Leila Guerriero: “Uno debería seguir haciendo lo que hace por uno mismo”

Dice ser periodista, pero no saber nada de periodismo. Confiesa parecerle increíble que le pidan un autógrafo, que le pidan un consejo. Ella es Leila. Leila Guerriero. Una cronista que lejos está de definirse por las etiquetas convencionales.

Foto gentileza: Emanuel Zerbos

Foto gentileza: Emanuel Zerbos

Por Belén Fenoglio (@belufeno)

Nació en Junín. Y no. No podría haber sido en otro lugar. Fue allí, en esa pequeña ciudad, donde Leila inició el camino que la llevaría hasta donde hoy se encuentra. Fanática de las bibliotecas, pasó gran parte de su infancia devorando los estantes de clásicos. Y es una realidad: todas sus crónicas son el resultado de un minucioso trabajo combinado con un gran poder de redacción.

En sus propias palabras: “Un periodista que no lee, es lo mismo que un carnicero a quien le da asco la carne. Entonces no me explico cómo es que no tienen literatura en la carrera de Periodismo. No vas a encontrar un solo tipo que quiera hacer cine que no sea un loco de las películas. De todas. Películas iraníes, francesas, coreanas, cine gore. Los periodistas leen el diario y Operación masacre o A sangre fría y creen que con eso ya está, que ya aprendieron a escribir. Pero un periodista que no lee ficción, que no lee poesía, que no entiende de qué se trata narrar, es un irresponsable”.

LA FAMILIA GUERRIERO

Madre, padre, tres hermanos.

Su padre la inició en el arte de la caza. Su madre, también fanática de los libros, incentivó en ella el gusto por la música y los valores que la formarían como persona.

—¿Cómo es la relación con tu mamá?

—Buena. Mi vieja me enseñó un montón de cosas: la paciencia, la prolijidad, el empeño, la disciplina. No quiero decir que era una madre así como estricta, sino que me enseñó que cada cosa tiene un tiempo.

—¿En qué sentido?

— A mí me gustaban mucho las vacaciones de verano; quería todos los meses libres. Entonces con mi viejo me decían, “bueno, si te va a bien en el colegio, todos esos meses van a ser para vos”. Es un poco asqueroso como la meritocracia, idea que yo detesto.

— ¿Extrañás vivir en Junín con ellos?

—No, siempre quise vivir en una ciudad grande. Aunque, bueno, me gusta ir allá a verlos. Somos una familia chica, y tenemos esa cosa de solidaridad que tiene el clan: que no hace falta que estés todo el tiempo presente, porque cuando algo falla, salen todos a correr.

EL AUTOCONCEPTO

—¿Te considerás famosa?

Foto gentileza: Diego Sampere

Foto gentileza: Diego Sampere

—Famosa es la gente que va a almorzar con Mirtha Legrand, ¿no?

—Si te invitaran, ¿irías?

—Pero, ¿por qué me van a invitar a mí?

Sí, es hasta el día de hoy que Leila no se reconoce a sí misma como famosa: aún le asombra que le den un libro para firmarlo, o que le pidan algún consejo. Es hasta hoy que, también, deja asomar cierta inseguridad.

—¿Por qué te considerás una mala preguntadora?

—No sé, ponele, yo veo que vos u otros colegas míos hacen entrevistas, y noto que preguntan bien, que van como enfocados al punto. Yo no sé si soy así; voy más como planeando bajito, viendo dónde hago bajar el planeador.

Leila averigua lo que quiere preguntar a medida que avanza en la conversación. Nunca deja que el otro maneje la entrevista, pero tampoco interrumpe. En la escucha está la esencia de su trabajo.

—¿Qué pensás de las entrevistas pregunta-respuesta?

—Yo nunca podría publicar lo que converso con la gente en una entrevista pregunta-respuesta. Primero, porque narrativamente no me produce una seducción escribirlo. Después, porque mis preguntas son como medio bobas. Tipo, “¿qué hacías cuando tenías ocho años?” o, “¿dónde te sentabas en el colegio?”.

—Esa es muy buena. ¿Dónde te sentabas vos?

—En el medio, el adelante me parecía como medio olfa —nerd, chupamedias—. Pero tampoco atrás de todo. Primero, porque me cagaba de frío —colegio público, sin estufa— y supongo que tampoco éramos tantos en el aula como para estar atrás de todo. Pero sí, era muy buena alumna.

Y cuando en 1984 terminó el secundario, Leila lo sabía: ella quería ser escritora. Pero lo que no sabía era cómo se hacía. Tampoco estaba muy definida, porque le gustaban muchas cosas: los estudios orientales, las matemáticas, el arte…

Decidió que lo mejor era probar con los test vocacionales. Y en uno de ellos, la psicóloga Daniela Casullo le aconsejó seguir Comunicación Social. Sin embargo, esa carrera era apenas un embrión en la universidad pública: 1984 fue el año en que estudiantes de instituciones privadas de Periodismo lucharon por un espacio en la Universidad de Buenos Aires. Los aumentos en las cuotas eran desmesurados; pedían que la UBA tuviera una carrera llamada Ciencias de la Comunicación.

Y en 1985, sus reclamos fueron escuchados.

