Maldito eres, Ayotzinapa

Por Marga Isaza Velásquez. El grito impotente de una colombiana que sufre por el dolor mexicano.

Ayotzinapa

Ayotzinapa se volvió un fantasma que camina conmigo por estas calles de México. Trato de ver lo que otros turistas, de concentrarme en el atardecer desde la Torre Latinoamericana, de imaginar a los vendedores de tacos y tortas como seres pintorescos, de no pensar en el dolor de las calles que piso, ni en la indiferencia de quienes hacen el mismo recorrido por la peatonal Madero: de Bellas Artes al Zócalo, y al revés, varias veces, sin perderse, sin que nada les cause congoja, van por ahí resolviendo su propia vida, sin tiempo para acordarse de Ayotzinapa y mucho menos para reclamar en voz alta.

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El fantasma me espanta, como que me halara de la camisa para que voltee a ver un grafiti o un cartel roto por la malquerencia del tiempo. Todos dicen Ayotzinapa, dónde están los 43, vivos se los llevaron vivos los queremos, justicia, justicia, justicia. Y hago un esfuerzo por no “exotizar” ese dolor ajeno, ese clamor que no debiera tocarme por callar ante lo que pasa en mi propio país, Colombia; pero reflexiono y me uno en silencio a su pedido, a la búsqueda inútil, porque esta semana la historia cumplió seis meses y todos seguimos sin saber nada. Ayotzinapa sigue aquí aunque sus muchachos no están; se vino en un aventón a Ciudad de México para hacer cola en la taquilla de injusticias y lograr que el mundo pudiera pronunciar su nombre. Leo artículos donde el fantasma se hace fiero, y entiendo, un poco no más, pero algo entiendo. Que ellos, normalistas, eran señalados como germen de guerrilleros, niños rojos, potenciales delincuentes de mirada política, adoctrinados para labrar la tierra e interpretar las leyes. Y no entiendo, porque lo que pasó (sin saber lo que fue) se me convierte en genocidio o al menos en crimen grave, de lesa humanidad, en forma sistemática de matar el ideal y también al portador, en que la persecución hacia ellos, y hacia los que aún están vivos, nunca debió ocurrir, se llamaba “nunca más”, le decíamos “no repetición”. ¿Qué pasó? ¿Por qué contra Ayotzinapa? ¿Qué hicieron estos 43 para no poder escapar, como sí lo hicieron sus predecesores normalistas que fueron criados en tiempos de la reforma agraria? ¿A quién ofendieron estos para que a la fuerza los convirtieran en símbolo y en fantasma?

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Abro la prensa en internet. Los periódicos emblemáticos del país dicen que denuncian pero lo hacen con flojera. No son contundentes en las palabras y se olvidan fácilmente. Ya se les acabó el tema, fue largo para la agenda, aunque disimulen, cada que hay marcha, diciendo basta ya. Hablan de los padres de familia, de los supuestos beneficios económicos que han obtenido con la desaparición de sus hijos; los cuestionan en su búsqueda, los muestran en supuesto ascenso social, quieren sacarles mugre de debajo de las uñas. Y la gente es malvada. La gente, la misma que camina por la peatonal Madero y se santigua al pasar por el templo de San Nicolás de Bari. Alguien dijo que ya era hora de parar tanto alarido, que no iban a regresar los muchachos, que se callaran sus padres, que dejaran en paz al país, que ya no siguieran lanzando esa mala imagen de México al exterior, que olvidaran todo (como si fuera posible matar el recuerdo de un hijo). ¿No ven la cifra? Pudo ser uno, y hubiera sido terrible, pero fueron 43 y de un solo golpe: varones, jóvenes, pobres, estudiantes, campesinos, indígenas… ¿Algún otro adjetivo-sustantivo que pueda sumarse a esta lista de horror? ¿Se sabe dónde están ellos, se ha confirmado alguna versión? Nada, solo hay humo y unos cuantos detenidos cuyas versiones no encajan del todo.

Siento a Ayotzinapa por dentro. Me arde el alma cuando los pienso heridos de muerte, cuando los oigo gritar de dolor y de rabia por lo que les hicieron. Y no tengo certezas de su sufrimiento. Los quiero vivos y presentes, dignos por querer estudiar y enfrentar a los patrones, a los ricos del pueblo, a los malditos gobernantes, a los que dieron la orden y a los que hicieron de gatilleros. Los quiero aquí, de carne y hueso.

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Grito en las marchas, hago silencio. Toco los carteles y leo Ayotzinapa como una especie de mantra, en el único en el que ahora creo. No fue fácil aprender a decir Ayotzinapa e insistir en repetirla, porque su significado se parece al de otros horrores caseros, también soterrados, también señalados, también indignos. Y grito como extranjera, y sé que vengo de otra patria malvada, para que estos 43 vuelvan, para que sus padres descansen, para que el pueblo al que pertenecen recupere su nombre sonoro para los hijos que vengan, para que los 43 nunca más sean los 43, para que Ayotzinapa nunca más sea Ayotzinapa. Así se llaman los desaparecidos de Ayotzinapa, estos son, son fantasmas con nombre y apellido, dicen presente cuando los llaman a lista.

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Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora Venancio, Antonio Santana Maestro, Benjamín Ascencio Bautista, Bernardo Flores Alcaraz, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomás Colón Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindez Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonas Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Julio César López Patolzin, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemany Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Saúl Bruno García.

Foto apertura: Marga Isaza Velásquez
Fotos texto: Ayotzinapavive

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1 Response

  1. Realmente terrible lo que ha pasado en Ayotzinapa hace ya meses, y terrible que no haya nada resuelto del caso aún.

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