Wilkis

El peligro de canonizar la crónica periodística

3 febrero, 2015 in Cocina Anfibia

Wilkis

 

Ariel Wilkis, Secretario Académico del IDAES, habla sobre su libro “Las sospechas del dinero”, donde aborda aspectos económicos, morales y culturales de los sectores populares, analiza el lugar de la escritura en el oficio del sociólogo y señala los desafíos del cruce entre el periodismo narrativo y la investigación en Ciencias Sociales.

 

Por Ezequiel Fernández y Martín Güelman

Basta leer los primeros párrafos de tu libro “Las sospechas del dinero” para percibir un tono narrativo poco frecuente en las ciencias sociales. ¿De qué forma contribuyó “La China Invisible”, el trabajo con Sebastián Hacher para repensar tu estilo de escritura y cómo vinculás estos distintos espacios de producción a la hora de pensar tu oficio como sociólogo?

La producción de la crónica con Sebastián fue un espacio de formación de mi propia escritura. Luego, en “Las sospechas del dinero” la experiencia más intensa fue poder pensar un concepto propio de escritura sociológica. Definiría a mi libro como un drama conceptual, un estilo que se inscribe en la línea de trabajo de Marcel Mauss, Karl Marx, Erving Goffman y Pierre Bourdieu, y tiene la necesidad de captar narrativamente ciertos dramatismos de la vida social. Para mí, en la sociología conviven múltiples formas de trabajo: producir material dentro del estilo narrativo es una de ellas.

 

¿Cómo se inserta este estilo de trabajo dentro de la disciplina sociológica contemporánea?

Hoy en día hay un sistema súper especializado, por eso la narración a los cientistas sociales nos parece un mundo ajeno. Pero si tomás distancia y lo ves desde un plano más global, estos cruces están dentro de ese universo. Esto no es nuevo: ya en la Escuela de Chicago los tipos eran periodistas. Yo puedo leer tanto “La China invisible” como “Los restos del saqueo: la violencia de la economía”, la segunda crónica que escribí, en términos sociológicos: las dos están especificando una conceptualización de la vida económica.

 

¿Cómo negociaron con Sebastián los distintos roles en el proceso de construcción de la crónica?

Creo que arribamos a buen puerto porque había en ambos una actitud de despojo con relación a los privilegios del “gremio” de cada uno. Él buscó correrse del monopolio de la narración (porque “los académicos escribimos mal y no somos claros”) y yo evité ponerme en el lugar del que “entiende” cómo funciona la realidad social. Paradójicamente, la clave estuvo en descentrar la escritura para establecer un diálogo mucho más fructífero: no importaba quién tenía la pluma, sino todo lo que pasaba antes (y durante) ese proceso. Y eso significaba mucha conversación sobre qué es la realidad para cada uno y cómo la interpretamos, quiénes son los personajes y de qué forma los construimos, etc.

 

¿Los personajes son los conceptos o las personas?

En nuestras primeras visitas a La Salada, Sebastián hablaba de personas y yo veía mercancías, pensaba en cómo la economía podía ser personificada en esa narración. Él me decía “no veo tu personaje”; yo lo chicaneaba y le respondía “no veo tu concepto”. Después nos dimos cuenta que lo interesante era mostrar cómo esas personas podían ir conectándose a través de una historia que colocara a la economía o a las mercancías en el latido de esa vida social.

 

En “Saqueos” planteás la continuidad de cierta dinámica de consumo respecto de la primera crónica, aunque ahora a través de la violencia directa. ¿En ese caso cuál es la lógica subyacente?

