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Aprender a girar

16 noviembre, 2017 in Microrrelatos

Por Gabriela Figueroa (@Gabrielitafi)

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Foto: Max Pixel

 

Una de las condiciones para girar es entregarse. ¿Pensabas que sólo se puede meditar sentado y en silencio? Yo lo pensaba hasta que Carima me invitó a conocer una forma de meditación en movimiento: el giro sufi o giro derviche.

Paula para su abuela, Elena para su papá, Carima para su maestro. Su nombre no parece importarle, al menos no tanto como lo que pretende transmitir en esta experiencia que tiene su origen en el sufismo. “Cuando giraba no había preguntas ni respuestas, siempre me pareció que el giro era algo de otro tiempo, de otra gente y de otra tierra”, cuenta Carima mientras sonríe a quienes indagamos sobre su vida, al menos quince personas.

Nos invita a formar una ronda descalzos y de pie. Un punto fijo, el infinito, algunos colores. A girar no se empieza de entrada: hay que repetir algunas palabras que no llego a entender y no perder de vista el punto fijo mientras dibujamos el infinito con nuestros movimientos corporales. Amarillo, verde, blanco, negro… se me olvida siempre un color. A veces me pierdo en esta especie de coreografía espiritual que, de tanto en tanto, me invita a bañarme de bendiciones, como si estuviera levantando agua entre mis manos y tirándolas en mi rostro, en mi cabeza. Carima cierra los ojos y en esta danza ritual parece encontrarse con algo más que no logro discernir. A mi alrededor algunos rostros incómodos, algunas sonrisas. ¿Y el punto fijo? Se me olvida, vuelvo, me faltan colores. Escucho a Carima hablar sobre los cinco niveles del corazón. Cinco, ¿cuáles son?

Hay que empezar a caminar en círculos. Siempre se empieza con el pie izquierdo. Uno adelante, abro con el derecho, el izquierdo atrás, abro nuevamente. La mano derecha hacia arriba, la mano izquierda hacia abajo, unidas a otras manos de personas cuyos rostros no logro recordar. Carima repite palabras como un canto, trato de imitarla pero no se, exactamente, si lo que repito está bien.

Aparentemente estamos listos para girar. En el cuello de Carima brilla su protección: un colgante diminuto que contiene el nombre de todos los maestros, partes del Corán y su propio cabello, bendecido por su maestro sufi. Me pregunto por qué necesita protección para practicar el giro, por qué alguien necesitaría protección para girar.

Siempre a la izquierda. A veces sobre el talón, otras sobre el metatarso. El giro comienza lentamente. Mi mano izquierda se abre hacia abajo, mi mano derecha hacia arriba y somos quince personas girando en la penumbra de una redacción del microcentro porteño. Primera vuelta, segunda vuelta. Algo de mareo. Giro, ¿cuántas vueltas? ¿Qué repite Carima junto a la música? Quiero dejar de pensar y entregarme a girar. De repente pienso en mi sobrina de casi dos años, en cómo sonríe cuando gira. Y doy vueltas con ella, juego, río, no estoy.

Lentamente el giro se acaba. Somos un grupo de girantes que mira a un compañero que aún da vueltas al compás de la música. Carima nos mira, espera, sonríe mientras escucha lo que cada uno tiene para decirle sobre la experiencia de girar. El sentido del giro para Carima es simple: se practica para recordar que venimos de Ailah. “Cuando morimos volvemos a él, si recordamos en vida es morir antes de morir, nos acercamos a él”. No pude encontrar este sentido en el giro pero sí conectar con el amor que siento hacia mi sobrina. Quizá ella sea mi protección y el amor, el motor del giro.

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