Las Lolitas de la historia

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Por Marina Do Pico (@marinadopico)

Dicen que la historia la narran los ganadores. ¿Habrá ganado Humbert Humbert, el narrador de Lolita? Es difícil decir, depende desde qué perspectiva se lo mire. Dolores Haze, el objeto de su obsesión, se convirtió en un icono sexual legitimado y a él apenas se lo recuerda como a un pobre pervertido. Lolita es, para algunos, la historia de una nena desobediente y atrevida que provocó lo que se le vino encima. De hecho, Lolita dejó de ser una historia para convertirse en un sustantivo: “una niña precozmente sexual” dice el diccionario. Claro, ella era precoz, él aprovecho la oportunidad. Tal vez Humbert no haya ganado en el libro, pero ganó en la cultura. Nos creímos su relato, lo internalizamos. Él es el héroe trágico y ella es la tentación que desata la tragedia. Desde su enamoramiento con las palabras, Humbert construyó su enamoramiento con ella, un relato irresistible: “Lo-lee-ta, la punta de la lengua…” nadie que haya leído ese párrafo puede olvidarlo.

Pero lo realmente icónico de Lolita es que haya tantas como ella, tantas que sufren su destino. Mientras las calles se empapelan con supuestas alusiones a esta creación literaria: mujeres pretendiendo ser niñas, mujeres-objeto, chupetín, pollera de colegiala, guiño cómplice y dientes blancos sonriendo desde el cartel. Mientras pasa esto, ellas sufren silenciosamente el abuso de un Humbert suelto por ahí. Porque detrás de cada Lolita hay una Dolores Haze, invisible y adoleciendo por la vida.

Sabemos que los crímenes más atroces cometidos contra mujeres no son hechos aislados, sino que están insertos en un entramado de violencia generalizada con diferentes grados: el machismo y la misoginia. Esta violencia está sustentada y legitimada por todos los aspectos de la cultura. Por eso, desentramar mitos culturales como Lolita resulta fundamental para seguir deconstruyendo las raíces del problema. Conozcamos o no la historia, hayamos o no leído la novela, las repercusiones nos llegan por todos lados. Países como el nuestro son de los más vulnerables a los estándares de belleza y arquetipos sexuales importados de Estados Unidos. Lolita constituye uno de estos arquetipos. Como escribe el autor Ira Wells “la publicación, recepción y reformulación cultural de Lolita en los últimos 60 años es la historia de cómo una víctima de violación de doce años llamada Dolores se convirtió en un arquetipo dominante para sexualidad femenina seductora.”

Hoy en día en Argentina, una de las franjas más vulnerables a femicidios son niñas y adolescentes. Según datos de La Casa del Encuentro, de los 290 femicidios cometidos en 2016, 140 fueron niñas y adolescentes. Cuando tantos crímenes podrían haber sido evitados con los procedimientos estatales y policiales correspondientes, tanta información es escondida y tantas víctimas son culpabilizadas en vez de ayudadas, pareciera que la sociedad y los asesinos/violadores fuesen más cómplices que enemigos. Y así como Humbert aprovechó la “situación” con Lolita para capturarla y abusar de ella por un año, todos los años mujeres en las etapas más vulnerables de sus vidas son arrebatadas de su libertad sexual e incluso de su vida. Son incontables, porque nadie las quiere ver, a las Lolitas de la historia.

Como la cultura popular “solipcizó” a Lolita

La cultura popular hizo un ícono de Lolita, pero en el proceso, la ignoró completamente. Se la usa como símbolo, se apela a su supuesta estética como guiño perverso. Una imagen prolija y pulida, producida para atraer a hombres mayores. Es una malinterpretación enormemente grosera de Lolita, el personaje de Nabokov. Para empezar, no hay una sola sílaba en la novela que indique que Lolita fuera una chica convencionalmente atractiva ni mucho menos una bomba sexual: todo lo contrario, es una niña más bien desaliñada y vulgar, se saca mocos con el dedo, se arregla el pantalón entangado sin pudor, mastica chicle ruidosamente, Humbert hace referencia a su “ropa áspera de hombre” y a sus “pies de monito”. En fin, es una niña.

