Las preguntas de amor de Platón

diotima

Por Mariel Leibovich.

El amor como un gran demonio entre lo mortal y lo inmortal. La habitación de Diótima, de Marisa Villar, juega con la palabra, la danza y el teatro, en una cama. 

El lirismo y la pasión, los conocimos mejor que nadie,/Mucho mejor que nadie/Puesto que nosotros escarbamos hasta el fondo de nuestros/órganos para tratar de transformarlos desde el interior/Para encontrar un camino separar los pulmones penetrar hasta el/corazón/Y perdimos,/Estaban tan desnudos nuestros cuerpos.
(Houellebecq, Poesía)

La habitación de Diótima, con dirección de Marisa Villar, hace preguntas por el amor. Y lo hace con fragmentos de El Banquete, de Platon como disparador. En esta representación, la danza y el teatro confluyen para crear un lenguaje propio, corporal. Si bien la palabra acompaña y esclarece, los movimientos y la música guían el ritmo del relato.

Las preguntas aparecen en las historias de Lucía y Domingo, y con las intervenciones de un tercer personaje: Diótima, la portadora de la palabra. Ayelén Clavin, Diego López y Maitina, artistas procedentes del mundo del teatro y la danza, encarnan a los tres protagonistas. Interactúan en un espacio despojado, demostrando una búsqueda de economía en la puesta en escena. La cama resulta un elemento puesto a disposición del movimiento y representa todo ese espacio simbólico que constituye una pareja: la intimidad, los rituales de lo cotidiano, los momentos  de felicidad y hastío, la unión y la separación.

La habitación de Diótima se muestra flexible en su tono: pasa por momentos de humor -la parodia de los rituales en torno al casamiento o a los rituales de la vida cotidiana en pareja- y por situaciones con una carga dramática que, al ser representadas mediante la danza, permiten múltiples interpretaciones y otorgan al argumento un carácter abierto.

Siempre resulta interesante ver de qué forma los artistas se las ingenian para poner en escena preguntas filosóficas. Más aún cuando lo hacen a través de un lenguaje abstracto como la danza. Retomar a  Platón implica, de alguna forma, sostener un discurso acerca de lo imperecedero de la pregunta por el amor -que atraviesa siglos de humanidad-, y por lo tanto, de la esencia de la humanidad misma.

Como Platón, la obra piensa al amor como “un gran demonio” que “ocupa un término medio entre las cosas contrarias, entre lo mortal y lo inmortal”, y se pregunta para qué los hombres lo necesitan.

Siglos más tarde, un escritor contemporáneo y eterno como Houellebecq se hace la misma pregunta:  Y si necesitamos tanto amor, ¿de quién es la culpa? / ¿Si no podemos por principio adaptarnos / a ese universo de transacciones generalizadas / que tanto les gustaría vernos adoptar a los psicólogos y demás?

Y si hablamos de lo imperecedero de la pregunta por el amor, pensemos también en Barthes, quien le dedicó a este tema un libro entero. Fragmentos de un discurso amoroso se plantea como un relato estructural de todas esas palabras que usamos para remitirnos al amor, admitiendo por momentos el fracaso del lenguaje para dar cuenta de esas sensaciones o situaciones en la que nos encontramos cuando estamos enamorados: Todo partió de este principio: no se debía reducir lo amoroso a un simple sujeto sintomático, sino más bien hacer entender lo que hay en su voz de inactual, es decir, de intratable.

En La habitación de Diótima el enamoramiento se narra de una forma casi cinematográfica: la música, y la luz que se apaga y se enciende muestran, a modo de fotogramas, los momentos claves  que construyen esa secuencia que es la de enamorarse. Para mostrar esta imposibilidad del lenguaje, Barthes ejemplifica con la palabra “adorable”: afirma que es la huella fútil de una fatiga, que es la fatiga del lenguaje. De palabra en palabra, me canso de decir de otro modo lo que es propio de mi Imagen, impropiamente lo propio de mi deseo: viaje al término del cual mi última filosofía no puede ser sino ser la de reconocer –y la de practicar- la tautología. Es adorable lo que es adorable. O también: te adoro porque eres adorable, te amo porque te amo. Lo que clausura así el lenguaje amoroso es aquello mismo que lo ha instituido: la fascinación.

Y cuando las palabras fracasan, ¿por qué no intentarlo con la danza?

Foto: Pablo Viacava

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