Mariana Cecillon

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General Idea: el virus del arte llegó para quedarse

18 mayo, 2017 in Arte, Cultura

Por primera vez llegó a Buenos Aires una exposición retrospectiva del colectivo canadiense General Idea. Curada por Agustín Pérez Rubio, la muestra de 120 obras recorre los 25 años de trayectoria del grupo; atravesados por la vanguardia, la cultura de masas, el sexo, el género y el sida.

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Texto y fotos de Mariana Cecillon (@marucecillon)

El virus llegó para quedarse, al menos hasta el 26 de junio. Si el Malba hoy parece reivindicar una polémica anacrónica, empapelado con el acrónimo AIDS à la façon de Robert Indiana y ocupado por cápsulas de pastillas gigantes, es porque el curador español Agustín Pérez Rubio desembarcó por primera vez en Buenos Aires el legado del trío canadiense General Idea. Tiempo Partido abarca algunas de las piezas más representativas de los 25 años de creatividad, ironía, lucha y angustia de AA Bronson (Michael Tims), Felix Patz (Ronald Gabe) y Jorge Zontal (Slobodan Saia-Levy).

El grupo comenzó a gestarse en la década del 60, en un Toronto aburrido y aislado de la escena artística mundial. AA Bronson recuerda que por aquel entonces la contracultura en ebullición estaba compuesta por el teatro underground, la “prensa pequeña” y la música. Y que había un claro vacío respecto del arte; un vacío que ellos podían –y lograrían– llenar. Para acceder a la escena artística que latía alrededor del mundo, se insertaron en la red del mail art, un canal que usaban varios artistas latinoamericanos y de Europa del Este para escapar a la censura en sus países. Los seudónimos que adoptaron Tims, Gabe y Saia-Levy surgieron como una consecuencia de esta práctica. En su charla abierta, previa a la inauguración de la muestra, con Agustín Pérez Rubio, AA Bronson explicó: “Nosotros simplemente estábamos aburridos, pero simpatizábamos con esa lucha política de los artistas que vivían bajo regímenes dictatoriales ya que éramos muy críticos con la cultura que nos rodeaba”.

La disposición de la muestra en el Malba nos invita a empezar por el final. Fin de siècle (1990) es la única instalación que ocupa toda una sala del primer piso del museo. A los lejos, bañadas por un blanco que opone resistencia a la vista, encontramos tres pequeñas focas rodeadas de placas de telgopor que representan los glaciares. El segundo reflejo, luego del parpadeo frenético, es, quizás, asociar la instalación al deshielo de los polos y la consciencia ecológica. Pero bastará conocer la historia del grupo y detenerse un poco más en el sentimiento de angustia y vacío que genera el espacio para identificar la triple representación masculina que atraviesa varias piezas de General Idea y asociar el blanco helado de una clínica de hospital con los diagnósticos de HIV positivo de Patz y Zontal en 1989 y 1990. Dado el contexto en el que fue concebida, la metáfora es excelente: lejos de estar en peligro de extinción, en los 90 el gobierno canadiense ofrecía ayuda financiera para reducir la población de focas y, al mismo tiempo, fue la década de auge de la crisis de la enfermedad que afectaba cada vez más personas, y no sólo homosexuales como se quiso hacer creer en sus primeros años. Así, la instalación subraya también la idea de que “algunas vidas son más importantes que otras”, y mientras la inocencia de tres pequeñas focas inspira ternura y compasión, el efecto no sería el mismo con –en palabras de Zontal– “tres homosexuales de mediana edad”.

El segundo piso, que acoge el resto de la muestra, propone un recorrido cronológico que empieza con los beauty pageants (1971-1984) y las Showcards Series (1975-1979) y termina con AIDS (1987) pero también nos impone, en un primer momento, el proyecto final de los artistas. Las paredes del pasillo llevan incrustadas miles de cápsulas blancas de fibra de vidrio con una fina línea azul. One Year of AZT (1991) nos enfrenta al desafío de la vida con SIDA: vivir rodeados de pastillas que ordenan el paso del tiempo, en una atmósfera de clínica y con la muerte al acecho. El AZT (azidothymidine) fue la primera droga aprobada por los Estados Unidos para pacientes de sida, a pesar de sus conocidos y tóxicos efectos secundarios, y consecuentemente era la droga que tomaba en aquel entonces Patz, 5 veces al día. Si alguien se detuviera a contarlas concluiría que hay 1 825 píldoras en total dispuestas a modo de calendario mensual: la dosis anual que consumió el artista antes de morir.

