Macarena Castro

1.1

“Me Puanearon”

20 diciembre, 2017 in Fotorreportaje

Instantáneas desde el interior de “FILO”, la mítica facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en cuyos pasillos, aulas, baños y territorios contiguos se gestan resistencias a través del arte y donde rige un sistema de admiraciones, incomodidades y códigos comunes retratados por los estudiantes del Seminario de Escritura Creativa de No ficción de la carrera de Letras, dictado por Julián Gorodischer. Aquí construyen un relato de autoría grupal​​ sobre​ ​lo ​​que ​​significa​ ​hoy​ ​“ser ​​estudiante ​​de ​​‘Puan’”

 

1. Tabaquería Puan​

1.1

Baño​​ mixto,​​ planta​​ baja.

 

“Acá no se forman escritores”. Es mi segundo cuatrimestre de cursada. Caminando desde Goyena, esa frase me persigue. Llego a la esquina de la calle José Bonifacio y veo un mural de Mariano Ferreyra y los restos de serpentina y ​pintura de alguien que se recibió. Subo la mirada ​​por ​​la ​​pared​ ​de​ ​la ​​que ​​fuera ​​la ​​tabacalera ​​Nobleza​ ​Piccardo.

 

1.2

Álbum​ ​de ​​figuritas ​​de ​​la ​​tabacalera ​​Nobleza.​ ​¿Cómo​​ sería​ ​un ​​álbum​ ​de ​​figuritas​​ de ​​Puan?

 

¿Qué queda? ​“Acá no se forman escritores”. Miro a ambos lados: kiosco, fotocopiadoras, local de comida árabe, librerías. Cruzo la bicisenda, el asfalto, los vendedores de comida vegana, los volantes, los carteles, los reclamos. Avanzo por el hall de entrada, una pierna en ​​cada ​​escalón, ​​el ​​pasillo.​ ​Entro​ ​una ​​vez ​​más ​​al ​​aula. ​​​“Acá ​​no ​​se ​​forman​ ​escritores”.


1.3

Aula ​​3 ​​Boquitas ​​Pintadas,​​ subsuelo.

 

 

2. ​Ciclos ​​que ​​se ​​repiten​​ en​ ​ciclos​

 

Cierro los ojos y por un instante el vértigo en el estómago desaparece. Una escena que sucede todos los días, pero que, sin embargo, pocos de nosotros vemos: no hay nadie. Soy la ​​primera ​​en ​​llegar ​​a ​​un ​​aula ​​desierta ​​–desnuda,​​ apagada-.

 

2.1

Aula​​ 147,​​ primer​​ piso.

 

Poco a poco, al paso que reaparece el sabor amargo en mi boca, la facultad empezará a llenarse de la gente de la mañana: estudiantes del CBC, chicos en sus primeros años, personas que trabajan de tarde/noche. Y con ellos aparecerán el ruido, las charlas, los papeles,​​ las ​​palomas.

Los mismos espacios que estaban vacíos están ahora abarrotados. Escribimos nuestros nombres en una hoja en blanco y la colgamos en la puerta, inaugurando la larga lista del suplicio​​ colectivo:​ ​el ​​final​ ​oral.

Las sillas, antes abandonadas, son el lugar de los cuerpos que asimilan ser parte del próximo ciclo de comprobación de conocimiento y aprenden a detectar los pasos de sus profesores.

Oigo mi nombre. Me pongo de pie como cuando daba el presente en la primaria y atravieso el aula con paso firme. Me siento ante los docentes, que me miran con aire aburrido, mientras pienso que el aula magna seguirá siendo testigo de un ciclo que se repite día a día. Los alumnos pasan; se acumulan folletos de agrupaciones, apuntes, latas vacías, restos​​ de​ ​comida,​​ sillas ​​que​ ​se ​​mueven…​​ Les ​​sostengo​ ​la ​​mirada ​​y ​​comienzo​​ a ​​hablar.

 

2.2

Aula​​ 324, ​​tercer​​ piso.

