Maricruz Gareca

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Nos juntamos para recordar a la Petra

8 mayo, 2015 in Feria del Libro

Por Maricruz Gareca.

Homenaje a Pedro Lemebel en la Feria del Libro de Buenos Aires.

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Los homenajes, se sabe, suelen tener ese tufillo a lo solemne, a lo aburrido. Pedro Lemebel lo sabía — para él, eran “un ultraje para lo que era su libertad absoluta”— y por eso los detestaba; quizás, entonces, haya que buscar otra palabra para nombrar esa única forma de ritual que encontramos para exorcizar la ausencia de esa persona querida que está y no está al mismo tiempo. Y es esa palabra difícil de hallar, justamente, la que podría definir lo que sucedió el sábado en el stand de la UNSAM en la Feria del Libro (o “la fiera del libre”, como la llamaba Pedro) cuando Fernando Noy, Marlene Wayar, Julián Gorodischer y Cristian Alarcón (que, además, oficia de presentador y coordinador) se juntaron para recordar a “la Petra” —como la llamaban, la llaman aún, sus amigos—, tinto y anécdotas de por medio.

En la pantalla, Pedro Lemebel aparece una y otra vez. El paisaje va cambiando, pero en todas las fotos algo permanece siempre: su mirada penetrante, su actitud rebelde y desafiante, pero al mismo tiempo tierna. Es imposible no sentir su presencia en esas imágenes, pero sobre todo en el relato que los cuatro van entrelazando entre bromas, recuerdos y reflexiones en torno a la poética lemebeliana y su modo intenso y apasionado —pero también feroz— de ver el mundo y vivir su vida.

Aunque de a ratos las voces se mezclan o se interrumpen —como una charla entre amigos en la mesa de un bar—, cada uno de ellos toma la posta y cuenta algo sobre Pedro. El primero en arrancar es Fernando Noy (poeta, performer, dramaturgo) con la proyección de un video en el que se lo ve, lupa mediante, leer una plegaria, una suerte de mantra, que él va formando a partir de las iniciales del nombre del cronista chileno (“Pedro nuestro que estás en los espejos/ Esa mirada inmortal perpetua, encandilada/ Donde nos seguimos viendo por todos tus reflejos/ Rosa salvaje con cada espina ferozmente perfumada/ Origen de todo aquello que para siempre somos…”). Ya micrófono en mano, Noy relata cómo conoció a Lemebel en Cemento allá por 1985, junto a Batato Barea o aquella anécdota de cuando salió a resistir un desalojo en una vieja casa tomada de Flores. Estas son, sin embargo, apenas algunas de las tantas historias que Noy tiene para contar sobre Pedro, pero más allá de ellas, lo que seduce e interpela de sus relatos es el retrato que esboza sobre el cronista chileno. A través de él es posible conocer un poco más al autor de Tengo miedo torero, La esquina es mi corazón, De perlas y cicatrices o Loco afán y, por eso mismo, quererlo y extrañarlo también un poco más.

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Después de Noy, es el turno de Julián Gorodischer, cronista y periodista cultural, pero sobre todo un gran lector de la obra de Pedro Lemebel. Lo interesante, de acuerdo a las palabras de Alarcón, es que él ha tenido la oportunidad de ver la producción lemebeliana desde otros países, en particular desde México, y a partir de ahí la pregunta que surge es sobre cuál es el legado literario de Pedro Lemebel. Escuchar a Julián da placer, en sus palabras se nota que además de leer en profundidad a Lemebel, lo disfruta. Su lectura es atenta, y a través de ella da cuenta, entre otras cosas, de cómo el performer y escritor chileno logra dar visibilidad a determinados temas y espacios que para muchos de sus lectores, tal vez la mayoría, eran considerados tabú o, directamente, no existían. Entonces, da el ejemplo de una de las crónicas del libro en la que el escenario son los parques de Santiago a la noche cuando las luces se apagan y las de la vigilancia se activan (“Anacondas en el parque”, así se llama el texto). En la misma sintonía de pensar el legado de Lemebel, Julián habla sobre sus posibles herederos en la crónica argentina, es decir, aquellos escritores que abordan esos mismos temas y ámbitos en nuestro país. Aparecen, entonces, dos nombres: Marta Dillon y Pablo Pérez (a ella la conozco, a él no, tengo que conseguir sus libros). Pero, sigue Gorodischer, hay algo que los diferencia: ninguno de los dos consigue el efecto de lectura que sí logra Lemebel, no logran tener la llegada que sí tiene Pedro en los lectores. “Fue un héroe”, dice Julián, y yo coincido con él. Más adelante, dirá también que Lemebel “convierte el mal olor en fragancia”, y en eso también le voy a dar la razón. Por último, citará a Barthes y mencionará que es una cuenta pendiente relacionar su obra con la de Pedro y entonces yo solo me limitaré a subrayar esa línea de lectura para salir corriendo a comprar los libros del escritor francés.

