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El lugar equivocado, en el momento equivocado

23 mayo, 2017 in Justicia

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Fernando Carrera, una de las veces que había salido en libertad. Foto: La Nación.

Por Exequiel Hopian (@exehopian)

Son las 15:20 en la habitación 206 del Hospital Penna de Parque Patricios. Hay una sola cama y en frente un crucifijo grande. El piso está teñido de sangre y cada vez se escuchan más pasos que, acelerados, se acercan. Fernando, agonizante, está tendido en la camilla. Es un milagro que siga vivo después de 8 disparos recibidos; uno en cada hombro, uno en cada codo, uno en cada pierna, uno en el pecho, y uno en la boca. Se paran alrededor de él, al abrir los ojos de nuevo está rodeado, son todos policías que lo increpan al grito de “¡decinos dónde está tu compañero! Esta cagada la hicieron entre dos ¿por qué la vas a pagar solo?”. Pero no logra entender la pregunta, tampoco imaginaba lo que le esperaba.

Ese trágico martes, Fernando había dejado a sus hijos en la casa de su abuela y se dirigía al trabajo. Cerca de allí, la policía buscaba a dos ladrones que circulaban con un auto blanco similar al de él. Eran las 13:28, los policías estaban de civil en un auto particular y cuando vieron el de Fernando lo interceptaron. Sin identificarse, uno de ellos, con barba y pelo largo, sacó la mitad de su cuerpo por la ventanilla y disparó una itaca. Convencido que eran ladrones se asustó, dobló en contramano por la avenida Sáenz Peña y aceleró en segunda marcha a fondo.

Quince minutos antes, en otro punto de la ciudad (a 70 cuadras), había ocurrido un robo a un colectivo de línea.  Luego otro, donde le robaron 750 pesos a un militar retirado que lo habían seguido cuando salió del banco. Con las descripciones de los damnificados, el Comando Radioeléctrico a Móviles dio aviso inmediato a los patrulleros: “Se reitera, sería un auto particular PALIO de color blanco, tripulado por dos masculinos o un PEUGEOT 205 de color blanco”. La policía realizó un operativo cerrojo, que consiste básicamente en bloquear los puntos de salida y revisar los vehículos que circulen en ese perímetro.

En pleno horario pico, el barrio de Pompeya era un mundo de gente. En la cacería los policías dispararon a mansalva, hasta que un proyectil le atravesó la mandíbula y lo dejó inconsciente. A partir de ahí, el auto continuó cerca de 200 metros, arremetió contra tres personas que murieron en el acto y dejó 8 heridos. La persecución llegó a su fin cuando el 205 blanco se estrelló contra una camioneta utilitaria Kangoo bordó. Pero los policías se bajaron del Peugeot 504 y lo acribillaron más de 20 veces.

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Cuando se acercaron al auto destrozado, en seguida se dieron cuenta del enorme error que habían cometido. Pero el show debía continuar. Pedazos de vidrio, sangre por todos lados, el 205 parecía un colador. Adentro, sentado y moribundo, con la cabeza caída y bañado de sangre estaba Fernando Carrera, un proveedor de artículos de gomería. A sus pies y desparramados, los juguetes de alguno de sus tres hijos. Pero esa historia no vieron los medios.

Rápidamente los vecinos se apiñaron sobre la escena del crimen como hormigas con algún dulce. Intrigados murmuraban e incluso algunos se acercaron para contar lo que habían visto, pero el Sargento Leyes (que más tarde declararía que no estuvo presente ese día) los ahuyentaba “córranse a ver, o les tomo declaraciones a todos y los llevo a la comisaría”.

Los periodistas llegaron pronto, incluso antes que el SAME, y en el afán de la inmediatez se hicieron eco de la historia policial. En los sócalos televisivos de TN, América Noticias Crónica se leía: “Masacre en Pompeya – Dos ladrones robaron, huyeron y mataron”. Una hora y media estuvo Fernando desangrándose en su auto hasta que por fin llegó la ambulancia y lo cargaron. Desde afuera, los movileros fogoneaban a los presentes hasta el punto de querer voltear la ambulancia, “hay que lincharlo al delincuente”, se escuchaba en boca de los vecinos indignados. Adentro, Fernando oía las sirenas y el bullicio de la gente. A su lado, un bombero le pegaba en la cabeza y le gritaba “mirá el desastre que causaste hijo de puta, vos tendrías que haber muerto”. Tardaron 40 minutos en trasladarlo hasta el Penna, que estaba a nueve cuadras de ahí.