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Si Lolita acaba convirtiéndose en un símbolo sexual, es solo porque Humbert la usa para construir su fantasía, cancelándola como persona. En una parte del libro Humbert se está masturbando mientras Lolita está sentada sobre su falda, ignorando la situación. Entonces Humbert escribe “Lolita había sido solipcizada con impunidad” (Nabokov, p.60). El verbo solipcizar no existe, es un invento de Nabokov. Solipsismo es la creencia metafísica de que lo único de lo que uno puede estar seguro es de la existencia de su propia mente, y la realidad que aparentemente le rodea es incognoscible y puede no ser más que parte de los estados mentales del propio yo. Al solipcizar a Lolita, Humbert está declarándola nada más que una parte de su imaginación, no una persona real. Esta cita puede ser interpretada como una confesión de narcisismo: a Humbert no le importa Lolita, no la ve realmente como ser humano, la ama solo en tanto que es funcional a su fantasía.

Mientras ella ignore su condición de víctima (el hecho de que está siendo usada y abusada) él puede olvidarse de que Lolita tenga voluntad, pensamientos y deseos propios. De hecho, mucho después de que Dolores Haze se libere de los brazos opresores de Humbert y este reconozca la culpa de haberla abusado, él continúa romantizando su visión de ella y el amor dañino que le demostró. Comienza la novela enumerando todos los apodos de Dolores, todas sus facetas como individuo y concluye el párrafo: “Pero en mis brazos será siempre Lolita” (Nabokov, p.9). Es decir, incluso después de haber reconocido varias facetas de Dolores y de admitir su valor como individuo independiente a él, Humbert sigue prefiriendo su versión de Dolores: Lolita. Así se insertó en la cultura y así es recordada: la niña murió para que perdure la fantasía sexual de su abusador.

Síndrome de Estocolmo: amar la supervivencia

Siempre es peligroso psicoanalizar personajes ficticios: se corre el riesgo de ser reduccionista y de distorsionar los hechos para que entren cómodamente dentro de nuestra hipótesis o agenda. Sin embargo, la discusión sobre si Lolita sufre de Síndrome de Estocolmo es muy interesante y fructífera si lo hacemos con el sumo cuidado de no sobre-simplificar la novela o sus personajes. Lolita no entra perfecta y pulcramente dentro de ninguna categoría: si lo hiciera, este libro no sería una de las novelas más aclamadas del siglo XX sino un manual de patologías disfrazado de literatura.

Si bien Lolita no cumple estrictamente con algunos de los criterios que definen el Síndrome de Estocolmo, es notable cómo su comportamiento con Humbert, sobre todo hacia el final de la novela, puede pensarse como una estrategia de supervivencia. Lolita es manipulada y abusada, pero ella también manipula a su captor: lo trata con ternura y cariño, le da lo que él quiere, mientras tanto planea su escape. Tal vez el aspecto más interesante de este vínculo es reflexionar hasta qué punto Lolita es consciente de estar manipulando a Humbert y hasta qué punto sus acciones son reflejos inconscientes de una noción de supervivencia adquirida y afianzada hace mucho tiempo.

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En su libro Loving to Survive: Sexual Terror, Men’s Violence and Women’s Lives (Graham et al, 1994) las autoras Graham, Rawlings y Rigsby argumentan que la violencia que las mujeres han sufrido y sufren sistemáticamente por parte de hombres ha desarrollado un fenómeno que ellas denominan Síndrome de Estocolmo Social: la teoría es que la violencia machista crea un terror omnipresente en mujeres que siempre temen ser violadas, golpeadas y asesinadas si por alguna razón enfurecen a un hombre, por lo tanto conductas que comúnmente son asociadas a lo femenino como ser complaciente no son necesariamente naturales e innatas sino resultado de vivir bajo estas condiciones de terror constante a la violencia de los hombres. Las autoras argumentan que existe un paralelismo entre las condiciones bajo las que viven las mujeres y la condición de vivir en cautiverio, de hecho, por gran parte de la historia las mujeres han vivido en condiciones de esclavitud.

Teniendo en cuenta esta teoría del comportamiento, es posible que Lolita complazca a Humbert no porque sea su captor sino porque incluso antes de eso, es un hombre y como parte del sexo femenino ella debe complacerlo y servirlo para sobrevivir. Esto no quita que sin embargo sienta cierto cariño por él. Nabokov escribió una novela con personajes muy humanos y se dedica mucho más a explorar sus complejidades que a patologizarlos. Lolita es sin duda una chica excepcional, inteligente, astuta, caprichosa, desafiante, excéntrica y sexualmente precoz. No hay nada muy convencional en ella. Sin embargo, hay convenciones de las que no puede escapar: por más complejo que resulta definirla, Lolita es mujer y está inserta en una sociedad que reserva un lugar esencialmente opresivo para las mujeres.

