestación externa de esta decisión; c) la recepción por la autoridad eclesiástica competente. Sin este acto formal nadie queda excluido de ella, ni siquiera por los actos más graves de infidelidad”. Hasta acá estamos bien. Sería una decisión personal comunicada al receptor competente. Pero dice el Vaticano que “la apostasía manifestada debidamente por ese acto formal tampoco constituye una exclusión de la Iglesia”. La apostasía será anotada en el Libro de Bautismos, pero aclara: “en cualquier caso, el vínculo sacramental de pertenencia a la Iglesia es una unión ontológica permanente y no se pierde con motivo de ningún acto de desafiliación. Con o sin apostasía, debido al carácter sacramental del Bautismo, aún los apóstatas permanecen bautizados. El sacramento confiere, además de la gracia, un carácter sacramental o “sello”. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble y permanece para siempre en el católico”.

 

Belen-retrato

 

Ahora mi pregunta es ¿cómo revocarle esta afirmación a la Iglesia? Si yo declaro y efectúo mi apostasía como corresponde, ¿cómo puedo seguir siendo considerada parte de la Iglesia por un sello ontológico indeleble? Decíamos que con la Ley de Hábeas Data podíamos apostatar, pero la Iglesia no reconoce este derecho y su respuesta va más allá de la legalidad: estamos hablando de fe. Entonces, ¿qué otras herramientas tenemos?

***

Mientras tramitaba mi apostasía estudiaba en la Facultad. Cuando leí sobre los performativos en una materia, todo se cruzó. ¿Qué está por sobre la fe? El lenguaje. ¿Es posible usar la teoría de los actos del habla para apostatar? ¿Qué pasa si pensamos los sacramentos católicos como performativos?: éstos son palabras que generan un efecto, una acción o transformación. El filósofo Austin definió las palabras performativas como realizativas, conectando lenguaje y acción. La repetición de actos performativos consolida la norma. Es necesario creer en las palabras para que tengan validez de acción. Por ejemplo “Los declaro marido y mujer”. Palabras, acción, norma.

En mi caso, con un mes de vida me dijeron: “Belén, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén” y con esas palabras me sellaron ontológica, permanente e indeleblemente con el Espíritu. Esto sólo pudo ser posible después de que se realizaran millones de ceremonias iguales y se conformara una convención social de que éstas palabras significaban la acción del bautismo.

Pero tenemos algunas herramientas del lenguaje para defender nuestras apostasías:

Primero, un argumento: el performativo exige la creencia en el mismo, en el código o contexto en el que se funda, por lo que podemos decir que no creemos en el efecto de las palabras con las que nos bautizaron, y que menos lo hacíamos en el momento de ser bautizades, donde ni siquiera habíamos introyectado el lenguaje.

Segundo, una oportunidad: Derrida dice que los performativos no son ejercicios libres o expresiones de la voluntad individual, sino que son acciones reconocidas por la convención social. Butler explica que la repetición constante de actos performativos consolida la tradición pero, de todas formas, para Butler, el acto performativo permite la subversión de la norma porque la suma de acciones corporales de varias personas, como un ejercicio de performatividad, tiene una enorme potencialidad para la transformación de relaciones sociales y de poder. Si Butler cree que los performativos pueden subvertir la heteronormatividad y el género binario, ¿podemos nosotres creer en el uso de los performativos como una herramienta más para la apostasía colectiva?

La fe en el lenguaje indica que sí.

***

Para apsostatar armé mi carta modelo en apostasia.com.ar, la mandé por correo y el Arzobispado me contestó a los pocos días. La Parroquia no. Llamé y un tal Francisco me dijo que la iban a hacer, que no me preocupara. Fui a constatar personalmente a la Parroquia Nuestra Señora de la Rábida que se hubiera realizado la nota al margen en mi Acta, porque la confianza se construye. Dudé si entrar con el pañuelo. Hoy no recuerdo si lo hice. Me avisan que Francisco había renunciado (otro que abandona la Iglesia en mi camino). Me recibió un adolescente voluntario de la administración de la Iglesia que estaba tan incómodo y le daba tanta vergüenza que no sabía cómo hacer el trámite. Empezó a desempolvar Libros de Actas de Bautismos que parecían viejos, pero eran sólo del 2000. “Buscá más abajo”, le dije a este voluntario que probablemente estaba registrado en uno de los primeros estantes. Lo encontró: al lado de mi Acta de Bautismo color amarillo escrita a mano hace casi tres décadas brillaba una A4 blanca con mi nota de apostasía. No tenían fotocopiadora, así que le saqué una foto con el teléfono. ¿Ya está? ¿Ésto es todo? Mi mamá me esperaba afuera y me filmaba orgullosa mientras caminaba hacia el auto. Al chico le quedaron dudas de si el trámite estaba terminado y me aconsejó que llame a la señora del turno tarde. Me atendió: pregunté si esa era suficiente confirmación de mi apostasía y me dijo: “claro, con este papel digamos, así digamos que vos ya, osea ya con la nota marginal en el libro queda registrado que, digamos que así, básicamente, nosotros damos fe que ya no tenés maś fe”.

Qué importantes las palabras.

 

Belen-horizontal

 

Belén Charpentier

Febrero, 2018

Esta crónica primero tomó forma de escenificación de investigación. Cómo hacer cosas con palabras es una conferencia performática musical que se realizó en los ciclos Drama es Acción en Club Cultural Matienzo y MacriTeatro en Estudio Los Vidrios entre Octubre y Noviembre de 2018, junto a Laura Preger y Sonia Basch.

Si querés saber más sobre cómo apostatar ingresá en apostasia.com.ar o consultá en coalicionlaica.org.ar

CDPBIGDATA1

¿De quién es este movimiento?

7 marzo, 2019 in Danza, Periodismo performático

Por Inés Armas | Colectivo Dominio Público. Próximamente presentarán Sinfonía Big Data en el marco del Laboratorio de Periodismo Performático

Esta pregunta es el núcleo central de la investigación que llevamos a cabo con el Colectivo Dominio Público para la obra Copia Original: la muerte del autor o el éxtasis de las influencias (*). El colectivo actualmente se encuentra en la realización de su próximo trabajo Sinfonía Big Data que hace parte de la plataforma Periodismo Performático junto a Revista Anfibia y Casa Sofía. Nos interesa preguntarnos por la creación de movimiento, si es que ella surge de alguien, que es su creador, o es un resultado de infinitos procesos que incluyen patrones físicos, psicológicos, culturales, modas, formas de vida, intereses, estudios, prácticas, costumbres, las que nos llevan a realizar tal o cuál movimiento.

La coreografía es el arte de reunir movimientos en forma de secuencias, generando un material expresivo. ¿Cómo puede este material guardarse? Esa fue la gran cuestión de la danza desde sus inicios en el mundo del arte. La danza no podía anotarse como la música o escribirse como el teatro, lo que la dejaba en una posición más endeble jurídicamente frente a las otras disciplinas artísticas. Entonces aparecieron sistemas que intentaron solucionar esta debilidad. El más acabado fue el conocido como Labanotation, ideado por el coreógrafo e investigador húngaro Rudolf von Laban. Este sistema registraba todas las posiciones del cuerpo humano y las expresaba en una especie de partitura en donde además de la posición espacial se podían anotar otros factores como ritmo, fuerza, y calidad de movimiento. Este sistema se utiliza aún en las grandes compañías de danza para proteger las obras de los coreógrafos más importantes y claramente sus derechos autorales. Pero es tan complejo que existen muy pocos expertos en este sistema, y con la llegada del video su uso ha quedado muy limitado. ¿Pero es el video el registro de la obra coreográfica o es una interpretación de un bailarín? ¿Ese bailarín ejecuta la obra del coreógrafo o le agrega algo propio de su cuerpo, de su calidad de movimiento, de su historia física y psíquica?

copia original

Acá entramos en otra encrucijada que tiene que ver con cómo se crea una coreografía. Teniendo experiencia de más de 20 años como bailarina profesional y habiendo trabajado con gran cantidad de coreógrafos puedo afirmar que el “creador” de los movimientos no es solamente el coreógrafo, sino que la creación se da en el 99 por ciento de los casos en una relación entre el coreógrafo que propone consignas, pautas, imágenes, y el bailarín o grupo de bailarines, que con sus cuerpos prueban movimientos llegando a definir una secuencia que luego será ese material que llamamos “coreografía”. Pero lo que sucede es que quien “firma” la obra habitualmente es el coreógrafo, acreditándose sus derechos autorales, mientras que los bailarines quedan como meros intérpretes. Como ejemplo podemos ver a la genial coreógrafa Pina Bausch en la famosa película de Wim Wenders trabajando con sus bailarines, ella casi ni salía de su silla, guiando a los bailarines con imágenes, consignas, citas.

¿Cómo es la práctica de derechos autorales sobre coreografías en Argentina? No hay ninguna legislación diferenciada para obras de danza que para obras teatrales. Es decir, la obra de danza se considera una obra de teatro. Si tiene coreografía ésta debe registrarse en Argentores a través de un “video de ensayo”. Este video se entrega en un DVD a Argentores y se llena una planilla indicando quién es el autor o autores de esa coreografía. Si se trata de danza improvisada, se debe registrar también un video de una improvisación que tenga la misma idea de base o pauta (esto es curiosísimo, porque en este caso no se entiende cuál sería la coreografía registrada, ya que en la improvisación los movimientos varían entre una y otra presentación). Habiendo registrado la obra, los autores de la misma tienen derechos autorales protegidos. En la práctica esto implica un porcentaje de el 7,5 sobre la venta de entradas, del cual se deduce un aporte para sostener la institución Argentores. No existe legislación acerca de cuántos movimientos se consideran una coreografía que tiene propietario en el caso de un hipotético plagio (en la música son 8 compases idénticos) entonces si existiera una demanda por plagio en una coreografía sería una tarea ardua para el juez determinar si existió o no, dado que no sabría si mirar un movimiento, una serie o un minuto de movimientos.

Copia Original-31

En realidad pienso que toda esta cuestión de los derechos de autor empieza a tener sentido cuando hay mucho dinero, como en el caso de Fortnite. (El video-juego Fortnite fue demandado por usar movimientos “creados” por diversas figuras del rap o actores.

Como la danza no suele mover millones, todavía no se han ocupado de detallar su legislación.

Volviendo a la pregunta que abre este texto: ¿puede ser propiedad algo que no puede tenerse, guardarse, registrarse, tocarse? La danza se escapa a las formas, se escapa a las leyes, la danza es evanescencia, porque cada vez que se realiza es otra, porque cada cuerpo le da una nueva existencia.

(*) Copia Original. La muerte del autor o el éxtasis de las influencias es una obra interdisciplinaria del Colectivo Dominio Público con dirección de Fagner Pavan y actuación de Gabriel Urbani, Laura Peña e Inés Armas. Estrenada en diciembre de 2017, participó en el Festival Buenos Aires Danza 2018 y en el Festival Cuerpos de San Martín de los Andes. Se repone el 22 de febrero de 2019 en su tercera temporada y estará los sábados y domingos a las 21hs en Galpón FACE, Deán Funes 2142, Barrio Parque Patricios.

Lucía 01 port

Tucumán, el jardín de la tortura

6 marzo, 2019 in Destacados, Feminismo, Violencia de género

Lucía 01 port

 

Ustedes tienen un nombre porque tienen vida y tienen la responsabilidad que les ha confiado el pueblo tucumano: voten por la vida.

Así exhortó el arzobispo Carlos Sánchez a los políticos tucumanos. Faltaba nada para que la Cámara Baja votara el proyecto de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito. En el último acto patrio del 25 de mayo, en una convocatoria multitudinaria frente a la catedral, entre locro y empanadas, el cura nombró uno por uno a los diputados y senadores. La iglesia dejó la cancha marcada.

A los pocos días, la legislatura declaró a Tucumán como la primera provincia “provida” e invitó a los municipios a destinar fondos públicos para desarrollar acciones a favor “de las dos vidas”.

Mientras el movimiento feminista local se multiplicaba, “los celestes” activaron su aparato enquistado en el poder estatal. En la primera semana de agosto, cuando se decidía el futuro de la ley en el Senado, se realizó una marcha antiaborto encabezada por el gobernador peronista y ex ministro de Salud de la Nación Juan Manzur y también por su oponente número uno, la senadora nacional Silvia Elías de Pérez, de la UCR/Cambiemos.

Luego del rechazo a la ley,  lejos de fortalecerse la prevención de embarazos no deseados y de garantizar los abortos no punibles, el modo de operar para obstaculizarlos se legitimó.

