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St Pauli: lo que importa es el amor

18 julio, 2016 in Deportes

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Por @gonzaloag.

El FC St. Pauli ha renacido. Aquel equipo fundado en el año 1910, famoso por tener una calavera en su bandera y por su filosofía política ha renacido. La génesis de esta historia data de mediados de la década del 80′, e implica una mudanza. Los terrenos de juego pasaron al muelle de St. Pauli, muy cerca de las calles en donde la vida nocturna de Hamburgo tiene lugar (Reeperbahn). Allí convergen las más diversas minorías que intenta ocultar la pulcra Alemania: prostitutas, okupas, inmigrantes, homosexuales, punks; los cuales viven en armonía junto a obreros y estudiantes. La esencia de este lugar es aquello que define a la institución. En los últimos años ha logrado tener una masa de seguidores cercana a los once millones alrededor de todo el globo y más de quinientos clubes de aficionados, todo esto generado más por sus políticas que por lo hecho dentro del campo de juego.

En esta nota no hablaremos sobre fútbol, sino más bien de valores. Como la famosa anécdota del 2012, en la que Marius Ebbers, jugador histórico de la institución anotó un gol con la mano que ponía al equipo en ventaja. Segundos después, Ebbers se acercó al arbitro para confesar el delito: el gol fue anulado. Por suerte, aquel partido se ganaría en el último suspiro con un gol de Ebbers. Un acto de justicia.

 

 

La mirada vanguardista y el accionar de sus hinchas, dirigentes y jugadores hacen que FC St. Pauli se destaque dentro de las instituciones europeas. “Los piratas del Elba”, como es su apodo, tienen un escudo no oficial: la bandera Jolly Roger, con el cráneo y las dos tibias cruzadas. Convergen en las gradas del FC St. Pauli ideologías heterogéneas, en las que podemos encontrar anarquistas, comunistas y socialistas. Banderas flameando con el rostro del “Che” Guevara, los colores  del LGBT, y una de sus marcas registradas: la esvástica tachada. Porque ante todo son antirracistas, antisexistas y antifascistas, según la rúbrica de su estatuto. Pues, tienen el privilegio de expresar que se convirtieron en el primer club del mundo en perseguir y prohibir toda actividad de carácter fascista o nacionalsocialista.

En una zona con alrededor de 23.000 habitantes, FC St. Pauli logra llenar su estadio, el Millerntor- Stadion, con capacidad para más de 29.000 personas en cada partido. Sumó una gran masa de aficionadas  gracias a su ideología pregonada, tanto en la teoría como en la práctica. Podemos remitirnos al año 2002, cuando retiraron del estadio la publicidad de la revista para hombres “Maxim”, gracias a las incesantes protestas de los fanáticos. Estos consideraban que las imágenes de los anuncios eran sumamente sexistas. También se destaca por contar con Corny Littmann, el primer presidente de una institución de fútbol alemán en declararse abiertamente homosexual.

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En cuanto al núcleo duro de la afición, a pesar de su rudeza, son sumamente altruistas. Los encontraremos en manifestaciones por causas de injusticias sociales, por ejemplo en apoyo a los desahuciados o ayudando a los necesitados mediante donaciones y demás.

Argentina también tiene su relación con el St Pauli. Hinchas de Platense armaron una peña, las Kumbia Queers y hasta jugó Gustavo “Cepillo” Acosta. El ex mediocampista de Ferro fue el primer futbolista latinoamericano en integrarse al equipo alemán.

FC St. Pauli es un caso que podría imitarse para salir del tedio actual, tan frío y especulativo que tienen las instituciones de fútbol en todo el viejo continente. El pensamiento mega capitalista y de derechas, de maximizar las ganancias al punto límite de exprimir al club y a sus aficionados, conservar las formas y tradiciones, ocultar la suciedad bajo la alfombra y demás no le hace bien al deporte que, al menos, en el muelle de Hamburgo está recobrando su frescura y descontaminándose de tanta inmundicia propiciada por los altos mandos de la FIFA y su gerontocracia que parece no tener fin.

Entrando a las gradas, vemos un mural en la pared. Son dos hombres besándose apasionadamente y por encima de ellos la frase, “Lo único que importa es el amor”.

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Democracia Corinthiana: el fútbol social

22 abril, 2016 in Deportes

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Por @gonzaloag.

A comienzos de la década de 1980, Brasil vivía una dictadura cívico-militar, como gran parte del continente americano. La democracia, naturalmente, era una utopía y la pluralidad de voces inexistente.

El fútbol, un deporte de masas que despierta una incontrolable efervescencia en cada seguidor, fue un vehículo en el devenir histórico para comunicar o crear hábitos en las sociedades -al menos en aquellas en dónde este deporte tiene una llegada importante a los hogares. No obstante, puede ser utilizado o bien para mensajes nobles o bien para mensajes dañinos a la sociedad. Aquí es donde entra en escena el Sport Club Corinthians Paulista (de ahora en más Corinthians).

