Lo malo de ir al mundial

Germany's Mario Goetze celebrates with Thomas Mueller after scoring a goal during the 2014 World Cup final between Germany and Argentina at the Maracana stadium

Por Fernando de Dios

Cuando Mario Gotze metió el gol en la final del Mundial 2014, yo estaba adentro de un ascensor del Maracaná. Un cubículo de dos por dos, paredes de metal frío y espejos. Una ascensorista brasileña desentendida del asunto y yo, subiendo por las entrañas del estadio mientras un ruido difuso sacudió el ascensor. La sensación de no saber quien había hecho el gol duró unos pocos segundos que parecieron una vida entera.

Le hice una seña torpe con las manos. Esperaba que tuviera algún superpoder para ver a través de las paredes y que me dijera que festeje, que Garay había clavado un cabezazo de un córner y que ya está, se terminó todo y dale campeón, dale campeón. Pero no: la chica me devolvió un gesto con gusto a nada, desorientada.  No tuve tiempo para reaccionar. Cuando las puertas del ascensor se abrieron de repente en el cuarto piso, confirmé lo peor.

Gol de Alemania.

Si buscan la palabra desilusión en Google, el primer resultado que debería aparecer es una foto de ese momento: hinchas con camisetas amarillas saltan y se abrazan en el pasillo festejando el gol de Gotze como si hubiera nacido en Cuiabá o en Florianópolis, hablara portugués y les fuera a dar la sexta Copa de su historia.

Nunca vi un exorcismo, pero creo que debe parecerse mucho a esto: gritan con bronca, escupen cada uno de los sietes goles que se comieron hace un par de días, vomitan el Maracanazo y se regocijan con la miseria argentina. Les brillan los ojos. Se sienten alemanes por un rato. Un joven periodista, pálido como un fantasma, sale del ascensor y le da una piña a la puerta mientras se cierra. Se queda parado mirando atónito la escena grotesca.

Durante el partido había estado trabajando en la sala de prensa del estadio, en la planta baja, donde se quedaron un par de ingenieros, algunos guardias de seguridad privada y yo, sentadito frente a mi computadora viendo las miles y miles de fotos que viajaban a la velocidad de la luz desde el campo de juego a no más de 50 metros en línea recta.

Había podido escaparme un par de veces a la tribuna de prensa y decidí que los penales no podía verlos en una pantalla. Elegí, retoqué y distribuí todas las fotos que puede como un rayo y como otro rayo corrí hacia el ascensor para subir a la tribuna. Después se desplomó todo. Pitazo final y se acabó. Alemania 1, Argentina 0. A ahogar las penas en cachaça.

No puedo decir con exactitud cuánto tiempo estuve dentro de ese ascensor. Se frenó un par de veces, algunos segundos, antes de llegar al cuarto y último piso del Maracaná. Decir que estuve encerrado es una imprecisión que no me permito. Lo recuerdo como largas horas de encierro pero en realidad fueron solo unos segundos. Pocos y eternos. ¿Importa cuántas horas, minutos o segundos fueron?  Poco o mucho, fue lo suficiente como para cometer la estupidez y la desgracia de estar en el Maracaná y no ver el gol definitorio de la final del mundo. O tal vez, haya sido afortunado en ser el único argentino sobre la faz de la tierra que no vio la puñalada mortal a los 112 minutos y 21 segundos exactos de esa final.

¿Hubiera cambiado algo si lo hubiese visto? ¿Iba Gotze a patear afuera porque alguien estuviera sentado en una butaca allá arriba? ¿Acaso se iba a intimidar con mi presencia, se distraería y mandaría la pelota a Copacabana? ¿Los que vieron el gol de Brehme en el 90 son ahora mejores personas?

Qué suerte que no lo vi.

Ese bendito ascensor que me previno de ver el apocalipsis fue la metáfora perfecta para mi Mundial. Ajeno a todo el glamour mundialista, la vida de un periodista puede no ser tan emocionante cómo imagina mi abuela desde Buenos Aires, que en cada partido señala la pantalla buscando a su nieto “el periodista” en las tribunas de los estadios.

Hasta la semifinal, todos los partidos los había visto por televisión desde el complejo de prensa que la FIFA montó en Barra de Tijuca, a unos cincuenta kilómetros del Maracaná y a miles de kilómetros de las otras once sedes. Un ascensor gigante de cinco pisos lejos de tribunas y arcos. Mientras en las canchas explotaba el hit “decime qué se siente”, en el centro de prensa reinaba el silencio.

