“Los policías dicen que con la mirada saben si estás relacionado al delito”

Por Daniela Venturuzzo.

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Foto: El Ciudadano (Chile)

 

José Garriga Zucal es Doctor en Antropología Social (UBA), investigador del CONICET y docente de la Universidad Nacional de San Martín. Estudió durante varios años a la barra brava de Huracán. Hace un tiempo, cambió los trapos por la gorra:  se metió  en el misterioso mundo de la Policía Bonaerense.

¿Cómo fue que te alejaste de las barras y comenzaste a estudiar a la Policía?

Fue un desafío metodológico y epistemológico para intentar conocer la violencia desde otro ámbito. Quería analizar otras formas de violencia con un actor que me era totalmente antipático. Así fue como empecé a pensar en trabajar con policías. El primer proyecto que tuve fue estudiar a la institución dentro del espacio del fútbol pero luego lo amplié mucho más. Lo que trabajo actualmente tiene que ver con cuáles son las prácticas y las representaciones de la violencia para los policías y por qué algunas cosas que nosotros consideramos violentas no lo son para ellos.

¿Antes la policía era “el otro”?

Para la barra es uno de los tantos otros, es la otra barra que está en todos lados. Pero para mí sí lo era. Fui varias veces detenido y varias veces reprimido. Tenía un deseo de entender la lógica de eso que me parecía tan diferente. Estaba intentando romper un prejuicio. Después, una vez adentro, me di cuenta de que no era tan diferente. Ese fue el gran cambio. Empecé teniendo una posición negativa para con la policía y ahora tengo una posición mucho más compleja.

¿Qué fue lo que produjo ese cambio?

En el trabajo de campo uno se encuentra con un actor mucho más complicado de agarrar. No hay un arquetipo del barrabrava, son todos muy diferentes. Te podés sentar con alguien que estudia sociología, cosa que me ha pasado, o con un chico que roba. En la policía esa heterogeneidad también aparece y eso me sirvió para romper buena parte de los prejuicios. No todos los policías actúan de la misma forma ante la misma circunstancia.

¿Y esa representación que se tiene y que vos pudiste romper de dónde sale?

Yo no sé si hay una sola forma de pensar al actor. Sí hay una representación dominante de la policía en la Argentina, sobre todo de la Bonaerense – con la cual yo trabajo-, vinculada a la conexión con la violencia. Pero también es cierto que esa misma representación siempre entra en juego con otras. Este punto es muy importante para mí. Hace ya varios años, cuando estábamos haciendo un trabajo en Fuerte Apache, en una entrevista a una joven, le preguntamos qué quería ser cuando fuera grande y nos dijo “o ladrón o policía”. No entendíamos cómo era posible que quisiera ser cualquiera de las dos cosas y en la explicación nos dimos cuenta que la representación del policía en algunos mundos no es tan negativa. La fuerza es una posibilidad para muchos sectores de incluirse dentro de una carrera de estabilidad laboral, que sin duda explica por qué cada convocatoria tiene tanto éxito. Jóvenes de sectores populares que no tienen su vida solucionada en cuestiones materiales ven a la institución como una forma de lograr una capacidad de acceso. Pero no es solamente eso. Cuando vas hilando un poco más fino hay algo con el arma, con el poder, con el uniforme, con la concepción jerárquica del mundo social y con la idea de meritocracia que también circula, con otras formas, dentro de los sectores progresistas.

¿Podríamos decir que el sujeto policial emerge en su mayoría a las clases bajas?

La escuela de Policía se separa en la de oficiales y la de suboficiales. Los primeros estudian tres años para llegar a su primer puesto y son los que mandan. Los segundos están en su mayoría en la calle y son los que obedecen. Son carreras muy distintas. Los suboficiales estudian entre seis meses y un año y suelen venir de los sectores más bajos de la sociedad. En los oficiales hay una composición más heterogénea.

Cuando estudiabas barrabravas hablabas de una “cultura del aguante” ¿pensás que podemos hablar de una cultura policial?

