“Nunca me siento a escribir si no tengo la primera frase”

Por Hernando Flórez. De los ritmos de escritura al estatus del cronista: Leila Guerriero.

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Fuiste la primera persona a la que escuché decir que el periodismo narrativo es una forma del arte. ¿Por qué estás convencida de eso?

La literatura es cualquier forma de arte que para expresarse utiliza las palabras, sea ficción o sea no ficción. El periodismo es una forma de literatura en ese sentido, lo que pasa es que se confunde literatura con ficción, no es lo mismo, literatura es todo. ¿Por qué una buena novela es considerada arte y por qué un buen texto de no ficción no sería considerado arte? Creo que se parte de una falacia absoluta: pensar que los autores de ficción se sientan y buenamente escriben lo que se les pasa por la cabeza; no, ellos también investigan. La mayoría necesita de una investigación para escribir una ficción verosímil. Desde ese punto de vista, nadie escribe alejado de la realidad. Sucede que los escritores de no ficción están completamente pegados a ella, siempre con una mirada subjetiva basada en hechos objetivos; como decir: ‘este mostrador existe y está hecho de aluminio con madera marrón’. Si yo digo que es rojo, estoy loca, estoy daltónica, estoy mintiendo o estoy haciendo ficción. Ahora, decir que es lindo, feo, alto, bajo, dependerá de mis nociones de alto, bajo, lindo, feo. No veo por qué no puede considerarse arte. ¿Un documental no lo es? Entonces ¿Por qué un texto no? No tengo la concepción de que la ficción es arte y la realidad es antiartística. Pero estamos hablando de periodismo narrativo. Yo no digo que el diario La Nación sea un objeto artístico; me parece que el arte es una cuestión creativa, eliges con una mirada personal, implica sumergir a un lector en un mundo desconocido.

Juan Villoro dijo en una ocasión que cuando se presentaba en los eventos como escritor lo hospedaban en un hotel cinco estrellas y que cuando lo hacía como periodista en uno de seis pesos. Podríamos decir que está devaluada la profesión del periodista narrativo frente a la del escritor de ficción.

Siempre me he presentado como periodista y nunca me ha pasado eso. De hecho he ido a congresos donde había sólo escritores y me llevaron al mismo hotel que a ellos. Algunos periodistas sienten que si escriben una novela habrán hecho algo superior, pero en Latinoamérica hay muchos que están haciendo sólo periodismo  y no piensan que sea una especie de escalón para escribir una gran novela. En algún momento quizá el periodismo se vio como un facilitador para eso. Los grandes escritores de Latinoamérica fueron periodistas y creo que eso sucedió porque era una manera de ganarse la vida con algo muy afín, pero lo que querían esos hombres -García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa- era hacer un proyecto de ficción que fue lo que terminaron haciendo muy exitosamente. A lo mejor ese modelo fue válido durante algún tiempo, yo siento que ahora es más abierto, más libre. Si vos querés ser periodista y no tenés ninguna ambición de escribir ficción, no es mal visto. Yo no pienso que una tarea sea más noble que la otra o más prestigiosa.

En Vida de un escritor, Talese cuenta que ha gastado mucho dinero en perder tiempo. Viajar a un lugar muy lejano por un dato que finalmente no era tan importante como presumía. ¿Te pasa algo parecido?

Pasa todo el tiempo. Yo más bien he gastado mucho tiempo, pero es algo que no destacaría. Forma parte del trabajo. Escribir es, en gran parte, estar perdiendo mucho tiempo al principio, dando vueltas y vueltas y vueltas hasta que se le encuentra salida al asunto. Para mí es como que un maratonista me diga: he tenido que gastar mucho sudor en correr. Pasa mil veces. Te vas hasta la loma del peludo y te dejan esperando; hacés una entrevista de cuatro horas y no sirve para nada, o haces todo un tema y después te das cuenta que no es lo que esperabas. A todos nos pasa. En mis modestas dimensiones jamás he pagado un pasaje aéreo para irme a Tombuctú y no encontrar lo que esperaba. Nunca me ha pasado que gaste cuatro mil dólares en una cosa. Lo más caro que me ha salido es pagar un pasaje en bus a un lugar.

¿Disfrutás más el trabajo de campo que el de escritura?

Disfrutar no es una palabra que yo aplicaría a esto.

Es menos tortuoso que escribir

Sí, es menos tortuoso que la escritura, sobre todo cuando es una nota larga y difícil. Por varios motivos: porque a veces no sale, porque tienes que dejar tanto material afuera que es un horror. Sí, el trabajo de campo suele ser más grato.