 

3. Memoria ​​viva​

 

3.1

Aula​​ 108​ ​Ernesto ​​“Che”​​ Guevara,​​ primer​ ​piso.

 

Pienso en el pasado de la Facultad de Filosofía y Letras: “noble casa de estudios”, promedio de egreso diez años, intelectuales, monturas de anteojos, narices husmeando libros antiguos, pleonasmos, silogismos, sinécdoques. Militantes. La memoria se hace lugar en el Aula Magna, a través de fotografías y datos. Cientos de estudiantes y docentes desaparecidos por la última dictadura cívico-militar revivieron y acuden al auditorio de cada clase.

 

3.2

Patio,​​ mural ​​sobre​ ​los ​​desaparecidos​ ​en​ ​democracia.

 

Cuando el discurso hegemónico exige que no debe vivirse arriesgadamente, cuando el olvido se desliza por los oídos de los espectadores, cuando ya no hay donde descansar la vista de tanta basura mediática, alzamos la mirada y otros ojos, robados, nos la devuelven: Luciano Arruga, Carlos Fuentealba, Jorge Julio López, Mariano Ferreyra, Santiago Maldonado. ​​Enseñan.

 

 

4. Beso​​ cloacal​

 

4

“¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica! Y la paloma dijo: ‘Nunca más’” (Leopoldo​​ Bebchuk,​​ estudiante)

 

Mientras armo mi cigarrillo en el patio (una de las características del estudiante de Puan es armar cigarrillos sin mirar) me encuentro con los ojos de Santiago que contemplan desde las alturas. Pienso que nada será como antes y como un augurio dos palomas cruzan el rostro estampado en una bandera para alcanzar el ventanal del segundo piso. Ingreso a Historia de la Lengua exhalando humo y bronca. Se habla de la evolución de “SPATA”: como tiene “S” ante consonante se agrega “E” a comienzo de palabra y termina dando “ESPADA”. En eso irrumpe un remolino de plumas y patas. Las dos palomas quedan enfrentadas y girando en círculos en medio del aula. Todos miramos la performance y una compañera, mientras acomoda sus anteojos, se sonroja. La pareja por turnos comienza a “pisarse”, abren y tensan las alas, enlazan las patas, se enroscan en una danza de un solo aleteo en busca de la más profunda unión. El estudiantado se alborota cuando las aves se abren a un intenso y vital beso cloacal (“Las aves se excitan con un ‘beso cloacal’. Es el método que utilizan para reproducirse, donde ambos animales implicados rozan sus respectivas cloacas”, afirma el sitio web ​Ecoosfera). Nada será como antes tampoco para ellas desde que son acusadas de causar enfermedades. Un artículo de La Nación ​señala que si bien no existe una ley que las declare “plaga”, organismos oficiales proponen medidas que van desde no alimentarlas hasta colocar objetos punzantes, como es el caso de muchos de los ventanales de la Facultad de Filosofía y Letras; “… en otros (edificios) se usa el canto de un ave rapaz o una exposición de sonidos…”, agrega el diario. A pesar de todo este panorama, fantaseo con un final feliz para nuestras palomas, a lo ​Cinema Paradiso,​ armado​ ​de ​​todos ​​los ​​besos cloacales ​​que ​​tengan ​​lugar ​​bajo​ ​el ​​techo ​​de​ ​Puan.

 

 

5. ​Escuchame​

 

“Un poema no me llevaba más de cinco o diez minutos concluirlo. Como Miguel Ángel, el escultor del Renacimiento, que veía la escultura atrapada en el mármol, yo veía el poema atrapado en la puerta y aunque sea una exageración medio tonta, era así. Veía el poema y lo sacaba a la luz. (…) Me correspondía escribir la puerta del baño. Sólo veía el poema del lado de adentro, nunca, aunque lo intentaba​ ​con​ ​bastante ​​frecuencia, ​​lo ​​veía ​​desde ​​fuera.​​ Los​ ​versos​ ​brotaban​​ hacia ​​adentro.”

Diego​ ​Meret, ​​En ​​la ​​pausa


5.1

Puerta ​​de ​​un ​​baño.