Pero no. Leila sintió que empezar a estudiar el año en que arrancaba la carrera era “medio como ser conejillo de Indias”.

—Y entonces, ¿qué hiciste?

—Con mi viejo, pobre, veníamos mucho a Buenos Aires a recorrer universidades y ver carreras. En un momento era casi de cajón que iba a estudiar Letras, y después me arrepentí. Dije no. Lo veía como una cosa académica, de investigación, de profesorado. Y me parecía horroroso. Yo quería aprender a escribir. Y no había ninguna carrera —no la hay, creo, todavía— que te pudiera enseñar a vivir de la escritura. ¿Cómo se inserta alguien que quiere escribir en el mercado laboral? No existe eso. Entonces Turismo apareció ahí.

Y la Universidad del Salvador fue la elegida. Leila sería Licenciada en Turismo cuatro años después.

—¿Por qué Turismo?

—El programa de la carrera tenía esta cosa absurda de la cultura general. Era todo: tenías historia, historia del arte, geografía, geopolítica, política internacional, inglés, portugués, francés. Y la verdad es que me sirvió muchísimo, pero toda la parte turística era lo que menos me importaba del mundo; nunca pude emitir bien un pasaje aéreo.

La falta de interés no fue un problema: jamás se dedicó a ello.

***

Su pelo alborotado, salvaje, sin línea definida, es un gran reflejo de su personalidad. Un gran reflejo de esa rebeldía innata, de esa anarquía a flor de piel: “Supongo que tiene que ver con la educación. Mi viejo también tenía esa cosa de no obedecer a nadie. Siempre fue empresario, entonces nunca dependió de alguien. Y fomentó en sus hijos eso de no someterse al esquema del otro”.

—¿Creés ser rebelde en todo sentido?

—Soy rebelde, sí. Pero si tengo que entregar una nota el 15 de octubre, no la entrego el 28.

—¿Siempre fuiste así?

—Bueno, siempre estaba esta cosa de “quiero ser adulta y llegar a la hora que quiero, y tener llaves de mi casa y no me importa nada”. Mis viejos habrán apuntado para ahí y se les fue la mano.

—¿Y cómo te ves ahora?

—Tengo la sensación de que nadie me obliga a hacer algo que no quiera. Soy una pesadilla de protocolo, no me banco estar en situaciones en las que no quiero estar. En todos estos viajes de trabajo, de cuando me dicen de ir a saludar al alcalde y demás, yo en seguida respondo: “Bueno, no. Saludalo vos”.

—¿Nunca pensaste en ser docente universitaria para romper con el sistema?

—No. Me gusta la docencia, pero formar parte de una institución… soy demasiado anárquica para eso. Lo hago, sí, pero solo en mis talleres.

***

Ropa negra y ajustada suele cubrir la esbelta figura de Leila; un atuendo que, a segunda vista, no parece casual. Regla de oro del oficio: saber estar como quien no está. “El periodismo está basado en el arte de mirar, no de preguntar. Hay que saber volverse invisible; de no darse autoimportancia a uno mismo por ser el creador de la obra”.

—¿Alguna vez fallaste? ¿Te quebraste frente a un entrevistado?

—No, nunca. Yo estoy enfocada en tratar que el otro me cuente su historia. Me conmuevo, sí, no soy una piedra. Y por momentos se te eriza la piel de la emoción, pero no es el momento de uno. Imaginate si me pongo a llorar y el otro no, qué horror eso.

—¿Cómo se hace para separar la vida personal?

—No se puede. Por ahí tenés un familiar enfermo y JUSTO vas a entrevistar a una persona que te cuenta algo que tiene que ver con eso. No podés evitar el dolor, la empatía. Pero en el momento de la entrevista, no. A la hora de escribir, tampoco. La emoción tiene que quedar en la historia.

Y a pesar de toda su sabiduría, Leila no se considera un ejemplo a seguir. Resalta que colocarse a uno mismo en ese lugar es de mucha soberbia. que despreciaría profundamente a cualquier persona que dijera eso de sí misma.  “Yo no soy un ejemplo para nadie, tengo fallas de todo tipo. Morales, incluso. No hay gente impoluta en ese sentido. Seguro meteré la pata. Seguro habrá textos que no salen tan bien. Seguro habrá gente que se siente más o menos reflejada con lo que escribo. Seguro algunos pensarán que ya estoy en decadencia”.

—¿Y los lectores que te siguen?

—Puedo entender que haya gente a la que le guste lo que hago. “Yo leí tus textos y seguí en la carrera”, “leí tus textos y me dieron ganas de escribir” o “leí tus textos y pude resolver una situación narrativa”. Lo puedo entender porque hay gente que me produce todo eso a mí. Y estoy segura de que si le preguntara a esa gente “¿vos te considerás un ejemplo a seguir?”, me dirían que ni a palos.

—¿Ese feedback con el lector alimenta tus ganas de seguir escribiendo?

—No, mis ganas vienen de la curiosidad. Aunque, bueno, a lo mejor te estoy mintiendo. Porque si nadie me dijera, “che, creo lo que hacés vale la pena”… tal vez sería un poco árido.

»Pero no lo relaciono directamente con las ganas de seguir haciendo lo que hago. Me parece que uno debería seguir haciendo lo que hace por uno mismo.

 

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