Alrededor del stand veo caras nuevas, es evidente que en esos minutos en los que solo me concentro en la charla, el público ha ido mutando en los pasillos. Igualmente, apenas les dedico unos segundos para ver si hay alguien conocido, porque ahora es el turno de Marlene Wayar, activista trans y directora de la Revista El Teje (el primer periódico travesti) y la quiero escuchar.

Marlene es alta y tiene una tonada linda. Pero hay algo más que me llama la atención y es el pañuelo que lleva puesto: es negro y tiene dibujadas unas calaveras blancas. ¿Será casualidad o es su modo de rendir su pequeño “homenaje” a Pedro Lemebel? (entren a google, busquen fotos de él y van a saber de qué les hablo). Es a ella a quien Pedro, ya “consagrado por la academia norteamericana que lo ungió en ceremonias medievales” —en palabras de Cristian Alarcón— quiere conocer en persona y por eso es arrastrada por Lohana Berkins al MALBA donde Pedro va a leer en el marco del FILBA. Marlene cuenta la anécdota —y la escribe en una nota titulada “Tu recuerdo fresco como ramita de albahaca”—, como también relata que a Lemebel lo conoció gracias a una recomendación de Lohana que le dijo: tenés que leer Tengo miedo torero (su primera novela). Suelta, entonces, Marlene: “Y me pasó lo que desde hacía tiempo no me pasaba desde Mi planta de Naranja Lima: terminé llorando”. Después vendrá la referencia a la novela de Manuel Puig —El beso de la mujer araña- como también una reflexión (crítica) a los heterosexuales y su incapacidad de autotransformarse (aunque exijan la transformación desde afuera). En sus propias palabras: “no pueden tragarse a la otredad y dejarse transformar por la otredad”. Por último, reivindicará a “la Petra” como la piedra basal sobre la que fundaron la teoría trans porque, a diferencia de Puig “y otras”, Lemebel quiere ser otra cosa distinta “que la señora con ruleros que barre la vereda y espera a su esposo”. La Petra, en palabras de Marlene, quiere ser marica, y por eso tiene bien claro el sentido del taco puesto, es decir, se sabe parar para que esos tacos sean una tarima política.

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Tras la intervención de Marlene y un debate en torno a si es posible considerar a Lemebel un autor queer, gay o marica, será el turno de Cristian Alarcón que también relatará cómo conoció a Pedro, en Chile, allá por los ’90. Contará, por ejemplo, que ya en esa época el autor chileno tenía una relación conflictiva con el periodismo mainstream y que por eso planteaba otra manera de construir la relación con él, no de una manera pautada, sino desde otro lugar (y cuando se refería a eso, lo que quería decir era: seguirlo a todas partes, ir de bar en bar, de fiesta en fiesta, no dormir noches enteras, etc. y entonces, sí, podía tener acceso a una pregunta por día que él anotaba y cuya respuesta después mandaba escrita). En su remembranza de aquella experiencia, Cristian nos sumergirá también en la primera casa de Lemebel, la que pudo comprar con el dinero de la Beca Guggenheim y que había pertenecido a una modista, de quien conservaba sus detalles (era esto, en realidad, lo que lo había convencido al elegirla).

