Las voces de mainha

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Ilustración: Gonzalo Ibáñez

Texto: @amandamartonramaciotti

 

 

“Mi mamá no es cualquier mamá. Fue por una carta que descubrí la aterradora verdad de que algo no estaba bien con ella”. En esta crónica, Amanda Marton Ramaciotti cuenta cómo fue crecer con una madre que padece de esquizofrenia, cómo se silencian las voces con remedios y cuidados y el temor a lo hereditario.

 

 

—Aló, ¿cariño? ¿Por qué no vienes rápido a la casa? ¿Por qué no tenemos otro hijo? ¡No te enojes! ¿Aló? ¿Aló? Me colgó.

Primero, lo que aparenta: una mujer llamando a su marido, ocupado en su trabajo y sin tiempo para tomar decisiones trascendentales —como tener un hijo— por teléfono. Y resolvió cortar el llamado.

Luego, lo que fue: mi madre, Cecília, llamando a mi padre, Andrés, de quien estaba divorciada hacía más de dos años. Él, claro, no iba rápido a la casa porque después de su trabajo se dirigía hacia la suya, donde vive con Fernanda. Tampoco le interesaba tener otro hijo después de 20 años. Y aunque hubiese tenido el afán de estar con su exmujer para concebir un hermano mío, no hubiesen podido, pues Cecília tenía 49 años.

Yo, la espectadora de esa situación que se produjo el 22 de diciembre de 2013, no le di importancia. No quería echar a perder mis vacaciones discutiendo por lo que ella le decía a mi viejo. Fatídico error. Pero solo me daría cuenta 48 horas más tarde.

***

Desde muy temprana edad sé que mi mamá no es cualquier mamá. Cuando tenía cuatro años, y tras una grave pelea con mi padre, se fue de casa.

Entre 1997 y 2001 prácticamente no la vi. A veces algo golpeaba la ventana de mi pieza. Cuando la abría, me encontraba con una lata vacía —de cerveza o guaraná— y en su interior siempre había una carta. Que yo atesoraba. Que era nuestro secreto. Que no debería mostrar a mi padre, y que tampoco necesitaba, porque ya había aprendido a leer. Una carta que me permitía sentirla cercana.

Fue también por una carta que descubrí la aterradora verdad de que algo no estaba bien con mi madre.

Tenía como destinatario a Amanda, Amandinha, Rouxinol (ruiseñor), Beija-Flor (picaflor) y Narizinho (nariz chica). El remitente, mi mamá, preguntaba a esas cinco niñas cómo estaban, cómo les iba en el colegio, si se cuidaban entre hermanas. Decía que las extrañaba mucho y que se estaba esforzando para volver a verlas. Una carta llena de amor.

Pero había un problema que no pasó desapercibido ni siquiera a la ingenuidad de una niña de cuatro años: yo no tenía —y no tengo— hermanas. Esos destinatarios tenían mis apodos.

Era tan raro que mi madre me viera, y yo crecía tan rápido, que ella ya no me reconocía. Se imaginó a cinco versiones de su hija. Y no se dio cuenta que amando a cinco hijas rompió el corazón —y la inocencia— de la única que existía.

***

Con la experiencia de casi toda la vida sabiendo del mal que ella padece, es fácil identificar algunos síntomas. En el caso de mi mamá, una fotógrafa con magíster en Historia, su problema no es la comunicación o la lógica.

Quizás por ello su familia no se lo creyó cuando los doctores la diagnosticaron. Mi abuelito Vicente estuvo años sin dirigirle la palabra a mi padre por creer que, de alguna forma, él era el culpable de su enfermedad. Ella nunca había dado indicios de lo que padecía. Hasta poco después que nací, en mayo del 93.

Sus síntomas son más bien detalles: adelgaza, come más huevos, no se depila, hace muecas y duerme poquísimo.

Pero nada de eso, ni la conversación que mi mamá tuvo con mi papá al teléfono me había preocupado lo suficiente. Lo que me desesperó el 24 de diciembre de 2013 fue cuando me preguntó sin tapujos: “¿cómo está tu hermana?”

***

Suelo tratar a quienes quiero por apodos. A mi mamá, de mainha (madre mía); a mi papá, de “pipa”. Pero como mecanismo de defensa, cuando estoy enojada, triste o decepcionada, los trato por sus nombres. Mi mainha es Cecília o Cecília Corina; mi pipa, Andrés o Andrés Alberto.

