Marrakech: la barrera del miedo

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Anita Ochagavía estuvo en el 2011 en la ciudad marroquí el día del atentado al café Argana -ubicado en la plaza principal de la medina -, donde murieron 16 personas y 25 resultaron heridas. Un hecho que cambió el sentido de su viaje, la enfrentó a antiguos temores y le mostró que la sociedad marroquí está construida sobre un cimiento indestructible: la humanidad.

Por @anaochagavia.

Los laberintos de la medina de Marrakech exhalan un olor azumagado. Como si respiraran por la boca y su aliento fuera añejo, algo pestilente, como el de un viejo enfermo. Pese a ello y a la desafinada orquesta de sonidos –gritos, motocicletas y pregones- que emanan de la Plaza Jamaa el Fna, Patrimonio de la Humanidad y centro neurálgico de la medina, esta parte antigua y amurallada de la ciudad cala la piel. Sería insuficiente decir que seduce, porque sus olores ácidos y a veces rancios, las voces estridentes de los vendedores que no se conforman con un “no”, los rostros suplicantes de los mendigos, la expresión estoica de sus silenciosas mujeres y la simpatía, tan bereber, de sus hombres, se instalan en la memoria, intervienen los sentidos, crean nuevas y desconocidas emociones, alteran la racionalidad, derriban las estructuras.

Nadie sale de Marrakech siendo el mismo. La transformación comienza en el minuto exacto en que se atraviesan los bab o puertas de la medina, esas arcadas arabescas de adobe recio y rojizo que encierran un mundo aparte, donde todavía hay tiempo, la prisa se mira con desdén, el trabajo artesanal y la manufactura minuciosa se salvaguardan como tesoros, y la producción serial, así como la invasión de artículos chinos, aún no tienen un carácter totalitario. Por sus calles estrechas todo transcurre a un ritmo medieval; muchas mujeres visten a la usanza tradicional y, además de las jelabas o túnicas, llevan la cabeza y a veces el rostro cubiertos por un pañuelo. Pero no todas lo hacen, Marruecos se vanagloria de ser una sociedad musulmana pero abierta: una democracia moderna con aspiraciones de laicismo, donde el credo no sea más que una opción espiritual y jamás un comando social o político.

 

Mirar es gratis

La plaza principal constituye una especie de solar. Su forma es circular y desde cada uno de los puntos de la circunferencia emanan –muy cerca unos de otros- los estrechos laberintos que dan cabida a los zocos o mercados de cueros, especias, alfombras  y una infinidad de productos de sorprendente valor estético y artesanal.

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“La prisa mata. Entra a mi tienda, solo para mirar, mirar es gratis”. Los vendedores no se cansan de repetir esta fórmula, con acento árabe, pero en perfecto español, haciendo alarde de sus habilidades políglotas, de la sorprendente capacidad de detectar la nacionalidad de los turistas y de su destreza para vender hasta el polvo y no detenerse hasta concretar la transacción. Por supuesto, con regateo incluido. De lo contrario, no vale la pena.

En eso estaba, precisamente, esa mañana de abril. Absorta en los menesteres del regateo, con la mirada perdida en el diseño de un kelim bereber de tonos púrpuras, sorbiendo un té verde con menta en un pequeño vaso ofrecido por el dueño del local, un anciano de enorme panza, túnica de lino beige y barba bien cuidada, que intentaba consolidar el negocio y, al mismo tiempo dilatarlo, como quien retarda el momento cúlmine del placer. Así, matizaba su intención de venderme el tapete a toda costa con una interesante exposición acerca de por qué a un cristiano no le es permitido entrar a una mezquita. El hombre, un musulmán religioso y conservador, pero según sus propias palabras enemigo de los fundamentalismos, comenzaba a trazar unas líneas en un papel para hacer más clara su alocución y complementar las falencias de su inglés, cuando un sonido sordo, como el que antecede a un terremoto,  recorrió la pétrea estructura de la medina.