Las direcciones hospitalarias designan a los profesionales más permeables a las órdenes “de arriba” y se dificulta la participación de quienes brindan consejerías acordes a las normativas. También el miedo los paraliza hasta omitir obligaciones. Los obstáculos en el ejercicio de derechos en relación al acceso a las ILEs se da en dos direcciones: el ejercicio de poder en base al conocimiento técnico de lxs médicxs, y el maltrato con la persona gestante que lo solicita, que desde que ingresan las llaman “mamá”.

Manipulando la información sobre la edad gestacional y la situación de salud de la persona gestante, lxs profesionales antiderechos argumentan la imposibilidad o el alto riesgo de realizar la práctica. El discurso hegemónico de la medicina deja fuera toda perspectiva integral de la salud. El segundo mecanismo es directamente el maltrato a la persona, buscando expulsarla del sistema público de salud. El ninguneo, el hacerlas sentir culpables, hacerles sentir dolor, hacerlas esperar, no creerles, no escucharlas.

 

Lucía 04

 

A los profesionales de la salud que garantizan interrupciones legales del embarazo (ILEs) se los persigue. En algunos casos se da aviso a la policía. El año pasado, dentro del Hospital Avellaneda hostigaron a la tocoginecóloga Fabiana Reyna por haber garantizado un aborto no punible a una niña de 11 años. Ahora escrachan a Cecilia Ousset y José Gigena, quienes interrumpieron el embarazo de Lucía.

***

El 11 de marzo Lucía empieza sexto grado. Tiene ganas de volver a la escuela porque para ella significa recuperar su vida lejos de médicos, hospitales, presiones y cerca de sus hermanas y amigas. Quiere olvidar este verano.

Lucía vive en Siete de Abril con su abuela y sus dos hermanas desde hace cuatro años, cuando fueron separadas de su mamá luego de haber sido víctimas de distintos tipos de violencia de parte de su expadrastro.

En Siete de Abril viven poco más de 500 personas. Se tarda dos horas para recorrer el camino desde la capital tucumana. Para llegar hay que pasar un puesto limítrofe con Santiago del Estero. Un letrero verde señala que a la izquierda se toma el camino a este pueblo y a la derecha se llega a la provincia vecina. Asoma entre plantaciones de soja y plantines de limoneros asoma un pequeño pueblo, sin cartel que lo nombre. Sólo un puesto de SENSA y una estación de servicio a los costados de la ruta avisan que es la entrada.

Lo único que sobresale del relieve es un gran silo de almacenamiento de granos. A la hora de la siesta hay un silencio que permite oír el viento. A lo lejos en una sola casa suena una guaracha.

El pueblo se fundó alrededor de una vieja estación ferroviaria que hoy está vacía. Una pintada blanca y celeste, que data del 2015, dice “no detengamos el progreso” y llama a votar a Manzur. Al frente, una plaza con mangrullos, hamacas y subibajas no muestra señales de niñxs jugando. El polvo se levanta de las calles sin pavimento cuando pasa el único ómnibus que peina las principales calles.

La escuela es de un verde turquesa, en lugar de un timbre tiene una campana plateada y el mástil en la entrada no llega a superar los cuatro metros. Es pequeña, no tiene más que media cuadra de largo. En Siete de Abril todo está cerca. Los movimientos extraños, los vehículos o las caras no conocidas llaman la atención. Nadie se acerca a preguntar, solo se mira desde las patios a quien pasa.

Lucía tiene 11 años. El 31 de enero ingresó al sistema público de salud embarazada de 20 semanas. Eliseo Víctor Amaya, la pareja de su abuela, la violó y la obligó a callar. Mientras todo esto pasaba, Lucía siguió yendo a la escuela. Cuando una consulta médica señaló el embarazo comenzó su largo peregrinaje para acceder a un aborto no punible. Pasaron 27 días, tuvo más de 8 entrevistas con profesionales de la salud, funcionarios de la salud pública, del Juzgado de Familia, Defensoría de Menores. Pasó por la cámara gessel y manifestó en distintas oportunidades su deseo de no estar embarazada. El 27 de febrero a la madrugada, y con fuertes denuncias e intervenciones del movimiento feminista, finalmente le realizaron la interrupción del embarazo.

Si en la escuela se hubieran trabajado las propuestas curriculares de la ESI, Lucía habría encontrado un espacio donde pedir ayuda. Quizás, si sus maestrxs hubieran tenido las herramientas habrían detectado las señales que deja el abuso y denunciado la situación. En la provincia de Santa Fe, a través de las escuelas se intervino en 368 casos durante el 2018. Lucía no pudo acceder a este derecho porque el gobierno tucumano se resiste a la aplicación efectiva de la Ley de Educación Sexual Integral a pesar de que está contemplada, además, en la Ley de Educación Provincial. Sin embargo, la educación religiosa tiene un lugar privilegiado en la currícula de primaria.

***

Acá no se va hacer nada -dijo la subdirectora del Hospital del Este Eva Perón cuando estaló el caso Lucía

En Tucumán, dos niñas de 10 a 14 años son madres cada semana. En el Hospital del Este Eva Perón se practican las interrupciones legales del embarazo. Este es uno de los dos hospitales que llevaban adelante esta práctica médica lícita, según los informes presentados por el Sistema Provincial de Salud (SIPROSA) a pedido de Católicas por el Derecho a Decidir.

El Hospital del Este Eva Perón es nuevo. Se inauguró en 2013 con un perfil materno infantil para descomprimir al Instituto de Maternidad “Nuestra Señora de las Mercedes”, y cubrir el este tucumano. Tiene un aspecto moderno. Los típicos azulejos del viejo paradigma higienista no recubren las paredes. Sus techos altos mantienen la frescura del ambiente en los calurosos veranos tucumanos. Las cámaras de seguridad vigilan todo: el estacionamiento, la puerta de la dirección, la sala de espera.

Centrado principalmente en la maternidad, la prevención es dejada de lado. El consultorio de salud sexual y reproductiva no cuenta con señalización, y los dispenser de preservativos están vacíos por orden de la dirección. Los anticonceptivos se entregan sólo en los consultorios. La mayoría de sus trabajadores y profesionales son personas jóvenes. No tienen trayectoria de sindicalización por lo que las resistencias a los atropellos son débiles.

Lucía comenzaba el quinto mes de gestación forzada cuando le hicieron la primera ecografía, el 31 de enero, en ese hospital central. Llegó en una ambulancia, derivada del Hospital de Garmendia, una localidad a unos pocos kilómetros de su pueblo. Las principales autoridades sanitarias ya estaban al tanto de su condición.

 

Lucía 01 port

 

“Me duele la panza, siento que se me mueven las tripas”, le decía a su mamá. Lucía volvió a manifestar que no quería continuar con el embarazo, esta vez en cámara gessel. “Podes esperar y que lo tenga otra familia”, le prometió Vigliocco, mientras le acariciaba la panza. Pero ella no quería que esté en ningún lado.

El equipo de salud no podía entender que para Lucía, el embarazo no implicaba la gestación de una vida, sino la consecuencia de la agresión sufrida y la vulneración de sus derechos.

La gestación llevaba 22 semanas. Y Lucía no iba a tener derecho al aborto por las causales de riesgo de salud y violación pese que es una práctica licita contemplada desde 1921 en el Código Penal. La historia clínica de la niña ya preveía como fecha de parto mediados de junio.  

***

—Llamen a las del pañuelo verde, ellas van a hacer que me saquen esto -pidió Lucia.

El colectivo #NiUnaMenos recibió un mensaje por Facebook: “Necesito ayuda”. Una familiar de la niña decidió romper con el aislamiento al que la estaban sometiendo en el hospital. Solo la madre la acompañaba en la habitación. “Quiere que le saquen lo que tiene adentro, llora todo el día. No sé por qué lo demoran”, seguía el relato.

Estaban desesperadas porque habían firmado el consentimiento informado, el requisito que establece la ley para acceder a una ILE. Desde el sistema de salud le dijeron que recién le harían la intervención entre el 5 y el 11 de marzo, cerca del séptimo mes de gestación. Querían prolongar el sufrimiento de la niña para que el feto sea viable.

“Están obstruyendo el acceso a la salud.” Soledad Deza, de Mujeres x Mujeres y de la Guardia de Abogadas de Católicas por el Derecho a Decidir, con el colectivo Ni Una Menos, realizaron presentaciones ante el SIPROSA y el Ministerio Público Fiscal para que se avance en el caso de acuerdo a la ley y cese la obstrucción de derechos.

La obstrucción al aborto no punible es sistemática. “El denominador común es la objeción de conciencia que se traduce de distintas formas, sea a través de la exigencia de requisitos médicos burocráticos innecesarios, como puede ser la extracción de muestras a través de una punción de líquido amnióticos a una víctima de violación de 13 años, o la exigencia de un plazo gestacional que no sale en la ley. La finalidad es la misma: negar la práctica o dilatarla. El objetivo final es imponer una maternidad”, explica Deza.

Desde que llegó el mensaje de Facebook, un equipo interdisciplinario feminista comenzó a diseñar las estrategias para lograr que el sistema de salud cumpla con la voluntad de la niña y la letra de la ley. Cada paso fue dado con el consentimiento de la familia de Lucía. “Le explicamos que no íbamos a hacer nada que ellas no quieran. Que estábamos ahí para acompañar sus decisiones”, relata Adriana Guerrero, miembra del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (CLADEM). Así, el CLADEM junto a Abogados y abogadas del Noroeste argentino en derechos humanos y estudios sociales (Andhes) presentaron un Amicus Curiae (amigos del tribunal), una herramienta que permite que organizaciones especialistas puedan asesorar y ayudar a la justicia con una opinión fundamentada. “Lo que nosotros justamente decimos a través del amicus es que hay que escuchar a la niña y su voluntad. El Estado tiene que administrar y poner a disposición todos los mecanismos para que se garantice ese derecho”, explicó Fernanda Marchese, directora ejecutiva de Andhes.

Fueron más de 12 casos los que la abogada Deza pudo contabilizar de memoria. En los archivos hay más. “La pregunta que siempre nos queda cuando hacemos balances es qué pasa con las mujeres que no dan con nosotras, que no llegan a contactarnos. Una política pública y el acceso a un derecho no pueden estar subordinados al acompañamiento de una abogada que apuntale la ciudadanía. Los derechos tiene que estar disponibles para todos, sin amenaza jurídica.”

Había urgencia y desesperación. Lucía no estaba bien, había intentado autolesionarse, le había subido la presión, en el hospital la mantenían aislada y tenía un régimen de visitas. Su familia estaba desbordada. No entendían el retraso. En este contexto se realizaron presentaciones administrativas en la misma sede del hospital dejando constancia que la familia, tanto la mamá como la niña, habían expresado su voluntad de interrumpir el embarazo y se puso un plazo de 24 hs para que se realice la práctica.

En el hospital le empezaron a suministrar corticoides. “¿Para qué es eso?”, preguntó la madre de Lucía. “Para que maduren los pulmones”, contestó una enfermera.

“Exigimos que se aplique el protocolo ILE y que además cese la medicalización a la que estaba siendo sometida Lucía. Son maniobras dilatorias que buscaban prolongar el tiempo de gestación para hacer viable la vida extrauterina del feto”, contó Florencia Vallino, abogada de Andhes y de la niña.

Durante 2018 se registraron 137 nacimientos de niñas menores de 14 años en Tucumán de acuerdo a las estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. Cualquier embarazo que se produzca por debajo de esa franja etaria debe ser considerado un abuso sexual según los estándares internacionales que protegen los derechos de la niñez y la adolescencia. “Sabemos que en 2018 se practicaron 15 ILEs, según fuentes sanitarias. ¿Qué pasó con las 137 niñas que ingresaron al sistema de salud y salieron siendo madres?”, se preguntó Adriana Guerrero de CLADEM.

***

El martes 26, Vigliocco contactó telefónicamente a José Gigena, quien forma parte de la Red de Profesionales por la Vida y el Aborto Legal, para que realice la práctica. Junto a su colega y esposa, Cecilia Ousset, llegaron sin conocer la historia clínica de Lucía.  Las autoridades del Ministerio de Salud, el SIPROSA y del Hospital del Este tercerizaron la ILE debido a que todos los médicos de la institución se negaron por temor a represalias.

En este caso y otros similares, la fiscal Adriana Giannoni actúa de oficio para amedrentar tanto a médicxs como a las pacientes. La misma ministra de Salud Rossana Chahla declaró en un entrevista que fue Gianonni quien ordenó no interrumpir el embarazo. Ahora fue denunciada por coacción y abuso de autoridad.

A las cuatro de la tarde, el sistema de salud dejó trascender que se realizaría la práctica y le dio “la primicia” al diario La Gaceta antes que a la familia de la niña. Desde ese momento, llegó la prensa con cámaras y luego un grupo de personas fundamentalistas. El manejo de poder fue constante. Dejaron entrar a un cura, a un periodista y a la policía.