Aquel día, mis retos a mi mamá, acompañados de un mar de lágrimas, partieron más o menos así: “¿Que fue lo que dijiste, Cecília? Repítemelo. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no puedes dejar de tomar los remedios, Corina? ¿Hace cuánto no los tomas? ¿Por qué no te cuidas?”. Su silencio era agobiante.

Escondí las llaves. Le dije que o nos íbamos en taxi o tendría que llamar a urgencia. Llamé a Andrés, que no estaba en São Paulo, y que tendría que arreglármelas sola. Cecília me repetía una y otra vez: “qué traición”. Detrás de su mirada de decepción, buscaba a mi mamá y le decía “es por tu bien”. Lo decía hasta convencerle a ella y a mí de que eso era lo correcto.

***

Nuestra Noche Buena fue todo, menos buena.

— ¿Por qué trajiste a tu madre?

—Doctora, ¿ella puede estar afuera mientras le cuento?

—No. Es regla de este hospital psiquiátrico que los pacientes estén presentes durante la evaluación de su diagnóstico.

Y así fue. Una mujer con rasgos japoneses a la que no conocía y de quien no recuerdo el nombre me obligó a decir, por primera vez que yo sabía cuál es la enfermedad de mi madre.

— ¿Sabes qué es lo que tiene Cecília?

—Alguna vez escuché que es esquizofrenia, pero no estoy segura. También me han dicho depresión…

—Esquizofrenia, sin dudas. Hay que internarla ahora ya.

Imposible. Le juré que la llevaría al hospital a diario, le daría el remedio y congelaría la Universidad. Le dije que mainha no me perdonaría y que yo misma sería incapaz de hacerlo. Me haría cargo. Firmé decenas de papeles. Por primera vez su salud era oficialmente mi responsabilidad. Así será por siempre.

***

Afecta al 1% de la población mundial, independiente de las condiciones económicas, sociales o culturales, según la OMS. No hay un factor exclusivo que explique su origen, ni un padrón exacto de los síntomas de quienes la padecen.

Se dice que la esquizofrenia puede ser desencadenada por un entorno familiar abusivo y violento. No es el caso de mainha. Mis abuelos Vicente y Sônia eran muy serenos y mis cuatro tías distan de ser desagradables. Opción descartada.

Se dice que el uso abusivo de drogas —desde la marihuana hasta la anfetamina— puede gatillar la enfermedad. Tampoco es el caso de mi madre, quien se jacta de que solo fuma “cigarritos”. Opción descartada.

Finalmente: tiene una predisposición genética, que puede ser hereditaria. Eso no tengo cómo saber. Cuando estuve al tanto que ese era su diagnóstico, mi abuelito ya había fallecido, mi abuelita sufría Alzheimer y mi papá sabía cuánto yo sobre el tema.

Algunos sostienen que, después de los gemelos idénticos, los hijos de los enfermos son los más susceptibles a la enfermedad. Es decir, yo. Otros, que puede saltarse una generación y afectar a la siguiente: mi hijo. Ninguna posibilidad me deja tranquila.

***

Los planes no salieron como esperaba. No pude congelar mi carrera y eso significaba que mis días a su lado, como si fuera el Gran Hermano pendiente de todo lo que le ocurría, estaban contados. A fines de febrero tendría que volver a Chile.

Colapsé. Ya no me la podía sola.

***

Doctor João. Solo cinco años mayor que mainha, pero la reprocha como si ella fuera una adolescente rebelde.

Lo conocí en 2001, año que quedó tatuado en mi memoria. No por el atentado del 11-S, o la puesta en libertad de Pinochet. Tampoco por el mitin del PCC o la muerte de Cássia Eller, una de las cantantes favoritas de mi padre.  Lo recuerdo porque el 31 de julio de 2001 mi mamá volvió a casa.

A su retorno, todos los meses teníamos que acompañarla hasta Dr. João y relatarle a aquel hombre sin pelos —en la cabeza y en la lengua— cómo ella estaba.

¿Qué puede informar a un psiquiatra una niña de ocho años? Pues que no ha sido fácil el proceso para Andrés —quien no dejaba siquiera que ella cocinara un queque—. Que todos los días le da el remedio y le pide que suba, baje y ponga la lengua para fuera para asegurarse que se lo ha tragado.

