“Me hubiera gustado ser un escritor maldito”

Por Mariano Caputo.

Entrevista con Sergio Olguín. Sus inicios, la decisión de estudiar Letras, la literatura, su curiosa relación con el Age of Empires y la “grieta” en el periodismo argentino.

Sergio Olguín trabaja como periodista desde los 17 años. Su primera experiencia fue en la revista Familia Cristiana: “Era un medio de comunicación dentro del catolicismo, pero con una amplitud absoluta para hacer periodismo”. Después pasó por las redacciones de varios diarios y revistas. A la vez se dedicaba a la literatura: “La actividad literaria tenía que ver con un tiempo libre, no con un oficio o un trabajo de tiempo completo”. Sin embargo, a su primera novela publicada, Lanús (2002), le siguieron otras siete, incluida la última, Las extranjeras (2014). En 2009 ganó con Oscura monótona sangre el V Premio Tusquets de Novela, que en dos ediciones anteriores se había declarado desierto.

¿Cómo preferís que te mencionen?, ¿como periodista o escritor?

En realidad, más que preferir, a lo largo de mi vida siempre me sentí mucho más periodista que escritor. De hecho, cada vez que hay que llenar las fichas de algún lado donde hay que poner profesión, siempre me pareció que iba mucho mejor poner periodista que escritor, me sentía más identificado. Para mí, el trabajo, lo que me definía como persona en situación laboral, era ser periodista. Y ser escritor era como una cosa superflua que acompañaba el trabajo periodístico. En los últimos tiempos que estoy más dedicado a la literatura, lo lógico es que llene esas fichas poniendo escritor y no periodista.

¿Hubo algo en particular que te hizo abandonar el periodismo para dedicarle más tiempo a la literatura?

Se juntaron varias cosas a la vez. Por un lado, cierto agotamiento de la actividad periodística, relacionado con lo puramente laboral. La sensación de que el periodismo en este momento está siendo bastardeado y precarizado por las empresas periodísticas de cualquier signo político. Hacen que los periodistas ganemos cada vez menos dinero por un trabajo que supuestamente se tendría que pagar bien y que hoy por hoy está por debajo de lo que se gana en otras actividades muy dignas. Otros trabajadores tienen un sueldo mucho mejor que el del periodista. Además de tener que soportar situaciones muy difíciles como suelen ser las de los colaboradores, hay que estar facturando para después por ahí no cobrar una nota que te la pagan muy mal. Se hace muy difícil vivir del periodismo y estaba un poco harto de esa situación. Eso se juntó con el cierre de una revista en la que trabajaba, El guardián. Nos indemnizaron y nos pagaron lo que correspondía por Estatuto del Periodista. A su vez, mis últimas novelas se vendieron bien tanto en Argentina como afuera. Se vendieron los derechos para adaptación y publicación en otras lenguas y decidí hacer algo que tenía pensado hace mucho, pero que no estaban dadas las circunstancias hasta ahora, voy a ver si me puedo dedicar de lleno a la ficción.

En tu última novela, Las extranjeras, usás como “fuente” la realidad, al tomar el asesinato de las turistas francesas en Salta. ¿Qué es lo que lleva a un hecho que se difundió durante varios días en los medios a convertirse en ficción?

Es un disparador, no hay una intencionalidad de trabajarlo desde un punto de vista periodístico. El hecho de venir del periodismo me permite ver claramente la diferencia entre periodismo y literatura, no confundo una cosa con la otra. Me resulta mucho más claro qué es lo que estoy haciendo. Sé que lo que hago en una novela como Las extranjeras es una ficción y lo que intento es que lo sea más allá de que esté basada o el punto de partida sea un hecho real, porque en realidad no hago una recreación de lo que ocurrió estrictamente, sino que es un disparador para contar una historia que se vincula con muchas cosas de la realidad, no solo con el caso de las chicas francesas, sino con todo lo que ha pasado con los femicidios en el noroeste argentino. Estoy escribiendo una ficción utilizando datos reales, pero eso lo hago todo el tiempo, a veces uno lo hace con cosas que no son públicas, pero en el momento que utilizás elementos autobiográficos o biográficos de gente que conocés, también se está trabajando con la realidad.

–¿Hay un límite que deba respetarse?

–No, no hablaría ni de límite ni de respeto. Me parece que lo que uno utiliza son aquellas cosas que le sirven para una ficción. Lo que no intento es pasar gato por liebre. No me interesa agregarle al contenido ficcional el elemento morboso de “esto es la realidad”. Una ficción es siempre una ficción, incluso cuando uno utiliza elementos autobiográficos. Por más que yo ponga mi nombre, cosa que no hago, pero si lo hiciera estaría haciendo una ficción. Nunca es la realidad. A veces desde el lector cuesta un poco diferenciarlo. No es lo mismo un texto periodístico que un texto ficcional. En una novela nunca se puede contar una verdad. En el periodismo, mal que mal, uno puede exponer los hechos reales y pensar que en esos hechos reales hay una verdad. En la literatura eso es imposible.

