Más allá de los mitos de Krishna

ISKCON

Por Lucas Barreña

Foto: ISKCON

 

Un libro de Brian Weiss llegó a mis manos en un momento de gran curiosidad existencial. “Muchas vidas, muchos maestros” prácticamente evidenciaba de forma científica la existencia de vidas pasadas y futuras: el autor, psiquiatra, trató con métodos de regresión los traumas de una paciente; sus precisiones en los acontecimientos relatados que le sucedieron en supuestas vidas anteriores llamaron la atención del profesional, que se dispuso a encontrar documentos que testifiquen la veracidad.

Weiss descubrió que todo lo que su paciente relataba había ocurrido en algún momento. La historia, por su parte, estaba basada en hechos reales. El último tercio del libro pertenecía más a una conclusión filosófica devenida del relato del psiquiatra y su cliente, algo así como los valores católicos que provienen del mito de Jesús.

Justo en una etapa personal en la que el cuestionamiento hacia mi crianza cristiana llegaba al límite del cataclismo, un par de páginas amarillentas me enseñaban nuevas concepciones sobre la vida y la muerte. El libro, más allá de la credibilidad de la historia, era una mera intención de descontracturar la siempre tan temida e inevitable muerte, a naturalizar la única certeza que tenemos de nuestras vidas y alivianar la pérdida de los seres queridos. Todos síntomas frecuentes de la sociedad en la que vivimos.

La religión siguió sin interesarme jamás. La considero para los débiles, para quienes tienen que creer en un ser superior para depositar sus miedos y esperanzas por no poder confiar en sí mismos. El único ápice atractivo era el cuestionamiento, no la involucración. Mucho más lo fue cuando empecé a comprender que la vida católica, detrás de la historia de María y José o los pecados que “te llevarán al cielo o al infierno”, tenía un fin último de aceptar la vida como única posibilidad en la tierra. Pues entonces había que progresar, esforzarse, tener buen comportamiento y, por supuesto, llorar a los muertos que nunca jamás volverás a ver. Claramente estos conceptos, tan naturalizados como imposibles de deconstruir, no me agradaban.

Opté por recurrir a mi fiel amigo Internet para cerciorarme sobre movimientos u organizaciones que se acerquen a la filosofía predicada en las páginas del libro de Weiss. Así, me encontré navegando por la web de la Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna (ISKCON), una institución centrada en la sabiduría hindú, una religión que algo tenía que ver con vidas pasadas y futuras.

Sin conocer prácticamente nada -sinceramente nada-, me lancé a incursionar en las actividades que la comunidad realizaba. Un domingo de septiembre viajé hasta Colegiales para toparme con una esquina que rezaba en su fachada: “Naturaleza Divina. Restaurant”. La dirección del templo hindú era la correcta, pero no había ido a almorzar. Unos metros más allá pudo encontrar una puerta de lo que parecía la entrada de una feria de artesanos.

Al pasar empecé a cruzarme con jóvenes pelados vestidos con túnicas naranjas. Comprendí en ese momento que realmente estaba en un lugar donde nunca había estado. Un salón a la derecha aguardaba la exactitud del mediodía para comenzar una meditación grupal. Puse un pie en los escalones y tuve la primera advertencia del día: había que dejar las zapatillas afuera.

Descalzo entré a una sala cuadrada y colorida que me trasladaron a los confines de Nueva Delhi. Pequeñas colchonetas marrones en el centro y sillas negras en su periferia acompañaban a dos músicos que se preparaban para la iniciación. Elegí el lugar más alejado de ellos por miedo a tener que participar. El salón continuaba adornado por una cúpula con un telón al fondo y una especie de Buda sentado en una de las esquinas, a quien por primera impresión lo vi de carne y hueso hasta que me detuve a observarlo con atención: era de cera y su cara me resultaba familiar, pues lo había visto en el sitio web de ISKCON. Era Srila Prabhupada, fundador del movimiento Hare Krishna.

Una vez sentado en la silla me las arreglé para mirar sin mirar. No quería llamar demasiado la atención, que sepan mi condición de observador o mi repudio a cualquier tipo de religión. A mi izquierda, un adolescente calvo lijaba lo que parecía un mármol circular y un señor robusto y panzón daba órdenes como si fuese el superior. El salón se empezó a llenar y distinguí algunas nuevas costumbres: muchos de los varones tenían pintado de beige la frente y muchas de las mujeres contaba con un “tercer ojo” en el mismo lugar.

Los recién llegados entraban en silencio y se rendían ante la imagen del fundador del movimiento con una reverencia de rodillas y con la frente en el suelo. No sólo no quería mirar detalladamente, sino que tampoco me animaba a cosas simples como usar el celular o cruzarme de brazos. Tenía más prejuicios de los que creía. De hecho, sentí miedo en algún momento. De esos miedos de ignorante. Miedo a que me llamen a realizar un sacrificio o me den de tomar algún té psicodélico. Que sea apto para todo público y que la institución se maneje dentro de los marcos legales de CABA espantaron los inútiles fantasmas.