En el caso de los saqueos es sumergirse a costa de recibir un balazo. La vida y la muerte como parte de variables económicas. Hay una frase del libro Sangre Salada que ilustra lo que intentamos decir en ambas crónicas: “cada uno tiene que defender su mercadería”. No hacer eso es perder en la competencia económica. En la segunda crónica, me fascinó la idea del “comerciante guerrero”: me parecía el personaje más interesante y más dramático para construir, sin caer ni en lo apologético ni en lo condenatorio. “Están armados hasta los dientes”, ¿Cómo querés que no estén armados hasta los dientes? Este país produce tipos que venden carne y para vender carne tienen que estar armados hasta los dientes. Si lo querés colocar en una narrativa del tipo “los desamparados roban a los pequeñoburgueses que tienen negocios” sos un delincuente intelectual.

 

En esa crónica planteás que “los saqueos llegan antes que los saqueadores y permanecen después de que se retiran” ¿Qué significa esa idea?

Tiene que ver con pensar el recuerdo de los saqueos y cómo éstos permanecen en la memoria de esos vínculos entre vecinos saqueadores y comerciantes, a los que tienen que venderles sí o sí al día siguiente porque son sus clientes. Son parte de una memoria de un tejido socio-comercial. La acción concreta de saqueo, el saqueo como memoria, como sombra, como imaginación, está todo el tiempo.

 

En tu libro analizás las formas en que la moral se intrinca con los intercambios económicos de los sectores populares, ¿cómo surgió ese interés?

Cuando comencé a investigar este tema, tenía una hipótesis de que los sectores medios y altos cuestionaban la legitimidad de la ganancia popular. Con el correr del tiempo, llegué a la conclusión de que esa sospecha era el equivalente funcional a la del clientelismo en la política: la impugnación en la política se traslada al mundo de la economía.

 

Dentro de esa impugnación, existe un cuestionamiento de la racionalidad de las conductas económicas de los sectores populares (la falta de previsión, el gasto en bienes suntuarios, etc.) ¿Qué tipo de prácticas te interesó abordar?

En el libro trabajé en profundidad la cuestión de la extensión del consumo a través del crédito. Para uno de mis informantes es: “o me endeudo o no consumo, pero si me endeudo vivo con la soga al cuello”. Y ahí hay una cosa para jugar entre vida, muerte, qué cálculo entra, las opciones: consumir o no consumir. Y mejor consumir, no quedar afuera del consumo a costa de estar siempre con la soga al cuello.

 

¿Cómo ves hoy el campo de estudios sobre sociología del dinero en sectores populares?

Yo creo que la academia le da una sobre atención al universo del microcrédito, de las ONGs y yo digo: “muchachos: vamos a ver el mercado”. Ahí se cocina mucho más el destino del acceso al consumo de estos sectores que a partir del microcrédito. Hay una historia propia de la antropología y la sociología local que hace que vayamos a ver lo que pasa fuera del mercado y lo que pasa dentro del mercado no nos interesa, no lo sabemos, es malo, es ideológico, etc. Andá a ver lo que pasa con los bancos, con las financieras de préstamos personales, cuál es la incidencia de eso, cómo se maneja. Hay que descentrar la mirada en la economía social, el ONGismo, y colocar en la discusión qué implica tener un crédito, qué implica estar endeudado, qué implica que las personas digan: “si no me endeudo no consumo”, qué implica para la construcción de modelos de integración social esa combinación de situaciones en un contexto en el cual hubo un fuerte impulso del consumo popular y una redefinición del lugar de los sectores de bajos ingresos como actores relevantes en el mercado.

 

A modo de cierre, ¿cuáles son, desde tu mirada, los desafíos de la crónica?

Lo que me preocupa es la conversión del canon de la crónica, que lo que leas sean variaciones de un mismo patrón y que no importe que se escriba sobre migrantes bolivianos, vendedores de falopa o lo que sea. Va perdiendo color esa historia singular. A ese riesgo están expuestos los recién llegados al periodismo (jóvenes que quieren consagrarse y por lo tanto buscan seguir el canon) y mis colegas de ciencias sociales que están aburridos del paper y quieren escribir crónicas sin aportar nada específico. Es algo que sucede inevitablemente en toda empresa intelectual exitosa: que se pueda rutinizar y canonizar.