Cazadas por su Encanto

La mirada cosificadora sobre las mujeres resulta en que todas sus cualidades –su apariencia, sus opiniones, sus actitudes, su forma de vestir, su forma de pensar- sean vistas como parte de un producto para ser consumido. En Lolita, cuando Humbert está conversando con la directora Miss Pratt sobre la obra en la que va a participar Dolores, la directora revierte accidentalmente el título de la obra: en vez de decir The Enchanted Hunters (Los Cazadores Encantados) dice The Hunted Enchanters (Los Cazados Encantadores). Este lapsus linguae resulta muy interesante como punto de interpretación: efectivamente hay en esta novela un cazador encantado (Humbert) y una cazada encantadora (Lolita).

Es revelador indagar en las implicancias de esta palabra: encanto. El diccionario define el encantamiento como la “acción de someter la voluntad de alguien o de modificar el destino mediante el uso de brebajes, remedios mágicos, fórmulas y acciones de hechicería, etc”. Es decir, el encantado no controla sus propias acciones porque son torcidas por la voluntad de la encantadora. ¿Pero si Humbert se encantó solo, sin que Dolores hiciera nada en especial para encantarlo? Mientras Humbert sostenga que Lolita lo encantó, está a su vez sosteniendo que ella es consciente del efecto que tiene y que lo busca adrede. Sin embargo, el encanto que Humbert encuentra en Lolita se desprende de cualidades de su personalidad más las connotaciones que Humbert proyecta en ella, no hay ningún hechizo de su parte. Las cualidades de cualquier mujer (cualidades que son simplemente humanas) pueden ser usadas para justificar violencia contra ella: si ella lo encantó entonces es responsable de todo lo que el encantado le haga.

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De hecho, Humbert crea toda una mitología para justificar su propia depravación: llama a sus objetos de deseo “nymphets” (nínfulas) y las describe de la siguiente forma “Entre los límites de edad de nueve a catorce años existen doncellas que, para ciertos viajantes embrujados, del doble o más edad, revelan su verdadera naturaleza que no es humana, sino nymphica (es decir, demoníaca); a estas criaturas elegidas propongo nombrarlas ‘nymphets’” (Nabokov, p.16). Es decir, Humbert no sólo acusa a estas niñas de ser inhumanas sino además de ser demonios. Convencido de que presentan cualidades excepcionales que las vuelven merecedoras de su obsesión, Humbert es incapaz de ver que estas cualidades son proyectadas por él y utilizadas para justificar los actos atroces que quiere cometer.

Este motivo de la supuesta “provocación” de las niñas puede observarse constantemente en dichos de figuras públicas que visibilizan los pensamientos machistas de muchos. Un ejemplo es Baby Etchecopar, quien justifica la violencia de género poniendo la culpa en niñas provocadoras: “Si tu hija de doce años sale mostrando las tetas y haciendo trompita, hay una provocación, porque no es casual que de golpe aparezcan tantos violadores”, un pensamiento tan digno de Humbert que, si cambiáramos el registro vulgar por uno erudito, podría aparecer en el libro. Efectivamente Humbert parece estar todo el tiempo culpando a Lolita por los actos aberrantes que él la obliga a cometer, habla de “una gran caída en la moral de Lolita” antes de pasar a describir como la soborna para que le otorgue favores sexuales. Parece el colmo que un hombre de mediana edad juzgue la moral de una niña más duramente que la propia: por un giro de lógica extrañísimo las víctimas de abuso terminan siendo culpables de su propio abuso.

La narrativa del monstruo

Algo inusual sucede en esta novela: la narración está a cargo de su auto-confesado villano. Aún más interesante es el hecho de que nuestro monstruo en cuestión, el entrañable Humbert Humbert, es nada más y nada menos que un erudito, atractivo, caballeroso y respetable miembro de la clase burguesa. Ningún depravado, antisocial o deforme, como suelen ser retratados los violadores o asesinos en ficción. A pesar de que las capacidades retóricas de Humbert lo vuelven un increíble defensor de su perversión, envolviéndola en una romántica hipérbole poética, Nabokov no deja que se nos escape el hecho de que, a pesar de todas sus cualidades admirables, Humbert es, al fin y al cabo, un violador y un hombre perverso.