Finalmente, la última sala del segundo piso completa la selección de trabajos vinculados con el activismo contra el SIDA y evidencia el sentido de obligación por marcar la agenda de la opinión pública y romper con el tabú en el que se encontraba atrapada la enfermedad, incluso antes de que dos de sus miembros fueran diagnosticados como portadores. Desde 1984, cuando el sida emergía como una pandemia global que afectaba a una mayoría de hombres homosexuales y cuando la homofobia guiaba las políticas del gobierno estadounidense, General Idea decidió hacer visible aquello que no podía seguir siendo ignorado. Al mejor estilo de William Burroughs y su concepto de “imagen como virus” el colectivo jugó con la icónica imagen pop de Robert Indiana, LOVE (1966) y la reemplazó por el acrónimo AIDS. El primer cuadro de acrílico sobre tela fue presentado en 1987 pero progresivamente cambió de dimensiones, de formatos (videos, esculturas, llaveros…) y se multiplicó para mostrar hasta qué punto el virus podía infectarlo todo y a todos.

Pero el grupo comenzó a trabajar con la imagen como virus varios años antes, desde el lanzamiento de FILE Magazine en 1972. Copiaron el logo de la revista americana LIFE, sabiendo que si la gente la encontraba familiar la leería y, además, instaurando un juego de palabras entre el arte que imita la vida y la vida que imita el arte. Querían que la revista fuera un virus dentro del sistema de comunicación; entonces la publicación jugaba con los límites entre realidad y ficción, y permitió que el grupo creara, en 26 publicaciones, su propia mitología.

Inspirados también por Marshall McLuhan y su teoría “el medio es le mensaje”, su primera etapa estuvo fuertemente marcada por los concursos de belleza como una metáfora que cuestionaba el mundo del arte: el modo en el que el arte era creado, aprobado, seleccionado y adorado. “La competencia por la belleza es lo que sucede cuando un artista hace arte”, explicó AA Bronson en el auditorio del Malba. A través de fotografías, mail art y performances, The 1971 Miss General Idea Pageant (1971) recreaba un concurso de belleza ficticio de principio a fin: desde reglas hasta verdaderos participantes y finalmente una ceremonia de premiación.

A partir de 1984 la figura de Miss General Idea quedó atrás y fue reemplazada por los poodles: primero en la ruinas de Pavilion (1981), luego en P is for Poodle (1983-1989) un autorretrato en colores pastel de Bronson, Patz y Zontal con orejas de perro y, en su punto culmine, con Mondo Kane Cama Sutra (1984), una serie de diez cuadros negros con tres poodles de colores flúor en diferentes posiciones sexuales. El poodle era una figura que en el mainstream norteamericano estaba vinculada con la homosexualidad y era un dispositivo recurrente en los trabajos de General Idea para presionar a la crítica y forzarla a referirse a la sexualidad en su obra.

General Idea dejó de trabajar en 1994, luego de las muertes de Felix Patz y Jorge Zontal. Hoy, el niño que a los 3 años le dijo a su madre que quería ser artista pero que sentía que el arte no estaba haciendo nada por la gente y que quizás debería dedicarse a la arquitectura, tiene 70 años y aún se le hace un nudo en la garganta cuando recuerda a sus amigos. Los fármacos aún dominan nuestras vidas y los problemas de género, lejos de simplificarse, se multiplicaron.  Pero General Idea todavía inspira, desde la retrospección, la idea de que el arte puede invadirlo todo, como un virus, y convertirse en un ente de transformación social.

reseña

 

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Alan y Rita Pauls: vida de libros

1 agosto, 2016 in Literatura

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Cuando Rita era chica, Alan Pauls le entorpecía su paso por la casa con toda clase de obstáculos con forma de libro. Hoy son “dealers” de textos en un mercado negro de autores. Mariana Cecillon habló con padre e hija sobre su gran amor: la literatura. Y sobre “El pasado”, el libro emblemático de Alan, que durante 10 años Rita no pudo leer: “Me daba impresión encontrar una cara de mi viejo que no conocía”.