Pasadas las cinco horas de la noticia, las redes comenzaron a arder con el comunicado de la familia y las organizaciones que las acompañaban: “#URGENTE: El SIPROSA no está garantizando la Interrupción Legal del Embarazo de Lucia. Es responsabilidad de Rossana Chahla y Vigliocco el cumplimiento efectivo de la práctica”.

El Gobierno de Tucumán emitió un comunicado, a pasadas las 10 de la noche, notificando que se iba a proceder con la práctica y dejando al descubierto que las dilaciones que hicieron padecer a Lucía correspondían al fin último de “salvar las dos vidas”.

Lucía entró al quirófano a las 12 de la noche. Los grupos antiderechos acampaban en la guardia. La pareja de médicos del sector privado tuvo que entrar oculta. Les abrieron las puertas cuando dieron aviso por teléfono que se acercaban. Tenían miedo de ser agredidos.

La planta baja ya estaba a media luz y completamente vacía. El olor a desinfectante se mezclaba con el olor a humedad de la lluvia del exterior. Ya en la planta alta, donde estaba la habitación de Lucía, dos guardias tomaban los datos de las personas presentes.  

Las feministas también esperaban afuera, alejadas de la institución. Aunque venían de noches sin dormir esperando el fallo por el femicidio de Paulina Lebbos, ahí estaban. El calor de febrero había dado un poco de tregua, aunque la pesadumbre por la espera se veía en las caras de todas.

Como sucedió en el caso de Jujuy, con la niña de 12 años a quien también dilataron el acceso al aborto no punible, a Lucía le practicaron una microcesárea en un quirófano desierto: el instrumentista y la enfermera que debían acompañar la operación se declararon objetores de conciencia y abandonaron la sala. Fue otra anestesista externa al hospital quien estuvo presente.

La recién nacida estaba con vida, en estado crítico y con prematurez extrema: pesaba poco más de 500 gramos. Enseguida fue entubada, ya que ninguno de sus órganos funcionaba correctamente, y hasta el momento se encuentra en neonatología.

Al otro día, el arzobispo de Tucumán, Carlos Sánchez, viralizó un audio vulnerando la intimidad de la paciente menor de edad, exponiendo su nombre y llamando a ser “custodios” del producto de la violación.

***

Ahora Lucía está contenta y aliviada a pesar de la cicatriz y las hormonas alborotadas.

***

En junio se vota en Tucuman. Seis de siete candidatos a la gobernación se manifestaron públicamente en contra del aborto: el actual gobernador Juan Manzur, del partido Justicialista, el senador nacional José Alperovich de Hagamos Juntos Tucumán, y los candidatos de Cambiemos Silvia Elías de Pérez, Alfonso Prat Gay, José Cano, Domingo Amaya. A traves de Ariel Osatinsky, el FIT será el único partido político que tendrá un candidato que garantiza los derechos sexuales y reproductivos de los cuerpos gestantes.

El caso de Lucía demostró que el poder político, es quien garantiza el retroceso de los derechos conquistados de mujeres, niñas y adolescentes en materia de salud sexual. ¿Y las promesas de progreso?

No es solo la edad, ni es solo la objeción de conciencia. El caso de Lucía tiene que ver también con el lugar al que pertenece. Sobre la vida de niñas, adolescentes y adultas de los pueblos del interior del interior, deciden unilateralmente algunos profesionales de la salud desinformando, ocultando información y transmitiendo miedo.

Es por ello que ni siquiera fue resguardada su privacidad. Los niños y las niñas pobres están a merced de un mundo adulto que quiere usarlos como ejemplos de una moral antiderechos.

Esto no es una derrota. El feminismo actúa reforzando sus redes de contactos, articulando con aliados que ocupan espacios de toma de decisiones en la cúpula política de la provincia. En definitiva, el poder del feminismo radica en parte a su capacidad de tejer redes, de contención, de afecto, de conocimientos y de estrategias.

El próximo 8 de marzo la marcha comenzará en la puerta del SIPROSA, desde donde se digitaron todas las maniobras para evitar que Lucía acceda a su derecho. En la tensión permanente y con un claro reclamo de que las niñas no son madres, una multitud feminista mostrará la fortaleza de un movimiento que no para de crecer.

WhatsApp Image 2018-09-21 at 14.11.05

Liquidación de invierno

21 septiembre, 2018 in Cultura, Periodismo, Vida

WhatsApp Image 2018-09-21 at 14.11.05

 

Por Víctor Sabanes

 

Escena 1. Un cristal virgen

Es lunes 13 y estoy llegando tarde al taller. Me retrasé en el local de reparación de cristales para autos. El viernes anterior lo había dejado estacionado en la calle Valentín Gómez, para ir a la Feria de Editores en el Konex. Después de pasear por los pasillos fríos de la feria, conversar con Maxi, editor de Sigilo, y tomar cervezas en vaso de plástico en el bar con una amiga editora, volví a buscar el auto y encontré el desastre: un cristal pulverizado y un estéreo desaparecido. La palabra desaparecido puede parecer inapropiada, pero no es casual, porque los acontecimientos inesperados y violentos me generan zozobra, angustia y una extraña sensación de anomia asociada con el pasado. Ahora manejo, pero me aturde el silencio absoluto. Cuando freno escucho el agua rebotando contra el plástico dentro del bidón que está en el baúl. Empiezan a caer algunas gotas sobre el parabrisas y otras que le dan el bautismo al cristal virgen y sin polarizar.

 

Escena 2. Un aire de dinámica conversacional

Chequeo las notas en el celular, porque no estoy muy seguro de que sea el cuarto piso. En efecto, es el tercero. Presiono el botón del piso tres en el ascensor y mientras subo me siento de estreno, como el cristal que ataja las primeras gotas de lluvia. Bajo rápido del ascensor y llamo a la puerta de la revista, que abre Julieta. En unos cuantos segundos estoy sentado alrededor de una gran mesa con otras personas silenciosas y atentas, que tratan de registrar nombres de autores, títulos de libros, películas, herramientas de escritura, métodos y los tipos de la crónica performática, como el periodismo de rol o el periodismo de inmersión. Todos estamos ahí con un objetivo similar, que es acercarnos y descubrir algunos pliegues ocultos de la crónica y tratar de exprimir en solo cuatro encuentros las palabras de Julián. Mientras nos advierte sobre la dinámica conversacional del taller, cada tanto relee un cuaderno de notas y se desparrama en conceptos porosos que nos atrapan. Escuchar, escribir y grabar. Pasados unos 45 minutos ininterrumpidos de introducción hace una pausa y se inicia la conversación: “¿Estoy hablando muy rápido?”.

 

Escena 3. El Llanero Solitario

Hago la pausa y asocio el antiguo ascensor con una escena de la infancia. Ese invierno subimos con mis hermanos hasta el segundo piso. Nuestros amigos Titi y Ricardo eran refugiados chilenos y nos estaban esperando en la entrada del departamento. Pasamos rápido y ellos cerraron la puerta detrás de nosotros. Todos estábamos nerviosos, porque las dictaduras nos habían inoculado el miedo en el cuerpo. Cambiar tan rápido de barrios, de amigos y de casa, me fui dando cuenta, nos generaba angustia y la sensación de que las cosas se esfumaban. Caminamos por el pasillo hasta la habitación y nos sentamos en la cama de Ricardo a ver El Llanero Solitario en un televisor blanco y negro. Hablamos poco. Yo era fan del Llanero y mi antifaz y mi sombrero habían quedado en la calle Manquehue, de Santiago de Chile, y el cinturón con el revólver no habían servido para detener el allanamiento del chalet en Gaspar Campos, en José C. Paz. Era lo poco que me salvaba del miedo y el desquicio en mi psiquis sitiada. Por un momento me sentí seguro en ese departamento, porque estaba con mis hermanos, Titi, Ricardo y el Llanero. Además, Titi tenía la capacidad de hacerme reír.

 

Escena 4. La realidad se incrusta en el cuerpo

Volvemos al periodismo de inmersión y la necesidad de que el cronista le ponga el cuerpo a lo que quiere contar. Como dice Alejandro Seselovsky, cronista de Treinta días en el call center, “el que escribe es el cuerpo”. El lenguaje es el instrumento de representación, pero el problema es que entre la realidad corporal y la representación hay una distancia, por eso, lo que escribimos nunca será la verdad, sino su representación. La realidad es lo que sentimos en el cuerpo y el lenguaje intenta suprimir la distancia. Aunque es una tarea compleja, podemos considerar un triunfo solo acortarla un poco. Me sumerjo en la dinámica del taller y percibo, quizá en un acto muy pretencioso, un método de escritura mitigador de lo extraño. Me imagino escribiendo sobre la forma y la profundidad del miedo, que se traduce en vértigo y satisfacción. Afuera, el frío invernal atraviesa las calles y se dispersa en los acontecimientos cotidianos. Hay miedo a perder el trabajo, crece la angustia por el futuro y el fantasma de los saqueos se transforma en un arma de fuego disparando ansiosa una bala de plomo que se incrusta en el pecho de un pibe chaqueño de 13 años.

 

Escena 5.  Epílogo caótico

“Bueno, quedan 30 segundos”, nos despabila Julián. La consigna es escribir una enumeración caótica de palabras o frases breves, que luego se leerá en voz alta. Comienza Paula: exageración, imposibilidad de comunicar, interés, modernidad, critica. Continúa Carlos: espíritu, obsesión, melancolía, simulación, satisfacción. En tanto, hago el esfuerzo por olvidarme del vidrio, el ascensor, el Llanero, el vértigo y las gotas y concentrarme en el taller. Pero me acuerdo algunas palabras de Ricardo antes de irse a Canadá, para siempre: Québec, Laclau, Chile, todo está perdido, plantar árboles. O los retazos de la conversación que tuve con Titi, el sábado último en su visita sorpresa: refugiado, valijas, invierno, miedo, tu risa.

IMG_0744

Un punto de llegada y de partida

17 septiembre, 2018 in Cultura, Periodismo, Periodismo performático

Por Franca Ferrari, Juan Piterma, y Camilo Santos

Fotos: Tomás Cuesta.

 

“La palabra ya no tiene el poder”:  con esta provocadora consigna Anfibia y  Casa Sofía presentaron en Proa los seis proyectos del Laboratorio de Periodismo Performático. Investigación periodística y trabajo artístico se combinan en el crisol de un espacio que ponen los géneros patas para arriba. Al parecer, las fronteras existen sólo para ser atravesadas.

 

Jorge Burgos llega a su casa cansado. Acaba de sembrar, en un radio de 60 kms, los tres prolijos paquetes en los que envolvió a su novia descuartizada. Va al baño, se moja la cara y mira el espejo: practica un primer gesto de congoja. Desde este momento sólo lo obsesionará una cosa: la distancia que pueda haber entre los hechos y el relato de los mismos. Burgos se entrena para declarar frente a la policía una versión que lo salve. Quizás intuya el gran revuelo que provocará en la prensa de este año 1955 lo que  acaba de hacer. Lo que no imagina es que 63 años después, un nuevo género periodístico, más allá de las palabras, pondrá esta historia de nuevo en carne viva.

Es en la zona incómoda entre la palabras y las cosas, donde la nueva propuesta de Anfibia busca juntar el periodismo con la performance. El objetivo es claro: narrar con una gramática nueva aquello que está detrás de lo dicho. A eso se refiere “La palabra ya no tiene el poder”, el lema con el que la revista presentó,  junto a Casa Sofía, los seis trabajos finales del Laboratorio de Periodismo Performático, cuyo espacio promueve nuevas formas de creación a partir de la combinación de investigación periodística y trabajo artístico. Esta aparición en sociedad en el auditorio de la Fundación Proa, confirma que, para el periodismo narrativo, las fronteras existen sólo para ser atravesadas.

aaa

María Eugenia Cerutti, co-autora de Con toda la muerte al aire, la obra que rememora aquel asesinato en el año 55, comparte la presentación con Julieta Hantouch, Cristian Alarcón y Fernando Rubio.  Los cuatro exponen,  con alegría, el proceso  de creación de las seis performance. Ese buen ánimo es, por caso, atributo de quienes disfrutan de tomar riesgos: Casa Sofía dedica sus esfuerzos al desarrollo y promoción de las diversas expresiones emergentes de la cultura desde una perspectiva experimental, y Anfibia tiene desde sus orígenes la filosofía de ir  más allá de las fronteras del periodismo.