Ya casi al finalizar la charla, y con cientos de anécdotas que quedaron sin contar acá, la noche cerró con un pequeño, pero muy emotivo, recital a cargo de la coplera Laura Peralta a quién Pedro Lemebel conoció una noche en San Telmo, del brazo de Fernando Noy (y lo hizo llorar).

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Mi temor a contar la historia del jardinero asesino

11 abril, 2015 in Policiales

Por Maricruz Gareca.

Dos suizos asesinados por su jardinero en San Lorenzo, Salta. Y lo difícil de contarlo todo.

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En junio de 1998 mi viejo era juez de instrucción penal en Salta. Hacía poco que había asumido pero hasta ese entonces solamente se había tenido que ocupar de casos de poca trascendencia mediática: algún robo, algún que otro “borrachin” armando quilombo, cosas por el estilo. Pero ese 17 de junio, un día feriado en la provincia por la conmemoración de la muerte de Martín Miguel de Güemes, algo distinto sucedió. Recuerdo que era mediodía, que estábamos haciendo la sobremesa familiar y que lo llamaron —o lo vinieron a buscar— porque tenía que ir —le dijeron— a San Lorenzo porque algo, al parecer grave, había pasado.

En ese entonces, la villa veraniega todavía era conocida solamente por sus bondades turísticas y naturales, es decir, era una zona en la que salteños y miles de turistas realizaban las típicas actividades que se suelen realizar en zonas semi-agrestes como estas: andar a caballo, escalar cerros, meterse al río en la Quebrada, etcétera. Era, en otras palabras, una suerte de paraíso ubicado a escasos seis kms. de la capital salteña en la que no pasaba —o al menos, eso parecía o se creía— nada malo. Por eso, recuerdo que la primera sensación que tuvimos cuando llamaron —o buscaron— a mi viejo fue la de intriga e incertidumbre y lo único que queríamos es que volviera a casa para contarnos todo. Lo que supimos horas más tarde fue esto: dos personas, una mujer y un hombre, habían sido hallados muertos, en estado de putrefacción y semicomidos por sus propios perros. La imagen era dantesca, sin dudas, pero lo que más me impresionó fue saber que mi viejo, al entrar a la casona donde había sucedido todo, se había descompuesto por el olor nauseabundo con que la muerte suele impregnar esos escenarios. La imagen que como lectora voraz de novelas policiales me había hecho de los investigadores o inspectores se desvanecía: su invulnerabilidad era, como todo lo que leía, pura ficción.

Desde aquella tarde invernal de finales de los 90 pasaron muchos años. En el medio estudié letras, me vine a Buenos Aires y empecé a hacer talleres de crónica. Fue ahí donde volví a recuperar esta historia, la de la pareja asesinada y luego comida por sus propios perros en una villa veraniega de Salta. El hecho, no lo voy a negar, reúne todos los elementos para escribir una buena crónica policial, a lo que se suma una fuente directa (mi viejo) muy valiosa dispuesta a contar —y recordar— una y mil veces lo sucedido. Cuando leo el expediente, cuando en cada relato de mi papá surgen datos nuevos o reaparecen algunos ya olvidados o cuando imagino la escena del crimen o el hallazgo, las imágenes aparecen en mi cabeza y no puedo evitar pensar en cómo hubiese relatado esto Truman Capote, por ejemplo. Entonces me apuno, no sé por dónde empezar, qué escena poner primero y cual después, qué palabras escoger, cómo introducir la voz de mi padre, la mía —mi mirada— incluso (hay quienes piensan que una crónica dónde no está la primera persona no es crónica, y creo que tienen razón) y muchos etcéteras más.