Acudí a él en enero de 2014. Es a través de él que me entero sobre cómo está mi vieja. Y de cómo él cree que estoy yo.

***

Hacia fines de febrero, tal como lo haría con una niña que se queda sola, empecé a prepararla para mi ausencia. El día antes de mi retorno a Chile le dije que ella, al igual que un diabético con su insulina, debería tomar su remedio. Me despedí rogándole a la vida que nunca más nos tocara enfrentarnos a algo así.

***

Cada cierto tiempo mi papá me llevaba a la casa de mis abuelos para verlos a ellos y a mainha. En algún momento de una reunión del primer semestre de 2001, ella se fue a duchar.

Poco después, la casa olía a quemado. Mi abuelo y mi papá golpearon la puerta del baño y, cuando pudieron abrirla, todos vimos lo que podría haber generado un incendio. Una panty negra, la misma que ella tenía bajo su falda hacía poco, envuelta en una ampolleta. Mi mamá dijo que estaba bien y que solo había hecho eso porque en la ampolleta “había una cámara” y no quería que nadie la mirara mientras se duchaba.

Ese fue el recuerdo que me vino a la mente en mayo de 2014, cuando mi papá me llamó para contar que el departamento de ella se había incendiado. Hasta hoy no sabemos cómo sucedió. El aprendizaje fue solo uno: no hay que perder de vista los pasos de mainha. Cualquier cuidado es poco. Para ella y para mí.

***

Desde que volvió a la casa nunca vimos, a su lado, películas como “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que le brindó a Jack Nicholson el Oscar; “12 Monos”, cuando Bruce Willis es un hombre que viene del futuro y lo internan junto a Brad Pitt; o “La isla siniestra”, en la que Di Caprio busca a una paciente sicótica. Por eso, cuando los empleados de videoclubs preguntaban qué tipo de cintas nos gustaban o cuáles eran nuestros actores favoritos y mainha contestaba “de suspenso, drama; Nicholson, Pitt y Di Caprio”, desviábamos su atención y le decíamos que era mejor ver “una comedia o un romance”.

Los amigos sabían que en nuestro hogar estaba prohibido el uso de drogas, en particular la marihuana. “Está muy relacionada con las manifestaciones de esquizofrenia”, nos insistió Dr. João.

Lo más importante: nunca le preguntamos qué había sido de su vida cuando no estuvo con nosotros.

***

Las monjas de mi colegio decían que todos tenemos un Dios que nos cuida, nos habla y con quien podemos contar en cualquier momento. Con mi papá trabajando y con mi mamá ausente, yo pasaba mucho tiempo sin tener con quien jugar.

Un día, cuando mi papá llegó, le dije que había jugado con Dios. “¿Escuchas voces, hija?”. Le expliqué que era mi amigo imaginario que tienen todos cuando niños. Él me ordenó que no mintiera y que, si escuchaba anormalidades, le avisara.

Para una hija de quien padece de esquizofrenia no hay margen para la imaginación fértil. Fue ahí cuando aprendí el compromiso con la verdad. Quizás por eso me convertí en periodista. Pero no hay margen para la falta de lucidez en el periodismo, y renunciaré a mi trabajo si algo me pasa. No hay margen para muchas cosas en mi caso.

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A un ex cometí el error de contarle y en nuestra última pelea me dijo que estaba “destinada a ser tan loca” como ella. A nadie más comenté sobre eso. Hasta que apareció Gonzalo. Sabía que si me proyectaba con él tenía que advertirle: “quizás algún día esto me pase a mí o a mis hijos. Es una ruleta rusa. ¿Estás dispuesto a asumir el riesgo?”

Cuando le conté, decidimos enfrentarnos a esto juntos. A veces surge una pregunta “¿qué hago si no quieres ir al psiquiatra?”. Le contesto: “no voy a querer ir, pero llévame igual, aunque te diga cosas horribles”. Nuestras charlas cotidianas se mezclan con qué tan esquizofrénica yo puedo llegar a ser. ¿De eso se trata cuando dicen “en la salud y en la enfermedad”?

***

Andrés llega a la casa. Se tambalea de lo borracho que está. Vomita el piso. Cecília acude a ayudarlo. Busca un paño. Lo va a limpiar y… vomita el piso. Yo observo lo que ocurre, les pido que se vayan a descansar y limpio el piso. Así funcionó durante años nuestra familia. Vómitos de copete, palabras y silencios que mis papás no pudieron limpiar, mientras yo refregaba el suelo en búsqueda de soluciones y borraba lo que olía a podrido.