El anciano clavó los ojos en los míos en busca de alguna respuesta y yo en los de él, desechando de antemano la posibilidad de un sismo en un país de escasos antecedentes de ese tipo. Por cierto, la transacción de la alfombra –para frustración de mi nuevo amigo- quedó trunca. Salimos, como todo el mundo, a sentirnos seguros entre otros seres humanos. La estrecha callejuela del zoco se había repletado de gente, al punto que caminar era casi imposible.

Como pude, intenté abrirme camino en dirección hacia la plaza Jamaa el Fna. En medio de la aglomeración logré deducir que algo grave había tenido lugar en el café Argana, uno de los tantos sitios para comer que ocupan la circunferencia de la plaza. Recordé que tenía un techo de lona verde –como muchos otros- y que el día anterior lo había desechado por caro, lo que me eximía como potencial víctima. Se decía que habían explotado unos contenedores de gas en la cocina y que, lamentablemente, había víctimas fatales. Pero a medida que avanzaba en dirección a Jamaa el Fna la información tomaba otro cariz. Había sido una bomba y el atentado se le adjudicaba al grupo integrista Al Qaeda.

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Ya en las inmediaciones de la plaza, cercada por todos lados por policías y ambulancias, un joven vendedor de aceite de argán y versiones en miniatura del Corán, con el que me saludaba hace un par de días porque vivía cerca del riad donde me estaba alojando, me contó que la bomba había sido activada a distancia y dejado un saldo de 16 muertos, entre ellos turistas franceses, canadienses, holandeses y británicos. Los heridos eran 25. En un principio se pensó que había sido un hombre bomba el que había provocado el desastre, pero luego comenzó a hablarse de un joven de aspecto extraño al que se habría visto portando dos bolsas con los supuestos explosivos: nitrato de amonio y TATP, y clavos, para un efecto ametralladora.

Decidí volver rápidamente a mi hotel y no salir más, al menos por ese día. Julio, el chileno dueño del lugar, debía tener más datos.

 

Un oasis en medio del caos

Julio es melómano y cascarrabias, tiene unos 60 años y un espíritu sofisticado a ultranza. Regresar por las tardes a su casa de tres plantas es como volver a respirar después de haber estado hipóxico. El ruido y la vorágine de la medina, que cobra especial frenesí al atardecer, cuando las motocicletas y taxis se abalanzan sobre la gente  y los contadores de cuentos, encantadores de serpientes, vendedores de comida especiada, entre  una variopinta fauna de alucinantes personajes, se dan cita en la plaza, se disipa ya frente a su puerta que dibuja un arco de herradura. Al entrar a su antigua casa o riad, adaptada como hotel, la sensación de haber ingresado a un oasis de calma es muy fuerte. En el centro de la construcción, un patio abierto con una fuente de agua de flujo permanente y altísimos árboles que recorren los tres pisos, dan cabida a un hábitat de pájaros que se expresan a sus anchas.

Por lo general, cuando llego por las tardes Julio está fumando en una pequeña salita que enfrenta mi habitación, cruzando el patio. Allí ha logrado reunir todos sus tesoros familiares, acarreados por barco desde la casa de  su fallecida madre en la chilena y austral ciudad de Osorno. Así, mesitas de estilo normando, sillones capitoné de felpa roja y porcelanas Capodimonte conviven armónicamente con tapetes marroquíes, cojines de telar en tonos chillones dispuestos en el suelo y reposeras de diseño propio. La decoración es su pasión y su oficio y eso se nota en cada uno de los ambientes de la casa, donde en los muros y suelos priman las cerámicas tradicionales –que rescató íntegramente con enorme esfuerzo-, las texturas  generosas, así como las tonalidades cálidas: ocre, rojo, índigo, verde olivo.

Como sucede con todo en Marruecos –con las casas, los palacios y hasta las mujeres- la belleza es siempre puertas adentro. Nada permite sospechar que tras una jelaba oscura y un rostro deliberadamente cubierto haya una mujer hermosa, sensual, elegante, de cabello bien cuidado y maquillaje nada austero. Asimismo, es difícil imaginar que tras la sencillez de una fachada continua y una maciza puerta de arco árabe color marrón se oculte semejante oasis de belleza y serenidad.