Por @marucecillon.

Los veranos en Cabo Polonio eran un ritual entre padre e hija: dos ávidos lectores en una playa casi virgen, sin luz y lejos de la opulencia tecnológica, intercambiaban libros entre susurros. Ella, pequeña pero con ojos grandes y curiosos, se perdía por primera vez entre las páginas de Cumbres Borrascosas y de Colmillo Blanco. Él, alto, flaco y ya algo canoso devoraba 35 libros con la velocidad de quien puede leerlo todo, hasta los prospectos de los remedios. Cuando se le terminaban, buscaba consuelo en las recomendaciones que le había dado a su hija y revivían juntos la fascinación que les suscitaban cada página, cada obra y cada autor.

“Él era mi Biblia, mi texto sagrado y todos los primeros libros que leí y que me hicieron descubrir la literatura fueron los que él puso en mis manos –cuenta su hija, la joven Rita Pauls de 22 años–. Desde el momento en el que sus recomendaciones tienen un efecto increíble en mi, y que él lo ve y yo se lo digo, se funda esta relación que tenemos hasta hoy”.

El padre, Alan Pauls, escritor, 56 años, explica que su estrategia para despertar en su hija una curiosidad por la literatura consistía en dos cosas: “Leer juntos. Y entorpecer su paso por la casa con toda clase de obstáculos con forma de libro”. Hoy, años más tarde, dice que junto a su hija son “dealers” de un mercado negro de textos y autores.

La génesis

Algunas décadas atrás, un chico de ojos celestes se sumergía, solitario y silencioso, en las páginas de Julio Cortázar (el primer autor del que quiso leer todos los libros). Hoy, con perspectiva y la cabeza cubierta de hilos plateados, Alan dice que los adultos odian la felicidad autosuficiente con la que los pequeños y frescos lectores gozan sin necesitar su ayuda. “Entonces te están encima, te interrumpen, te recuerdan que tenés un cuerpo que cuidar (“te vas a quemar las pestañas leyendo”), un plato de comida que comer, horarios que respetar”.

Alan Pauls es uno de los cinco hijos del productor de cine alemán, Axel Pauls, y el único que se dedicó a un arte diferente al del resto de la familia. A pesar de ser un cinéfilo innegable, la mentira y la adicción a la lectura lo llevaron a ser escritor: “Era muy mentiroso; había que hacer algo con esa compulsión, y abandonarla no era una alternativa. Había que darle una fachada legal y también había que justificar de algún modo el tiempo que ‘perdía’ leyendo”.

“Me hace gracia cuando me preguntan qué libro me llevaría a una isla desierta. ¡Leer es la isla desierta!”, comenta divertido. Sus cinco libros preferidos son los clásicos franceses À la recherche du temps perdu de Marcel Proust y Le rouge et le noir de Stendhal, el chef-d’oeuvre censurado temporalmente de Vladimir Nabokov,Lolita, la novela póstuma del escritor chileno Roberto Bolaño, 2666 y Ferdydurke del polaco Witold Gombrowicz. “Pero mañana todo puede cambiar”, confiesa.

Y los nombres siguen. Roland Barthes, Robert Musil, Kafka, Gilles Deleuze, Proust, Manuel Puig, Robert Walser, Stendhal. Pero casi como una bipolaridad manifiesta, Pauls diferencia que como lector es sensible a la actualidad, “algo que a la hora de escribir no me mueve un pelo, o me parece más bien ridículo”.

Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde también ejerció la docencia. Hoy es un novelista y ensayista prestigioso, calificado por Roberto Bolaño (y probablemente sostenido por varios de sus lectores) como “uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”.