 

Los baños son algunos de los rincones más sórdidos, pero también de los más repletos de energía, intervenciones, mensajes sin botella y grafitis multidimensionales. El hedor nauseabundo​​ tiene​ ​su​ ​epicentro ​​en ​​los ​​cubículos.

En Puan las paredes sí pueden hablar: ¿alguien escucha?, ¿a quién le importa la filosofía del urinario, los años de fijación fálica y arenga anarquista? El baño cubierto de grafitis representa un microcosmos que parece estar exigiendo reconsiderar las posturas políticas (o ​​la ​​falta ​​de​ ​ellas).

 

“Cuando voy a mear, los olores me embriagan, me marean, me repugnan y no puedo hacer más que descargar el cafecito de recién y echar una mirada a mi alrededor. Sospecho que la mierda en las paredes y el penetrante olor a pis de escenario post-nuclear no son cosa de ningún género en particular. Los baños de esta facultad son un espacio único y transformador. Le escapo a los mingitorios. La hilera de penes en compañía está llena y me interno ​​en ​​uno ​​de ​​los ​​cubículos”​​ (pelado,​​ camperita​​ de​ ​jean).

 

Más pintadas. El poder vive en la comunicación del pensamiento. Alguien va a responder.

No​ importa​​ quién.​

Lo​​ importante​​ es​ ​crear​ ​un​ ​discurso ​​y ​​verlo​ ​crecer,​​ alimentarlo.

 

5.2

Baño ​​de ​​hombres,​ ​primer​ ​piso, ​​intervención​ ​del ​​colectivo ​​Shuvia ​​Dorada.

 

 

6. Un​​ viaje​​ espiritual​

 

En primavera los viernes son de feria. El bullicio se mezcla con los colores, las telas, los libros y los sahumerios. El humo sigue la corriente, se aleja. Parece que nadie quiere que esto ​​se ​​termine;​​ por​ ​el ​​contrario, ​​anhelan​​ quedarse​​ en ​​esta ​​isla.

 

6.1

Ventana ​​vista ​​desde​​ el ​​patio.

 

La ventana es un altar de oxígeno, lleno de ofrendas de colillas de cigarrillos. El patio como un ajedrez muestra una reunión de estudiantes abrumados que han huido de sus teóricos. Tres niños juegan un partido de fútbol un rato antes de salir a vender estampitas de aula en aula,​​ con​​ una​​ pelota​​ de ​​trapo​ ​que ​​les ​​regalaron.

 

6.2

Pehuén ​​del ​​patio,​ ​alias​ ​“el ​​pino”.


6.3

 

“La facultad es polifuncional porque no sólo abarca la formación académica para profesores o licenciados sino que es una productora de cultura. Tal vez no nos vas a encontrar en un boliche bailando la música del momento

pero ​sí ​​en ​​un ​​ciclo ​​de ​​poesía.”​

 

Facundo, 26 años, a un seminario y un final para graduarse en Historia y a dos años de recibirse ​​de ​​Letras.

 

 

6.4

 

“Puan es un viaje espiritual: uno asume que hay un crecimiento que no sólo es de la mente sino también del espíritu. Es ante todo una comunidad pujante donde lo extraño y lo común, lo divergente y lo integrado pasan a ser una ​​misma​​ cosa”.

 

Santiago, 27 años, hace “cuatro o cinco años” que​​ estudia ​​Antropología.

 

 

 

 

7. Incomodidad ​​necesaria​

 

Siempre hay más de cien estudiantes en los teóricos de “Teoría y Análisis Literario”. Es una materia ​​inicial​ ​de​ ​la​ ​carrera​​ de ​​Letras.​ ​Se ​​dicta ​​en ​​el ​​aula ​​324,​​ tercer​​ piso.

 

7

Aula ​​324, ​​tercer ​​piso​ ​(imagen​​ invertida).