En cuanto a desafiar los límites se refiere,  otra de las obras seleccionadas, Micropolítica de la Supervivencia Gorda de Ana Larriel y Rocio (Inmensidades), juega fuerte,  ya que tiene el mérito de ser, a la vez que pionera ejecutando este género, mascarón de proa en cuanto a la militancia sobre el tema. La obra, según las autoras, busca “reponer la palabra y la imagen de aquellos que han sido pesados y medidos antes de poder hablar, rescatando a los sujetos que existen detrás del diagnóstico” y cuya realidad es la de ser sobrevivientes en “un sistema neoliberal magro”. En tal sentido, la militancia sobre la gordura tendría más chances de llamar la atención en un registro que comparte su naturaleza disidente: “este desafiar los conceptos sobre los cuerpos, en el registro académico y en el aula,  tal vez  no se escuche tanto como acá”

La originalidad es un rasgo común de  los trabajos seleccionados. Los seis proyectos ensayaron nuevas posibilidades creativas bajo la mirada atenta de Fernando Rubio, director, curado y dramaturgo y tutor del laboratorio.  El resultado de esa labor no pudo menos que revelarse de manera única: “fue muy estimulante porque cada proyecto era muy diferente y fue un desafío entender como la performance y el periodismo se unen para generar un estética nueva”.

Más cercana a las creaciones propias de Rubio, pero no por ello menos desafiante en cuanto al trabajo de mixturación, Laberintos de Cristal  de Daniela Camezzana y Clara Tapia presenta una acción que  hace foco en los movimientos de las mujeres para encontrar su lugar dentro del Poder judicial. El cuerpo se vuelve territorio de conflicto,  en lugares vinculados a la formación del poder mismo. Se trata de interrumpir el paisaje cotidiano:  “El mismo cuerpo que está en la calle o en los palacios de los tribunales siempre es el mismo y circula por los mismos ámbitos” señala Camezzana.

IMG_0744

El camino de estas apuestas se inició seis meses atrás, con el lanzamiento de una exitosa convocatoria de la que participaron 200 proyectos motivados por una propuesta simple: “Si tenés una gran idea es tu oportunidad de concretarla. Si sos periodista, llamá a un artista. Si sos artista, llamá a un periodista. Trabajen juntos”.  Al respecto, desde  Anfibia destacan que el  desafío fue ante todo ponerse a pensar en la materia contemporánea. Es decir, no en el acontecimiento en sí mismo, aunque algunos proyectos tomen temas que estén calientes en la agenda: más bien se trata de una cuarta etapa, la de creación. La idea central es que para producir relatos contemporáneos no basta con la información, el relato y la opinión.

Quizás una de las intervenciones más acabadas en términos de creatividad y urgencia es la del colectivo Surdelta, de Myriam Shelhi, Santiago Galar, Tutanka y Lucrecia Estrada, pues une el arte urbano, el periodismo y las ciencias sociales en acciones de pura actualidad. Su primera intervención fue durante el Mundial: cuestionaron la desigualdad de género en el mundo del fútbol. La segunda fue durante la vigilia en el Congreso por la legalización del aborto. “El arte callejero y el periodismo se juntan en el espacio público. Es el lugar que nos pertenece para dar un determinado tipo de mensaje”, sostiene Sheli.

IMG_0711

Como en el dibujo del holandés M. C. Escher,  donde una mano se dibuja a sí misma, el periodismo de interpretación indaga sobre la realidad a la par que experimenta con sus propios recursos. Ese camino alcanza, con el Laboratorio de Periodismo Performático,  su última frontera.

Detrás de ese límite, en opinión de Sebastián Hacher, periodista y tutor del laboratorio que acompañó los workshops: “es cuando el periodismo rompe el límite de la pantalla y te transforma” tanto como creador como lector-espectador. Es decir, en ese acto el periodismo performático hace un intento genuino y honesto para narrar allí donde el lenguaje no llega.

En esa sintonía podemos ubicar a   Sinfonía Big Data, de Colectivo dominio público (CDP),  cuya acción se propone la plena participación del público para cuestionar los modus-operandis de la manipulación y la construcción de subjetividades. Este grupo se interesa por temas como la tecnología, la modernidad, la internet y la construcción de la subjetividad dentro de este mundo moderno y tecnológico. Además, aborda temas de creciente complejidad teórica, como la vigilancia, el poder, el control y los resquicios de libertad que aparecen en ese conglomerado de poder.

.

Como se ve, no se trata de un desmedro de la calidad informativa. La investigación se valoriza y  es la que provee la materia prima de cada una de las experiencias. En otras palabras,  es la base que posibilita la parte creativa, porque sigue siendo la fuente primordial de cualquier periodismo. Después vendría  aquello que pone en juego  lo creativo y lo político y hace partícipe al público. Al respecto, Cristian Alarcón propone: “hay que intervenir en nuestras audiencias, tocándolas y sometiéndolas incluso al intercambio físico con las performances, o a través de nuestras redes sociales, vinculándolos, incluyéndolos y arriesgándose”

En Voces Disidentes, ese involucramiento alcanza un punto máximo: la acción invita al público a ingresar en un túnel. Allí se escuchan incesantemente fragmentos de discursos naturalizados que contribuyen a la generación de desigualdades en nuestra sociedad. Dentro de él, la propuesta será que los participantes realicen en forma colectiva una búsqueda de voces generalmente acalladas o invisibilizadas.

El periodismo performático vendría a coronar, con la instancia de creación, un proceso incesante y de nutritivo intercambio entre investigación, narración e interpretación. Situarse en el “lado alto” de ese cubo, supone revisitar  un espacio crucial, que no es otra cosa que “un punto de llegada y también de partida”. Ahora bien, ese punto de partida supone preguntas desafiantes en términos del lugar específico del periodismo y su relación con la “verdad”.  Precisamente, en tiempos de la posverdad y del reinado de lo fake, se trata ante todo,  como plantea Sebastián Hacher, de evitar respuestas insinceras: “tener una visión honesta frente a la realidad y  revalidar el compromiso”.

IMG_0750

Por supuesto, esto supondrá un debate al interior del periodismo cuyas aporías restará resolver en la praxis misma, tal como sugiere Alarcón: “Es el debate que nos vamos a tener que aguantar de cara a nuestro diálogo permanente con el periodismo de América Latina. Las discusiones en periodismo en América Latina están signadas también por la grieta política y cultural pero lo cierto es que gana siempre un periodismo más liberal que popular (…) Argentina es un caso singularisimo, y también en algunos medios de Brasil, porque las audiencias tienen un nivel de sofisticacion extraordinario. Eso nos permite a los que hacemos periodismo tener estos atrevimientos. Esta pregunta se puede responder desde las audiencias(…) Cómo provocarlos, darles contenido e incitarlos a que sus vidas están atravesadas por la información. Una información que es todo complejidad y que nunca está cerrada. Periodismo performático en términos de verdad va a dar su discusión desde esta potencialidad política (…). Quizás, el periodismo performático sea lo más lejos que se puede estar del periodismo walshiano y sin embargo tengo la sensación de que se parece muchísimo”.

***

ilustracionesquizo

Las voces de mainha

30 agosto, 2018 in Destacados, Infancia, Perfil, Vida

ilustracionesquizo

Ilustración: Gonzalo Ibáñez

Texto: @amandamartonramaciotti

 

 

“Mi mamá no es cualquier mamá. Fue por una carta que descubrí la aterradora verdad de que algo no estaba bien con ella”. En esta crónica, Amanda Marton Ramaciotti cuenta cómo fue crecer con una madre que padece de esquizofrenia, cómo se silencian las voces con remedios y cuidados y el temor a lo hereditario.

 

 

—Aló, ¿cariño? ¿Por qué no vienes rápido a la casa? ¿Por qué no tenemos otro hijo? ¡No te enojes! ¿Aló? ¿Aló? Me colgó.

Primero, lo que aparenta: una mujer llamando a su marido, ocupado en su trabajo y sin tiempo para tomar decisiones trascendentales —como tener un hijo— por teléfono. Y resolvió cortar el llamado.

Luego, lo que fue: mi madre, Cecília, llamando a mi padre, Andrés, de quien estaba divorciada hacía más de dos años. Él, claro, no iba rápido a la casa porque después de su trabajo se dirigía hacia la suya, donde vive con Fernanda. Tampoco le interesaba tener otro hijo después de 20 años. Y aunque hubiese tenido el afán de estar con su exmujer para concebir un hermano mío, no hubiesen podido, pues Cecília tenía 49 años.

Yo, la espectadora de esa situación que se produjo el 22 de diciembre de 2013, no le di importancia. No quería echar a perder mis vacaciones discutiendo por lo que ella le decía a mi viejo. Fatídico error. Pero solo me daría cuenta 48 horas más tarde.

***

Desde muy temprana edad sé que mi mamá no es cualquier mamá. Cuando tenía cuatro años, y tras una grave pelea con mi padre, se fue de casa.

Entre 1997 y 2001 prácticamente no la vi. A veces algo golpeaba la ventana de mi pieza. Cuando la abría, me encontraba con una lata vacía —de cerveza o guaraná— y en su interior siempre había una carta. Que yo atesoraba. Que era nuestro secreto. Que no debería mostrar a mi padre, y que tampoco necesitaba, porque ya había aprendido a leer. Una carta que me permitía sentirla cercana.

Fue también por una carta que descubrí la aterradora verdad de que algo no estaba bien con mi madre.

Tenía como destinatario a Amanda, Amandinha, Rouxinol (ruiseñor), Beija-Flor (picaflor) y Narizinho (nariz chica). El remitente, mi mamá, preguntaba a esas cinco niñas cómo estaban, cómo les iba en el colegio, si se cuidaban entre hermanas. Decía que las extrañaba mucho y que se estaba esforzando para volver a verlas. Una carta llena de amor.

Pero había un problema que no pasó desapercibido ni siquiera a la ingenuidad de una niña de cuatro años: yo no tenía —y no tengo— hermanas. Esos destinatarios tenían mis apodos.

Era tan raro que mi madre me viera, y yo crecía tan rápido, que ella ya no me reconocía. Se imaginó a cinco versiones de su hija. Y no se dio cuenta que amando a cinco hijas rompió el corazón —y la inocencia— de la única que existía.

***

Con la experiencia de casi toda la vida sabiendo del mal que ella padece, es fácil identificar algunos síntomas. En el caso de mi mamá, una fotógrafa con magíster en Historia, su problema no es la comunicación o la lógica.

Quizás por ello su familia no se lo creyó cuando los doctores la diagnosticaron. Mi abuelito Vicente estuvo años sin dirigirle la palabra a mi padre por creer que, de alguna forma, él era el culpable de su enfermedad. Ella nunca había dado indicios de lo que padecía. Hasta poco después que nací, en mayo del 93.

Sus síntomas son más bien detalles: adelgaza, come más huevos, no se depila, hace muecas y duerme poquísimo.

Pero nada de eso, ni la conversación que mi mamá tuvo con mi papá al teléfono me había preocupado lo suficiente. Lo que me desesperó el 24 de diciembre de 2013 fue cuando me preguntó sin tapujos: “¿cómo está tu hermana?”

***

Suelo tratar a quienes quiero por apodos. A mi mamá, de mainha (madre mía); a mi papá, de “pipa”. Pero como mecanismo de defensa, cuando estoy enojada, triste o decepcionada, los trato por sus nombres. Mi mainha es Cecília o Cecília Corina; mi pipa, Andrés o Andrés Alberto.

Aquel día, mis retos a mi mamá, acompañados de un mar de lágrimas, partieron más o menos así: “¿Que fue lo que dijiste, Cecília? Repítemelo. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no puedes dejar de tomar los remedios, Corina? ¿Hace cuánto no los tomas? ¿Por qué no te cuidas?”. Su silencio era agobiante.

Escondí las llaves. Le dije que o nos íbamos en taxi o tendría que llamar a urgencia. Llamé a Andrés, que no estaba en São Paulo, y que tendría que arreglármelas sola. Cecília me repetía una y otra vez: “qué traición”. Detrás de su mirada de decepción, buscaba a mi mamá y le decía “es por tu bien”. Lo decía hasta convencerle a ella y a mí de que eso era lo correcto.

***

Nuestra Noche Buena fue todo, menos buena.

— ¿Por qué trajiste a tu madre?

—Doctora, ¿ella puede estar afuera mientras le cuento?

—No. Es regla de este hospital psiquiátrico que los pacientes estén presentes durante la evaluación de su diagnóstico.

Y así fue. Una mujer con rasgos japoneses a la que no conocía y de quien no recuerdo el nombre me obligó a decir, por primera vez que yo sabía cuál es la enfermedad de mi madre.

— ¿Sabes qué es lo que tiene Cecília?