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Las melodías de la compositora griega Eleni Karaindrou, a la que Julio idolatra y cuya biografía conoce de punta a cabo, inundan el ambiente vespertino de su casa, potenciando la belleza del entorno y armonizando con cada detalle de la arquitectura árabe, cuya particularidad –en los riads- es que todas las habitaciones confluyen, ya sea directamente en la primera planta, o a través de un balcón en la segunda y tercera, en el patio central. En la azotea, una terraza descubierta permite observar cuan vecino es Julio de su Majestad el rey Mohamed VI, que si bien vive en Rabat tiene también en Marrakech un palacio de muros rojizos, ocultadores de lujos inimaginables y excentricidades que solo la sensualidad de este lado del mundo sabe apreciar.

Ya llevo siete días en Marrakech y la sola presencia de Julio me da cierta seguridad, teniendo en consideración que en la casa no hay más huéspedes que yo, por lo que el silencio y la soledad se vuelven insoportables durante la noche. A Julio no le interesa promover su riad más de la cuenta. Trabajó mucho tiempo en París como diseñador de interiores hasta que una ONG le ofreció viajar a Marruecos a liderar un proyecto de renovación del diseño de la cerámica local. Fue así como llegó a Marrakech, instaló un taller en la ciudad de Safi y decidió quedarse para siempre. Su fuente de ingresos está ahí, en los juegos de loza que vende a sus amigos de Saint Tropez, a los que dejó en París, a condesas y personajes de rango nobiliario que han hecho de Marruecos su refugio. Asimismo, a la parentela directa del rey y a algunos hoteles de lujo que pueblan sus restaurantes con la creatividad de este chileno artista y artesano. Así es que el tema del hotel ocupa un segundísimo segundo plano. Es su casa, y prefiere que quienes lleguen lo hagan a través de conocidos. Por lo mismo, está casi todo el tiempo vacante.

Julio es nervioso, hipersensible y reservado. Venera a Visconti, lloró a Elizabeth Taylor como a su propia madre y siente que no volverán a nacer hombres como Paul Bowles. Creo que me dirige la palabra solo porque se me ocurrió comentarle que he leído El cielo protector tres veces y que la película, dirigida por Bernardo Bertolucci, la he visto otras tantas. Ni siquiera mi condición de compatriota logró conmoverlo lo suficiente. Conocer la obra cumbre de Bowles, ese británico ermitaño y habitante de Tánger, me salvó de la soledad más absoluta dentro de las paredes de su casa, porque Julio es un acérrimo enamorado de su mundo interior. Y aunque de protector tiene poco o nada, poder hablar en español con alguien y resolver todas mis dudas, me ha hecho sentirme más confiada en este país africano donde, según mis amistades y mi familia, que una mujer occidental ande sin compañía es si no una invitación a la violación y al rapto, al menos una exposición nada inteligente a pasar malos ratos.

 

“Bereber head”

La mañana de la bomba en el Argana llegué de vuelta al riad a una hora inusitada. Julio estaba ahí, en el segundo piso, mirando inquieto hacia abajo. Aunque intentó que yo no percibiera su preocupación, sentí que temía que algo pudiera haberme pasado. El tono de voz se le había agudizado e intentaba indagar exhaustivamente mi itinerario, para ver cuán cerca había estado del lugar de la tragedia a las 10 de la mañana. Luego de referirle todo con detalle, sentí que recobraba la tranquilidad y que su voz volvía a asumir la indiferencia acostumbrada. “¿No tienes miedo?”, me interrogó. La pregunta me sorprendió. ¿Acaso había algo que temer? Siendo una timorata crónica en algunas circunstancias, nunca lo he sido para viajar o aventurarme en lugares extraños, pero tanta advertencia acerca de los peligros de Marruecos y las mil historias de mujeres que salieron a comprar alfombras y nunca más regresaron, combinadas con los hechos recientes, comenzaban a producirme un atisbo de terror.