–¿Cómo te iniciaste en la literatura? ¿Hubo algún hecho en particular?

–Creo que hay una especie de constante que se va dando a partir de un momento en que la literatura se vuelve ya no la actividad pasiva de la lectura, que es lo que me ha llevado sin duda a convertirme en escritor: el hecho de ser lector. Siempre me gustó mucho leer, desde chico. Creo que en ese placer de la lectura estaba la sana envidia de esos escritores, de querer ser como esas personas que disfrutaba leyendo.

–¿Qué te llevó a querer ser cómo ellos?

Cuando tenía 10 u 11 años empecé a escribir una novela. Escribí cinco líneas inspiradas en un perro que yo tenía, que había muerto en la perrera y había sido toda una tragedia familiar. Ese fue mi primer intento de pensarme como escritor. Obviamente no pasaba de ser un juego. Después, en la adolescencia, empecé con algunos cuentos. Creo que lo que me hizo sentir que de alguna manera podía ser escritor de verdad es que gané un concurso de cuentos breves en una revista que se llamaba Humor y juegos. Me hizo pensar que había alguien que no conocía al que le podía gustar lo que escribía y decidí hacer un taller literario. Tenía 16 años e hice uno de un año con Gloria Pampillo. Ahí empecé a disfrutar de la escritura como una actividad y tomármelo más en serio, creo que fue el comienzo.

–¿Te decidiste a estudiar Letras por la literatura, el periodismo o ambas actividades?

Pensaba estudiar periodismo, en ese momento no existía la carrera de Comunicación Social en la UBA. Existía la carrera de Periodismo en La Plata, Rosario y en Lomas de Zamora y pensaba irme o a La Plata o a Lomas. Cuando hacía el taller literario, les comenté eso a dos profesoras. Me dijeron que no estudiara periodismo, que no me iba servir y que estudiara Letras. Me veían para estudiar Letras y fue lo que hice.

¿Cómo fue tu relación con la carrera y el discurso predominante?

–Tenía una mirada crítica, la sigo teniendo, sobre la teoría literaria. Me parece que la preeminencia de la teoría sobre la práctica no es buena en ningún oficio y en Letras había casi un abuso de eso. La interpretación del texto era más importante que el texto. Siempre me peleé con esa visión que se pone de moda con el estructuralismo y con el posestructuralismo y lo que vino después. A mí no me interesa esa literatura fruto de la teoría literaria, sino otro tipo de literatura que nace más de la creación del artista en su intención de participar de su mundo, de la realidad, de la ficción, de lo que fuera, pero desde una perspectiva propia, no desde una teoría adoptada.

Tu primera experiencia como periodista fue en una revista cristiana a los 17 años. ¿Cómo fue esa experiencia?

En ese momento había dos revistas católicas: Familia Cristiana y Esquiú. Cada vez que llamábamos a alguien para hacer una nota le decíamos que éramos la vereda de enfrente a Esquiú, porque era la revista de derecha de la Iglesia Católica, y Familia Cristiana era una revista bancada por La orden de San Pablo. Era un medio de comunicación dentro del catolicismo, pero con una amplitud absoluta para hacer periodismo. Se hacía periodismo de verdad. Había algunas páginas dedicadas a todo lo que tenía que ver con lo cristiano. Pero el resto era una revista de actualidad.

¿Cómo era la relación de la revista con los lectores? Desde el prejuicio, uno se imagina a los lectores con una mentalidad bastante cerrada.

–La revista tenía muchos lectores mojigatos y católicos tradicionales que se ofendían, por ejemplo, porque ponían a Borges en la tapa. Cada vez que hacían algo así bajaban las suscripciones, porque decían que Borges era un ateo. Las monjas se reían, tenían una visión política progresista, muy crítica de la Dictadura y, por otra parte, también del papel que jugaba el alfonsinismo con respecto a la labor de los militares. Se criticó a las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y eso empujó a que ese grupo tan maravilloso de monjas y periodistas se desarmara. Vino la orden de Italia de desarmar el equipo.

Como primera experiencia, ¿te dejó algún aprendizaje en particular?

Fue mi escuela. No estudié periodismo, me hice periodista trabajando ahí.

¿Tenés una concepción del periodismo que implica ciertos principios?

Se puede decir que sí, no son principios muy distintos a los de otros. Soy partidario de esa escuela tradicional del periodismo. Me formé en esa escuela de periodistas curtidos en redacciones. Es la escuela más tradicional, el periodismo en tercera persona, en el que lo que predomina es la información.

–¿Hay una crisis del periodismo tradicional desde tu concepción?