Surgen, entonces, las preguntas: ¿qué historia cuento primero: la de los protagonistas, la del asesinato o la de cómo viví lo sucedido a través del relato de mi padre? Estoy consciente de que bifurcar así el relato es tramposo, que es casi imposible hablar de una cosa sin hacer referencia a la otra, que tarde o temprano los caminos van a tener que cruzarse. Si arranco por los protagonistas, ¿cuál va primero, la de la pareja suiza o la de su asesino? Si escojo a los primeros, tendría que decir que Sibylle Oeschger y Hans Hintermann se habían instalado en San Lorenzo diez años antes para dedicarse a alquilar caballos a turistas y alojar huéspedes en su enorme casona. Tendría que mencionar también lo poco que se sabe de su vida en su país natal, nadie —ni sus vecinos, amigos o las pocas personas que los frecuentaba—sabe demasiado sobre ellos, apenas fragmentos que le permitieron saber que trabajaban en un banco, que se habían jubilado, que no habían dejado hijos ni nietos al otro lado del Atlántico. ¿Por qué decidieron instalarse en Argentina, en Salta, en una pequeña villa veraniega? ¿Por qué escogieron vivir de manera casi indigente, a pesar de las monedas de oro guardadas en un cajón del placard? ¿Cómo hacer un perfil de dos personas que todos coincidieron en definir como “muy reservadas”, que tenían pocos amigos —muchos de ellos, suizos como ellos—, y que apenas una de ellas hablaba bien castellano? Busco datos, testimonios de quienes se relacionaron con ellos —aunque más no sea cruzando algunas palabras en el mercado, donde iba Sibylle a hacer las compras—, con la intención de encontrar algo que me pueda decir más sobre la pareja, que me permita acercarme a su intimidad, a su forma de pensar y de sentir. ¿Por qué su obsesión por esos fiambres tipo alemán que solo encargaban a una mujer, esposa de un alemán, que los fabricaba? ¿Por qué guardaban un álbum en el que conservaban fotos y dedicatorias de cada uno de los turistas que alojaban en su casona? ¿Por qué no habían tenido hijos, por qué Sibylle odiaba a su hermana? ¿Por qué Hans nunca había podido establecer lazos, por qué apenas se conformaba con balbucear algunas frases en nuestro idioma? Existe, sin embargo, algo de la personalidad de la pareja en la que muchos coinciden y que tendrá un peso decisivo en esta historia: Sibylle tenía un carácter fuerte, casi autoritario, mientras que Hans era descrito como un tipo tranquilo, casi sumiso.

Las personalidades opuestas del Hans y Sibylle me hace repensar si la historia debe iniciar con ellos o si, en cambio, conviene ceder el primer lugar a Silas Aballo Moreno, el jardinero que había llegado desde el Mattogroso, Brasil, como chofer del embajador de Paraguay y que, como la pareja suiza, había decidido también instalarse en la provincia norteña. A diferencia de lo que pasa con las víctimas, sobre él tengo más datos, por lo que es más fácil reconstruir su pasado, bucear en su historia para encontrar la clave que pueda explicar por qué esa mañana de junio de 1998 decidió terminar con la vida de sus “patrones”. Leo sus declaraciones, los resultados de las pericias psicológicas, el testimonio de su mujer y empiezo a relatarme su pasado en imágenes, como si fueran viñetas de una historieta de Frank Miller: en una viñeta, un Silas de diez años roba una moneda para comprar un dulce; en la siguiente, su padre lo descubre: sabe que algo malo le va a pasar; en la viñeta posterior, hay una tina a la que alguien echa sal y a su costado, un cinto reposa. Así, las imágenes siguen sucediéndose y puedo ver al padre alcohólico de Silas y a su madre que, callada, atemorizada, sumisa, nada puede hacer ante los castigos que aplica a sus hijos. Ante estas escenas, es casi imposible que no se atraviesen las figuras de Sibylle y Hans, aunque esta vez los roles están intercambiados; al mismo tiempo, es casi imposible pensar que Silas no revivía en los maltratos verbales de su mujer los de su propio padre. Otra vez vuelven las viñetas a mi cabeza, no puedo evitar pensar en imágenes. Así, en una viñeta, Silas reta a uno de los perros de la pareja, en la siguiente ella lo ve y su cara se transforma, en la última ella abre la boca en un solo grito mientras él agacha su cabeza. En otra página, una viñeta muestra un enorme reloj de pared que da las diez y cinco de la mañana; en la siguiente, el jardinero abre la tranquera; en la tercera, la escena anterior se repite: la boca en un solo grito, la cabeza gacha…