En el mundo real no contamos con las magníficas capacidades narrativas de Nabokov. No tenemos un tratamiento íntimo y humano de los monstruos, y siempre se nos escapan. Cuando ocurren violaciones y femicidios, se habla mucho de la víctima. De qué tenía puesto, por dónde andaba, a qué hora, si iba sola, si había salido con o sin permiso. Se muestran fotos, se habla de su vida, de su personalidad. Si iba al colegio, si era buena hija, si se portaba bien, si salía mucho. Como si saber todos estos datos sobre su vida sirviera para entender lo que le pasó. Sobre los sospechosos o culpables se sabe poco y nada. A lo sumo, alguna obscura foto si es que la hay. Rara vez los medios mencionan algo sobre la vida de estos hombres, como son, a que comunidad pertenecen, a que escuela fueron, como era su contexto familiar. Se escrutiniza la víctima hasta el hartazgo, su imagen es explotada. Sobre el perpetrador hay un silencio total. ¿Por qué?

La respuesta es: la narrativa del monstruo. No pertenecen a nada, no tienen rostro, la sociedad no se hace cargo de engendrarlos. Son simplemente seres del mal. Son el polvo sucio que escondemos debajo de la alfombra. Son “hijos de puta”. Hijos de malas madres y no del patriarcado. A nadie le interesa saber de dónde vienen, porque la narrativa del monstruo nos deja una respuesta cómoda a esa pregunta. Deben ser eliminados o apartados de la sociedad cuanto antes para que no tengamos que verlos, para no tener que asumir que su presencia dice algo sobre nosotros.

La narrativa del monstruo genera silencio e impunidad. Hay una fantasía colectiva de que los violadores son villanos fácilmente identificables, no están insertos en la sociedad, no están entre nosotros. Ni en las casas ni en las escuelas se asume que los varones sean capaces de cometer estos actos, se lo ve como un hecho totalmente extremo o incluso ajeno. Los padres responden horrorizados ante el pedido de que eduquen a sus hijos varones sobre el consentimiento “Mi hijo no necesita eso” repiten ingenua e irresponsablemente “Mi hijo no es un violador”. Sin embargo, no dudan en responsabilizar a sus hijas mujeres “No vayas vestida así porque te van a violar”.

Este discurso, esta narrativa, es una mentira que construimos juntos y que no hace más que fomentar e incrementar las violaciones. Invisibiliza el proceso de constitución de los violadores, que se alimentan de nuestro silencio, nuestro machismo, los agujeros en la educación social y sexual. Se pone el foco en las mujeres y se las responsabiliza por la violencia de la que son víctimas, mientras que los perpetradores tienen un pase libre en todo sentido: no son educados sobre el consentimiento y el respeto a la libertad sexual de las mujeres, la cultura de la violación los avala (“ella estaba vestida provocativa”), la justicia tiende a dejarlos libres más que a responsabilizarlos y los medios mayormente los ignoran. El violador de Micaela García, Sebastián Wagner, había regresado a una vida relativamente normal con su novia, luego de haber violado a dos chicas. Su mujer incluso declaró “Para mí era una persona normal”. Pero la sociedad todavía no lo entiende: no son monstruos. Puede ser tu vecino, tu hijo, un profesor universitario, un erudito como Humbert.

Ausencias

Al final de Lolita, Humbert Humbert arriba a un valle donde puede escuchar una “una unidad melodiosa” que luego se da cuenta corresponde al sonido de niños jugando. Entonces se queda parado escuchando ese sonido y reflexiona que “la cosa desesperadamente conmovedora no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la ausencia de su voz en ese concierto”. Pareciera que solo en este momento Humbert reconoce a Lolita como un individuo, alguien que merecía tener una vida propia, más allá de su vínculo con él.

Cada 21 horas en la Argentina perdemos una voz del concierto. Una niña o mujer es arrebatada de su derecho a vivir, a soñar, a desear, a tener algo propio. La sociedad promueve la noción de que son siempre posesión de alguien más que de ellas mismas. Quienes las lastiman, abusan y matan lo siguen haciendo con total impunidad. Aparecen muertas en un descampado y la gente se pregunta qué tenían puesto, como Humbert aseguraba que “él había sido seducido”. Se las culpa con una escalofriante acusación que hace eco a los momentos más oscuros de nuestra historia: “Por algo será”. Y siguen desapareciendo, alrededor nuestro. Sus vidas, sus sueños, sus voces se esfuman. Y el mundo se pierde de su música.

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