El proceso y el resultado

Sus hábitos de escritura pueden cambiar, como si los proyectos se le impusieran caprichosamente y le exigieran hacer una hoja de ruta o improvisar erráticamente como en un delirio. Pauls asegura que no necesita mucho para escribir más que “estar en su lugar” y que ese lugar sea lo más neutro, solitario y silencioso posible. “No necesariamente escribo todos los días, pero trato de no dejar pasar día sin orbitar de algún modo —tomando notas, corrigiendo, leyendo algo alusivo, o simplemente contemplando idiotizado la pantalla que se me resiste— alrededor de lo que estoy trabajando”.

El momento de poner un punto final a sus creaciones nunca se manifiesta evidente. Para Pauls, el fin de una ficción no tiene nada que ver con el cierre categórico que promovía el dogma de Poe, sino que es “una instancia más indeterminada, que incluye —entre otros errores— dejar cosas sin decir, cabos sueltos, posibilidades abiertas”. Y entonces, elige aludir a una comparación para explicar esta sensación abstracta: “Hay señales, un poco como cuando el avión, acercándose al aeropuerto de destino, desacelera y pierde altura. Algo está por pasar”.

Su primera novela, publicada en 1984, fue El pudor del pornógrafo. Hoy tiene siete novelas en circulación de las cuales tres conforman una trilogía de los años 70 en Argentina sobre tres cosas que tienden a ser perdidas y que pueden falsificarse: las lágrimas (Historia del llanto), el pelo (Historia del pelo) y el dinero (Historia del dinero).

La ficción de Pauls, el mundo que crea cuando escribe, parece no poder prescindir de personajes psicóticos y obsesivos, inmersos en una cotidianidad minuciosamente detallada. Por su parte, en lo que respecta a su vida personal, el autor asegura que no tiene obsesiones particulares pero que cualquier cosa puede obsesionarlo. “Me gustan el funcionamiento, la lógica de la obsesión: su costado reductor, recalcitrante, arbitrario, lucidísimo. La manera que tiene de descifrar y organizar el mundo entero a partir de un solo detalle, una sola experiencia, una sola idea”, profundiza el ensayista.

El Pasado

Durante diez años existió un libro que estaba al alcance de cualquier persona que se acercara a una librería y pidiera por él. Durante diez años, un ejemplar de esa obra descansó en la biblioteca de la familia Pauls, en Gurruchaga y Santa Fe, atrapado entre muchos otros, presumiendo tan sólo un grueso lomo en el que, al inclinar la cabeza hacia la izquierda, se podía leer “Pauls El Pasado”. Durante diez años Rita Pauls escuchó críticas, rumores y expresiones de fascinación y de obsesión sobre el libro, vio su adaptación al cine por Héctor Babenco y lo vio en manos de personas desconocidas que leían al sol en la playa. Y durante diez años, ese libro no hizo más que despertar miedo y pudor en la hija de su autor.

“Lo que me costaba de El Pasado es que era un libro que tenía tanta historia que el mito se lo había comido. No podía verlo, veía todo lo que los demás me decían, todo lo que había escuchado y visto”, confiesa la joven actriz de teatro y televisión.

Además, esta obra publicada en 2003 y que ganó uno de los premios más prestigiosos de la lengua española, el Premio Herralde de novela, suponía otro desafío para la bella Pauls: era una puerta para conocer al “yo” literario de su padre de otra manera, sin mediaciones. Alan Pauls dejaría de ser tan sólo el padre que es complice de locuras como las de diseñar un pinchazo falso de extracción de sangre para justificar una de sus ausencias al colegio algunos años atrás, para convertirse en alguien más. La estrategia consistió, entonces, en aproximarse a este costado público y ajeno para ella a través de Historia del dinero, el tercer tomo de su trilogía sobre los años 70. Y una vez familiarizada con su prosa, y vencida por la curiosidad, enfrentar al libro que parecía haber cobrado vida propia, como un ser mitológico del que tanto había oído hablar.

“Me daba impresión conocer una cara de mi viejo que no conocía a pesar de que vivo con él desde que nací. Y no sólo eso, sino que es una cara pública de mi viejo, que los demás conocían y yo no. Es genial que una persona que comparte la intimidad con él, como yo, no se animaba a descubrir su publicidad”, explica Rita Pauls, que sigue los pasos de su padre y estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires.