Corinthians fue el epicentro de un movimiento bisagra para la vida de Brasil, y para los futbolistas todos. Un claro mensaje para aquellos que consideran que un jugador es sólo un deportista y no debe sumergirse en las profundidades de las coyunturas sociales.

Bien se sabe que el vestuario de un equipo de fútbol es un ambiente patriarcal, en dónde el orden jerárquico es relevante y se practicas ritos de iniciación casi militares. Pero como en toda regla, siempre encontramos excepciones. En este caso, un grupo de jugadores se mantuvo a la vanguardia, planeando un sistema sumamente democrático: un hombre, un voto. Las decisiones no solo pasarían bajo el filtro de los jugadores, también sufragarían los masajistas, asistentes, doctores, entrenadores, etcétera. Y, como en toda democracia, la mayoría ganaba. Absolutamente todo era deliberado mediante votación: las formas de entrenamiento, la alimentación, los viajes, hasta cuando debían detener el bus para ir al baño. Esto fue denominado “Democracia Corinthiana”, un nombre que poniéndolo en el contexto indicado expresa mucho más. En plena dictadura, un grupo de futbolistas tenia el descaro de arrogarse el título de “demócratas”, aún cuando los militares de turno intentaban acallar todo acto de rebeldía.

El equipo que encarnaba al movimiento Democracia Corinthiana lo integraban principalmente: Casagrande, el rebelde y más joven con tan solo 19 años. Wladimir, habilidoso y potente jugador negro, con cierta militancia política. Como presidente a cargo del fútbol de la institución se encontraba el joven e inexperto Adilson Monteiro Alves, sociólogo graduado de la Universidad de Sao Paulo. A la cabeza del movimiento se encontraba Sócrates, un futbolista con una calidad extraordinaria, doctorado en medicina en la Universidad de Sao Paulo, en 1977 e intelectual. Con inclinaciones socialistas, al “Doctor” le interesaba también la filosofía.

Los cambios en lo relacionado con el fútbol era sólo una faceta de interés en este grupo, también se interesaban en cambiar la realidad social. Apoyaban abierta y profundamente el movimiento “Directas ya”, que reivindicaba el derecho a elegir al presidente por voto directo.

Eran, por sobre todo, controversiales: para algunos causaban admiración, esperanza de lucha y demás sentimientos positivos, pero otros como la alta burguesía, los medios masivos de comunicación y aquellos que estaban en contra de la democracia veían con malos ojos a este grupo de jugadores que intentaban cambiar el orden establecido.

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A pesar de las duras críticas recibidas, el grupo persistió con su ánimo de lucha y cambio. Sus acciones tuvieron un momento que quedará estampado eternamente en Brasil. Y escribo ´estampado´ con cierta intención, pues sus mensajes fueron aún más masivos e impactantes cuando salieron al campo de juego con la frase “Democracia Corinthiana” en el dorsal de cada camiseta. El otro dorsal recordado por siempre y con un tinte mucho más político fue “Día 15 vote”. Este dorsal tiene como motor el 15 de enero del año 1985, día en que se celebraron las primeras elecciones luego de muchos años en Brasil. Las personas tenían temor porque entendían que el Ejercito, tal vez, no los deje votar. Con la sombra de los militares en cada lugar de Sao Paulo, el conjunto del Timao jugaba sus encuentros con ese mensaje tan potente en su remera para apoyar e incentivar la democracia en el pueblo.

“Ganar o perder, pero siempre en democracia”, fue la pancarta que alzaron al ingresar al campo de juego luego de qué se celebren las elecciones presidenciales. Fue otro de los momentos que harán de este equipo un conjunto inolvidable.

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Si bien en esta nota nos estamos enfocando en las acciones que suceden fuera del campo de juego, es sustantivo aclarar que dentro del verde césped eran un conjunto de grandes cualidades técnicas, por lo qué se hizo con el torneo paulista de 1982 y 1983, respectivamente. Esto le da aún más mérito y relevancia a lo sucedido, puesto que grandes y famosos jugadores no durmieron en los laureles de su éxito, si no, más bien lo contrario, utilizaron las oportunidades de expresarse que el fútbol les brindó para lograr emitir y hacer llegar un mensaje a la sociedad.

Como terminó la historia no es de gran importancia, pero sí el recorrido. Estos hombres marcaron el camino a seguir y el ejemplo a imitar. No sólo por los futbolistas, también por el resto de los seres humanos. Entendiendo como reflexión final que desde el lugar en dónde uno se encuentre puede aportar para que el resto viva en un mundo mejor, o al menos, más justo.

[No se pierdan este documental: Sócrates, el artista del fútbol]

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