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-“¿Tú crees que yo debería devolverme a Chile?”, le pregunté. -No sé ‘mijita’, eso lo ves tú, yo no te puedo decir qué hacer. No acostumbro darle instrucciones a nadie”, respondió con displicencia. -“Está bien, pero qué me aconsejas, ¿crees que esto pueda pasar a mayores?”. Posó sus ojos sobre mí con expresión de certeza: “lo único que te puedo decir es que si hay gente buena e inocente en este mundo, ésa es la marroquí. Por eso elegí vivir aquí. Y sé que la mayoría está en completo desacuerdo con lo que acaba de pasar. Ellos detestan el terrorismo. Son bereberes, no árabes”.

Esa diferencia Julio me la había hecho notar varias veces, recalcando que la etnia bereber que habita estas latitudes tiene entre sus particularidades un pacifismo intrínseco, una enorme generosidad con el forastero y un sistema comercial basado en el trueque, que nada tiene que ver con el regateo y el afán por sacar provecho de cualquier situación que –según él- se importó gracias a la influencia árabe que tomó fuerza a fines del año 700. Otro asunto que Julio destaca es la semejanza entre los chilenos y los marroquíes, algo que explica con la invasión de bereberes de la dinastía almorávide al sur de España, donde dejaron el legado cultural que todos conocemos y de donde provienen nuestros ilustres conquistadores. De ahí, según su teoría, que el sentido del humor, la picardía y hasta esa cosa un poco ladina sean rasgos compartidos entre ambos pueblos.

Y parece que las suposiciones de mi compatriota tienen cierto alcance, ya que los marroquíes se sienten identificados con los chilenos. Su expresión cambia cuando uno les dice que viene del sur del mundo. Y muchos de ellos sonriendo, además de nombrar a algunos futbolistas, porque son fanáticos de este deporte, agregan: “chilean people, bereber head”, dando a entender que los chilenos pensamos como bereberes. Y aunque parezca increíble, dicha familiaridad me ha granjeado enormes beneficios en las transacciones comerciales. Saben que es mejor no sacarse la suerte entre gitanos y que, a diferencia de los cándidos europeos que pagan lo que les pidan, uno reconoce perfectamente cuando se están pasando de listos, cobrando 10 veces el valor real. Así, he logrado comprar todo a precio justo y sin demasiado desgaste en el regateo, que tiene su encanto pero agota.

 

Abordadores, insistentes, pero inocentes en el fondo

Las palabras de Julio me daban vueltas. “La gente más bondadosa  e inocente del planeta”. No sé hasta qué punto estaría en lo cierto o si era posible hacer esos juicios de valor tan globalizantes. Pero, efectivamente, había un detalle que había llamado mi atención: en Marrakech persistía la humanidad en el trato, en la manera de relacionarse, en el saludo cotidiano, en la preocupación por el otro, como si en vez de una gran ciudad fuera una pequeña aldea.

Pese a ello, me sentía asustada, perseguida, alerta, en peligro. La diferencia cultural era abismante y todo, absolutamente todo, me era ajeno. A diferencia de la mayoría de los hoteles y riads turísticos de la medina, emplazados muy cerca de la plaza, la casa de Julio quedaba a 20 minutos a pie desde ese punto. Y para llegar había que atravesar una zona bastante popular que, para quien visita por primera vez –sobre todo si es mujer y anda sola, como era mi caso- resultaba plagada de rostros amenazantes, especialmente de noche. Los hombres marroquíes, como se sabe, son abordadores, insistentes, incluso agresivos en su manera de aproximarse. Siempre tocan, hablan y persiguen sin tapujo. Incluso, si no se es cauta, se puede pasar un mal rato.

