Liquidación de invierno

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Por Víctor Sabanes

 

Escena 1. Un cristal virgen

Es lunes 13 y estoy llegando tarde al taller. Me retrasé en el local de reparación de cristales para autos. El viernes anterior lo había dejado estacionado en la calle Valentín Gómez, para ir a la Feria de Editores en el Konex. Después de pasear por los pasillos fríos de la feria, conversar con Maxi, editor de Sigilo, y tomar cervezas en vaso de plástico en el bar con una amiga editora, volví a buscar el auto y encontré el desastre: un cristal pulverizado y un estéreo desaparecido. La palabra desaparecido puede parecer inapropiada, pero no es casual, porque los acontecimientos inesperados y violentos me generan zozobra, angustia y una extraña sensación de anomia asociada con el pasado. Ahora manejo, pero me aturde el silencio absoluto. Cuando freno escucho el agua rebotando contra el plástico dentro del bidón que está en el baúl. Empiezan a caer algunas gotas sobre el parabrisas y otras que le dan el bautismo al cristal virgen y sin polarizar.

 

Escena 2. Un aire de dinámica conversacional

Chequeo las notas en el celular, porque no estoy muy seguro de que sea el cuarto piso. En efecto, es el tercero. Presiono el botón del piso tres en el ascensor y mientras subo me siento de estreno, como el cristal que ataja las primeras gotas de lluvia. Bajo rápido del ascensor y llamo a la puerta de la revista, que abre Julieta. En unos cuantos segundos estoy sentado alrededor de una gran mesa con otras personas silenciosas y atentas, que tratan de registrar nombres de autores, títulos de libros, películas, herramientas de escritura, métodos y los tipos de la crónica performática, como el periodismo de rol o el periodismo de inmersión. Todos estamos ahí con un objetivo similar, que es acercarnos y descubrir algunos pliegues ocultos de la crónica y tratar de exprimir en solo cuatro encuentros las palabras de Julián. Mientras nos advierte sobre la dinámica conversacional del taller, cada tanto relee un cuaderno de notas y se desparrama en conceptos porosos que nos atrapan. Escuchar, escribir y grabar. Pasados unos 45 minutos ininterrumpidos de introducción hace una pausa y se inicia la conversación: “¿Estoy hablando muy rápido?”.

 

Escena 3. El Llanero Solitario

Hago la pausa y asocio el antiguo ascensor con una escena de la infancia. Ese invierno subimos con mis hermanos hasta el segundo piso. Nuestros amigos Titi y Ricardo eran refugiados chilenos y nos estaban esperando en la entrada del departamento. Pasamos rápido y ellos cerraron la puerta detrás de nosotros. Todos estábamos nerviosos, porque las dictaduras nos habían inoculado el miedo en el cuerpo. Cambiar tan rápido de barrios, de amigos y de casa, me fui dando cuenta, nos generaba angustia y la sensación de que las cosas se esfumaban. Caminamos por el pasillo hasta la habitación y nos sentamos en la cama de Ricardo a ver El Llanero Solitario en un televisor blanco y negro. Hablamos poco. Yo era fan del Llanero y mi antifaz y mi sombrero habían quedado en la calle Manquehue, de Santiago de Chile, y el cinturón con el revólver no habían servido para detener el allanamiento del chalet en Gaspar Campos, en José C. Paz. Era lo poco que me salvaba del miedo y el desquicio en mi psiquis sitiada. Por un momento me sentí seguro en ese departamento, porque estaba con mis hermanos, Titi, Ricardo y el Llanero. Además, Titi tenía la capacidad de hacerme reír.

 

Escena 4. La realidad se incrusta en el cuerpo

Volvemos al periodismo de inmersión y la necesidad de que el cronista le ponga el cuerpo a lo que quiere contar. Como dice Alejandro Seselovsky, cronista de Treinta días en el call center, “el que escribe es el cuerpo”. El lenguaje es el instrumento de representación, pero el problema es que entre la realidad corporal y la representación hay una distancia, por eso, lo que escribimos nunca será la verdad, sino su representación. La realidad es lo que sentimos en el cuerpo y el lenguaje intenta suprimir la distancia. Aunque es una tarea compleja, podemos considerar un triunfo solo acortarla un poco. Me sumerjo en la dinámica del taller y percibo, quizá en un acto muy pretencioso, un método de escritura mitigador de lo extraño. Me imagino escribiendo sobre la forma y la profundidad del miedo, que se traduce en vértigo y satisfacción. Afuera, el frío invernal atraviesa las calles y se dispersa en los acontecimientos cotidianos. Hay miedo a perder el trabajo, crece la angustia por el futuro y el fantasma de los saqueos se transforma en un arma de fuego disparando ansiosa una bala de plomo que se incrusta en el pecho de un pibe chaqueño de 13 años.

 

Escena 5.  Epílogo caótico

“Bueno, quedan 30 segundos”, nos despabila Julián. La consigna es escribir una enumeración caótica de palabras o frases breves, que luego se leerá en voz alta. Comienza Paula: exageración, imposibilidad de comunicar, interés, modernidad, critica. Continúa Carlos: espíritu, obsesión, melancolía, simulación, satisfacción. En tanto, hago el esfuerzo por olvidarme del vidrio, el ascensor, el Llanero, el vértigo y las gotas y concentrarme en el taller. Pero me acuerdo algunas palabras de Ricardo antes de irse a Canadá, para siempre: Québec, Laclau, Chile, todo está perdido, plantar árboles. O los retazos de la conversación que tuve con Titi, el sábado último en su visita sorpresa: refugiado, valijas, invierno, miedo, tu risa.

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