—Alguna vez escuché que es esquizofrenia, pero no estoy segura. También me han dicho depresión…

—Esquizofrenia, sin dudas. Hay que internarla ahora ya.

Imposible. Le juré que la llevaría al hospital a diario, le daría el remedio y congelaría la Universidad. Le dije que mainha no me perdonaría y que yo misma sería incapaz de hacerlo. Me haría cargo. Firmé decenas de papeles. Por primera vez su salud era oficialmente mi responsabilidad. Así será por siempre.

***

Afecta al 1% de la población mundial, independiente de las condiciones económicas, sociales o culturales, según la OMS. No hay un factor exclusivo que explique su origen, ni un padrón exacto de los síntomas de quienes la padecen.

Se dice que la esquizofrenia puede ser desencadenada por un entorno familiar abusivo y violento. No es el caso de mainha. Mis abuelos Vicente y Sônia eran muy serenos y mis cuatro tías distan de ser desagradables. Opción descartada.

Se dice que el uso abusivo de drogas —desde la marihuana hasta la anfetamina— puede gatillar la enfermedad. Tampoco es el caso de mi madre, quien se jacta de que solo fuma “cigarritos”. Opción descartada.

Finalmente: tiene una predisposición genética, que puede ser hereditaria. Eso no tengo cómo saber. Cuando estuve al tanto que ese era su diagnóstico, mi abuelito ya había fallecido, mi abuelita sufría Alzheimer y mi papá sabía cuánto yo sobre el tema.

Algunos sostienen que, después de los gemelos idénticos, los hijos de los enfermos son los más susceptibles a la enfermedad. Es decir, yo. Otros, que puede saltarse una generación y afectar a la siguiente: mi hijo. Ninguna posibilidad me deja tranquila.

***

Los planes no salieron como esperaba. No pude congelar mi carrera y eso significaba que mis días a su lado, como si fuera el Gran Hermano pendiente de todo lo que le ocurría, estaban contados. A fines de febrero tendría que volver a Chile.

Colapsé. Ya no me la podía sola.

***

Doctor João. Solo cinco años mayor que mainha, pero la reprocha como si ella fuera una adolescente rebelde.

Lo conocí en 2001, año que quedó tatuado en mi memoria. No por el atentado del 11-S, o la puesta en libertad de Pinochet. Tampoco por el mitin del PCC o la muerte de Cássia Eller, una de las cantantes favoritas de mi padre.  Lo recuerdo porque el 31 de julio de 2001 mi mamá volvió a casa.

A su retorno, todos los meses teníamos que acompañarla hasta Dr. João y relatarle a aquel hombre sin pelos —en la cabeza y en la lengua— cómo ella estaba.

¿Qué puede informar a un psiquiatra una niña de ocho años? Pues que no ha sido fácil el proceso para Andrés —quien no dejaba siquiera que ella cocinara un queque—. Que todos los días le da el remedio y le pide que suba, baje y ponga la lengua para fuera para asegurarse que se lo ha tragado.

Acudí a él en enero de 2014. Es a través de él que me entero sobre cómo está mi vieja. Y de cómo él cree que estoy yo.

***

Hacia fines de febrero, tal como lo haría con una niña que se queda sola, empecé a prepararla para mi ausencia. El día antes de mi retorno a Chile le dije que ella, al igual que un diabético con su insulina, debería tomar su remedio. Me despedí rogándole a la vida que nunca más nos tocara enfrentarnos a algo así.

***

Cada cierto tiempo mi papá me llevaba a la casa de mis abuelos para verlos a ellos y a mainha. En algún momento de una reunión del primer semestre de 2001, ella se fue a duchar.

Poco después, la casa olía a quemado. Mi abuelo y mi papá golpearon la puerta del baño y, cuando pudieron abrirla, todos vimos lo que podría haber generado un incendio. Una panty negra, la misma que ella tenía bajo su falda hacía poco, envuelta en una ampolleta. Mi mamá dijo que estaba bien y que solo había hecho eso porque en la ampolleta “había una cámara” y no quería que nadie la mirara mientras se duchaba.

Ese fue el recuerdo que me vino a la mente en mayo de 2014, cuando mi papá me llamó para contar que el departamento de ella se había incendiado. Hasta hoy no sabemos cómo sucedió. El aprendizaje fue solo uno: no hay que perder de vista los pasos de mainha. Cualquier cuidado es poco. Para ella y para mí.

***

Desde que volvió a la casa nunca vimos, a su lado, películas como “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que le brindó a Jack Nicholson el Oscar; “12 Monos”, cuando Bruce Willis es un hombre que viene del futuro y lo internan junto a Brad Pitt; o “La isla siniestra”, en la que Di Caprio busca a una paciente sicótica. Por eso, cuando los empleados de videoclubs preguntaban qué tipo de cintas nos gustaban o cuáles eran nuestros actores favoritos y mainha contestaba “de suspenso, drama; Nicholson, Pitt y Di Caprio”, desviábamos su atención y le decíamos que era mejor ver “una comedia o un romance”.

Los amigos sabían que en nuestro hogar estaba prohibido el uso de drogas, en particular la marihuana. “Está muy relacionada con las manifestaciones de esquizofrenia”, nos insistió Dr. João.

Lo más importante: nunca le preguntamos qué había sido de su vida cuando no estuvo con nosotros.

***

Las monjas de mi colegio decían que todos tenemos un Dios que nos cuida, nos habla y con quien podemos contar en cualquier momento. Con mi papá trabajando y con mi mamá ausente, yo pasaba mucho tiempo sin tener con quien jugar.

Un día, cuando mi papá llegó, le dije que había jugado con Dios. “¿Escuchas voces, hija?”. Le expliqué que era mi amigo imaginario que tienen todos cuando niños. Él me ordenó que no mintiera y que, si escuchaba anormalidades, le avisara.

Para una hija de quien padece de esquizofrenia no hay margen para la imaginación fértil. Fue ahí cuando aprendí el compromiso con la verdad. Quizás por eso me convertí en periodista. Pero no hay margen para la falta de lucidez en el periodismo, y renunciaré a mi trabajo si algo me pasa. No hay margen para muchas cosas en mi caso.

***

A un ex cometí el error de contarle y en nuestra última pelea me dijo que estaba “destinada a ser tan loca” como ella. A nadie más comenté sobre eso. Hasta que apareció Gonzalo. Sabía que si me proyectaba con él tenía que advertirle: “quizás algún día esto me pase a mí o a mis hijos. Es una ruleta rusa. ¿Estás dispuesto a asumir el riesgo?”

Cuando le conté, decidimos enfrentarnos a esto juntos. A veces surge una pregunta “¿qué hago si no quieres ir al psiquiatra?”. Le contesto: “no voy a querer ir, pero llévame igual, aunque te diga cosas horribles”. Nuestras charlas cotidianas se mezclan con qué tan esquizofrénica yo puedo llegar a ser. ¿De eso se trata cuando dicen “en la salud y en la enfermedad”?

***

Andrés llega a la casa. Se tambalea de lo borracho que está. Vomita el piso. Cecília acude a ayudarlo. Busca un paño. Lo va a limpiar y… vomita el piso. Yo observo lo que ocurre, les pido que se vayan a descansar y limpio el piso. Así funcionó durante años nuestra familia. Vómitos de copete, palabras y silencios que mis papás no pudieron limpiar, mientras yo refregaba el suelo en búsqueda de soluciones y borraba lo que olía a podrido.

***

Mi madre ha sido muchas. Según la ciencia, esto ocurre porque conforme avanza la enfermedad se pierden circuitos neuronales. Pero yo supe que mainha ha sido muchas gracias a una conversa con Andrés cuando él estaba borracho, en 2011 o 2012.

—¿Sabes lo que es casarte con la mujer de tus sueños, enamorarte en menos de un año, ir a vivir juntos, y que de repente todo cambie? Tú nunca conociste a la mujer con quien me casé…

Aproveché esas palabras que, como el vómito, solo salen con el trago. Pregunté “por qué”.

Escuché la descripción de una desconocida. Una Cecília que quedó embarazada y, conociendo a sus padres católicos/conservadores, optó por abortar. Una Cecília cuyas amistades incluían a homosexuales y marihuaneros. Una Cecília que es mi mamá y que es opuesta a mi mamá.

Mi mainha, tras varios surtos, se ha vuelto héteronormativa, antidrogas y cauta. A algunos que me han visitado les he pedido que cuiden sus palabras delante suyo, porque ella les podría expulsar de la casa. Aunque nunca ha sido conservadora en cuanto al sexo, sí ha expresado su rotunda oposición al aborto.

La mainha que conozco todavía puede cambiar y convertirse en una completa desconocida.

***

Tenemos las mismas piernas, cejas y sonrisa. Hablamos fuerte, leemos a diario y escribimos compulsivamente.

Somos parecidas, pero me gustaría ser más como ella. Más sencilla, menos peleadora, más reservada, menos problemática. Solo no quiero sufrir lo mismo.

No por tener que tomar haloperidol y clonazepan diariamente y gastar más de 400 reales en esos remedios al mes. Ni por temer a las seis (o más) sesiones de “estimulación cerebral profunda” —conocida como electroshock— a las que ella se sometió en 2001.

Mi temor es la pérdida de realidad y los daños que esta conlleva. ¿Tendré los mismos delirios? ¿También requeriré camisa de fuerza? ¿Creeré que me están mirando?

***

Lo supe por casualidad que lo podría sufrir yo.

Una amiga sufrió un surto psicótico y el doctor le dijo que el primer brote de esquizofrenia suele manifestarse entre los 15 y los 30. Mi mamá tuvo su primer delirio a los 29. Después de ese rango de edad, salvo excepciones, la enfermedad solo se genera por el consumo excesivo de drogas o algún evento traumático.

Como un prisionero que tacha los días de condena que le quedan en la pared, aguardo la llegada de mis 30 para saber si efectivamente me adecuo a “la normalidad”.

Si llegara a ocurrir, sin embargo, tengo a todos avisados sobre cómo proceder. Cuando le planteé esa posibilidad a mi papá, él golpeó la madera tres veces y cambió de tema. Mi mamá, en la misma línea, se quedó callada.

***

Según mis cálculos, mainha fue internada al menos cinco veces en los últimos 20 años. Después de aquella crisis de 2013, no ha dejado de tomarse los remedios, ni de ver a Dr. João. Pero eso no quiere decir que no lo haga a futuro.

Estoy consciente de que los últimos años podrían ser solo la paz efímera entre una tormenta y otra, pero han sido tiempos felices. Ella está estudiando para concursos públicos en Brasil y quedó en la lista de espera para trabajar en el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

Para su cumpleaños, mi mejor amigo le envió un mensaje que resume lo que muchos podrían decir sobre ella: “No sería el mismo sin ti”.

Mi padre, por su parte, la visita todas las semanas. Fernanda me ha admitido que cuando él no sabe de mainha, no logra quedarse dormido.

Yo lucho contra los estereotipos de las enfermedades mentales y enseño a las personas a mi alrededor qué se vive cuando se tiene una.

Anhelo que los médicos descubran la cura de este y de otros padecimientos. El momento en que no existan personas con voces en sus cabezas, que piensen que tienen cinco hijas en lugar de una, o que se imaginen que las graban mientras se duchan.

Mientras tanto, nos toca silenciar, con remedios y mucho cuidado, las voces de mainha. Y esperar que mis cercanos nunca lleguen a vivir con las voces en mi cabeza. Ni en las de Amandinha, Beija-Flor, Rouxinol o Narizinho.

 

bannercronica

ilustracionesquizo

As vozes de mainha

22 abril, 2018 in Infancia, Perfil, Vida

ilustracionesquizo

Ilustración: Gonzalo Ibáñez

Texto: @amandamartonramaciotti

 

 

Minha mãe não é qualquer mãe. Foi por uma carta que eu descobri a aterradora verdade de que algo não estava bem com ela”. Nesta crônica, Amanda Marton Ramaciotti conta como foi crescer com uma mãe que padece esquizofrenia, como se calam as vozes com remédios e cuidados e o temor à hereditariedade. 

 

—Alô, carinho? Por que você não vem rápido para casa? Por que não temos outro filho? Não fique bravo! Alô? Alô? Desligou.

Primeiro, o que parece: uma mulher ligando para o marido, quem estava muito ocupado no seu trabalho e não tinha tempo para tomar decisões transcendentais —como ter um filho— por telefone e resolver desligar.

Logo, o que foi: minha mãe, Cecília, ligando para o meu pai, Andrés, de quem estava divorciada há mais de dois anos. Ele, claro, não ia rápido para a casa porque depois do trabalho ia ao seu apartamento, onde vive com Fernanda. Ele tampouco estava interessado em ter outro filho depois de 20 anos. E, mesmo que tivesse vontade de estar com a sua ex-mulher para conceber um irmão para mim, não teriam conseguido, porque Cecília tinha 49 anos.