Conocer en plena calle a una francesa avecindada en Marruecos, que hablaba perfectamente español, me aportó otro poco de tranquilidad, al menos en este sentido. Como me vio un poco perdida consultando un mapa cerca de la mezquita Koutoubia, en el margen entre la medina y la ciudad nueva, se me acercó solícita. Me preguntó qué buscaba y yo le conté que los jardines de Majorelle, obra del artista francés Jacques Majorelle, luego protegidos y renovados por Yves Saint-Laurent. Antes de resolver cualquier duda geográfica, me aleccionó: -“¿Primera vez en Marruecos?” –“Sí”, asentí. –“Mira, hay algunas cosas que tienes que saber y que pueden serte de mucha utilidad –dijo en tono maternal-. Lo primero, haces bien en taparte los brazos con un echarpe. Mientras menos piel tengas a la vista, tanto menos te perseguirán. Segundo, siempre cuando te pregunten sobre si andas sola, di que tu marido te está esperando en otro lado. Este es un país machista y una mujer sin hombre es sinónimo de presa fácil. Tercero, aunque no tengas idea de para dónde vas, muéstrate siempre segura, como si conocieras perfectamente la dirección. Y si te hablan o caminan al lado tuyo insistentemente, haz como que nos los ves ni los escuchas y pronto se aburrirán. Y, por último, cuando te digan que los sigas para mostrarte una tienda o algún lugar turístico, fíjate que no te estén llevando por callejones sin salida o lugares de donde sea difícil escapar. No te quiero asustar, en general no pasa nada grave. Los marroquíes son respetuosos con los turistas, pero siempre es mejor prevenir que lamentar”.

Agradecí infinitamente sus consejos, pese a que muchas de sus estrategias las había aplicado en India y otros lugares culturalmente distintos. De cualquier forma, el encuentro con esta mujer dulce y protectora me hizo sentir más serena y dueña de la situación.

 

El mundo está cambiando

El miedo es un sentimiento curioso. Es de los pocos que no es genuino. Es decir, por lo general tiene su origen en una parte distinta a lo que uno cree el objeto del temor. El miedo a los ladrones, a la oscuridad, a lo sobrenatural, a la soledad o a los cambios, por ejemplo, suele ser reflejo de un terror mucho más instintivo, emotivo, visceral, que remite más al interior –a la inminencia de la muerte, quizás- que al exterior. Pero, sin duda, lo más desafiante del miedo es que tiene una barrera y, cuando ella se rompe libera los temores y terrores de raigambre más profunda, incluso aquellos con los que se ha batallado inútilmente por largo tiempo.

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En Marruecos tuve esa experiencia. Tenía miedo a atravesar esas calles oscuras, llenas de rostros ajenos de ojos aceitunados y mirada lasciva. Tenía miedo de que el atentado en el Argana gatillara alguna revolución social o se replicara en otro punto de la medina. Tenía miedo de estar sola, de llegar por la noche a esa casa enorme y que el silencio y la oscuridad absoluta se apoderaran de todo. Tenía miedo de mis propios fantasmas, que acechaban implacables a esas horas. Por la mañana estaba Latifah, la maravillosa cocinera, y Salah, el chico que coordinaba los tours y traslados, pero al caer la noche éramos Julio y yo. Él en su segunda planta, yo en la primera.

El revolotear de algún insecto chocando contra mi ventana, el gato de la casa rozando mi puerta con su cola, el tic-tac del reloj de pared de la salita y sus campanadas como de iglesia que marcaban cada hora, todo intensificaba el tétrico escenario de la noche. En medio de esa oscuridad marroquí, las noches en vela comenzaron a hacerse costumbre.

La mañana siguiente al atentado en el Argana decidí cambiar de planes y no viajar a Essaouira, la antigua Mogador, una medina blanca emplazada a orillas del Atlántico. Para espantar la somnolencia, me tomé varios cafés en el desayuno, todos condimentados con clavo de olor y canela, un toque especial de la sonriente Latifah, quien después de servirme había tomado por costumbre sentarse a  mi lado y mirarme fijamente. La idea, comprendí pronto, era  simplemente estar ahí. Y de a poco comenzamos a entendernos a través de gestos, porque ella hablaba árabe y muy poco francés –pese a que es casi lengua materna en Marruecos-, y yo no hablaba ninguna de las anteriores. Pero su compañía era un regalo y de tanto no comprendernos, nos comprendimos a la perfección.

