Las olvidadas de la democracia

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Por Sol Martínez@solmartinez 

Fotos: Rocío Fuhr

“El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más. Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo. Furia Travesti siempre.” El legado de Lohana Berkins, dirigente trans pionera en la lucha por el derecho a la identidad de género y referente internacional del movimiento LGBT+ fallecida en 2016, continúa vivo en el interior del colectivo y en las paredes del Bachillerato Popular Trans Mocha Celis de Buenos Aires, la primera escuela abierta y gratuita en el mundo con orientación en diversidad de género, sexual y cultural. Inaugurada hace siete años, busca dar respuesta a la exclusión que sufren históricamente las personas de género no binario.

De lunes a viernes, la marea de pasajeros que inunda el Centro de Trasbordo Federico Lacroze parece formar una masa homogénea e infranqueable. Allí, a metros del cementerio e inadvertidos para la gran mayoría, los pasillos del quinto piso ubicado en el barrio de Chacarita ven desfilar todas las tardes a 130 estudiantes de distintas edades, géneros y procedencias que buscan obtener un título primario o secundario. Aunque apela especialmente a la comunidad trans, la Mocha no le cierra las puertas a nadie: maricas, tortas, putos, inmigrantes, o cualquier otra persona que se haya sentido discriminada en otros espacios es bienvenida. El único requisito para inscribirse es ser mayor de 16 años. “Es una escuela de inclusión: acá sos quien vos decís que sos”, cuenta Viviana González, presidenta del centro.

La entrada del viejo edificio gestionado por la Mutual Sentimiento, fundada por ex presos políticos y exiliados de la dictadura militar, permanece siempre abierta. Allí, la Mocha convive con otro centro educativo, el Bachillerato Popular de Jóvenes y Adultos Osvaldo Bayer. Ninguno de los dos cuenta con financiamiento integral: se sostienen con los aportes de sus docentes, rifas, y los fondos recaudados en los distintos eventos que allí organizan. Sólo este año se realizaron dos ediciones de la Mocha Fest, una feria abierta al público donde los y las estudiantes pueden mostrar sus habilidades y poner a la venta piezas hechas con sus propias manos.

A través de todo tipo de actividades y talleres, el plan de estudios procura brindarles distintos saberes que apuntan a lograr su proyección profesional y su inserción en el mundo laboral. “La idea es darles herramientas a chicas trans que no tienen la posibilidad de laburar para que puedan confiar en sí mismas. Se les enseña a conocerse y a ver que tienen algo más que saben hacer y que pueden ofrecer, que no es ni el cuerpo ni el sexo”, explica Viviana. Graduada hace unos pocos días, la ex campeona nacional de boxeo es hoy la profesora a cargo de las clases de defensa personal, con las que se busca empoderar al colectivo. Si bien durante los años 70 y 80 ganó distintas competencias y hasta llegó a formar parte del seleccionado argentino, las revistas nunca agregaron su nombre en sus fotos. En ese momento, ella ya había llevado a cabo su transición, pero la legislación vigente todavía criminalizaba la transexualidad.

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A los tres años, ya sabía que le llamaban más la atención los nenes que las nenas. Cuando jugaba a la familia, siempre elegía roles femeninos, y sus personajes favoritos eran las mujeres biónica y maravilla. Las calles de José C. Paz, en la provincia de Buenos Aires, eran el escenario donde pasaba tardes enteras saltando entre sogas y elásticos. Pero todavía hoy recuerda cuándo fue que algo que en un principio sentía tan natural comenzó a teñirse de inseguridades: la primera vez que escuchó la palabra homosexual, a los ocho años. Durante una clase de catequesis, un sacerdote le enseñó que esas personas eran pecadores y que iban a ir al infierno. Y aunque todavía no entendía de sexo ni de estereotipos que restringen colores para cada género, ese día confesó en su hogar que se sentía una niña y que le tenía mucho miedo al castigo del diablo. Dijo que se quería cortar el pitito con una gilette porque no lo quería tener más. Su madre, que lo había iniciado en el deporte de contacto en un intento por estimular su masculinidad, siempre había visto diferencias entre su hijo y los demás chicos de su curso. Pero esa charla marcó un quiebre, y esa mamá, oriunda del campo en Corrientes, le propuso a ese niño un nuevo juego, al cual, según le explicó, podría recurrir en su casa, en el colectivo, en sus entrenamientos y en cualquier lugar que quisiera. Lo llamó “ser quién quieras ser”.