La idea detrás de El Pasado, la historia de amor entre Rímini y Sofía, surgió en forma de telegrama: “Mujer muerta vuelve de la muerte para atormentar al hombre que amó”. El libro desarrolla el tema del amor en su condición de mundo, de ecosistema. “No veo a los personajes de El Pasado como gente que se ama sino como astronautas flotando en una especie de atmósfera compleja que a veces los hace vivir, los hace felices, los alimenta y fortalece, y a veces los intoxica, los induce a alejarse uno del otro. Eso para despejar dudas sobre si hay culpables e inocentes, si uno ama al otro más que el otro a uno, si una está loca y el otro está cuerdo”, afirma su autor.

El cineasta Héctor Babenco llevó el libro a la pantalla grande en 2007. Pero la película no despertó en sus espectadores la misma pasión que engendra en sus lectores la obra literaria. Pauls parece disconforme y afirma tener impresiones encontradas. “Me temo que quedó a mitad de camino entre un proyecto comercial y una película personal, y siguió demasiado al pie de la letra el plot, que para mí es lo menos interesante de la novela. Pero hay algo de su tono, esa mezcla de gravedad y ridículo, que me parece bastante afín al libro”, remarca el periodista crítico de cine y literatura.

Sobre las adaptaciones de la literatura al cine su valoración es más bien negativa. Rescata algunas obras (Los muertos de John Huston, sobre el relato de Joyce; La captive de Chantal Ackerman, sobre La prisionera de Proust; La marquesa de O. de Rohmer, sobre la nouvelle de von Kleist) pero sostiene que la mayoría son malas y no merecen ser recordadas porque “el cine se hizo grande cuando se emancipó de sus dos tutorías fundamentales, la literatura y el teatro”.

El alterego cinéfilo

Un sillón rojo recorre las calles de Buenos Aires y así también lo hace Alan Pauls, como si fuera a su encuentro. Cambia su ropa, sus zapatillas, sus accesorios así como también cambian las locaciones, pero el estilo es siempre el mismo. Serio, seductor, elocuente, sintetiza y analiza las películas que transmitirá el canal de proyectos audiovisuales independientes, I Sat, ese mes. Primer plano, como se llama el programa, es uno de los aspectos más visibles del alterego cinéfilo que hierve dentro de Pauls.

Pero además de su programa de televisión, el crítico de cine escribió varios guiones como La Era del ñandú (1987) de Carlos Sorín o Los rubios (2003) en participación con la directora, Albertina Carri. Por otra parte, su carrera como escritor comenzó con publicaciones de críticas de cine en revistas como Página/30 o el suplemento cultural de Página/12. También actuó en siete películas y llegó incluso a ser protagonista en las dos últimas: La vida nueva (2011) y Cassandra (2012). Aún así, Pauls considera que su experiencia como actor es más bien una “perversión etnográfica”.

Su próximo proyecto consiste en una suerte de ensayo biográfico sobre el cineasta chileno Raúl Ruiz. Pauls accedió a la obra de Ruiz en su adolescencia cuando su padre lo llevó a ver “Tres Tristes Tigres” en el Auditorio Kraft, lugar que comenzó a frecuentar desde entonces. Pero el deseo de aventurarse en este subgénero ajeno a su literatura se desató durante la escritura de El Pasado. Pauls explica que quería escribir la biografía de un artista verdadero pero su primera aproximación fueron 50 páginas consagradas a Riltse, el extraño artista del movimiento ficticio con el nombre de “body art”.

El llamado de la droga

Alan Pauls está sentado en su oficina, rodeado por sus libros sin los cuales se siente como huérfano, serio más por el pudor de ser entrevistado que por otra razón. Su última reflexión es que el oficio camufla la pasión porque leer es “un placer total” con el que podría transcurrir el resto de su vida, mientras que escribir le resulta “un poco más tortuoso” ya que consiste en “dar forma, básicamente, pero a cosas más bien desconocidas, que sólo existen una vez que aparecen escritas”. Luego asegura que no puede estar sin leer pero puede pasarse meses sin escribir. Sin embargo se apresura en agregar: “El tirón que siento cuando necesito escribir es urgente como un llamado de droga”. Finalmente concluye que para él “escribir es, en cierta forma, la tarea productiva que legitima el despilfarro de leer”.

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