Latifah tiene 34 años, pero representa más edad. Como parte de una camada generacional que comenzó a cuestionar los valores tradicionales y las rígidas enseñanzas musulmanas, no quiere casarse. Considera una aberración tener que vivir para servir a un hombre que, más encima, la trate con desprecio. Así es que ha optado por vivir con sus padres, que asumen con resignación su deseo.

A mi conversación gestual con Latifah se incorporó al poco rato Salah, quien domina el francés, el inglés y el español, tanto como el árabe. Es un chico inteligente y despierto de 24 años, mirada desconfiada y cierta reticencia a los turistas. Sin embargo, seguramente porque soy chilena como su jefe, el tiempo que estuve en el hotel se mostró siempre amable, conversador e incluso tuvo la gentileza de encontrarme un inolvidable hotel en Essaouira, donde Visconti filmó una de sus célebres películas.

-“¿Por qué no te fuiste a la costa como tenías pensado?”, me preguntó. -“Porque no me quiero ir todavía –le respondí-. Quiero saber qué va a pasar con lo del Argana, si va a tener repercusiones mayores; si es acaso alguna afrenta contra los turistas occidentales”. – “¡Nada de eso! –exclamó. Aquí el tema  es otro. Lo que está en juego es un cambio social. El mundo está cambiando. Está claro que el capitalismo fracasó y que los pobres dejaron de conformarse con que los ricos se hagan más ricos a sus costillas. Aquí en Marruecos, la dinastía del rey, que es la Alaui, lleva siglos en el poder. Sabemos que nuestro monarca tiene una fortuna incalculable y que su familia vive en medio de lujos a los que ninguno de nosotros tendrá jamás acceso. Pero esa fortuna tiene años de historia, se ha traspasado de generación en generación y, por último, la figura del rey es la única capaz de unificar y representar unánimemente a las más de 100 tribus que conforman Marruecos, así es que nadie o muy pocos la cuestionan. El problema para nosotros son los políticos, aquellos que llegan al gobierno con las manos vacías y en cinco años se han vuelto millonarios, porque crean empresas –descaradamente- para abordar las necesidades de su propia gestión. Eso es lo que irrita al pueblo. No puede ser que mientras ellos se enriquecen a manos llenas, haya obreros que ganen 200 dirham al mes (unos 20 euros). Por eso, queremos que haya un recambio de la clase política y que el sistema económico y social sufra modificaciones radicales”. Hablaba con vehemencia, movido por la fuerza de la sed de justicia. Y sus argumentos me sonaron conocidos. El esquema se repetía en el mundo entero. La ciudadanía había dejado la pasividad de lado y se había hecho consciente de su poder.

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Al llegar a la plaza, como a las cuatro de la tarde, el ambiente no era el de siempre. El repudio al atentado había hecho que la gente se congregara en la plaza, en completo silencio, llevando en sus manos rosas blancas, en pacífica manifestación contra el terrorismo. De fondo sonaba una música árabe desgarradora, un lamento interminable. Ése era el único sonido audible en esa plaza circular. Entre los manifestantes había hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos levantaban cada cierto tiempo las manos, mostrando las palmas, algo que supuse sería un gesto de paz. En las primeras filas, las más próximas a las ruinas del Argana, un niño vestido completamente de blanco, montado sobre los hombros de su padre, mostraba también sus palmas a los presentes, como un profeta en miniatura. Muy pálido, como un ángel, el pequeño dirigía–de alguna manera- los movimientos de los manifestantes.

Bastante más atrás, un magistrado de toga se dirigía a las cámaras de la televisión local: “Marruecos completo rechaza estos atentados, al igual que cualquier manifestación violenta o terrorista, sea de origen religioso, social o político. Como nación estamos centrados en constituir una democracia moderna de orden laico”.