 

La clase teórica dedicada a Osvaldo Lamborghini no es la excepción, el aula está llena, son las siete de la tarde y como de costumbre quedan pocas sillas vacías. La profesora entra y consulta si queremos que se haga una lectura en voz alta del cuento “El niño proletario”. Aclara ​​que ​​el ​​contenido​ ​es​ ​muy​​ fuerte.​ ​Varias ​​voces ​​tímidas ​​aceptan ​​la ​​lectura. Comienza.

 

Nace​​ en​ ​una ​​pieza ​​que ​​se ​​cae ​​a ​​pedazos…

 

Un​​ silencio,​ ​entre​​ temeroso​​ y​ ​solemne​​ se ​​apodera ​​del ​​aula.

 

Mientras ​​la ​​autora​ ​de ​​sus ​​días ​​lo ​​echa ​​al ​​mundo…

¡Estropeado!

 

La​ ​crudeza​ ​del ​​relato​​ y ​​la ​​belleza ​​de ​​una ​​prosa ​​irreverente ​​nos ​​dejan ​​mudos.

 

Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente​​ los​ ​labios​ ​de ​​la ​​herida. ​​Esteban ​​y ​​yo ​​ululábamos.

 

Escucho los primeros suspiros y que se improvisan abanicos con cuadernos para mitigar, no sé ​​si ​​el ​​calor ​​o ​​la ​​incomodidad.

 

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de ​​Gustavo,​​ quien ​​por ​​fin ​​tuvo​ ​su ​​goce​ ​con ​​un ​​alarido.

 

En medio de la brutal violación al niño proletario, una compañera de la primera fila se desmaya​ ​y ​​comienza ​​a ​​convulsionar.​​ Se​ ​detiene​ ​la ​​lectura.​ ​Otra ​​chica​ ​la ​​acompaña​​ al​ ​baño. Sigue​ ​la ​​lectura.

 

Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la​​ suela​ ​de ​​soga ​​de​ ​alpargata.

 

Pero la profesora no llega a leer un párrafo más sin que se desmaye otro estudiante sentado ​​al ​​fondo ​​del ​​aula. ​​Nueva​ ​interrupción ​​de ​​la ​​lectura.​ ​El​​ chico​​ sale​​ del​​ aula. “¿Seguimos?” pregunta la profesora, pero esta vez nadie responde. Un chico se levanta medio mareado y se va. Vuelve al aula el anterior desmayado. “Estoy bien”. Imposible e imprudente sería seguir con la lectura del maldito cuento. Así lo entendemos todos. Que cada​​ uno​​ haga​ ​la ​​lectura ​​en ​​su ​​casa.​ ​Si​​ es​​ que​ ​alguien​​ se​​ anima.

 

Remontamos​​ el​ ​cuerpo​​ flojo​ ​del ​​niño ​​proletario ​​hasta ​​el ​​lugar ​​indicado.

 

Créditos

Textos​​ e​ ​imágenes:

Gastón Altamirano, Francisca Alvarez Marazzi, Diego Aszenberg, Delfina Biondo, Agustina Buchbinder, Ezequiel Buyatti, Federico Cano, Constanza Casagrande, Agustina Chavero, Jorge De Lucca, Camila Ezeiza, Carolina Fernández Ares, Ezequiel Fische, Otto Garbers Molina, Paula González, Nancy Gregof, Gloria Virginia Herrera, Gabriel Kuczynski, Malena Low, Roxana Maldonado, Antonela Maradei, Alejandro Mársico, Sofía Miranda, Felipe Molinari, Carolina Montoto, Edward Morales Ravelo, Miguel Morley Barbosa, Ana Florencia Mosa, Federico Müller, Luna Neuman, Teresa O’Connell, Julieta Paulos Jones, Tomás Pérez Garate, Alejandro Pompei, Sebastián Reinoso, Mariano Rodríguez, Carolina Romano, Virginia Ruano, Daiana Ruiz, Carolina Selicki Acevedo, María Eugenia Skrt, Macarena Suárez,​​ Mariela​ ​Torales, ​​Amanda​ ​Zannoni.

Coordinación ​​general: ​​Julián​ ​Gorodischer.