A las doce y media, uno de los músicos dio inició a la ceremonia. Cantaba y tocaba el armonio, un instrumento parecido al acordeón, y a su lado un joven lo acompañaba con el mridanga, una especie de bombo de la India. Empezaron a tararear. Estuve un rato largo descifrando si realmente eran palabras o no, mientras seguía el ritmo de corcheas con las palmas para desapegarme de mi condición de observador.

Apareció otro joven hindú con micrófono en mano y preguntó si en la sala, donde ya había medio centenar de personas, se encontraba algún debutante. Temí en levantar la mano hasta que noté que dos o tres, también tímidamente, la alzaron y los copié. Me arrepentí al confesar mi primera vez porque rápidamente volvieron los fantasmas del temor de participar en algún ritual de iniciación.

Los músicos estuvieron más de hora y media tocando y cantando exactamente los mismos acordes y letras. Mientras tanto, dos candelabros encendidos pasaron por cada uno de los presentes. La primera tanda traté de imitar a los demás: acerqué la mano al fuego y la saqué rápidamente. Para la segunda, tras ver a más gente repetir una misma pantomima, corregí mis errores: acerqué mis dos manos al fuego y las llevé a la frente.

Sin darme cuenta, o más bien alarmado por un leve murmullo de los presentes, visibilicé que unos jóvenes hinduistas habían llevado al centro de la sala a dos muñecos dorados de no más de 20 centímetros cada uno. Acostumbrado a la representación gigante de Cristo o la cruz, tardé en entender que uno de ellos era Krishna. Quedaba resolver quién lo acompañaba.

Tras varios minutos de cántico dedicado a los muñecos, el hindú panzón y dos más trajeron unas mamparas de madera para taparlos, cambiarles la ropa en las sombras y destaparlos con su nueva vestimenta. Fue aquí donde empezó un ritual más que extraño: un hombre y una mujer se acercaron a las estatuillas para bañarlas en una especie de leche proveniente de unos caparazones de caracol que anteriormente fueron utilizados para emitir sonidos de fondo.

Pasaron casi 40 minutos allí. No solo le tiraron aquel líquido blanco, sino que fueron cambiando el contenido: agua, aceite, pulpa de naranja y demás. La gente, casi por instinto, se paró y enfiló atrás de las estatuillas que seguían siendo bañadas. Temí nuevamente por tener que tomar un té o una especie de hostia, pero me sumé a la muchachada aplaudidora al ver que se perfilaban para ellos también poder mojar a Krishna y su compañía.

Dejé en evidencia ante todos mi condición de novato al marchar en la fila de mujeres, sin saber que estaban divididos por género. Mucho más cuando me tocó arrojar desde el caparazón un líquido rojo y fui advertido por el hindú panzón: “Desde más arriba, pibe”. En mi retorno a la silla visibilicé un cartel que rezaba la letra de la canción que hace hora y media venían cantando. Efectivamente, siempre estuvieron repitiendo las mismas palabras: “Hare Krishna. Hare Krishna. Krishna Krishna. Hare Hare. Hare Rama. Hare Rama. Rama Rama. Hare Hare”.

Terminada la ceremonia de redención para las estatuillas y, por ende, el canto del Maha Mantra, una joven se acercó a los músicos y tomó el mando en la voz. Estuvo casi media hora cantando una nueva letra que no estaba descrita en las paredes, algo que me hizo dudar otra vez si no estaba vociferando sílabas al azar o dispuestas en un algoritmo específico para invocar al diablo.

Mientras tanto, seguían pasando cosas a su alrededor. Una señora con un tercer ojo pasó uno por uno a impregnar un sello en la cara. Ya estaba canchero con prestar atención para no evidenciar mi ignorancia y repetí el comportamiento de los demás: entregué el cachete izquierdo. No temí esta vez que el marcador fuese de un hierro caliente el no ver muestra de dolor en los demás, aunque lo pensé.

La tercera parte de la liturgia llegó de la mano del mismo joven que preguntó al principio quién era debutante. Otra vez se pusieron a cantar. El chico puso delante de todos una pizarra con la letra de la canción en un idioma que desconocí. Tras estos versos, comenzó lo más esperado del día: la clase filosófica.

Sentado en un sofá, el joven hindú explicó de qué se trataba el movimiento de Hare Krishna: la historia de que fue encontrado por sus padres en una flor de loto; la rutina de esta encarnación del dios Visnú de divertirse y jugar con sus amigos en el parque; su devoción por complacer a los fieles recíprocamente y quién era Srimati Radharani, la otra estatuilla, su consorte femenino y su energía, lo que explicaba el nombre de la religión: primero se nombra a Hare (seudónimo de Radharani) para llegar a Krishna.