 

Sin vuelta atrás

Esa tarde, más oscuro que de costumbre -por causa de la manifestación, de la que no me quise perder detalle-, atravesé la barriada popular de cada día para llegar hasta la École Primaire, la escuela primaria -rezago de los tiempos del protectorado francés- que me servía de referencia para encontrar la calle de Julio, que no tiene nombre ni señalética visible.

Una cortina de humo emanaba de un asado callejero, preparado sobre una parrilla improvisada con un montón de latas viejas. Allí se cocinaban unas especies de anticuchos de dudosa procedencia, ofrecidas a los transeúntes por 5 dirham (1/2 euro). De pronto, un joven de mirada oscura y cabello hirsuto, con ciertas dificultades para hablar –como si tuviera la lengua excesivamente corta- me abordó de improviso. Me asusté, retrocedí. “No tengas miedo –me dijo en un mal inglés- solo quería saludarte porque te veo todos los días pasar por aquí. Alguna vez, cuando tengas tiempo, ven a conversar un momento a mi tienda”. Mientras hablaba, aproveché de indagar rápidamente en su mirada, y no vi más que candidez. Me tendió la mano en son de despedida. Me sentí estúpida, miedosa, llena de prejuicios. Se la estreché con entusiasmo y le prometí visitarlo al día siguiente.

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Unos metros más allá quise comprar, en un modesto negocio, una botella de SidiAli -una marca de agua mineral que en Marruecos se usa como genérico-. El precio: tres dirham. Al intentar sacar el dinero del bolsillo me percaté de que no había nada. Registré mi bolso. Tampoco. Se había acabado y ya era tarde para devolverme a la plaza y buscar algún cajero automático, así es que di por frustrada la compra. Pero, ante mi sorpresa, el dueño del local me dijo en tono confiado: -“Págame mañana, no te preocupes. Sé que vives por aquí cerca, somos vecinos”.

No podía creerlo. El barrio del terror había dejado de ser un lugar amenazante. Era también MI barrio, MI lugar. Y así sería hasta mi partida, 20 días después. Comencé a recuperar el aire que había estado comprimido durante  una semana en mis pulmones.

Seguí caminando, torcí a la izquierda y escuché una tos familiar. Un fumador empedernido que, noche tras noche, jugaba a los dados y discutía acaloradamente con sus amigos seis puertas antes de la casa de Julio. Era un hombre guapo, canoso, de unos 50 años, que de seguro tenía un enfisema pulmonar, porque cuando discutía se le cortaba el aire. Y tosía, tosía, tosía. Esa noche, como nunca antes, interrumpió la discusión para saludarme con una sonrisa cálida, y continuó tosiendo y peleando como el mejor. La vida, definitivamente, volvió a mi cuerpo. Estaba pisando mi territorio. Quería quedarme, estar allí, vivir lo que hubiera que vivir. Sentirme parte de ese barrio, de esa ciudad, de esa gente que todavía sabía ser humana.

Franqueé la puerta de la casa de Julio. Sonaba la maravillosa Eleni Karaindrou. La felicidad era completa. “¿Cómo te fue hoy?”, me gritó el dueño de casa desde su salita. “Bien, más que bien”, le respondí. -“Me alegro, descansa. Si te vas a Essaouira, ándate temprano para que no pierdas el día”. -“No te preocupes, parto a las 9 AM”, repliqué con el corazón rebosante de felicidad.

Me acosté y, por primera vez en mucho tiempo, dormí profunda y relajadamente: sin aprensiones,  sin temores, sin fantasmas, sin pasado ni futuro revoloteando en mi cabeza. Julio apagó las luces y sentí que las campanadas de iglesia de su reloj me acunaban. Las conocía bien, ya eran mías. Soñé que traspasaba una barrera firme, sólida, difícil, como la muralla que describen los corredores de maratón. Y una vez atravesada, era otra. Una nueva yo. Sin miedo. Ya no había vuelta atrás.

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