En el cuartel central de Getty Images en Barra había unos veinte editores de fotografía entre ingleses, americanos, japoneses, un par de brasileños y un argentino; ocho televisores enormes colgaban de las paredes y se disputaban la atención con las dos o tres pantallas que cada uno mira al mismo tiempo. Un par de heladeras con cervezas y guaraná; tres sillones; bandejas de plástico con comida fría y varias raquetas para electrocutar mosquitos. Algún fuleco de plástico y un pizarrón donde anotábamos las predicciones antes de cada partido. Se escuchaba de fondo el relato en inglés que proveía el sistema cerrado de la FIFA, como si alguien estuviera jugando un videojuego escondido debajo de un escritorio. Así era mi Mundial.

Las fotos llegaban a montones y sin parar. La red de internet funcionó y los ingenieros sonreían sin importarles quién gana, quién pierde o siquiera quien juega en los estadios calurosos. Escribían correos y mandaban fotos a sus mujeres e hijos a los que extrañarían por 45 días. Durante una jornada de fase de grupos, cada editor escaneaba con sus retinas no menos de seis mil fotos, que eran filtradas, recortadas, organizadas y publicadas en internet para que Fox, CNN, Washington Post, el diario O Globo y otros pasquines le mostraran al mundo el momento justo de la mordida de Suárez, la palomita de Van Persie o incluso, el festejo del gol que hace Gotze contra Argentina mientras yo viajo desesperado en un ascensor.

Después del último penal contra Holanda, entendí que tenía que revelarme contra el sistema: era ahora o nunca. Por política del medio, solo irían a los estadios los fotógrafos y los ingenieros, que se ocupaban de que las fotos viajaran por cable a la velocidad de la luz de la cancha hasta nuestros monitores en el centro de prensa. Todos los editores deberíamos trabajar en la final desde Barra de Tijuca como en los 63 partidos anteriores. Junté coraje y encaré al director de fotografía al que siempre recuerdo como el tío Vernon de Harry Potter. Gordo, cachetón, pálido y con sonrisa socarrona, se rió y me dijo que no. Seco, corto, intransigente. Mortal. Otro de los jefes, un americano, vio la secuencia: “Hay cosas que tenés que hacer. Yo no te lo dije”. Decidí no hacer más preguntas. Así llegué al Maracaná el 13 de julio de 2014.

El 13 de julio llegué al Maracaná seis horas antes del partido. Era el día. La sala de prensa se llenó enseguida y algunos acomodaron sus computadoras en el piso. Después, todos irían a las butacas de prensa en las tribunas. Pude meterme un rato al pasto y caminar por la cancha. Miles de afortunados entraban como hormigas al lugar donde todo el mundo quería estar y no cabía. No hay lugar para todos en una final del mundo.

Pensé en los días largos de edición en Barra de Tijuca, el relato en inglés, el silencio, las pantallas, las fotos que pasaban, una tras otra, sin parar. Por un momento sentí ganas de saltar los carteles de publicidad, guardar mi credencial en el bolsillo, perderme entre los hinchas y comentar lo cara que había pagado mi entrada en la reventa, pero la pucha, había valido la pena. Iba a ver la final del mundo. Me despabilé y encaré para la sala de prensa, me senté y trabajé como todos los días, intercalando picos de fotos con escapadas a la tribuna de prensa.

Cuando terminó el partido, tuve que volver a la planta baja a liquidar las fotos de los festejos alemanes. Tenía que desandar los cuatro pisos eternos en el ascensor. Por instinto me ubiqué en una esquina como si estuviera en penitencia, mientras unas diez o doce personas se apiñaban como piezas de tetris junto a mi. Sin darme cuenta, rompí las reglas de etiqueta de las salas de prensa y me puse a llorar como un bebé. Me tapaba con el brazo, como si pudiera esconderme. Siempre me llamó la atención como aún en los momentos más difíciles el hombre puede sentir pudor y vergüenza. Unas chicas coreanas me dieron un pañuelo. “Jugaron bien, muy bien”, me dijeron en un inglés rústico pero cariñoso. Salí del ascensor y dos brazos me atraparon como garras. “Dale papá, lo viste en una final. Arriba, arriba”. Meses después de ese vergonzoso momento me crucé a ese periodista del canal TN en un evento. “El pibe del ascensor, no?”

Mi foto final de Brasil 2014, la que nadie publicaría y la que nadie quiere revelar, me muestra serio, despeinado y con un chaleco naranja desarreglado posando en el pasto del Maracaná. Parezco un nene enojado que acaba de terminar un berrinche.

Me fui del Maracaná caminando despacio, mirando el piso, como si no quisiera llegar a ningún lado ni tener que dar ninguna explicación a nadie. Por las dudas ensayaba en mi cabeza respuestas genéricas que me sacaran del paso cuando alguien me pregunte cómo es vivir un Mundial. No había mucho para decir: tal vez no sea más que lo sucede mientras uno viaja en un ascensor.

 

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