Me conecto un toque y vengo

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Por @jnaser.
Foto portada: Ja Ant
Fotos nota: Verónica Tello

Las chicas webcams se desnudan frente a la cámara a cambio de dinero. Dentro de este mundo de entretenimiento para adultos existen empresarios que montan páginas y estudios para que ellas capten clientes. Es uno de los nuevos trabajos hijos de la emergencia de las nuevas tecnologías, que viene sumando una gran cantidad de adeptos. Legal y aparentemente inofensivo se presenta como una posibilidad más dentro del mundo laboral de esta era. 

 

Desde chico a Juan lo tenían por emprendedor. Siempre había pedido trabajar, incluso cuando la edad no le daba. Era normal verlo cómo encaraba proyectos de los más sencillos e intentaba montarlos con aire empresarial. Familiares y amigos pensaban que estaba destinado para algo grande. Empezó a estudiar filosofía y nadie lo podía creer.

Hoy vive en Medellín y no llega a los treinta. Es joven, flaco, vivaracho, con la piel del color de un cuero viejo. Hace cinco años que se inició en el negocio de las webcamers. En la universidad conoció a una amiga que trabajaba en un estudio para una página de chat erótico de Estados Unidos. Le pagaban 3 mil pesos colombianos el minuto (en Argentina, diez pesos).

Cuando llegó a su casa unas horas más tarde de esa charla, entró en la web Encontró alrededor de 500 modelos conectadas: rubias, altas, gordas, con tetas turgentes y colas caídas. El morbo no hacía distinción y para cada gusto había una chica disponible. Fue entonces que una vocecita interna le dijo: “en Medellín hay muchas mujeres hermosas y montar una página no es cosa de otro mundo”. Para ese entonces, ya había centrado muchos de sus trabajos universitarios en tópicos como la literatura erótica, la historia de la pornografía, las sexualidades contemporáneas y algunos temas aledaños. Tanto le interesaba, que en principio pensó que lo del él era ser productor de películas porno.

Tiempo después, se dio cuenta que lo de las mujeres bellas era verdad, pero montar una página web con video en tiempo real, no.

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Juan es un tipo sencillo, de habla fluida, muy parsimonioso; habla de lo que hace como si fuera un estudiante exponiendo su tesis. Cuando se inició en esto lo primero que hizo fue diseñar Juanax.com, que en principio tenía una estética muy elemental, pero como era algo novedoso en Colombia ganó cierta popularidad. En ese entonces apenas contaba con una chica con la que iba a medias. Eliana es una rubia físicamente cautivadora, pero cuenta además con un bien más preciado que un cuerpo bonito: buena labia. Eli maneja el diálogo como pocos y tiene mucha imaginación. Al principio no pasaba mucho, pero después de trabajar algunos meses en la programación de  la página la cosa mejoró y comenzó a crecer. De repente la rubia trajo dos amigas, y esas otras dos y así se zambulleron en la grata costumbre de hacer dinero por minuto.

El primer año en el que se montó el negocio sus amigos aseguraban que estaba loco: “¡Cómo vas a hacer una página porno con modelos en vivo!”. Rudimentaria y llena de problemas técnicos, del todo risible, la aventura empresarial fue tomando forma. Al principio los shows se brindaban con mala calidad de streaming pero  después ya estaban mejor constituidos.

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Clarisa era prostituta. Trabajaba en páginas de escort en Buenos Aires, hasta que descubrió el mundo de Juan. Al principio no creyó que fuera posible recaudar las cantidad de plata que levantaba en su departamento privado de Recoleta, pero cuando por curiosidad decidió sumarse a la tribu de webcamers descubrió que se sentía más cómoda en el mundo de los bailes de los siete velos que ensayaba frente a la cámara, y que después se traducían en aplausos y emoticones sonrientes de sus clientes invisibles.

Solo dos juguetes eróticos adornan su cuarto, que manejados con la gracia de sus manos son más que suficientes. Su jornada comienza después del almuerzo, momento en el que dispone todo para viajar por la web, y llegar así al cuarto de algún cliente solitario para entretenerlo hasta el éxtasis, hasta llegar a ese final que- casi siempre- le sabe a gloria. Y a muchos visitantes este escenario les parece el adecuado para saciar perversidades, y enter tras enter el dinero se vuelve constante y sonante. Y a ella le gusta fantasear con la idea de cómo sus bailes alcanzan lejanas latitudes, demostrando que el sexo no tiene patria.

Cuando se conecta no necesariamente debe desnudarse. Muchos sólo buscan un poco de compañía, medida en minutos. Pero también están los que redoblan la apuesta: que se masturbe con un pepino o con una botella de Pepsi.