Nada de todo esto me convence demasiado. Pienso en el lector y no sé si la historia de una pareja suiza que vivía en la mugre o la de un jardinero brasilero maltratado (por su padre primero, su patrona después) le va a dar ganas de seguir leyendo. Pienso que necesito una escena más fuerte, más contundente, algo como el hallazgo de los dos cadáveres devorados por sus propios perros, esos que tanto amaban y a los que Sibylle siempre besaba en el hocico. Sí, definitivamente, me digo, la crónica tiene que empezar por el asesinato. Pero ¿cómo narrar el momento del asesinato? ¿Relato los hechos en orden cronológico o de manera fragmentada? Si es el primer caso, debería empezar por el momento en que Silas, esa mañana helada de invierno, llega una hora más tarde de lo habitual; seguir por los retos de Sibylle, minutos después,  tras haber volcado un poco de pintura sobre la mesa; continuar por el momento en que él descubre la mitad de ese ladrillo a un costado de la estufa y cómo instantes después de haberla impactado contra la nuca de la mujer, la ve levantarse con la cara roja y los ojos llenos de sangre. Si sigo con esta idea, tengo que contar que inmediatamente después la mujer recibe un segundo impacto en la nuca que la derriba —los gritos de dolor han cesado, pero la respiración ha trasmutado en un leve jadeo apenas perceptible— y luego un tercero que hace crujir los huesos de su cráneo; Sibylle aún sigue respirando, entonces tengo que escribir que Silas va al establo, saca el cuchillo de su mochila y vuelve para ensartarle siete puñaladas en la espalda y en el pecho hasta descubrir que, finalmente, su corazón ha dejado ya de latir.

Tengo dudas: ¿no sería mejor hacer un relato fragmentado, una suerte de flashback en la mente del asesino? Si elijo esta opción, las imágenes del segundo asesinato, el del Hans —a quién decía estimar pero, al mismo tiempo, le recordaba la pasividad de su madre ante la violencia de su padre— alternarían con las escenas posteriores al crimen. Entonces, de ser así, mientras Silas observa en el espejo del baño principal las manchas de sangre en su ropa, recuerda el momento en que ahuyenta los perros y se dirige a la habitación del matrimonio, a la que ingresa por la puerta de la cocina tras haber agarrado un pico de jardín; más tarde, mientras limpia las botas con un trapo y agua ras, va al baño, elimina las manchas de sangre de su cuerpo y guarda la ropa manchada en una valija que encuentra en un placard, se le viene a la cabeza la imagen de Hans que duerme boca abajo en el colchón, apenas cubierto por una remera blanca. Después de cambiarse el pantalón y depositarlo en la valija junto al resto de la ropa sucia, se da cuenta que olvidó el cuchillo sobre la mesa, vuelve a buscarlo para limpiarlo y colocarlo en su cintura, pero mientras ejecuta estas acciones no puede evitar recordar el momento en que avanza hacía el colchón sobre el piso y se detiene frente al cuerpo que duerme profundamente. No puede demorarse mucho, imagino qué piensa, por lo que se dirige hacia el sótano para salir por la puerta que da a la calle; mientras busca la llave del candado se descubre pensando en el hombre que, a pesar de no haberlo defendido de los maltratos de su mujer, era bueno y correcto con él  y por eso lo apreciaba y por eso también no quería desfigurarlo, dañar su cuerpo o su cabeza. Silas sale a la calle, mira a los costados para cerciorarse de que no venga nadie y enfila rápido hacia la ruta, no sin antes tirar el cuchillo entre los matorrales; en los minutos que espera semioculto que aparezca el taxi, es imposible lograr que la imagen de la parte plana del pico proyectándose hacia la nuca de Hans desaparezca de su cabeza. Me pregunto: ¿mientras está en el supermercado y pide la carne para el asado y las milanesas, mientras recorre los pasillos metiendo en el carrito zapatillas para sus hijos más grandes, azúcar, papel higiénico, leche, chocolates y un vino en caja, mientras paga en la caja con el dinero que sustrajo de la cómoda de la pieza del matrimonio (102 pesos en billetes y monedas), mientras hace todo eso pensará en que minutos, tal vez una hora antes, estaba parado frente al cuerpo del hombre que al momento de morir no emitió grito alguno, ni siquiera un leve quejido? Luego de escribir estas escenas, pienso que Silas puede haber pensado o recordado todas esas cosas, que no es tan descabellado imaginar que el recuerdo de los cuerpos ya sin vida de Hans y Sibylle lo hayan perseguido noches y días hasta ese 17 de junio en que la policía, finalmente, llegó a su casa para llevárselo.

