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Solo queda investigar y escribir

19 enero, 2016 in Periodismo, Violencia

Por @nahuelmachesich.

La cita

El Facundo de Domingo Faustino Sarmiento es tal vez el libro más emblemático de la historia literaria-ensayística de nuestro país. Entre muchos y variados ejemplos que relata hay uno que se refiere a la relación entre la muerte y el gaucho. Dice así: “Si no es la proximidad del salvaje lo que inquieta al hombre de campo, es el temor de un tigre que lo acecha, de una víbora que no puede pisar. Esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino, cierta resignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los percances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquier otra, o puede, quizá, explicar, en parte, la indiferencia con que dan y reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas y duraderas”. Pensé en esa frase cuando leí las noticias que contaban la desaparición y la muerte de Bernardo Leónidas Quirós. ¿Podría Sarmiento estar contando la vida de un peón rural chubutense 168 años después de haber escrito ese libro?

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Los hechos

El 16 de julio de 2013, Bernardo Leónidas Quirós partió desde el puesto de la estancia donde trabajaba hasta el de su hermano, junto a su mujer, su hijo de un año y medio, y su perro, un ovejero (denominado así no por la raza, sino por su actividad rural de arrear ovejas). Le llevaban un poco de provisiones. En el trayecto, el auto –un Renault 19– se frenó por problemas técnicos. Eran las siete de la tarde. Decidió rumbear sus pasos hacia el puesto de su hermano. Desde donde se había detenido el auto hasta la estancia podía cortar camino a campo traviesa. La temperatura era bajo cero y estaba pronosticada una fuerte nevada. Lo acompañó su perro. La mujer quedó en el auto con el bebé.

A medida que pasaban las horas, la mujer –Alejandra, se llama– comenzó a preocuparse y decidió salir a la ruta para buscar señal en el celular y así comunicarse con alguien para que vaya a rescatarlos. Caminó unos kilómetros con el bebé en brazo hasta que su teléfono se activó y pudo dar con una persona. La noche ya estaba muy cerrada y la nieve era intensa. El hombre que fue a rescatarla llegó a las 3 de la mañana. Alejandra pidió ir a lo de su cuñado, donde supuestamente estaba su marido. Pero cuando llegaron se encontraron con la sorpresa que Bernardo no había llegado nunca. Desde ese momento comenzó la búsqueda. Decenas de efectivos de distintas fuerzas de seguridad y pobladores de la zona se abocaron al rastreo del peón desaparecido. Hasta un helicóptero sobrevoló el lugar. Pero nada, ni un solo rastro de él ni del perro. Luego de unos días se suspendió la búsqueda. La nieve y el frío entorpecían el operativo. Cuando retomaron las acciones, encontraron algo que cambió el curso de la investigación: unas huellas que llegaban a unos 1000 metros del puesto del hermano de Bernardo pero que luego, sorpresivamente, regresaban a la ruta nacional 40. A partir de ese momento, el misterio se hizo presente en el caso y las novedades cesaron en los medios de comunicación.

La hipótesis

Mi rutina en esos días había agregado un gesto nuevo cada vez que prendía la computadora en mi lugar de trabajo en Buenos Aires: escribía el nombre “Bernardo Leónidas Quirós” en Google para enterarme de alguna novedad en el caso. Para mí sorpresa, después del descubrimiento de las huellas, no había aparecido una sola mención sobre el hecho en los medios digitales de Chubut. Leyendo y releyendo las noticias que ya habían sido publicadas me encontré con un párrafo que me inquietó. Decía así: “De la Cruz Castillo, jefe de la Brigada de Investigaciones advirtió que ‘se mantiene siempre en la investigación la posibilidad de desaparición de persona, que es la hipótesis principal del caso’. En tanto, el comisario [el mismo De la Cruz Castillo] señaló que por el momento ‘la fiscal de forma provisoria suspendió la búsqueda’”. La pregunta caía de suyo: si la desaparición era la hipótesis principal, ¿por qué se abandonaba la búsqueda?