El inicio de Clarisa en esta industria fue la consecuencia de una mala situación económica. Un día sin decirle a nadie emprendió su labor. Apenas algunos meses en su departamento privado hasta que descubrió que el software de la página de Juan le facilitaba el anonimato, bloqueando a su país de origen. No quería que la viera algún cercano. Por las dudas. Seis meses después su perfil, su gracia, y su sonrisa trastornaron a todos. Así empezaron los regalos para toda la familia: nuevos televisiones, heladeras, sillones.

Un día salió del cine y cuando encendió su celular tenía un mail de Martín, su hermano. Ahí la esperaban el link del sitio donde ella trabajaba: “¿Qué es esto?”. Automáticamente sintió el vértigo de haber sido descubierta. Cuando fue a visitar a la familia todos la miraban con desprecio. Martín se acercó y le mostró un video. Ahí se vio a sí misma medio desnuda, primero bailando, después separando las piernas y tocándose. Su familia le dio la espalda. Hasta hoy nadie le habla. Su novio la dejó y su abuela casi la manda al cielo. Ella espera –quizás ilusamente- que algún día la entiendan, aunque ya mucho no le importa.

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El negocio del porno en la Web logra un tráfico de usuarios que casi supera en número a redes sociales como Facebook o Twitter. La página más famosa de webcamers del mundo llega a tener unas cuarenta millones de visitas por día, con un promedio de ventas de 2mil USD por minuto. El boca en boca reza que esta nueva profesión adoptada tanto por mujeres como por hombres emergió cuando algunos proxenetas descubrieron que si las prostitutas no tenían clientes, podían ocupar su tiempo desnudándose frente a una cámara. Después de todo, alrededor del mundo había más hombres ociosos y solitarios, ávidos de entretenimiento y placer que los que visitaban los prostíbulos. Se sospecha que esto hizo que muchas trabajadoras de la calle se pasaran a este nicho del rubro que recién emergía junto con el uso de las nuevas tecnologías, y que se dedicaran a esta profesión que implicaba riesgos menores, que se ejercía en estudios montados especialmente para ello. Ahí se daba paso a otra realidad, a la virtual, en donde no había cuerpos concretos, sólo una cámara, frente a la cual ellas podrían desenvolverse con gracia de circo ante usuarios deseosos de verlas actuar.

Algunas de las chicas que trabajan para Juan lo hacen desde una casa- estudio que el mismo creó. Si bien muchas lo hacen desde sus propios hogares, él apuesta desde su lugar a generar un ambiente prolijo y glamoroso, con cierta estética, que le hace de fondo a los oportunos bailes y masturbaciones. Por eso los cuartos que montó se distinguen: sus paredes encandilan de blancas, hay sillones con bordes dorados, candelabros, cortinas de tulles de colores, y alfombras con arabescos que se despliegan en los aproximados 10 metros cuadrados que ocupa cada uno de ellos.

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En principio no todo fueron chicas, plata y ojos fisgones del otro lado: en poco tiempo el negocio mostró su hilacha. Con el auge de la página, comenzó a recibir compras de minutos con tarjetas robadas por lo que en los seis meses iniciales de estar facturando llegó el primer requerimiento por fraude por un monto de 50 mil USD. La empresa casi quiebra porque las franquicias de MasterCard y Visa exigían regresar el dinero a los reclamantes. No se había dado cuenta de que esto estaba sucediendo porque una persona tiene hasta seis meses para iniciar el proceso para que le devuelvan lo que no gastó. Durante dos años tuvo una tasa de fraudes bastante alta, la segunda vez fue de 30 mil USD al mes. Así que fue instalando cada vez más procesos de seguridad hasta que lo redujo a 5 mil USD en promedio por mes, lo que equivaldría al 15% de sus ventas mensuales.

Aparte de los riesgos económicos que implica el negocio de las páginas de entretenimiento para adultos, Juan lidia con los cuestionamientos sociales que las demás personas hacen del rubro. Lo acusan de pasar horas masturbándose en Internet. No sospechan que invierte su tiempo creando campañas publicitarias, diseñando estrategias de marketing, y viendo cómo atraer clientes. Todo eso hace que la empresa- como cualquier otra- sea compleja. Los requerimientos legales para montarla siguen la línea de cualquier otro negocio a nivel mundial. Inscripta dentro de la categoría de “entretenimiento para adultos”,  no trabaja con menores de edad, y no emite shows de muerte o violaciones.