La crónica sobre el asesinato de Sibylle Oeschger y Hans Hinterman podría tener una última versión, la de mi viejo, el juez de instrucción de causa, o mejor dicho: lo que a mí me quedó de su relato de los hechos y de cómo él lo vivió.  A lo largo de estos años, el asesinato de los suizos fue siempre un tema constante en la charla familiar con mi papá, sobre todo conmigo, la persona que algún día escribiría un libro —crónica, ficción, no importaba— sobre este caso. El libro, a pesar de lo apasionante del tema, fue de a poco convirtiéndose en textos más modestos, en pequeños ejercicios de taller que desembocaron en estas líneas que escribo ahora; para esto, sin embargo, robé muchas horas a mi viejo para que me contara o recordara detalles que había olvidado con el tiempo. Me contó, por ejemplo, que cuando entró a la casa y sintió el olor nauseabundo lo primero que pensó fue que él ni siquiera se asomaba a la habitación en la que mi mamá nos cambiaba los pañales a mi hermano y a mí. También me dijo que una de las primeras cosas que se le vinieron a la cabeza cuando lo llamaron —o vinieron a buscar— fue el caso Cabezas, y que por eso ordenó que nadie tocara nada hasta que él estuviera en el lugar. Otra cosa que no recordaba y él refrescó meses atrás fue la indignación que tuvo cuando el jefe de policía instaló en los medios la hipótesis de un posible asesinato seguido por suicidio por envenenamiento  —“crimen pasional”, dijo en una conferencia de prensa— (teoría que se desmoronaría con la autopsia, al encontrarse un fuerte golpe en la nuca). En muchas conversaciones que tuvimos a la distancia mi papá fue agregando algunos datos y hechos fundamentales para entender la historia, el por qué enseguida pidió que busquen y detengan al “jardinero brasilero que trabajaba con la pareja” y cómo fue cambiando su percepción a medida que avanzaba el  primer interrogatorio a Silas —al inicio pensó, me dijo, que era inocente pero mientras profundizaba en las preguntas, la actitud del jardinero había ido sufriendo modificaciones hasta ponerse muy nervioso y pedir seguir declarando al día siguiente—. Recuerdo, eso sí, que esa misma noche el teléfono de casa sonó  a las cuatro de la mañana y que al rato, entre sueños, vi salir a mi papá derecho al juzgado porque Silas había pedido declarar; lo que pasó después, lo que declaró, lo supe (lo supo toda la provincia) horas más tarde cuando mi viejo brindó una conferencia de prensa para anunciar que Silas Aballo Moreno había sido el asesino de la pareja suiza. Después vendría la reconstrucción, la verificación de lo que había relatado el detenido y algunos errores producto de la inexperiencia que a más de uno de los presentes le provocó un escalofrío en la espina dorsal.

Releo todo lo que escribí y, lo confieso, vuelvo a marearme. Quedaron afuera muchas escenas, una cantidad enorme de datos y detalles que no sé cómo acomodar. No me decido tampoco sobre cuál sería el mejor inicio para la crónica de este caso, menos aún sobre cuál podría ser un buen final para esta historia, y entonces me hago las últimas preguntas: ¿qué habrá pasado con Silas en estos 17 años? ¿seguirá preso, su familia lo seguirá yendo a visitar o lo habrá abandonado como sucede en tantos casos? ¿Alguien se acordará de Sibyll y Hans? ¿Acaso alguien le llevará flores a sus tumbas al otro lado del océano? No lo sé y quizás nunca pueda responderme estos interrogantes.

De lo único de lo que sí tengo certeza es que pude cumplir con mi viejo, aunque este sea solamente un texto muy breve y no un libro como siempre le prometí.