***

Mi madre ha sido muchas. Según la ciencia, esto ocurre porque conforme avanza la enfermedad se pierden circuitos neuronales. Pero yo supe que mainha ha sido muchas gracias a una conversa con Andrés cuando él estaba borracho, en 2011 o 2012.

—¿Sabes lo que es casarte con la mujer de tus sueños, enamorarte en menos de un año, ir a vivir juntos, y que de repente todo cambie? Tú nunca conociste a la mujer con quien me casé…

Aproveché esas palabras que, como el vómito, solo salen con el trago. Pregunté “por qué”.

Escuché la descripción de una desconocida. Una Cecília que quedó embarazada y, conociendo a sus padres católicos/conservadores, optó por abortar. Una Cecília cuyas amistades incluían a homosexuales y marihuaneros. Una Cecília que es mi mamá y que es opuesta a mi mamá.

Mi mainha, tras varios surtos, se ha vuelto héteronormativa, antidrogas y cauta. A algunos que me han visitado les he pedido que cuiden sus palabras delante suyo, porque ella les podría expulsar de la casa. Aunque nunca ha sido conservadora en cuanto al sexo, sí ha expresado su rotunda oposición al aborto.

La mainha que conozco todavía puede cambiar y convertirse en una completa desconocida.

***

Tenemos las mismas piernas, cejas y sonrisa. Hablamos fuerte, leemos a diario y escribimos compulsivamente.

Somos parecidas, pero me gustaría ser más como ella. Más sencilla, menos peleadora, más reservada, menos problemática. Solo no quiero sufrir lo mismo.

No por tener que tomar haloperidol y clonazepan diariamente y gastar más de 400 reales en esos remedios al mes. Ni por temer a las seis (o más) sesiones de “estimulación cerebral profunda” —conocida como electroshock— a las que ella se sometió en 2001.

Mi temor es la pérdida de realidad y los daños que esta conlleva. ¿Tendré los mismos delirios? ¿También requeriré camisa de fuerza? ¿Creeré que me están mirando?

***

Lo supe por casualidad que lo podría sufrir yo.

Una amiga sufrió un surto psicótico y el doctor le dijo que el primer brote de esquizofrenia suele manifestarse entre los 15 y los 30. Mi mamá tuvo su primer delirio a los 29. Después de ese rango de edad, salvo excepciones, la enfermedad solo se genera por el consumo excesivo de drogas o algún evento traumático.

Como un prisionero que tacha los días de condena que le quedan en la pared, aguardo la llegada de mis 30 para saber si efectivamente me adecuo a “la normalidad”.

Si llegara a ocurrir, sin embargo, tengo a todos avisados sobre cómo proceder. Cuando le planteé esa posibilidad a mi papá, él golpeó la madera tres veces y cambió de tema. Mi mamá, en la misma línea, se quedó callada.

***

Según mis cálculos, mainha fue internada al menos cinco veces en los últimos 20 años. Después de aquella crisis de 2013, no ha dejado de tomarse los remedios, ni de ver a Dr. João. Pero eso no quiere decir que no lo haga a futuro.

Estoy consciente de que los últimos años podrían ser solo la paz efímera entre una tormenta y otra, pero han sido tiempos felices. Ella está estudiando para concursos públicos en Brasil y quedó en la lista de espera para trabajar en el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

Para su cumpleaños, mi mejor amigo le envió un mensaje que resume lo que muchos podrían decir sobre ella: “No sería el mismo sin ti”.

Mi padre, por su parte, la visita todas las semanas. Fernanda me ha admitido que cuando él no sabe de mainha, no logra quedarse dormido.

Yo lucho contra los estereotipos de las enfermedades mentales y enseño a las personas a mi alrededor qué se vive cuando se tiene una.

Anhelo que los médicos descubran la cura de este y de otros padecimientos. El momento en que no existan personas con voces en sus cabezas, que piensen que tienen cinco hijas en lugar de una, o que se imaginen que las graban mientras se duchan.

Mientras tanto, nos toca silenciar, con remedios y mucho cuidado, las voces de mainha. Y esperar que mis cercanos nunca lleguen a vivir con las voces en mi cabeza. Ni en las de Amandinha, Beija-Flor, Rouxinol o Narizinho.

 

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