Lejos del mundo ideal, blanco y santurrón del que muchos se jactan, la empresa de Juan se profesionaliza cada día más. Sus fichas están puestas en ir configurando shows cada vez más artísticos, mas diversos y abiertos al mundo. Se puede decir que esta ya es una industria, que sigue las pautas del mundo “civilizado”, de los rumanos pioneros, de los franceses libres. Hoy los números de las chicas que por decisión de ellas mismas se encuentran en la pantalla llegaron para instalarse en la retina del que así lo prefiera.

Juan se erige así como un personaje hijo del siglo de las luces, las tecnologías de la informática y la comunicación, de la globalización, del recreo, del goce, del esplendor del hedonismo, de las cámaras que llegan a todas partes, al zaguán, al comedor, al dormitorio, y hasta  el interior laberíntico, hermético y brumoso de las personas. Las cámaras  están aquí y allá para verlo todo. Igual que Facebook, YouTube, Instagram, su empresa mete el lente en las entrañas del ser humano, y le muestra algo al mundo: que todos somos curiosos, todos somos fisgones, todos somos mirones y morbosos.

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Francisco consume la página de Juan. La nueva. Le gusta porque las modelos tienen cierta sutileza que las aleja de lo vulgar que abunda en la red. Es contador y está casado, pero las chicas del sitio le encantan. Es bajito y siempre anda de traje. Usa una tarjeta de crédito especial para estas ocasiones. Su mujer no sabe que la tiene. De lunes a viernes, a eso de las seis de la tarde, cuando todos sus empleados dejan la oficina, el se acomoda en su gran sillón ejecutivo, apaga las luces, se calza los auriculares y se dispone a chatear con Marina, una venezolana que si bien no tiene las curvas de una modelo lo calienta hasta acabar.

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Hace tres años que deambula por estas páginas, y prefiere la seguridad que le brinda el anonimato virtual que exponerse con una prostituta. Aunque sabe que no es lo mismo que el sexo piel con piel lo que ve en la pantalla lo satisface. Sus propinas son altas porque sabe que si entusiasma con el dinero a una modelo, ella le prepara un show especial por ser cliente recurrente. Le gusta mucho la lencería, las ligas, el tul y las bocas rojas y carnosas. Francisco siempre pide lo mismo: no quiere baile, no le interesan los consoladores ni los vibradores que se venden en los sexshops, sino que es un adepto a que las modelos se masturben con objetos que se encuentran en la casa de cualquier mortal. Por sus ojos entonces desfilan vaginas que se sientan sobre bananas, mangos de cepillo, y hasta ha jugado a ver cuántos lápices Faber Castell entran ahí. La venezolana es la más entusiasta, quizás porque sabe que mientras mayor sea su creatividad a la hora de elegir el objeto mayor será la propina que le den. Por eso, cuando Francisco se conecta ella roba unos minutos del crédito en hacerlo elegir entre una variedad de cinco o seis elementos: su misión final es poder sentarse sobre alguno de ellos, para lo que seguramente necesitará más de quince minutos de tener a su cliente en línea.

Francisco nunca pasa más de media hora conectado, aunque esos minutos a fin de mes resulta ser un presupuesto. El minuto le sale aproximadamente diez pesos argentinos, por lo que esos treinta representan un bien número por mes. El costo no le molesta: no se va de vacaciones, no es fanático de autos ni de objetos caros. Uno de sus únicos lujos consiste en sentarse en ese sillón, con el silencio de la tarde y las ventanas bajas, imaginando si las chicas que ya lo conocen y que muchas veces lo esperan habrán elegido algún instrumento diario para sumergirlo en su sexo.

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Juan calcula que en su sitio trabajan unas mil modelos webcams argentinas. Del total de mujeres latinoamericanas, es un buen porcentaje. Parece que las argentinas gustan bastante, y la mayoría se desenvuelve hablando en inglés, lo que es una gran ventaja.

Se estima que en los años noventa el país se sumó a la industria pero con un perfil ligeramente distinto: las “cam girls” solían ser mujeres que trasmitían por Internet, muchas veces durante todo el día al mejor estilo Gran Hermano, pero haciendo énfasis en las relaciones sexuales que tenían con sus parejas o con hombres random. Estos sitios llegaron a ser muy populares y sus modelos muy ricas, debido a que era algo muy novedoso, y el morbo y la curiosidad hacían que la gente pagara membresías no muy baratas para poder ver esas transmisiones. Hoy, el negocio es sumamente amplio y hay que hacer verdadero mérito para alcanzar un número de visitas que represente una buena cantidad de plata a la hora de cerrar el balance del mes. Aún así las mujeres argentinas le dicen que sí al mundo webcamer y a empresarios como Juan Bustos.

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