El chico continuó su monólogo con una crítica sobre “el mundo material en el que vivimos”, donde todos se piensan que son los mejores y cuando conocen a alguien mejor llegan las frustraciones y decepciones por creer injusta aquella superioridad. Entonces, estos fieles de ISKCON, se vuelcan a un mundo espiritual donde la única meta es ser serviciales a quienes ellos consideran grandes, como Krishna, en vez de tratar de ser uno de ellos y sucumbirse en una pelea por la supervivencia.

“Yo no soy de este cuerpo, mi alma es eterna, ni siquiera es masculino o femenino”, las palabras del orador le dieron inicio a lo que realmente yo había ido a buscar: su filosofía sobre la vida y la muerte. Empezó a explicar sobre las transiciones del alma de un cuerpo a otro cuando éste se vuelve inútil: si se actúa como un perro, reencarnaré en un perro; si se actúa como un árbol, reencarnaré en un árbol; si se actúa como un semidiós, reencarnaré en un semidiós. La idea, al principio, me sedujo, aunque el final no me convenció.

El cierre de la jornada dominical resultó inesperado. Finalmente le tocó participar a la cúpula del fondo y el telón se abrió: estaban las estatuillas de Krishna y Srimati Radharani decoradas con un sinfín de flores y objetos de color. Los fieles, con el salón desnudo de sillas y colchonetas, comenzaron a cantar el Maha Mantra, tocar el mridanga, aplaudir, bailar, llevarle candelabros a Srila Prabhupada y a organizarse en rondas de varones donde la locura y el desconcierto invadieron la racionalidad mientras las mujeres danzaban una coreografía que posiblemente no haya tenido una coordinación premeditada.

Me retiré del lugar en silencio y todavía agnóstico. Todo me pareció un nuevo mundo, pero igual de ilógico que el católico. O quizá peor. Lo cierto es que el mito de Krishna, esa historia incomprobable, me dejó igual de vacío que el de Jesús. Aunque pueda que su concepción sobre la vida y la muerte sean más optimistas que las cristianas, las leyendas teológicas volvían a derrumbar cualquier posibilidad de hallar una religión con sentido racional.

Sin embargo, reconozco haber salido aliviado y con conceptos que esperaba escuchar en algún lugar. Tanto por la vida de reencarnación corporal de almas eternas como por el desprecio del mundo material, dos ideas contradictorias a las que me criaron. Pero si toda esta parafernalia de rituales sinsentido y criaturas mitológicas es el precio a pagar para acceder a esta creencia, prefiero quedarme en un costado.

De hecho, por más que me agradase, me parecía imposible desnaturalizar la idea de que en este mundo no tenemos que estar en una constante supervivencia con los demás por mejorarse a sí mismo. ¿Es necesaria una leyenda que revalide las ideas de reencarnación? Tanto el cielo como las vidas posteriores son incomprobables. Incluso la historia de la paciente de Brian Weiss lo es, por más documentos que haya recolectado el psiquiatra. Me pregunto entonces qué tan difícil podrá ser para una persona forzarse a creer en ciertos conceptos sabiendo que nunca jamás nadie podrá saber la verdad.

Pues entonces, desoyendo las historias que podrán contar, si elijo tomar posesión por una bandera que conceptualiza a la muerte como una transición para que la vida continúe en otro lugar, de más está decir que el temor a la parca desaparecerá. De hecho, no habrá parca: habrá escalones. Aun considerando que nuestra presencia en la tierra tiene un fin y no es solo una etapa física de “aprendizaje espiritual de nuestra alma”, si la gente confía en que la vida es infinita, que jamás morimos, que nunca nacimos en realidad, ese miedo desaparecería. Mucho más si, como sostienen muchos autores, los grupos de almas tienden a reencarnarse juntos una y otra vez: entonces los muertos no serán llorados y los cementerios no serán el punto de encuentro con nuestros seres queridos difuntos.

No se trata de contar historias de generación en generación, ni de rezarle a una cruz o bailarle a dos estatuillas. La cuestión de la fe siempre fue una imposición, pero nosotros mismos podemos ser los responsables de nuestra propia imposición. Ser una persona consciente de la dificultad de veracidad de las historias y conceptos de vida-muerte, pero forzándose a optar por una idea que alivianará sus problemas cotidianos. De más está decir que se desacreditarán aquellos domingos de iglesia católica o templo hindú escuchando a los embajadores de un dios intangible.

La historia se contará sin historia. La leyenda la inventaremos nosotros mismos y el fin será universal: espantar los fantasmas de la muerte. No se trata de derrumbar una religión o ideología; no se trata de esconder la única certeza que tenemos en nuestras vidas: se trata de ir más allá de los mitos Krishna.

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