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Matrices, furioso despertar de una mesa de saldos

11 febrero, 2016 in Literatura

MATRICES

Por @alejandrofara.

Hay libros de corto alcance, pensados para paseos de cabotaje, sin turbulencias. Se mueven por rutas conocidas, ofrecen catering a bordo y te devuelven al punto de partida indemne, sin un rasguño. Afortunadamente no es ese el caso de “Matrices”, el libro de Pat Cadigan, una escritora norteamericana prácticamente desconocida por estos lados.

En el exquisito prólogo de Elvio Gandolfo leemos que el diario inglés The Guardian la ungió como la “reina del ciberpunk”. Dicho así suena verdaderamente impactante, aún sin tener muy en claro qué diablos es eso del ciberpunk.

Gandolfo sale en nuestra ayuda y nos explica que es una vertiente de la ciencia ficción, un movimiento breve pero que llegó a expandirse al cine, a los videojuegos y al rock. BladeRunner, Matrix o Minority Report se enmarcan en esa línea.

“Matrices” es una ristra de 13 cuentos que, en sí mismos, sirven como un paneo de la obra de Cadigan, una autora que cuenta con varias novelas y relatos breves publicados en inglés, muchos de ellos premiados por concursos del palo de la ciencia ficción, un género que suele ser menospreciado.

En uno de los cuentos (“Ini, mini, ipsatini”) grafica el horror en la infancia, el recorrido del juego a la tragedia en la piel de un chico debilucho, la típica víctima predilecta de la crueldad. “El guardián de mi hermano” es otro relato sobrecogedor acerca del mundo de los yonkis. En este caso, el incómodo viaje que nos propone va de una historia que se mueve entre el realismo y el surrealismo. “Los pichicateros necesitan amor, pero más necesitan una dosis”, descerraja Pat en la piel de una chica que busca rescatar a su hermano de la heroína.

Al borde de desbarrancarse (pero milagrosamente airosa) Cadigan describe en otro de sus textos titulado “Dos” la inquietante relación amorosa/profesional entre un treintañero y una chica de 12 años que echa mano de sus facultades sensitivas para trampear en una partida de poker que corta el aliento. El resto de los cuentos que componen esta obra no va en zaga y constituyen un edificio sólido y sórdido.

Encasillar a Cadigan como escritora de género no haría justicia con su prosa filosa, con la manera en que crea climas claustrofóbicos, el manejo magistral de los diálogos y, sobre todo, la ácidez que desparrama en las dosis justas como para eyectarte del sillón o arrancarte una sonrisa incómoda.

Su talento narrativo y la decisión de no evitar ni el riesgo ni la incorrección la colocan en el banco de suplentes de un dream team imaginario en el que descuellan un Phillip Roth, o un Banville, o ese trío de plumas maradonianas que integran Carson McCullers, Flannery O´Connor y John Cheever.
Dos o tres apuntes más.

“Matrices”, el objeto físico, es una joyita. Desde la portada y el índice hasta la acertada elección de la tipografía potencian su valor literario. Cada cuento tiene, además, una breve introducción de la autora que da pistas sobre el modo en que fue pariendo los relatos, y la traducción del mismo Elvio Gandolfo va en sintonía con la mordacidad y las pocas pulgas de Cadigan para llamar las cosas por su nombre y para soltar la puteada liberadora en el momento preciso.

Si el lector es voraz (y monolingüe) se topará con una certeza y una decepción. Pat Cadigan, nacida en Schenectady en 1954 y radicada en Londres, ya ha hecho buena parte de su recorrido literario pero lo único que puede conseguirse traducido al español (y con no pocas dificultades) es “Matrices”.

Esta colección de relatos fue editada en 2006 por la editorial Cántaro y, como suele suceder con los autores de culto, pronto pasó a engrosar las mesas de saldo. Algunos ejemplares perdidos se vendían hasta hace poco en una librería de Rosario (“El Aleph”) a cambio de 20 pesos. Tal vez algunos sigan esperando el momento indicado para ponerle fin a la siesta en la mullida mesa de ofertas y dar el zarpazo.

“Matrices” es de los libros que proponen viajes sin destino fijo y a cuenta y riesgo de cada pasajero. Las turbulencias y los pozos de aire en los que esta piloto endiablada se sumerge con placer no dejarán tiempo ni espacio para una selfie en la ventanilla del avión. A cambio, nos deparará el rapto de lucidez que sobreviene cuando la furibunda cachetada termina con el sopor.

(PD: Tras la lectura de “Matrices” pude ubicar a la autora en Twitter. Debajo de la imagen de los rulos rojizos leí con estupor que Cadigan está embarcada en una pelea con una enfermedad terminal. De esa lucha da cuenta su blog patcadigan.wordpress.com que lleva el sugerente subtítulo de “Despachos desde el mundo del cáncer”. Lejos de la autocompasión, esos escritos mantienen la línea de llamar a las cosas por su nombre, pero por hoy es suficiente como para adentrarse en otras oscuridades).

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