Diapositiva 1

Desnutrición

21 septiembre, 2015 in Teorias

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Por @marialisd (María Lis del Campo).

Entusiasmada con la idea, empiezo la clase con una presentación de power point. “La realidad es como un hilito que tiene la fragilidad de la nada”, dispara la primera placa. “La realidad puede ser muy dura a veces, podemos atravesarla a destiempo”, dice otra. Hago una pausa, dejo de pasar las diapositivas para ver si la cosa funciona. Las expresiones de los alumnos no me dicen nada. Quizás es esperable: son las nueve de una mañana bien invernal. Y tampoco es habitual iniciar clases teóricas con monigotes.

Estamos en un aula de la Universidad Nacional de Córdoba, durante la clase de una de las materias de segundo año de la Licenciatura en Nutrición, donde soy profesora. Mi intención con los dibujos es problematizar nuestra realidad como estudiantes y docentes universitarios, y como educadores en alimentación y nutrición. La propuesta consiste en recuperar algunas experiencias educativas que podamos analizar con aportes del pedagogo brasileño Paulo Freire.

Este material didáctico viene de un regalo de cumpleaños. Es un conjunto de textos breves e ilustraciones de Florencia Balestra, artista plástica rosarina que metaforiza la realidad como un hilito, y narra diferentes maneras en que nos vinculamos con ella. Un pequeño libro que contiene ese tipo de relatos con los que simpatizamos porque nos recuerdan aciertos, desaciertos y derrapes cotidianos.

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A veces nos escapamos de la realidad, podemos ir en busca de otros, y algo nos separa”, digo subiendo el tono de voz. Me esfuerzo por hablar más alto, intento una mirada cómplice que nos amigue: consigo dos sonrisas. El resto, quietud, silencio, miradas esquivas.

Se puede estar atado a la realidad”. Y ya la entonación con que leo se vuelve provocadora frente a un público cada vez más neutral. “Hay realidades que se vuelven complicadas”. Y a esta altura la complicada soy yo. “La realidad puede ser monótona, uniforme, aburrida…”. Ahí estamos todos de acuerdo.

Dejo pasar unos segundos, antes de preguntar con la sonrisa ansiosa de quien percibe que la respuesta no será la esperada:

– ¿Y?… ¿Les gustó?

– …

– ¿Les generó algo? ¿Alguna idea?

– …

-¿Pueden establecer alguna relación con los aportes teóricos que venimos trabajando?

– …

– No, claro. Para eso es necesario tener claros los conceptos de diálogo de Paulo Freire y las fases del aprendizaje.

– …

– ¿Alguien puede abrir el libro y leer de ahí esos conceptos?

Ante la mirada callada de mis interlocutores, doy por terminada la clase.

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Más tarde, pienso todo lo que pasó. ¿Qué falló? Creí haber encontrado en los textos y en las imágenes un recurso pedagógico valioso para iniciar la reflexión sobre la práctica educativa. Claro, no es cualquier práctica educativa. Me estoy refiriendo a la tarea de futuros nutricionistas en un campo inmovilizado por tanto precepto dietético y omnipresente en cualquier intervención disciplinar, conocido como Educación Alimentaria Nutricional.

El sociólogo francés Claude Fischler dijo hace varios años que la alimentación se ha convertido en uno de los “grandes temas-problema de nuestro tiempo”. Basta con recordar la infinita variedad de recomendaciones dietéticas –siempre individuales– que circulan por diferentes formatos y espacios mediáticos. Al mismo tiempo, la industria alimentaria ofrece ininterrumpidamente renovadas y diversificadas alternativas y la educación alimentaria se integra como componente fundamental de políticas alimentarias, planes y programas de salud.

Lo que explica Fischler se constata si intentamos recordar cuántas veces durante el día presenciamos conversaciones donde estuvieron presentes la nutrición, la alimentación o la comida.

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Pareciera ser que alimentados de tanta racionalidad nutricional y tan poca sustancia primaria, los cuerpos se atiborran de goces desorientados y carencias disimuladas: ese fenómeno que la epidemiología interpreta como la “coexistencia de condiciones de déficit y exceso”. Es decir, los porcentajes elevados de sobrepeso y desnutrición crónica en la población.

Esto hace pensar que, a quienes nos dedicamos a educar educadores en Nutrición, nos están faltando respuestas. O estamos necesitando –con urgencia– nuevas preguntas.

Cierro la compu y los libros, y mis compañeras se acercan en actitud de frustración compartida, les comparto preguntas y supuestos: pienso si esta materia está tan distante de las ciencias duras, si la universidad invierte demasiado en estudiar genes, nutrientes y alimentos y se olvida de los comensales, si son las consecuencias de una profesión orientada por la norma dietética, si simplemente no fue del agrado de mis interlocutores, si la masividad de las clases, si mi narcisismo… Entonces concluyo que quizás estamos necesitando nutrirnos de ganas de entrecruzar nuestros hilitos solitarios para tejer realidades compartidas. Y deseo que encontremos la cura para esta desnutrición.

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