–En parte sí, me parece que los periodistas se han tomado muy en serio a sí mismos. Los periodistas han pasado a ser más importantes que la noticia. Cuando empezás a competir con elementos del mundo del espectáculo se pierde la idea del oficio, se convierte en otra cosa, en un opinador más que en un periodista. Eso por un lado. La precarización del trabajo de periodista ha llevado a que los periodistas se conviertan casi en voceros de determinados sectores que les ponen pauta publicitaria o que les dan un cheque o lo que sea. No solo en el periodismo político, pasa también en el deportivo, en espectáculos. Me parece que se han empezado a confundir las cosas. Hay como una especie de crisis sobre qué es ser periodista y qué implica.

–¿Esa crisis tiene relación con la lucha de facción política más polarizada que se ha dado o es un fenómeno independiente de eso?

–Eso tiene que ver con otro tipo de fenómeno, pero no es una crisis. Me parece que, en todo caso, es la toma de una posición. También ha ocurrido en otras épocas de la historia argentina. No es la primera vez que pasa en el periodismo. En Argentina siempre ha habido una tradición de periodistas que toman partido por determinada facción política. No me parece que ese sea el motivo de la crisis. Creo que es circunstancial, van a haber otras tomas de posición. Si uno lo piensa en la época de la Dictadura, había periodistas críticos, como en la revista Humor o en The Buenos Aires Herald, algunos editorialistas de La Prensa, y estaban los otros, la prensa canalla, como se la denominó en su momento.

–Gente.

–Claro, eso era una toma de posición frente a la realidad. Ahí también había una profunda grieta, sólo que de un lado había muy pocos. Periodistas oficialistas ha habido siempre, el radicalismo los tuvo, el menemismo también. En todo caso es ver qué defiende y propone cada uno en sus posiciones. Me parece que no pasa por ahí la crisis, pasa por cuestiones un poco más sórdidas, que en parte tienen que ver con esta situación de periodistas cada vez más grave. Es muy difícil vivir del oficio.

De vuelta en la literatura, en Oscura monótona sangre, Andrada, el protagonista, es un personaje que luego de cometer un asesinato se margina a sí mismo; si sumamos el realismo, recurrente en tus novelas, ¿te considerás parte de cierta tradición de la literatura argentina que viene desde Roberto Arlt? Erdosain, en Los siete locos, se siente alejado del resto de los hombres luego de convertirse en un ladrón y asesino.

Sí, más allá de la calidad de lo que haga, me siento parte o deudor de una tradición realista que nace en algún punto con Roberto Arlt y sigue con la generación del 50′, con la generación parricida de David Viñas, Bernardo Kordon… Después, la generación del 60′, con escritores como Abelardo Castillo, Miguel Briante u Osvaldo Soriano. Me parece que entro dentro de esa línea de autores que admiro y que he leído con mucho amor.

Roberto Arlt fue olvidado durante muchos años, pasó un tiempo hasta que se lo reeditó.

A Roberto Arlt lo rescata la generación del 50′. Arlt muere en el 42′, la generación del 50′ se da a fines de la década, pero en vida tampoco era un escritor reconocido como tal, era más reconocido como cronista. Por las aguafuertes era muy popular, pero no como novelista.

¿Por qué creés que se da el olvido de escritores como Arlt o Kordon?

Tiene que ver con las tendencias en el mercado editorial y de la crítica literaria que suelen ser muy injustas. Falta una tradición en Argentina de reeditar la propia literatura. Si vas a Francia, están los libros de los autores franceses en todas las librerías y se reeditan en ediciones de bolsillo. Hay una tradición de volver a su propia literatura. Acá hay una cosa de olvido, te morís y se olvidan.

¿Puede tener que ver con una lucha en el mundo literario? ¿De un discurso que se impone y hace a un costado a ciertos escritores?

Faltan políticas editoriales claras alrededor de la literatura argentina. Hay una búsqueda del autor nuevo y no hay una intencionalidad de rescatar, y mucho menos leer. También pasa por eso, el público lector no responde. Si alguien edita a Bernardo Kordon, sus libros no se convierten en best sellers.

¿Qué rol juega en tu proceso de escritura el Age of Empires?

Cuando escribo ficción, para distenderme, para separarme de la locura cotidiana, juego al Age of Empires, sobre todo al 1 y al 2. No paso al 3, porque en su momento no tenía una PC para jugarlo, ahora la tengo, pero no me termino de adaptar a los gráficos, al estilo, me aburro. Lo que me permite es cortar con la realidad y a su vez es un juego de estrategia. Me divierte, es un autoengaño porque me siento supuestamente a jugar.

¿Cómo es tu situación de escritura?

En general, me he hecho cargo de las tareas domésticas familiares. Pero lo llevo bien, me siento cómodo… siempre digo, un poco en serio, un poco en broma, que me hubiera gustado ser un escritor maldito, pero me tocó ser un padre de familia. Entonces no me queda otra que insistir en eso.

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