Eu, a espectadora dessa situação ocorrida dia 22 de dezembro de 2013, não dei importância. Não queria perder as minhas férias discutindo pelo que minha mãe lhe dizia ao meu pai. Fatídico erro. Mas eu só me daria conta disso 48 horas mais tarde.

***

Desde muito cedo eu sei que a minha mãe não é qualquer mãe. Quando eu tinha quatro anos, e depois de uma grave briga com o meu pai, ela foi embora de casa.

Entre 1997 e 2001 eu praticamente não a vi. Às vezes algo batia na janela do meu quarto. Quando a abria, me deparava com uma lata vazia —de cerveja ou guaraná— e no interior dela sempre tinha uma carta. Que eu entesourava. Que era o nosso segredo. Que eu não deveria mostrar para o meu pai, e que tampouco necessitava, porque já tinha aprendido a ler. Uma carta que me permitia senti-la perto de mim.

Foi também por uma carta que descobri a aterradora verdade de que algo não estava bem com a minha mãe.

Tinha como destinatário: Amanda, Amandinha, Rouxinol, Beija-Flor e Narizinho. O remitente, minha mãe, perguntava a essas cinco meninas como elas estavam, como estavam indo no colégio, se elas se cuidavam entre irmãs. Dizia que sentia muitas saudades e que se estava esforçando para vê-las de novo. Uma carta cheia de amor.

Mas tinha um problema que não passou despercebido nem sequer à ingenuidade de uma menina de quatro anos: eu não tinha —nem tenho— irmãs. Esses destinatários tinham os meus apelidos.

Era tão raro que a minha mãe me visse, e eu crescia tão rápido, que ela já não me reconhecia. Imaginaram-se cinco versões da sua filha. E não se deu conta que amando a cinco filhas quebrou o coração —e a inocência— da única que existia: eu.

***

Com a experiência de quase toda a vida sabendo da doença dela, é fácil identificar alguns sintomas. No caso da minha mamãe, uma fotógrafa com mestrado em História, o problema dela não é a comunicação, nem a lógica.

Talvez por isso a família dela não acreditou quando os doutores a diagnosticaram. Meu vovô Vicente esteve anos sem dirigir a palavra ao meu pai por acreditar que, de alguma forma, ele era o culpável da enfermidade dela. Ela nunca tinha dado indícios do que sofria. Até pouco depois que eu nasci, em maio de 1993.

Os sintomas dela não detalhes: emagrece, come mais ovos, não se depila, faz caretas e dorme pouquíssimo.

Mas nada disso, nem a conversa que ela teve com o meu pai pelo telefone tinha me deixado suficientemente preocupada. O que me desesperou no dia 24 de dezembro de 2013 foi quando ela me perguntou sem rodeios: como está a sua irmã?

***

Costumo tratar as pessoas que amo por apelidos. Minha mamãe é mainha; o meu papai, pipa. Mas como mecanismo de defesa, quando estou brava, triste ou decepcionada, trato eles pelos nomes próprios. Minha mainha é Cecília ou Cecília Corina; meu pipa, Andrés ou Andrés Alberto.

Aquele dia, as minhas broncas à minha mãe, acompanhadas de um mar de lágrimas, começaram mais ou menos assim: O que foi que você disse, Cecília? Repete. Quantas vezes eu tenho que dizer que você não pode deixar de tomar os remédios, Corina? Há quanto tempo você está assim? Por que você não se cuida? O silêncio dela era o mais angustiante.

Escondi as chaves. Disse-lhe que ou a gente ia de taxi ou eu teria que ligar para urgências. Liguei para Andrés, que não estava em São Paulo, e que me disse que eu teria que fazer tudo sozinha. Cecília me repetia uma e outra vez “que traição”. Atrás do olhar de decepção dela, eu buscava a minha mamãe e lhe dizia “é pelo seu bem”. Dizia isso até convencê-la e me convencer de que isso era o correto.   

***

Nossa “Noite Boa” foi tudo, menos boa.

—Por que você trouxe a sua mãe.

—Doutora, ela pode estar lá fora enquanto eu te conto?

—Não. É regra deste hospital psiquiátrico que os pacientes estejam presentes durante a avaliação do diagnóstico deles.

Assim foi. Uma mulher com feições japonesas que eu não conhecia e de quem sou incapaz de lembrar o nome me obrigou a dizer, por primeira vez, que eu sabia qual era a doença da minha mãe. 

— Você sabe o que a Cecília tem?

—Já escutei que é esquizofrenia, mas não tenho certeza. Também já me disseram depressão…

—Esquizofrenia, sem dúvidas. E temos que interná-la agora mesmo.

Impossível. Jurei-lhe que a levaria ao hospital diariamente, que daria o remédio dela e trancaria a universidade. Disse-lhe que mainha não me perdoaria e que eu mesma seria incapaz de fazê-lo. Eu seria a responsável. Assinei dezenas de papéis. Pela primeira vez a saúde da minha mãe era oficialmente responsabilidade minha. Assim vai ser para sempre.

***

Afeta 1% da população mundial, independentemente das condições econômicas, sociais ou culturais, segundo a OMS. Não existe um fator exclusivo que explique a sua origem, nem um padrão exato dos sintomas de quem a sofrem.

Dizem que a esquizofrenia pode ser desencadeada por um contexto familiar abusivo e violento. Não é o caso de mainha. Os meus avós Vicente e Sônia eram uns anjos e as minhas quatro tias distam de ser desagradáveis. Opção descartada.

Dizem que o uso abusivo de drogas —desde a maconha até a anfetamina— pode desencadear a enfermidade. Tampouco é o caso da minha mãe, quem se gaba de que só fuma “cigarrinhos”. Opção descartada.

Finalmente, dizem que existe uma predisposição genética, que pode ser hereditária. Isso eu não tenho como saber. Quando estive informada que esse era o diagnóstico dela, meu vô já tinha falecido, a minha vó sofria Alzheimer e o meu pai sabia tanto ou menos que eu sobre o tema.

Alguns afirmam que, depois dos gêmeos idênticos, os filhos dos doentes são os mais suscetíveis à doença. Ou seja, eu. Outros, que pode pular uma geração e afetar a seguinte: meu filho. Nenhuma dessas possibilidades me deixa tranqüila.

***

Os planos não saíram como eu esperava. Não pude trancar a universidade e isso significava que os meus dias ao lado dela, como se fosse o Big Brother pendente de tudo o que acontecia, estavam contados. No final de fevereiro eu teria que voltar para o Chile.

Colapsei. Já não podia fazer tudo sozinha.

***

Doutor João. Só cinco anos mais velho que mainha, mas a critica como se ela fosse uma adolescente rebelde.

O conheci em 2001, um ano que ficou tatuado na minha memória. Não pelo atentado do 11-S, ou a liberação do Pinochet no Chile. Tampouco pela rebelião do PCC ou a morte da Cássia Eller, uma das cantoras favoritas do pipa. O recordo porque dia 31 de julho de 2001 a minha mãe voltou para casa.

Depois disso, todos os meses tínhamos que acompanhá-la à consulta com o Dr. João e relatar a aquele homem sem pelos —na cabeça e na língua— como ela estava.

O que uma criança de oito anos pode informar a um psiquiatra? Que não tem sido fácil o processo para Andrés —quem não deixava nem sequer que ela cozinhasse um bolo—. Que todos os dias dava o remédio e lhe pedia que levantasse e colocasse a língua para fora para garantir que o tinha engolido.

Acudi a ele em janeiro de 2014. É através dele que me informo sobre como ela está. E de como ele acha que eu estou.

***

No final de fevereiro, tal como eu faria com uma criança que fica sozinha por primeira vez, comecei a prepará-la para a minha ausência. O dia antes do meu retorno ao Chile lhe disse que, igual que um diabético com a insulina, ela deveria tomar o remédio dela. Despedi-me rogando à vida para que nunca mais tivéssemos que nos enfrentar a algo assim.

***

Cada certo tempo o meu pai me levava para a casa dos meus avós para vê-los e ver a mainha. Em algum momento de uma reunião do primeiro semestre de 2001, ela foi tomar banho.

Pouco depois, a casa cheirava a queimado. O meu vô e o meu pai bateram na porta e, quando conseguiram abrir, todos vimos o que poderia ter gerado um incêndio. Uma meia-calça preta, a mesma que ela estava usando debaixo da saia pouco antes, estava ao redor de uma lâmpada. Mainha disso que estava bem e que só tinha feito isso porque na lâmpada “tinha uma câmera” e ela não queria que ninguém a olhasse enquanto ela tomava banho.

Essa foi a recordação que veio à minha cabeça em maio de 2014, quando meu pai me ligou para contar que o apartamento dela tinha se incendiado. Até hoje não sabemos como aconteceu isso. A aprendizagem foi só uma: não temos que perder de vista os passos de mainha. Qualquer cuidado é pouco. Para ela e para mim.

***

Desde que mainha voltou para casa nunca vimos, ao lado dela, filmes como “Voando sobre um ninho de cucos”, que lhe brindou o Oscar de melhor atos a Jack Nicholson; “12 Macacos”, quando Bruce Willis é um homem que vem do futuro e o internam junto com Brad Pitt; ou “A ilha sinistra”, no qual Di Caprio busca uma paciente psiquiátrica. Por isso, quando os empregados de locadoras perguntavam que tipo de filmes a gente gostava ou quais eram os nossos filmes favoritos e mainha respondia “de suspense, drama; Nicholson, Pitt y Di Caprio”, desviávamos a atenção dela e respondíamos que era melhor “uma comédia ou um romance”.

Os amigos do meu pai sabiam que na nossa casa estava proibido o uso de drogas, em particular a maconha. “Está muito relacionada com as manifestações de esquizofrenia”, insistiu o Dr. João.

O mais importante: nunca perguntamos para a minha mãe o que tinha sido da vida dela quando não esteve conosco.

***

As freiras do meu colégio diziam que todos temos um Deus que nos cuida, fala com a gente e em quem podemos confiar em qualquer momento. Com o meu pai trabalhando e a minha mãe ausente, eu ficava muito tempo sem tem com quem brincar.

Um dia, quando pipa chegou, lhe disse que tinha brincado com Deus. Ele, assustado, perguntou: “você escuta vozes, filha?”. Eu lhe expliquei que era meu amigo imaginário que todas as crianças tem durante a infância. Ele me obrigou a não mentir nunca e a avisá-lo se alguma vez escutasse anormalidades.

Para uma filha de quem padece de esquizofrenia não há margem para a imaginação fértil. Foi aí que eu aprendi o compromisso com a verdade. Talvez por isso eu sou jornalista. Mas não há margem para a falta de lucidez no jornalismo, e eu vou me demitir se alguma coisa acontecer comigo. Não há margem para muitas coisas no meu caso.

***

Cometi o erro de contar a um ex namorado a história da minha mãe, e na nossa última briga ele me disse que eu estava “destinada a ser tão louca” como ela. Não comentei sobre isso com ninguém mais. Até que apareceu o Gonzalo.

Eu sabia que se queria estar com ele teria que lançar uma advertência: “talvez algum dia isso aconteça comigo ou com os meus filhos. É uma roleta-russa. Está disposto a assumir o risco?”.

Quando lhe contei, decidimos nos enfrentar a isso juntos. Às vezes surge uma pergunta “o que eu faço se você não quiser ir ao psiquiatra?”. Eu respondo: “óbvio que eu não vou querer ir, mas me leva mesmo assim, mesmo que eu te diga coisas horríveis”. As nossas conversas cotidianas se misturam com quão esquizofrênica eu posso chegar a ser. Disso se trata quando dizem “na saúde e na doença”?

***

Andrés chega em casa. Tropeça de tão bêbado que está. Vomita o chão. Cecília corre para ajudá-lo. Busca um pano. Vai limpar e… Vomita o chão. Eu observo o que acontece, lhes peco que saiam daí e limpo o chão. Assim funcionou a nossa família durante anos. Vômitos de bebidas, palavras e silêncios que os meus pais não puderam limpar, enquanto eu esfregava o chão em busca de soluções e apagava o que cheirava a podridão.

***

Minha mãe já foi muitas. Segundo a ciência, isso acontece porque conforme a doença avança, perdem-se circuitos neuronais. Mas eu soube que mainha já foi muitas graças a uma conversa com Andrés quando ele estava bêbado, em 2011 ou 2012.

—Sabe como é casar com a mulher dos seus sonhos, se apaixonar em menos de um ano, ir morar junto e que, de repente, tudo mude? Você nunca conheceu a mulher com quem eu me casei…

Aproveitei essas palavras que, como o vômito, só saem com a bebida. Perguntei “por que”.