Fotos 1, 4, 5, 11 y 15: Laura Palmer

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indios

Civilización y barbarie frente a la diversidad cultural

11 octubre, 2017 in Política, Sociedad

indios

 

Por Malena Castilla

El día 12 de octubre del año 1492 es reconocido como el momento en que los españoles descubrieron América. Actualmente celebramos este día en un contexto de constantes atropellos y maltratos a las comunidades indígenas que aún habitan en nuestro país.

A partir de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, tras acompañar una protesta de una comunidad mapuche en la Patagonia, las noticias sobre desalojos, represiones y difamaciones a los pueblos son constantes. Esto no es una novedad en nuestro país, ya que desde la mal llamada “Conquista de América” (que no fue una conquista sino que fue la apropiación de las Américas) los pueblos sufren diferentes agravios, entre los que se encuentran humillaciones culturales y usurpaciones territoriales.

Es importante, por ello, comprender que los maltratos efectuados en el contexto actual no son más que proyectos de país que se gestan desde la consolidación de nuestro Estado Nación y que son construidos a partir de un discurso unificador  y discriminador.

Desde el 3 de noviembre del año 2010, por Decreto Presidencial 1584/2010, firmado por la ex presidenta Cristina Kirchner, comenzó llamarse “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” a lo que antes conocíamos como el “Día de la Raza”.  Este cambio de nombre para referir al 12 de octubre tiene diferentes significaciones que es importante mencionar. Por un lado hablar de razas hace referencia a una cuestión biologicista, donde se entiende a los pueblos indígenas como una “raza” diferente a la “nuestra”. Conceptos como “raza” o “nuestra” no pueden aplicarse en un contexto cultural como el que vivimos en la actualidad, donde uno de cada cuatro habitantes de la Región Metropolitana de Buenos Aires es indígena según los datos del Censo 2010.

Por otro lado, al pensar en el 12 de octubre, varias imágenes vienen a mi mente: Cristóbal Colón llegando a las Américas con sus famosas embarcaciones (La Niña, La Pinta y Santa María), la imagen que de chicos nos mostraban en las escuelas de “indios”, como eran llamados, vestidos con taparrabos y felices ante la llegada de los españoles y, por último, la dicha de que en este día en el año 1492 se descubrió un nuevo continente. El nuestro.

Ahora bien, desarmemos estas imágenes para comprender por qué hoy celebramos el día del respeto a la diversidad cultural y no el día de la raza.

Por un lado la conquista de América no fue tan feliz como a veces nos enseñaron y nosotros, lamentablemente, aún enseñamos. Los indígenas con sus taparrabos no estaban alegres por ser descubiertos. Todo lo contrario, las matanzas de los miembros de las comunidades, las violaciones y la explotación fueron las principales aberraciones que realizó la corona española en nuestro territorio con una cruz en una mano y armas letales en la otra. La necesidad de oro y tierras generó que los españoles se instalen en la zona utilizando a los indígenas como mano de obra barata. Así, infelizmente, se generó el virreinato de la Plata, donde los españoles gobernaban.

Mucho después, con rebeliones y una independencia en nuestro haber, cerca del año 1860, la República Argentina se consolidó como un Estado Nación. Es decir, se estableció que un territorio determinado, separado por límites físicos de otros territorios vecinos, iba a formar parte de la Nación Argentina. En este sentido, la independencia de la corona española y las fronteras establecidas con otros países limítrofes (Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay y Brasil) eran un hecho. Pero aún quedaban indígenas dentro de la República -habían acompañado y luchado en estas rebeliones y batallas por la independencia-  que serían, una vez más, considerados argentinos. Aquellos pueblos étnicos que eran libres y circulaban por el continente ahora tenían fronteras que no podían cruzar y nuevos enemigos.

En el año 1876, el entonces Presidente Nicolás Avellaneda dictó la ley de Inmigración y Colonización. Dicha ley les otorgaba tierras a aquellos inmigrantes (preferentemente europeos) para trabajar en Argentina. En este sentido, muchas de estas tierras, ocupadas por comunidades indígenas, se volvieron campos de batalla otra vez.