La idea de cultura hace que pensemos a todos los que “se la aguantan” como un grupo homogéneo y aislado. Esencializa y borra las disputas. Por eso ahora hablamos de una lógica del aguante. De la misma forma considero que no se puede hablar de una cultura policial sino que lo que tenemos que pensar es un grupo social muy heterogéneo que tiene valores que los caracterizan, los cuales son resultados de las relaciones laborales y de la formación pero que están en contacto con el resto de los valores de la sociedad. No hay aislamiento. El “olfato policial”, por ejemplo, que define a un sujeto como peligroso, es un sentido socialmente construido.

¿Cómo se define al “olfato policial”?

Los policías dicen que con solo mirarte pueden saber si estás vinculado al delito o no. En realidad es un sentido vinculado a la mirada. Leen signos, buscan significados. Cuando les decís que eso es puro prejuicio, te dicen que en realidad el que prejuzga sos vos y empiezan a mostrarte una serie de otra cantidad de saberes vinculados al mundo policial que se articulan con el prejuicio socialmente construido. También sostienen que los delincuentes tienen un olfato para definir quién es policía y quién no. En esa cuestión relacional hay peligrosidad. Corren riesgos los policías y los delincuentes. Así, una mirada puede transformarse en una posibilidad de violencia latente.

¿De qué forma se desarrolla ese sentido?

Es un saber aprendido con el trabajo en la calle y marca una diferencia importante con los que están en las oficinas. Para mí lo interesante de esto es que es una forma de disputa acerca de los valores. Es  una especie de venganza de clase. Porque al fin y al cabo el verdadero policía es el del sector popular, porque son los que están en la calle.

Y los que terminan poniendo el cuerpo… ¿No será otro juego de la hegemonía?

Ahí la diferencia entre razón y corporalidad se vuelve clarísima. A parte, lo interesante con la hegemonía es que al fin y al cabo buena parte de los suboficiales reproducen esa misma idea porque te dicen que ellos no eligieron estudiar para mandar sino estudiar para servir. Entonces los que tienen la capacidad de mandar son los que estudiaron más y definen dónde hay que trabajar. Hay una aceptación de la obediencia. Pero al mismo tiempo hay una impugnación “los que nos mandan no saben nada de la policía, si están en una oficina todo el día”.

Hace poco se conmemoró el Día contra la Violencia Institucional ¿Podemos hablar del gatillo fácil como una práctica legitimada o tenemos que pensar en particularidades?

No he trabajado con estos casos directamente pero en el análisis que he hecho sobre las violencias más cotidianas pude notar que éstas no solamente son legítimas para la policía sino que están socialmente validadas. Lo que hay que pensar es cómo se dio este proceso de legitimación y cómo el espiral de violencia puede terminar en un caso de gatillo fácil. Hay prácticas, por ejemplo, le permiten a un miembro de la fuerza pegar un cachetazo si le pide a alguien los documentos y éste no se los da. Si el correctivo se legitima bajo la idea de respeto, deberíamos pensar de qué forma se legitiman las otras violencias.

¿Qué rol juega el poder judicial ante esto?

El trabajo cotidiano del policía está siempre condicionado por las distintas formas de control. Una de ellas es la justicia pero también lo son los medios de comunicación y la mirada local. En la actuación está latente el miedo a ir preso. No se piensa en si está bien o mal sino en si determinada acción puede llevar al sujeto a la cárcel. La autodisciplina funciona como una figura de contralor, es central para no perder el trabajo.

¿Crées que es posible romper esa distancia que se representa entre la policía y la sociedad?

Hay una representación de un aislamiento mutuo. La fuerza construye su identidad en esa distancia y la gente deposita el mal en el otro. Para mí, tenemos que empezar a pensar las bondades de la policía de proximidad y modificar los mecanismos de la formación que remiten a la idea de aislamiento. Durante su paso por la Escuela, los policías no salen más que los fines de semana. Eso genera un pensamiento de lejanía que hace que no se consideren más parte de la sociedad civil. La institución policial tiene, a diferencia de muchas otras, un abuso muy fuerte para con sus empleados sobre su tiempo horario. Los que deciden pueden estirar una guardia de 24 horas a 48 porque sí o mover a un oficial de La Plata a Vicente López sin motivo. Esa dependencia en relación al orden de tu vida tiene un efecto real sobre la forma de socialización y complica otras relaciones sociales más allá del trabajo. Aunque no parezca, la distancia se construye mediante una ficción verdadera y sumamente eficaz.

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