Escutei a descrição de uma desconhecida. Uma Cecília que ficou grávida e, conhecendo os pais católico-conservadores que tinha, decidiu abortar. Uma Cecília cujas amizades incluíam homossexuais e maconheiros. Uma Cecília que é a minha mãe e que é oposta à minha mãe.

Minha mainha, depois de vários surtos, se transformou em uma pessoa hetero-normativa, antidrogas e recatada. Já pedi para algumas pessoas que nos visitaram que cuidem as palavras na frente dela, porque mainha poderia expulsá-los de casa. Mesmo que ela nunca foi conservadora em relação ao sexo, já me expressou sua rotunda oposição ao aborto.

A mainha que eu conheço ainda pode mudar e se transformar em uma completa desconhecida.

***

Temos as mesmas pernas, sobrancelhas e sorriso. Falamos alto, lemos todos os dias e escrevemos compulsivamente.

Somos parecidas, mas eu gostaria de ser mais como ela. Mais simples, menos briguenta, mais reservada, menos problemática. Só não quero ter o mesmo que ela.

Não por ter que tomar haloperidol e clonazepan diariamente e gastar mais de 400 reais mensais nesses remédios. Nem por temer as seis (ou mais) sessões de “estimulação cerebral profunda” —conhecida como eletrochoque— as quais ela se submeteu em 2001.  

O meu temor é a perda da realidade e os danos que isso gera. Terei os mesmos delírios? Também vou precisar de camisa de forca? Acharei que estão me olhando?

***

Soube por casualidade que eu poderia ter o mesmo.

Uma amiga sofreu um surto psicótico e o doutor lhe disse que o primeiro brote de esquizofrenia costuma se manifestar entre os 15 e os 30 anos. Minha mãe teve o primeiro delírio dela aos 29. Depois desse rango de idade, salvo algumas exceções, a doença só é gerada pelo consumo excessivo de drogas ou algum episódio traumático.

Como um prisioneiro que rabisca os dias de condena que faltam na parede, eu aguardo a chegada do meu 30º aniversário para saber se efetivamente me adapto à “normalidade”.

Porém, se chegasse a acontecer, avisei a todas as pessoas sobre como agir. Quando expressei essa possibilidade ao meu pai, ele bateu três vezes na madeira e mudou de assunto. Minha mãe, na mesma linha, ficou calada.

***

Segundo os meus cálculos, mainha foi internada pelo menos cinco vezes nos últimos 20 anos. Depois daquela crise de 2013, ela não deixou de tomar os remédios, nem de ver o Dr. João. Mas isso não quer dizer que não o faca no futuro.

Estou consciente de que os últimos anos poderiam ser somente a paz efêmera entre uma tempestade e outra, mas tem sido tempos felizes. Ela está estudando para concursos públicos e chegou a ficar em uma lista de espera do IBGE.

Para o aniversário dela, o meu melhor amigo lhe enviou uma mensagem que resume o que muitos poderiam dizer sobre ela: “Eu não seria o mesmo sem você”.

O meu pai a visita todas as semanas. A Fernanda já me admitiu que, quando ele não sabe de mainha, não consegue dormir.

Eu luto contra os estereótipos das doenças mentais e ensino as pessoas ao meu redor o quê se vive quando se têm uma.

Sonho com que os médios descubram a cura desde e de outros padecimentos. O momento em que não existam pessoas com vozes nas cabeças delas, que pensem que tem cinco filhas no lugar de uma, ou que imaginem que as estão filmando enquanto tomam banho.

Enquanto isso, devemos silenciar, com remédios e muito cuidado, as vozes de mainha. E esperar que as pessoas ao meu redor nunca cheguem a viver com as vozes na minha cabeça. Nem nas da Amandinha, Beija-Flor, Rouxinol ou Narizinho.

Germany's Mario Goetze celebrates with Thomas Mueller after scoring a goal during the 2014 World Cup final between Germany and Argentina at the Maracana stadium

Lo malo de ir al mundial

3 octubre, 2017 in Deportes

Germany's Mario Goetze celebrates with Thomas Mueller after scoring a goal during the 2014 World Cup final between Germany and Argentina at the Maracana stadium

Por Fernando de Dios

Cuando Mario Gotze metió el gol en la final del Mundial 2014, yo estaba adentro de un ascensor del Maracaná. Un cubículo de dos por dos, paredes de metal frío y espejos. Una ascensorista brasileña desentendida del asunto y yo, subiendo por las entrañas del estadio mientras un ruido difuso sacudió el ascensor. La sensación de no saber quien había hecho el gol duró unos pocos segundos que parecieron una vida entera.

Le hice una seña torpe con las manos. Esperaba que tuviera algún superpoder para ver a través de las paredes y que me dijera que festeje, que Garay había clavado un cabezazo de un córner y que ya está, se terminó todo y dale campeón, dale campeón. Pero no: la chica me devolvió un gesto con gusto a nada, desorientada.  No tuve tiempo para reaccionar. Cuando las puertas del ascensor se abrieron de repente en el cuarto piso, confirmé lo peor.

Gol de Alemania.

Si buscan la palabra desilusión en Google, el primer resultado que debería aparecer es una foto de ese momento: hinchas con camisetas amarillas saltan y se abrazan en el pasillo festejando el gol de Gotze como si hubiera nacido en Cuiabá o en Florianópolis, hablara portugués y les fuera a dar la sexta Copa de su historia.

Nunca vi un exorcismo, pero creo que debe parecerse mucho a esto: gritan con bronca, escupen cada uno de los sietes goles que se comieron hace un par de días, vomitan el Maracanazo y se regocijan con la miseria argentina. Les brillan los ojos. Se sienten alemanes por un rato. Un joven periodista, pálido como un fantasma, sale del ascensor y le da una piña a la puerta mientras se cierra. Se queda parado mirando atónito la escena grotesca.

Durante el partido había estado trabajando en la sala de prensa del estadio, en la planta baja, donde se quedaron un par de ingenieros, algunos guardias de seguridad privada y yo, sentadito frente a mi computadora viendo las miles y miles de fotos que viajaban a la velocidad de la luz desde el campo de juego a no más de 50 metros en línea recta.

Había podido escaparme un par de veces a la tribuna de prensa y decidí que los penales no podía verlos en una pantalla. Elegí, retoqué y distribuí todas las fotos que puede como un rayo y como otro rayo corrí hacia el ascensor para subir a la tribuna. Después se desplomó todo. Pitazo final y se acabó. Alemania 1, Argentina 0. A ahogar las penas en cachaça.

No puedo decir con exactitud cuánto tiempo estuve dentro de ese ascensor. Se frenó un par de veces, algunos segundos, antes de llegar al cuarto y último piso del Maracaná. Decir que estuve encerrado es una imprecisión que no me permito. Lo recuerdo como largas horas de encierro pero en realidad fueron solo unos segundos. Pocos y eternos. ¿Importa cuántas horas, minutos o segundos fueron?  Poco o mucho, fue lo suficiente como para cometer la estupidez y la desgracia de estar en el Maracaná y no ver el gol definitorio de la final del mundo. O tal vez, haya sido afortunado en ser el único argentino sobre la faz de la tierra que no vio la puñalada mortal a los 112 minutos y 21 segundos exactos de esa final.

¿Hubiera cambiado algo si lo hubiese visto? ¿Iba Gotze a patear afuera porque alguien estuviera sentado en una butaca allá arriba? ¿Acaso se iba a intimidar con mi presencia, se distraería y mandaría la pelota a Copacabana? ¿Los que vieron el gol de Brehme en el 90 son ahora mejores personas?

Qué suerte que no lo vi.

Ese bendito ascensor que me previno de ver el apocalipsis fue la metáfora perfecta para mi Mundial. Ajeno a todo el glamour mundialista, la vida de un periodista puede no ser tan emocionante cómo imagina mi abuela desde Buenos Aires, que en cada partido señala la pantalla buscando a su nieto “el periodista” en las tribunas de los estadios.

Hasta la semifinal, todos los partidos los había visto por televisión desde el complejo de prensa que la FIFA montó en Barra de Tijuca, a unos cincuenta kilómetros del Maracaná y a miles de kilómetros de las otras once sedes. Un ascensor gigante de cinco pisos lejos de tribunas y arcos. Mientras en las canchas explotaba el hit “decime qué se siente”, en el centro de prensa reinaba el silencio.

En el cuartel central de Getty Images en Barra había unos veinte editores de fotografía entre ingleses, americanos, japoneses, un par de brasileños y un argentino; ocho televisores enormes colgaban de las paredes y se disputaban la atención con las dos o tres pantallas que cada uno mira al mismo tiempo. Un par de heladeras con cervezas y guaraná; tres sillones; bandejas de plástico con comida fría y varias raquetas para electrocutar mosquitos. Algún fuleco de plástico y un pizarrón donde anotábamos las predicciones antes de cada partido. Se escuchaba de fondo el relato en inglés que proveía el sistema cerrado de la FIFA, como si alguien estuviera jugando un videojuego escondido debajo de un escritorio. Así era mi Mundial.

Las fotos llegaban a montones y sin parar. La red de internet funcionó y los ingenieros sonreían sin importarles quién gana, quién pierde o siquiera quien juega en los estadios calurosos. Escribían correos y mandaban fotos a sus mujeres e hijos a los que extrañarían por 45 días. Durante una jornada de fase de grupos, cada editor escaneaba con sus retinas no menos de seis mil fotos, que eran filtradas, recortadas, organizadas y publicadas en internet para que Fox, CNN, Washington Post, el diario O Globo y otros pasquines le mostraran al mundo el momento justo de la mordida de Suárez, la palomita de Van Persie o incluso, el festejo del gol que hace Gotze contra Argentina mientras yo viajo desesperado en un ascensor.

Después del último penal contra Holanda, entendí que tenía que revelarme contra el sistema: era ahora o nunca. Por política del medio, solo irían a los estadios los fotógrafos y los ingenieros, que se ocupaban de que las fotos viajaran por cable a la velocidad de la luz de la cancha hasta nuestros monitores en el centro de prensa. Todos los editores deberíamos trabajar en la final desde Barra de Tijuca como en los 63 partidos anteriores. Junté coraje y encaré al director de fotografía al que siempre recuerdo como el tío Vernon de Harry Potter. Gordo, cachetón, pálido y con sonrisa socarrona, se rió y me dijo que no. Seco, corto, intransigente. Mortal. Otro de los jefes, un americano, vio la secuencia: “Hay cosas que tenés que hacer. Yo no te lo dije”. Decidí no hacer más preguntas. Así llegué al Maracaná el 13 de julio de 2014.

El 13 de julio llegué al Maracaná seis horas antes del partido. Era el día. La sala de prensa se llenó enseguida y algunos acomodaron sus computadoras en el piso. Después, todos irían a las butacas de prensa en las tribunas. Pude meterme un rato al pasto y caminar por la cancha. Miles de afortunados entraban como hormigas al lugar donde todo el mundo quería estar y no cabía. No hay lugar para todos en una final del mundo.

Pensé en los días largos de edición en Barra de Tijuca, el relato en inglés, el silencio, las pantallas, las fotos que pasaban, una tras otra, sin parar. Por un momento sentí ganas de saltar los carteles de publicidad, guardar mi credencial en el bolsillo, perderme entre los hinchas y comentar lo cara que había pagado mi entrada en la reventa, pero la pucha, había valido la pena. Iba a ver la final del mundo. Me despabilé y encaré para la sala de prensa, me senté y trabajé como todos los días, intercalando picos de fotos con escapadas a la tribuna de prensa.

Cuando terminó el partido, tuve que volver a la planta baja a liquidar las fotos de los festejos alemanes. Tenía que desandar los cuatro pisos eternos en el ascensor. Por instinto me ubiqué en una esquina como si estuviera en penitencia, mientras unas diez o doce personas se apiñaban como piezas de tetris junto a mi. Sin darme cuenta, rompí las reglas de etiqueta de las salas de prensa y me puse a llorar como un bebé. Me tapaba con el brazo, como si pudiera esconderme. Siempre me llamó la atención como aún en los momentos más difíciles el hombre puede sentir pudor y vergüenza. Unas chicas coreanas me dieron un pañuelo. “Jugaron bien, muy bien”, me dijeron en un inglés rústico pero cariñoso. Salí del ascensor y dos brazos me atraparon como garras. “Dale papá, lo viste en una final. Arriba, arriba”. Meses después de ese vergonzoso momento me crucé a ese periodista del canal TN en un evento. “El pibe del ascensor, no?”