Aquel fue el primer paso de un proceso de transición que, tres años después y hormonas de por medio, culminaría con la consolidación de la identidad de Viviana.

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Mocha Celis fue una de las tantas travestis que han trabajado en el barrio de Flores, y una de las tantas que han sufrido en carne propia el abuso policial y la violencia institucional. Asesinada de tres balazos en la década del 90, el travesticidio de la tucumana jamás pudo esclarecerse y quedó impune, aunque en una nota publicada en Página 12, Lohana Berkins declaró que un sargento ya la había amenazado de muerte. Mocha no sabía leer ni escribir y cada vez que la llevaban detenida tenía que pedir que le leyeran los formularios policiales. Nunca pudo acceder al sistema educativo. Cuando encontraron su cuerpo, sus compañeras no pudieron pedir una autopsia ni hacer la denuncia por no ser familiares biológicas.

Formular estadísticas sobre la población transgénero en Argentina es una tarea muy difícil por falta de datos oficiales, pero también influye el hecho de que muchas mujeres trans son enterradas como NN. Se calcula que su expectativa de vida es de 36 a 38 años y que casi el 80% tiene que dedicarse a tareas relacionadas con la prostitución por necesidad. Además, se estima que las travestis son expulsadas de sus hogares entre los ocho y los trece años.  “Estas minorías son excluidas de la elaboración de políticas públicas, un dato que habla del Estado porque evidencia una omisión que no es azarosa sino tendenciosa. Al prostituirse desde tan temprana edad y padecer tanta discriminación, van ocurriendo limitaciones en el orden de lo educativo y es muy difícil reinsertarse”, afirma Florencia Freijo, politóloga y consultora en género y DDHH. “Ni su salud, ni su formación ni su vida emocional tienen ningún tipo de contención ante una sociedad que se ríe y señala con el dedo.”

En un año cargado de constantes movilizaciones sociales y un fuerte conflicto docente, una de las consignas que más resonó proclamaba que la educación es un derecho y no un privilegio. El acceso a la formación académica es una herramienta indispensable para combatir la opresión y la violencia estructural y, frente a un contexto particularmente hostil para cualquiera que simplemente no se autoperciba como cis, los bachilleratos populares como la Mocha son uno de los espacios de resistencia donde se disputa la batalla por la construcción de sentido y por un sistema más inclusivo e igualitario, fomentando el orgullo y el empoderamiento trans. “Muchas chicas no pueden pelear por sus derechos porque no saben ni qué les falta. ¿Cómo podés reclamar algo si ni siquiera sabés cómo te llamás?”, remarca Viviana.

La artista marcial, de pelo verde y amante de las letras desde que tiene memoria, fue una de las tantas niñas trans a las que se les negó el ingreso al secundario por su apariencia. Aquella fue la primera vez que tuvo que enfrentarse a un “no”. En todos los colegios, la condición que le imponían para aceptarla era volver a convertirse físicamente en nene, con lo cual no estaba dispuesta a negociar. Si bien tuvo la suerte de contar con el apoyo de su mamá desde un principio, a los 12 años la situación económica en su casa la obligó a dejar el lápiz y comenzar a ejercer la prostitución. Así fue hasta el día que llegó al “bachi”, más de tres décadas después. “Yo tengo fascinación por la literatura, pero la vida hizo que desconfiara de mis palabras y dejé de escribir. Nosotras somos las olvidadas de la democracia, pero acá encontré gente que se preocupaba por lo que me pasaba y por lo que me hacía falta. Cuando vi todo eso, entendí que no me lo podía perder por nada del mundo”, recuerda.