El 7 de junio de 2007, en medio de llantos de los familiares de Carrera, el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 14, compuesto por los jueces Hugo Cataldi, Beatriz Bistué de Soler y Rosa Lescano, lo condenó a 30 años de prisión por el robo y la muerte de un niño de 6 años, su madre de 31 y una mujer de 41. La defensa, encabezada por el abogado Federico Ravina, anunció que iba a apelar contra el fallo, ya que se basó en pruebas y testimonios falsos “evidentemente la Policía Federal es muy fuerte. El presidente del tribunal Hugo Cataldi, hace más de 20 años que es docente en la escuela de la Policía Federal. Acá hay una corporación. Creo que le faltó idoneidad”.

Los defensores argumentaron que la policía, para encubrir su error, plantó pruebas y armó la causa, aprovechando cuando todavía no habían llegado los fiscales ni la Secretaria del Juzgado. Pero al año siguiente, la Sala Tercera de la Cámara Nacional de Casación Penal rechazó el recurso y en parte del fallo expusieron: “Afirmar que pudo pergeñarse en un breve lapso de tiempo un complot diagramado en todos sus detalles, en el que incluyeron también a personas civiles ajenas a la situación, resulta una conclusión que difícilmente puede ser compartida”.

Rati Horror

El cineasta Enrique Piñeyro, por recomendación de su hijo, se interesó en el caso y decidió hacer un documental, convencido de la inocencia del protagonista. El largometraje dejó en evidencia muchas partes dudosas de la historia oficial contada por los policías de la Brigada de la Comisaría 34 y 36. En primer lugar, Carrera no tenía antecedentes. La pistola modelo “Taurus” que supuestamente venía disparando desde su auto tenía el seguro puesto, y difícilmente antes de quedar inconsciente la haya asegurado. Además, no le hicieron dactilografía a la pistola para buscar sus huellas. Tampoco el dermotest en su mano para buscar restos de pólvora, aunque la policía  informó que tenía sangre y no se pudo hacer, pero según peritos expertos, ningún líquido es un impedimento.

Otro punto importante es que ni el militar asaltado ni su sobrino pudieron reconocer a Carrera, tanto en la rueda personal como tampoco en la fotográfica. Pero el dato más curioso es que los dos testigos determinantes, Maugeri y Villalba (todos policías) declararon bajo juramento no haberlo visto disparar, pero sí suponen que lo hizo por los ruidos que escucharon. Sin embargo, en la sentencia se dicta que los dos testigos identifican a Carrera como la persona que inicia los disparos.

Gracias a la gran repercusión que tuvo la película dirigida por Piñeyro, muchas figuras reconocidas de distintas organizaciones, fundaciones, como Estela de Carlotto, Juan Carr y otros iniciaron una campaña en apoyo a Fernando Carrera. Adolfo Pérez Esquivel (premio Nobel de la Paz) dijo al respecto “la actitud de los jueces fue lamentable, ya lo habían condenado antes de comenzar el juicio”.

En mayo de 2011, estas personalidades lograron que la Corte Suprema de Justicia de la Nación ordene rever el caso.  El 6 de junio de 2012, por medio del recurso “amicus curiae” (declaraciones de terceros para aportar sobre un caso) y luego de estar 7 años, 4 meses y 11 días preso, Fernando fue puesto en libertad.

Aunque casi un año después la Sala Tercera de la Cámara Federal de Casación Penal lo declaró de nuevo culpable –y esta vez condenado a 15 años de prisión–, el caso en 2014 pasó nuevamente a consideración de la Corte Suprema de Justicia. Hoy desde su casa, Fernando y su familia sienten que luchan contra una corporación de policías respaldados por jueces intocables. Todavía aguardan el dictamen, otra vez.

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