Así fue como mi ansiosa curiosidad pudo más y decidí a llamar a la fiscalía de Sarmiento. Después de varias comunicaciones con personas involucradas en la investigación, me encontré con un testimonio revelador: “¿Viste las huellas que entran al campo y después vuelven hacia la ruta? Bueno, a partir de ese dato y de algunos comentarios que le hizo a la mujer unos días antes se estableció que la principal hipótesis es que el tipo se fue por su propia voluntad de la zona”. El asunto se ponía interesante. Sobre todo para mí que, a partir de ese momento, me comenzó a rondar por la cabeza un interrogante: ¿de qué o de quién escapaba Bernardo? Esa pregunta me llevó a imaginarme en un posible viaje al sudoeste de mi provincia, cual Truman Capote, para investigar y escribir un policial rural y negro. Suponía que esa huida explicaba algo más que una reacción individual de un tipo que caminaba de noche junto a su perro bajo una potente nevada en el medio de la estepa chubutense. ¿Había planeado todo: el viaje a lo de su hermano, la supuesta falla en el auto, y su salida en busca de ayuda para, en realidad, subirse a un auto o camión en la ruta y huir del lugar? ¿O, como sugerían las marcas de sus pies en el suelo que iban y volvían, la decisión había sido intempestiva y casi irracional? Ambas posibilidades resultaban interesantes para escribir una historia. Pero antes de eso era necesario saber de qué o de quién huía Bernardo junto a su perro.

Los comentarios

Al conversar telefónicamente con personas allegadas al caso de la desaparición de Bernardo, notaba algo especial en sus apreciaciones sobre el hecho. Y era algo vinculado con el tono en el que me aseguraban que la hipótesis principal era la fuga de la zona. No se oía un relato “profesional” y aséptico. Más bien, era un testimonio que se presentaba más acorde con cierta máxima del lugar: “En los pagos chicos, todos nos conocemos”. No lo decían. Es más, no hacía falta. Pero en las pausas, en las risas y en el hilado de las palabras lo sugerían.

No fue fácil dilucidar eso que no estaba dicho. Tuve que encontrarme con los comentarios de los lectores de las noticias sobre el caso, para descifrar ese modo de contar. Me quedo con dos que describen un poco al comentarista promedio de casi cualquier información que se puede encontrar en la Web. Un tal Ale escribía: “Y si se fue de joda con alguna mina!”. Y un anónimo Ramón afirmaba lo siguiente: “El hombre tenía antecedentes penal (sic) e iba a ir preso. El tipo se fugó!!! No tiene nada de pobre!!!”. En definitiva, había un tercer elemento que reforzaba la idea de la huida de Bernardo del lugar. Teníamos las huellas, el testimonio de su mujer y, ahora, el rumor.

Los que algunas vez vivimos en una comunidad pequeña conocemos cómo funciona la maquinaria del chisme. De hecho fuimos y somos parte de ella: engranajes aceitados que frente a la novedad pueblerina que será inevitablemente transmitida anteponemos un “te lo cuento pero no se lo cuentes a nadie”. ¿Por qué lo hacemos? O en el caso concreto de Bernardo, ¿cuál es la necesidad de rellenar la historia de su desaparición con relatos sin fundamentos y enjuiciadores? John Berger, en su libro Puerca tierra, da una explicación: “La sutil observación del inventario de los sucesos y encuentros cotidianos, combinada con el conocimiento mutuo e inmemorial, constituyen el llamado chismerío de los pueblos (…) Aunque las historias tratan de sucesos cotidianos, la mayoría son historias de misterio (…) Los comentarios que se añaden a la historia pretenden ser una respuesta personal de quien los hace, a la luz de ese suceso concreto, al enigma de la existencia (…) En verdad, la función de este chismerío es permitir que todo el pueblo se defina”. Para Berger, la necesidad del rumor está sostenida en una premisa: las pequeñas comunidades ven reflejado el sentido de su existencia en esas habladurías. Es el retrato que el pueblo hace de sí mismo. Sin ellas, los lazos sociales serían casi imposibles. Forman una telaraña de diálogos que puede funcionar de manera casi inofensiva o, fácilmente, puede transformarse en una trampa. En el episodio que tiene como protagonista a Bernardo parece ser que funcionó como ardid. Es decir, no fue inocuo porque instaló una versión que ponía en duda la conducta de un hombre que, en ese momento, estaba desaparecido.