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Cualquier docente de la Mocha entiende a la perfección lo que le pasa a una chica que llega a cursar cansada, todavía vestida con ajustadas prendas o sus tacos más altos tras una larga noche de trabajo. Ese es el rol fundamental que cumple la escuela: es un refugio entre tanta exclusión e indiferencia, un ámbito de comprensión y de apoyo. Freijo explica que, al ser expulsadas de su familia, muchas jóvenes trans encuentran contención en la calle en otras mujeres como ellas que son prostitutas. “Además de la obvia falta de inserción laboral que sufren, muchas veces el ejercicio de la prostitución a temprana edad se da justamente porque para ellas no deja de ser un espacio de contención con otros pares que encuentran”, aclara. A pesar de que muchas sostienen que lo hacen por deseo y decisión propia, para otras tantas esa es la única alternativa que el sistema les ofrece para poder sobrevivir, aunque siempre en los márgenes de la sociedad. En la Mocha Celis, todos y todas luchan diariamente para contrarrestar aquello que parece sentenciar su futuro, enseñando, por ejemplo, a hacer un currículum vitae, pero sobre todo y más importante aún, con la calidez y el abrazo.

Una de las etapas donde se replica particularmente la discriminación hacia estas minorías es la adolescencia, y el bullying pasa a ser la moneda corriente en las aulas. En este marco, el debate sobre la implementación y reforma de la Educación Sexual Integral adquiere un papel central, a la vez que moviliza posiciones opuestas. Durante los últimos meses, la campaña #ConMisHijosNoTeMetas cobró fuerza en redes, denunciando la enseñanza de “ideología de género” a los niños y niñas. A pesar de que en muchos colegios no se está tocando la temática, en la Mocha se dan clases de ESI desde el primer año. “Desde el poco saber y entendimiento, ciertas agrupaciones de padres están privando a sus hijos e hijas del derecho a una educación sana y saludable. La manera en que se está educando hasta ahora es muy heteropatriarcal, pensando sólo en términos binarios, pero en el medio queda un abanico de posibilidades”, opina Viviana. El mes pasado, el “bachi” fue sede del Primer Encuentro Nacional de Docentes Trans, un evento inédito y autogestionado que habla del avance en la organización del colectivo que se aceleró en los últimos años.

A nivel mundial, la Argentina es reconocida por ser precursora en cuestiones de diversidad sexual, sentando precedente particularmente con la Ley de Matrimonio Igualitario, sancionada en el año 2010, y la Ley de Identidad de Género, en 2012. Esta última, que permite modificar el nombre y el género en el Documento Nacional de Identidad, fue la primera en el mundo en no patologizar la condición trans. Sin embargo, todavía hoy hay muchas deudas pendientes en materia legislativa, como la implementación de la Ley de Cupo Laboral Trans, que fue promulgada hace más de tres años pero no es aplicada. “Si bien es cierto que durante el kirchnerismo se generaron políticas de inclusión súper interesantes, siguen faltando otras para que realmente mejore su calidad de vida. Por ejemplo, es necesaria la reeducación de los operadores judiciales, ya que, cuando hay un travesticidio, que es un crimen por odio de género, no lo categorizan como tal”, señala Freijo. Frente a tal desamparo y vulnerabilidad, más escuelas como la Mocha son de vital importancia.

Cuando Viviana ya se veía condenada, a los casi cincuenta años y con su hoja en blanco, alguien le dio la posibilidad de elegir. “Llegué acá llena de preguntas, y hoy tengo muchos cuadernos cargados. Creo que tomé el mejor camino: seguí mi sueño, eso que tanto me negaron y tenía pendiente.”

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