En esta nueva nación, dichas poblaciones se habían convertido para aquellos gobernantes en “razas salvajes” que habitaban los territorios donde pretendían instalar a los migrantes europeos que poblarían el territorio Argentino. De este modo, los mapuches, los qom, los guaraníes, los mocovíes, los onas, los collas, todos, eran enemigos de la patria, una patria completamente racista y conservadora. Una patria que nació llena de sangre indígena: La Zanja de Alsina construida, en el año 1876, como un sistema de fosas con fortines que tenía como único objetivo cercar a las comunidades de indígenas, emplazada en el oeste de la Provincia de Buenos Aires; la Conquista del Desierto en la Patagonia y la Pampa en el año 1878; la guerra en el norte del país con las instalaciones de fortines y reducciones, fueron, entre otros, los mayores genocidios a los pueblos originarios llevados a cabo por el Estado Nacional.

No solo eran balas y sangre, sino que también se elaboró un discurso contra el indígena, que fue tan contundente que hasta hoy en día perdura. Este discurso del “indio salvaje”, “el indio enemigo”, “el indio terrorista”, se estableció en todos los ámbitos e instituciones que existían. La institución más fuerte que repitió este discurso fue la Escuela, de la mano de otro presidente: Domingo Faustino Sarmiento. Dicho presidente escribió un libro titulado “Facundo, Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas” (1854) donde hablaba de la barbarie que habitaba en esta región del país y que era necesario “civilizar” a la población indígena y gaucha para “progresar” como nación. El afán “civilizatorio” que encaró el Estado Nación se basaba en la invisibilización y homogeneización de este sector poblacional que negaba la diversidad cultural.

Los años pasaron y el discurso civilizatorio caló hondo. Muchos de nosotros crecimos en las escuelas repitiéndolo y actuando como indígenas en los actos del 12 de octubre, donde nos pintaban la cara con corcho quemado a pesar de que las poblaciones originarias que habitan en nuestro país no son negras. La imagen de una raza salvaje, negra y homogénea era efectiva para negar los derechos que les pertenecían históricamente a estos pueblos.

Hace pocos años se comenzó a discutir el rol que ocuparon los indígenas en la historia argentina. Actualmente, la discusión acerca de si los mapuches son argentinos o chilenos hace referencia a este discurso elaborado durante la consolidación del Estado Nación. En el año 2013 sucedió un hecho significativo: la estatua de Cristóbal Colón que estaba detrás de la Casa de Gobierno fue reemplazada por la de Juana Azurduy, una mujer que luchó por la independencia de nuestro país junto a los batallones indígenas, una mujer que quería una patria india y mestiza. El pasado mes de mayo, la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires aprobó la mudanza de la escultura de Juana a un parque que se construirá frente al Centro Cultural Kirchner.

Estamos en una época donde el discurso conservador y racista vuelve a tener peso, dando lugar a la discusión acerca de la “verdadera” pertenencia territorial de un pueblo. Este tipo de discursos, o actos, no hacen más que continuar discriminando y hablando del poco respeto que existe hacia nuestros pueblos. Hablar del mapuche como chilenos, por ejemplo, forma parte de un conjunto de justificaciones necesarias para llevar a cabo las matanzas y explotaciones que se produjeron durante los últimos 525 años de historia.

Por eso, cuando hablamos y pensamos a los indígenas como una “raza” diferente a la “nuestra”, lo único que hacemos es repetir este discurso homogeneizador que implementaron los constructores de nuestra Nación, negando y matando cualquier tipo de diversidad que existiera. Nosotros no somos más que el producto de la historia, una historia indígena, migrante, mestiza y gaucha. Nosotros somos los hijos de esos inmigrantes que vinieron de los barcos pero también hijos de esos pueblos que dieron batalla a los españoles bajados de las tres carabelas.

Hoy se celebra el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” pero todos nosotros, desde el lugar que nos toque ocupar, como comunicadores, vecinos, padres, docentes, compañeros de trabajo o simples publicadores de mensajes en las redes sociales, debemos discutir con estos discursos que invisibilizan y buscan negar nuestra propia identidad.

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