Hay momentos de la escritura en que uno se queda viendo al piso o alguna cosa que no tiene nada qué ver con el tema ni con nada. Crees que cavilar es una forma de organizar un poco las ideas.

Escribir implica un poco estos momentos de aparente pérdida de tiempo. Cuando uno entra en un proceso de escritura no para de escribir nunca, ni cuando se para a preparar un café. Por eso es tan interesante escribir en soledad, incluso en una vivienda, porque uno arma ese caminito entre el estudio y la cocina para calentar un té o lo que sea. Lo último que uno quiere es la interrupción de alguien que diga algo. Mirar por la ventana y qué se yo, nos pasa a todos. Cuando miro las plantas estoy escribiendo. Es una clase de ensimismamiento, de detenerse, de intentar resolver un problema. Cuando entro en un proceso de escritura muy extenso y salgo a correr y me ducho, la cabeza sigue ahí y brotan ideas, porque a veces se revelan en ese momento y no cuando estoy tecleando frente a la computadora. Son instantes que ayudan, por eso la soledad es necesaria para escribir. Hay momentos en que uno se para a ver por la ventana con la mirada perdida y alguien podría interpretarlo como: “Ah, bueno, le puedo hablar porque está perdiendo el tiempo mirando por la ventana”, eso puede convertirse en un ruido que rompe una cavilación difícil de lograr. A los futbolistas se los llevan a concentrar a un lugar equis. Para mí es parecido a eso. Los primeros dos días de escritura son para entrar en ese clima de concentración, después ya estás como tomado por el tema. A mí me pasa eso, hay gente que lo hace de otra manera pero yo necesito un tiempo para entrar en ese grado de concentración extremo.

¿Te es más difícil arrancar, avanzar, redondear o nada o todo?

Lo que pasa es que si yo no tengo el comienzo no arranco. Nunca me siento a escribir si no tengo la primera frase. Creo que lo más complicado es lograr una estructura, seleccionar la información, lograr que la nota tenga un equilibrio, porque uno con suerte usa el cinco o diez por ciento del material que investigó, por lo cual ese porcentaje debe estar muy decente, no puede ser farragoso, pesado, debe tener escenas contrastadas con partes más prácticas. Entre las cosas más difíciles están la selección de la información y la decisión de la estructura, que va brotando en la medida en que uno escribe, pero cuando vas tomando un camino sabes que te alejas de los otros y eso produce un vértigo. El arranque en cierto sentido es lo más fácil porque me lo paso mucho tiempo buscándolo, así que es como el único leño al que me agarro en medio de la tormenta.

A propósito, dijo Cortázar que si tienes el comienzo y el final…

Sí, yo lo leí. Pero yo nunca tuve un final antes de empezar, él va llegando.

Alberto Salcedo habló de “La prueba de la gaveta”, que es tomarle distancia al texto final un par de días. ¿Te queda tiempo para hacerlo?

De hecho, lo hago. Hago muchas correcciones y después de la última corrección lo dejo descansar unos días y se revelan muchas cosas. Es algo que conviene mucho.

Visitas mucho el diccionario cuando escribes    

Mucho no pero sí frecuentemente. Tengo todo un estante en la biblioteca que es de diccionarios. Tengo el María Moliner y varios diccionarios de idiomas.

En una de tus charlas dijiste que a veces pones algo de música para releer los textos. Qué géneros te funcionan en esos momentos.

Rock y rap y una sola cosa clásica. A veces, y no siempre, y ese a veces puede ser una sola vez por año, lo leo bajo el flujo casi de mantra, de cosas repetidas de la música que funciona como un: “bórrale todo lo que no sea de este texto”. Me concentra mucho, borra todo el entorno, produce como una capacidad de concentración muy fuerte en el texto. Es como los músicos cuando afinan un violín, ponen un tono para afinarlo. Una mezcla de afinación y superconcentración, pero no siempre es necesario; a veces, cuando siento que la versión final no tiene un tono parejo, necesito un cierto repaso, pongo ésta música a un nivel muy bajo que no me sea invasivo, a un punto que casi ni la escucho. Pero esto es a veces en la versión final porque yo nunca escribo con música. Jamás. Para mí es incompatible.

En tu trabajo como editora ayudás a tus colegas a llegar a un mejor puerto.