Al pensar en todo esto me hice una pregunta: ¿podrían los chismes de pueblo reforzar la hipótesis de la huida entre los responsables de la investigación y el operativo de la búsqueda? No lo sabremos nunca. Pero lo que sí podemos asegurar es que el rastrillaje fue continuado por sus familiares, es decir, el círculo más cercano de Bernardo, es decir, aquellos que podían desoír esa hipótesis que lentamente se estaba convirtiendo en una verdad absoluta e indiscutible.

El fin

En el libro Memorias de un carrero patagónico, de Asencio Abeijón, se relata la experiencia de un hombre que estuvo perdido en medio de un temporal de nieve durante 30 horas. En un extracto de la crónica puede leerse lo siguiente: “Muchas veces tropezaba con matorrales o zanjones que le motivaban caídas y en cada una de ellas, sentía infinitos deseos de quedarse en el suelo y dormir, pero la seguridad de que ello le significaría la muerte inevitable, le daba energías para seguir marchando. Se detenía unos minutos para descansar. Lanzaba alternados silbidos y escuchaba, siempre sin percibir el menor ruido. La nieve cuando cae en forma tan tupida tiene la propiedad de ahogar los sonidos”.

Es inevitable leer ese texto y no sospechar que Bernardo vivió situaciones parecidas. En un momento, perdido en la nieve, su cuerpo no aguantó más y cayó cerca de una mata de calafate. En ese lugar murió de frío. Su perro –que sobrevivió y se quedó junto a él durante 22 días– seguramente habrá intentado darle calor, reanimarlo, obligarlo a seguir. Pero ya no se podía hacer nada. Bernardo quedó allí, oculto por la nieve y a unos 25 kilómetros del lugar donde había pretendido llegar. Sí, caminó mucho. Dicen los investigadores que hizo el recorrido esa misma noche. ¿En qué habrá pensado Bernardo mientras caminaba extraviado en plena nevada nocturna? ¿En su mujer y en su hijo? ¿En sus amigos? ¿En su mamá? ¿Habrá sentido miedo? ¿Habrá rezado? ¿En qué momento habrá percibido esa “resignación estoica para la muerte” de la que habla Sarmiento?

Pronto nos olvidaremos de él para detenernos en otro hecho. Y mientras escribo esto pienso que tal vez lo hago como una excusa. Es quizá una manera de que quede un registro que, durante un par de semanas, me dediqué a pensar en Bernardo y a mirar su foto durante largos minutos para intentar descifrar un indicio, una pista, una señal. La intriga de su desaparición me mantuvo en vilo. Fue así. Y no puedo explicar bien por qué me provocó eso. Sucedió y me dejé atrapar. Sentía que el caso permitiría reflexionar e indagar sobre cuestiones más estructurales y complejas de la vida rural en la estepa patagónica.

El final fue muy triste, sentí una profunda pena cuando leí la noticia de su muerte. En el recuerdo quedarán mis noches buscando en el mapa satelital de Chubut las estancias de la zona y la supuesta ruta de escape de Bernardo. O las preguntas que me anotaba en un cuadernito y que me parecían necesarias para atar cabos sueltos. Me imaginé un libro, pero la muerte hizo que sea una pasajera crónica en la web.

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