Mi foto final de Brasil 2014, la que nadie publicaría y la que nadie quiere revelar, me muestra serio, despeinado y con un chaleco naranja desarreglado posando en el pasto del Maracaná. Parezco un nene enojado que acaba de terminar un berrinche.

Me fui del Maracaná caminando despacio, mirando el piso, como si no quisiera llegar a ningún lado ni tener que dar ninguna explicación a nadie. Por las dudas ensayaba en mi cabeza respuestas genéricas que me sacaran del paso cuando alguien me pregunte cómo es vivir un Mundial. No había mucho para decir: tal vez no sea más que lo sucede mientras uno viaja en un ascensor.

 

bannercronica

 

 

 

 

593ff7d512182

Tercerizados: la lógica de las empresas contratistas

20 septiembre, 2017 in Sociedad

593ff7d512182

Por Ezequiel Auditore.

“Las empresas contratistas también dan trabajo, y en la situación actual del país es algo valorable”, dijo uno de los directores de Gas Natural Fenosa y la sala de reuniones quedó helada. Los 30 empleados que estaban presentes se miraron, incrédulos. Todos en la empresa saben que el personal contratado está precarizado y que no es lo mismo trabajar en planta permanente que ser un tercerizado.

Eran los primeros días de Marzo y los habían reunido para explicar cómo se había llegado al nuevo valor de la tarifa del gas. “Nos contaron sobre las inversiones que iba a realizar gracias a la RTI (revisión tarifaria integral) y nos salió con eso. No lo podíamos creer”, contó Claudio Valle, un empleado de Gas Natural Fenosa.

Sin embargo, esta forma de contratación no es exclusiva de la empresa distribuidora de gas de la provincia de Buenos Aires, sino que se repite en distintas industrias a lo largo del país.

-Tercerizados ha habido históricamente en un montón de industrias, sobre todo en las de servicios- cuenta Ximena Rattoni, empleada de Gas Natural Fenosa y secretaria adjunta de uno de los gremios que nuclea trabajadores de la industria del gas a lo largo del país -Pero después de la privatización -continúa Rattoni- la diferencia, tanto de salario como de condiciones de trabajo, entre el efectivo y el contratado se profundizó muchísimo.

Son las cinco de la tarde de un miércoles y Rattoni está sola en la sede del sindicato, ubicada en el primer piso de Sarmiento 1426. Allí, colgado en una de las paredes de hall de recepción se encuentra el cartel institucional: “Asociación de Personal Jerárquico de la Industria del Gas Natural, Derivados y Afines (APJGas)”.

-Las dos empresas que más tercerización tienen son Metrogas y Gas Natural. Metrogas tiene más o menos la misma cantidad de efectivos y contratados, pero Gas Natural Fenosa tiene más contratados que efectivos, es una locura catatónica- comenta Rattoni.

En un relevamiento realizado por esa central sindical, y a la que este periodista tuvo acceso, se verificó que hay aproximadamente más de 700 empleados tercerizados, contra los 500 que la empresa tiene en su nómina. Es decir, 1200 trabajadores en total, la misma cantidad de personas que Gas del Estado destinaba para esa zona de cobertura antes de la privatización en 1992.

Gas Natural Fenosa es la segunda distribuidora de gas del país por número de clientes. Además, tiene un 17,3% del mercado residencial y comercial y brinda suministro a industrias y estaciones de servicio.

El área de competencia de esta multinacional abarca la zona Norte y Oeste del conurbano bonaerense. Dicha extensión, de unos 15.000 km2, comprende treinta partidos de la provincia, habitados por más de seis millones de personas y en los que se concentran importantes parques industriales.

“Uno de cada cinco usuarios en la República Argentina es cliente de Gas Natural Fenosa”, asegura la web de la empresa de capitales españoles y con presencia en más de treinta países. Números abrumadores e imponentes que poco les importa a los trabajadores, que en definitiva son ellos los que deben garantizar que todo funcione con normalidad.

***

Diego Cajal sale de su casa en Loma Hermosa a las 7 de la mañana y debe llegar al Centro San Martín de Gas Natural Fenosa cerca de las 8. No es lejos, pero a esa hora ya hay tránsito. Maneja una camioneta Fiorino modelo 2007 que le dio la empresa: sin airbag, sin aire acondicionado y sin estéreo. Para escuchar música, tiene un parlantito que se enchufa al encendedor del auto, pero como su hijo se lo rompió, está guardado en la guantera.

Diego, de 35 años, llega puntual a la sede de la empresa distribuidora de gas ubicada en Avenida de los Constituyentes y Avenida General Paz. Una vez en el lugar, espera a que le den la orden de trabajo, la primera de muchas que tendrá a lo largo de ese día hasta cumplir las 12 horas de trabajo. Pero a pesar de que está en uno de los centros operativos más grandes que tiene en el país esta empresa multinacional, Diego pertenece a una tercerizada, es decir, es un “contratado”.

La empresa contratista para la que Cajal trabaja, de ahí el término, ahora se llama Ezentis. Según lo que le informaron a él, solo fue un cambio en la razón social. Sin embargo, haciendo una búsqueda rápida en internet se puede verificar que en realidad la empresa Radiotrónica de Argentina SA pasó a formar parte del Grupo Ezentis, un grupo de empresas tercerizadas con sede, al igual que Gas Natural Fenosa, en España.

Para Diego sólo cambió el logo de la camioneta que maneja: “Ezentis. Al servicio de Gas Natural Fenosa”. Él continúa haciendo jornadas de 12 horas, con un régimen de cuatro días de trabajo y cuatro días de franco. Por eso era sábado y no sentía diferencia alguna con otro día de la semana.

El primer lugar que visita hoy es una casa en Carapachay, cerca de Olivos. Diego es lo que se llama “reclamista”, su trabajo consiste en atender los pedidos que hace la gente cuando no tiene gas, cuando tiene poco o cuando tiene una fuga en el gabinete.

─Vamos y hacemos un chequeo general -cuenta Cajal mientras maneja por Panamericana. -Después les damos un diagnostico que a veces es bueno y otras no tan bueno. La mayoría de las veces les tenemos que cortar el gas.

Cuando llega a la casa en donde tenía que realizar el trabajo, llama a la central para dejar constancia del horario en el que llegó. Luego, habla con la dueña de la casa, que fue quién había hecho el reclamo, y realiza las inspecciones correspondientes. Después de poco más de una hora de trabajo le informa que por suerte no era necesario cortar el gas.

-El problema es cuando tenemos que cortarles el servicio –comenta antes de llamar a la base para avisar que terminó el trabajo- pero el cliente no hizo el reclamo. A veces es un transeúnte o un vecino, y ahí es más complicado explicarles.

Esto se acentúa más ya que los “reclamistas” tercerizados trabajan solos, a diferencia de los efectivos de Gas Natural Fenosa que salen en equipos de a dos. Es por eso que estar solos en la calle no sólo los expone a robos, sino que muchas veces los clientes se aprovechan de esa soledad para increparlos.

Una noche, a eso de las 8, un compañero de Diego estaba trabajando cerca de villa La Rana cuando el dueño de la casa llegó armado y lo tuvo diez minutos arrodillado con la pistola en la cabeza. Por fortuna el episodio no pasó a mayores y su colega se fue sin lesiones físicas. A raíz de este episodio se inició un reclamo por el horario laboral, para que termine antes del anochecer.

Otro problema que surge es el trabajo por producción. Cajal comenta que los que se desempeñan en el área de Mantenimiento de Red tratan de hacer más de los 120 trabajos mensuales que les exigen. Con un sueldo básico de 13.500 pesos, esos trabajos extras son los que pueden hacer que superen la línea de pobreza, establecida por el INDEC en $14.501.

Para lograr ese objetivo, lo primero que se deja de tener en cuenta son las medidas de seguridad del personal. De esta manera se gana tiempo, pero hay más posibilidades de que se produzcan accidentes.

Sobre este mismo tema habló María Cecilia Farías, Licenciada en Seguridad e Higiene en el Trabajo, quien se desempeña en el área de Mantenimiento de Red de Gas Natural Fenosa hace tres años. Sentada en su escritorio, ubicado en la sede del Centro San Martín, amplía el concepto.

-Es muy habitual que las empresas contratistas tengan este tipo de régimen salarial, en donde quizás tienen un sueldo básico y un plus por las tareas, o directamente les pagan por los trabajos realizados. Entonces, por una cuestión de producción, y para que les rinda más el día, se hacen los trabajos sin tener en cuenta algunas medidas de seguridad, las cuales se ven como una pérdida de tiempo y, consecuentemente, una pérdida de salario.

En los últimos años, el ejemplo más resonante de este tipo de manejo es lo que ocurrió en agosto de 2016 en Barracas. Allí, perdieron la vida tres obreros de la empresa Inarteco S.A., subcontratista de Metrogas, la distribuidora de gas en la Ciudad de Buenos Aires y el sur de Gran Buenos Aires.

El trabajo que tenían que realizar era el retiro del servicio y de los caños que quedaban en desuso. Para eso, los  obreros tuvieron que realizar un túnel hasta el lugar, ya que había una entrada de garage y no les permitieron hacer el pozo encima de la zona de trabajo.

-Al parecer -explicó Farías quien siguió el tema de cerca- por los estudios que se hicieron y por los análisis posteriores al accidente, por cuestiones de tiempo en lugar de colocar las dos vejigas (una especie de globo que se usa para sellar temporalmente el caño) que se deberían haber colocado, se colocó una sola. Esta falló y al producirse la pinchadura, no se generó una obturación del caño, que estaba en carga, por lo que se llenó de gas natural la zona de trabajo. Al no contar con una ventilación, ni forzada, ni una natural, el gas quedó atrapado dentro del túnel y eso es lo que generó la atmósfera venenosa para los trabajadores.

De acuerdo a la norma IRAM 3625/13, a este tipo de lugares se los denomina “espacio confinado con ambiente peligroso”. Para poder realizar tareas en estos recintos es necesario que los operadores cuenten con un equipo de respiración autónomo que les provea oxígeno de manera constante. También exige que haya un trípode y que los trabajadores tengan puesto arneses de rescate. Ninguna de estas dos medidas de seguridad se cumplieron esa mañana del 3 de agosto de 2016.

Como consecuencia, Ramon Massoti (51) y Carlos Porris (36)) murieron en las horas sucesivas al hecho. Mario Enriquez (41), el tercer operario, falleció unas semanas después, imposibilitado de recuperarse de la inhalación de gas natural.

Ante este escenario, se intentó ponerse en contacto con la empresa Inarteco S.A. para que dé su versión de los hechos. Sin embargo, cuando se les informó cuál era el motivo de la consulta decidieron evitar dar declaraciones.

***

Claudio Valle trabaja en una planta de gas a la par de su compañero contratado. Está en un sector en el que personal tercerizado y el propio de GNF realizan tareas en conjunto.

-Yo trabajo con ellos porque al fin de cuentas son compañeros -aclara cuando terminan la tarea. -Muchos no lo hacen, se sientan en la camioneta a ver cómo trabajan los otros porque son “contratados”. Nosotros al menos salimos juntos, algunos sectores mandan al tercerizado con la ropa y la camioneta de Gas Natural a hacer el trabajo, y encima cobran la mitad que un efectivo.

Esta diferencia de salario es uno de los pilares de la lucha de la APJGas en cuanto a los trabajadores tercerizados se refiere. De acuerdo a Rattoni, los contratados cobran en promedio un tercio menos que el personal efectivo. Sin embargo, si se realizan los cálculos de lo que la empresa paga por un empleado tercerizado, en el mejor de los casos le cuesta lo mismo que tenerlo efectivizado, aunque en su mayoría le sale más caro.

Entonces, ¿por qué siguen fomentando la tercerización? Rattoni contesta mientras se ceba un mate; fumaría si no fuera porque su oficina no tiene ventana, así que es el mate el que la ayuda a controlar su ansiedad.

-Ellos tienen esta lógica empresarial que no es sólo de Gas Natural Fenosa, es de todas las grandes empresas. Las multinacionales, además, tienen la tendencia a pretender que se aplique en todos lados el mismo esquema de la casa matriz. En el caso de Gas Fenosa, en España es enorme la cantidad de servicios tercerizados que tienen, y yo creo que ellos han pretendido, y siguen pretendiendo, que ocurra acá. Quieren una empresa cada vez más chica con tres empleados en una computadora y todos los demás tercerizados.

Otro de los puntos que remarcó la secretaria adjunta es que esto no se debe a un tema económico, como contó antes, sino que la empresa usa la tercerización porque prefieren tener “la tropa dividida.”

─Cuanto más dividido estén los trabajadores es más fácil manejarlos y más complican la auto-defensa ─sentencia Rattoni.

bannercronica