Eso lo hago en los talleres, que es distinto. Yo jamás digo que ayudo a un colega a llegar a ninguna parte. Cuando uno edita, lo que sí intenta es que el texto del otro brille lo más posible. Mi trabajo de editora es desaparecer todo el tiempo, no estar presente y conversar con el otro sobre qué le conviene a la salud del texto, pero las decisiones finales son siempre del autor. Cuando uno edita, el texto no es de uno, siempre es del autor. Me parece que un buen editor tiene que hacer una lectura atenta y sugerir algunos caminos más eficaces. Ver si el texto está desequilibrado, si está demasiado hacia un lado o el otro. Lo claro es que siempre el que brilla es el autor y uno puede decir me parece tal cosa, me parece tal otra. Finalmente el autor es el que suda y pone el lomo para el trabajo. Es necesaria una mirada desde afuera, pero no soy una editora intrusiva. Sí soy muy hincha en cuanto que se entienda por qué una persona llegó de tal instancia a tal otra. Eso sí.

Encontraste una forma maravillosa de explicarle a las personas que están fuera del oficio qué hace un periodista narrativo. Decís: “Hacemos documentales pero con palabras”

Es algo que entiende todo el mundo. Vos le decís periodismo narrativo a un señor que maneja un taxi y no tiene por qué saber. Es como preguntarle a un médico que hace una cosa muy especializada, usted qué hace: “Yo me encargo del endocarpio pericárpico”. Me preguntan: “Y usted qué escribe”. “Bueno, yo hago como documentales pero con palabras”. Es muy fácil porque no estás hablando de una temática. La gente espera que vos le digas de política, economía, cultura, y viene la pregunta: ¿Conoce algún famoso? Yo digo eso y todo el mundo entiende.

Es como la simplificación de García Márquez que funciona muy bien: “Una crónica es un cuento que es de verdad”.

Yo estoy de acuerdo con eso, tal cual. Lo que pasa es que, lamentablemente, cuando uno pone palabras como cuento, novela, la gente se imagina cosas que no son. Puede confundir. A los periodistas que nos movemos más o menos con esa jerga, no. Trato de evitar cualquier contaminación de ese tipo.

Decís que los periodistas latinoamericanos son alérgicos a las historias sobre los poderosos y los adinerados. Hay alguno que te interese en este momento.

Sí, claro, pero me los guardo. Yo jamás hablaría de nada…

Y de los personajes cotidianos   

Yo creo que la prensa está llena de ese tipo de historias, la del anónimo que tiene una gran historia de vida para contar. Creo que hay un abuso. Tengo la sensación vaga de haber leído mucho de eso. Pero lo que interesa ahí es la mirada. Puedes hacer con el mismo material una cosa ñoña, romántica o una cosa súper interesante. Lamentablemente esos textos suelen irse por el lugar común, la historia de superación.

Eso me recuerda algo que escribiste: “No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad”.

Es algo en lo que creo mucho. A mí la sensiblería me provoca escozor. Esas historias de periodistas escribiendo sobre la esforzada madre, la terrible tragedia de Juan Pirulo. Estamos todos de acuerdo en que hay cosas que son una putada, pero me parece que siempre es mejor mostrar y dejar que el lector decida; emitir un juicio de valor tan poco interesante como: que quede claro que nos da pena la pobre gente pobre. Ya sabemos que es así y es algo que no debería pasar, pero no es la forma más eficaz de contar la historia; al contrario, es como un bumerang que se vuelve en contra. Se transforma en una cosa flojita, blandita, de muy poco interés. Al menos para mí como lectora, seguro hay gente que lo lee y se conmueve muchísimo. A mí no me interesa. Esos textos no me interesa reproducirlos.

Por alguna razón me enteré de que nunca titulás

Me parece que ese es el trabajo del editor. Titular es todo un arte y uno no tiene porqué tener el arte de escribir, el arte de titular, el arte de entrevistar, el arte de editar, el arte de hacer café con leche y el de lavar el coche.

Foto: Diego Sandstede

* Esta es la primera parte de la entrevista que Hernando Flórez le realizó a Leila Guerriero en Neiva, Colombia, en octubre de 2011. 

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3 Responses

  1. Imagen de perfil de Malú Posada Malú Posada dice:

    Me gustó, de esas entrevistas que uno no quiere que acaben.

  2. Creo que la entrevista , es una de las partes mas lindas del periodismo, bella entrevista, a ella se la noto distendida y eso es primordial.

  3. Maravillosa entrevista. Todos los que escribimos nos sentimos identificados. La compartiré en el grupo de Facebook de escritores sanmartinenses.

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